El olor del trabajo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Manuel Soriano*

No corre viento, ni siquiera en la rambla, donde hay tres personas sentadas en el murito. Las vemos de espaldas, mujer-hombre-mujer, pasándose una botella de cerveza, de cara a esa masa marrón y uniforme que los montevideanos llaman mar. Están solos, salvo por un pescador y su hijo, pero éstos están lejos, a más de doscientos metros, y muy por fuera de esta historia.

Irrumpe el sonido chillón de un celular. Koch sabe que se trata de su padre antes de mirar la pantalla luminosa de su teléfono. Lo deja sonar. Son las dos de la mañana y Koch sabe el motivo de la llamada. Ya siente el vacío subiendo como una lagartija por las paredes del estómago.

Por eso no atiende.

Ahora los vemos de frente: Koch tiene treinta años y abraza una guitarra sin hacerla sonar. Las chicas no tienen más de veinte y son alemanas. A una se le nota su origen: es rubia, corpulenta, con los labios finos, las piernas fuertes y blancas. La otra se aleja del estereotipo de salchichas y jarras de cerveza. Es de talle pequeño y bien proporcionado, el pelo corto y oscuro. Tiene las pantorrillas cubiertas con tatuajes, y un piercing en el ombligo que ya captó la atención de Koch.

¿Cómo se formó esta encantadora escena?

Hace una hora, Koch salía del ensayo de su banda y las alemanas de un albergue de mochileros ubicado en la puerta de la Ciudad Vieja. En ese preciso momento los separaban doscientos cincuenta metros, pero la distancia se fue achicando, hasta que él las vio —la cabeza rubia como una luz de neón— haciendo fila en un kiosco de la Plaza Independencia. Otra noche quizá hubiera seguido de largo, pero por la tarde había discutido con su mujer, una más en una larga serie de cortocircuitos, y no tenía ganas de volver a su casa. Koch se sumó a la fila, con la excusa de comprar tabaco. Las escuchó hablar y supuso que se trataba de alemanas. La fila demoraba tanto que Koch, arrastrado por la dureza del idioma, pudo recordar una canción de Die Toten Hosen que había aprendido hacía más de quince años, cuando recién empezaba con la guitarra, y vestía ropa negra y ajustada de punk. Sintió las cuerdas de su guitarra con las yemas de los dedos, a través de la funda. Intentó recordar la sucesión de acordes. Es simple, pensó, podría tocarla acá y ahora. Se dio cuenta de que la rubia lo estaba mirando.

—Die Toten Hosen —dijo Koch.

Las alemanas sonrieron. La rubia tenía dientes cortos, como limados unos contra otros. Dijeron algo que Koch no llegó a entender. Seguramente hayan pensado algo, pero no podemos acceder al pensamiento de las alemanas. No tenemos ese privilegio en esta historia. Llegó su turno y las alemanas pidieron dos porrones de cerveza y una caja de Lucky Strike. Koch pensó en lo que había dicho, Die Toten Hosen, y se recriminó su falta de creatividad. Se imaginó en una calle de Berlín, y a una berlinesa con una guitarra que lo intercepta y le dice»Estómagos», como si fuera una contraseña. A mí me alcanzaría con eso, aceptó. Compró tabaco y una cerveza de litro. Koch olfateó el billete de veinte pesos que recibió como vuelto (fue un ademán maniático, veloz como un pase de magia) y lo guardó en el bolsillo de su bermuda.

Las alemanas no se habían ido.

—Die Toten Hosen —dijo la rubia, corrigiendo la pronunciación.

Ahora volvamos a la rambla. Ya hicieron el inevitable intercambio de datos personales: la rubia se llama Ana y la morocha Sara, estudian español, se quedan un par de días y luego van a Buenos Aires. Hablaron en castellano, recurriendo al inglés sólo para destrabar la conversación. Ya tocó Koch la canción de Die Toten Hosen, y se enteró de que las tres primeras estrofas de su balbuceo alemán significan:»¿Estás listo? Entonces vamos ya Fractúrate el pie y el cuello y ven con nosotros». Ya disertó Koch sobre el candombe y la fusión de ritmos, sobre su modo de sentir la guitarra, sobre las pretensiones estéticas de su banda. Ya mostró una foto de su hijo, un niño hermoso y sonriente, sin decir nada sobre la madre. Ya sonó el celular, hace apenas cinco minutos.

Ahora la rubia tiene la guitarra y canta una aceptable versión de»Norwegian wood». Pero Koch apenas la escucha. Está empozado en un recuerdo sobre su padre. Un recuerdo en el que Koch es adolescente y está echado en su cama sin hacer nada. Escucha a través de la puerta los pasos de su padre, avanzando por el pasillo de parqué. Es un sonido desequilibrado: dos pasos muy juntos, una pausa, dos pasos muy juntos. El padre de Koch arrastra un pie tullido de nacimiento, y como resultado camina así: traicionando la habitual simetría de los pasos. El padre llega a la puerta y la abre sin golpear.

—Necesito que me des una mano —dice.

Una nota desafinada de la rubia hace que Koch salte del recuerdo a la realidad. Se mira los pies, sanos los dos. La rubia sigue cantando»I was alone, this bird had flown», y Koch recuerda una novela de Murakami, en la que el protagonista escucha una versión orquestal de»Norwegian wood» y luego rememora su vida de estudiante y sus amores perdidos. Le parece una manera elegante de retomar la conversación: hablar de Murakami y los amores perdidos. Eso no puede fallar. Convendría mencionar a algún escritor alemán para completar el encanto. Koch revisa su archivo mental: encuentra algunos nombres: Goethe, Herman Hesse. No los leyó pero conoce lo suficiente como para poder disimularlo. De todas formas, piensa, sería más convincente mencionar a algún escritor más actual. El diario de Ana Frank es lo único que se le ocurre. Lo tuvo que leer para el liceo. Pero qué necesidad de meter a los nazis en la charla. Estas muchachas están de vacaciones, no quieren hablar de nazis. Koch mira a la morocha, le mira la boca y luego los tatuajes de las pantorrillas. Dos dragones: uno manso, el otro echando fuego. Podría preguntarle qué significan. ¿Por qué el dragón de la pierna derecha es manso y el de la izquierda echa fuego? Podría hacer una analogía política pero sería una bobada.

La rubia termina la canción.

—¿Leyeron Tokio blues? —pregunta Koch.

Las dos la habían leído y les había fascinado. Koch les cuenta una teoría conspirativa que él mismo había configurado hacía años: Murakami robó la idea central de Tokio Blues de una canción de Eduardo Darnauchans que comienza diciendo:»Cuando escucho una canción de los Beatles me viene a la memoria el tiempo ya vivido».

—La canción salió en el 79 y la novela en el 87, y la idea es la misma —asegura.

Koch podría seguir durante horas con este asunto, pero nota que las alemanas no están siguiendo el hilo de su argumentación. La morocha tiene la mirada perdida en el horizonte. Koch toma un trago de cerveza y decide cambiar el ángulo de la charla.

—Cuando estaba en el conservatorio de música tuve una historia con una japonesa. Tocaba la flauta traversa como un ángel. Creo que se llamaba Kumita —la historia era cierta a medias: ella era descendiente de japoneses y su nombre era Natalia.

—¿Cómo se llamaba la chica de Tokio blues? —pregunta la rubia.

—No sé. Nunca me acuerdo los nombres de los japoneses —dice Koch.

—A mí me pasa lo mismo —dice la morocha y sonríe.

Ahora sí, Koch siente un chispazo de complicidad. Es la primera vez que ve los dientes de la morocha. También tiene un piercing en la lengua, una bolita de metal del tamaño de un confite, ante el que Koch reacciona ambivalentemente: por un lado se excita, no por el piercing en sí, sino por la presencia de una mujer capaz de perforarse la lengua voluntariamente. Pero no le gusta la idea del metal en la boca. Nunca le gustó. De niño tenía que comer con cubiertos de plástico porque no podía soportar el gusto del metal. Después se le pasó. Ahora puede imaginarse besando la boca de la morocha. El contacto de su lengua contra la de ella, el roce contra la bolita de metal. ¿Cómo sería? ¿Como besar a una chica con un caramelo en la boca? Eso sí había hecho. Con una prima segunda y un caramelo de menta, en el asiento del fondo de un ómnibus, de camino a Solymar.

Vuelve a sonar el celular pero esta vez Koch se pone de pie, se aleja unos metros y atiende.

—¿Qué pasó, viejo?

—Necesito que me des una mano.

—No, viejo. Ya te dije que no.

—Esta vez sacamos la lotería.

—Siempre decís lo mismo.

—¿Dónde estás?

—En la rambla.

—¿Dónde?

Koch mira a las alemanas: están encendiendo cigarrillos. Cierra los ojos y, aunque no es en absoluto creyente, menciona el nombre de Dios en su cabeza.

—En la bajada de Ciudadela.

—Estoy ahí en cinco.

Cinco minutos. Ese tiempo tiene Koch para contarles a las alemanas una historia demencial.

—Mi viejo es cachivachero —dice apenas se vuelve a sentar en el murito, y empieza mal, por que las alemanas desconocen el significado de esa palabra. Cuenta la historia de su padre desordenadamente, con un ojo puesto en la calle, esperando ver las luces de la camioneta. Mi viejo junta porquerías. Siempre fue coleccionista. Empezó con los relojes cucú y luego con Gardel. Tiene todos los discos de pasta, de todas las ediciones. También juntaba fotos y recortes de revistas antiguas. Pero eso no es problema. Mi viejo es electricista. Trabajó treinta años en el servicio técnico de la General Electric. Arreglaba cosas: lavarropas, ventiladores, licuadoras, radios, cualquier cosa. No había arte facto eléctrico que no pudiera reparar. De niño nos divertíamos mucho. Traía a casa un televisor roto, lo apoyaba sobre la mesa y lo abría al medio como un cirujano. Me mostraba el interior, los tubos y los cables, los intestinos que esconde la pantalla. Yo miraba todo maravillado. Mi viejo metía mano, usaba sus herramientas y después cerraba el aparato. Lo enchufaba y antes de encenderlo demoraba unos segundos, aumentando el suspenso, para que yo le suplicara dale, papá, prendelo, prendelo. Siempre lo hacía andar, no sé cómo, pero siempre lo hacía andar. Pero eso fue hace mucho. Cuando cumplió sesenta la empresa lo obligó a jubilarse. Le dieron las gracias, un reloj Citizen de titanio, y lo mandaron para la casa. Ese fue el primer punto de quiebre. Mi viejo decidió abrir un taller de reparaciones pero no tuvo éxito. Se fundió a los seis meses y tuvo que subarrendar el local. Una noche encontró una cafetera rota en la calle. Alguien la había tirado. Arregló el artefacto en menos de una hora y todas las mañanas preparaba café, no por el café en sí, sino para demostrar su propia vigencia. Ese fue el segundo punto de quiebre. Mi viejo se dio cuenta de que muchas personas tiran sus electrodomésticos cuando se les rompen y consideran que no vale la pena arreglarlos. Empezó a salir todas las noches en su camioneta. Recorría los barrios ricos, Carrasco, Pocitos, Punta Gorda, y siempre encontraba algo. Ya se pueden imaginar cómo sigue la historia. Al principio reparaba algunas cosas pero después dejó de molestarse. Lo que le interesaba era salir de noche, la caza. En menos de dos años llenó nuestra casa de artefactos. El comedor, los cuartos, los pasillos, el baño. La invasión fue completa. Teníamos que ir mudando los muebles de lugar para poder sobrevivir. Mi madre siempre fue una mujer de su marido pero un día se cansó. Cuando murió mi abuela nos mudamos a su apartamento, y la antigua casa quedó como un depósito. Hicieron un pacto para seguir casados: mi viejo puede hacer lo que quiera en la casa, pero al apartamento no puede entrar ni con una tostadora. No sé cómo mi vieja lo aguanta. A mí me da pánico. Una vez encontré una silla de playa en la arena. Estaba en perfecto estado, casi nueva. Era claro que se trataba de un olvido y no de un desecho. Pero igual no pude llevármela. La tuve en la mano y después la dejé. Fue una locura no llevármela. Esa silla me venía bien y valía más de mil pesos. Pero también era una locura llevármela, verla todos los días en el jardín, recordar su origen y a mi viejo. ¿Se dan cuenta?

Koch ve que se acercan las luces de una camioneta y detiene su monólogo. Las alemanas lo habían escuchado sin decir una palabra. No podemos saber cuánto entendieron pero parecen haber captado lo esencial de la historia. Cruzan entre ellas algunas palabras en alemán. El viejo detiene la camioneta pegada al cordón y se queda ahí, esperando, con la vista al frente y sin decir nada. Es un hombre de unos setenta años, que viste un saco azul, pantalón verde, camisa celeste y unos zapatos náuticos destruidos por el uso. Da la impresión de haber estado más de una semana con la misma la ropa. Koch va hasta la ventanilla y saluda a su padre. A la vez está pensando qué hacer con las alemanas. Calcula cuánto puede demorar la movida. Media hora, al menos. No puede pedirles que esperen. Las alemanas siguen hablando entre ellas, no logramos escucharlas, y aun si lo hiciéramos, no sabríamos qué están diciendo. El viejo no pregunta quiénes son. Se seca el sudor de la frente con un pañuelo de tela celeste.

—¿Vamos? —dice.

Koch se acerca a las alemanas sin saber qué decir.

—Sara está cansada y se va a dormir. Yo los acompaño —dice la rubia.

Koch intenta pensar algún retruque que haga cambiar la decisión pero el tono de la rubia fue perentorio. La morocha sonríe y extiende la mano. Koch le da un apretón indeciso.

—Mucho gusto —dice ella, y se va sin más.

Koch le mira el culo. Un culo perfecto que se aleja de su vida para siempre. El efecto del apretón sobrevive en su mano unos segundos. Esta hija de puta tiene dragones en las piernas y no es capaz de darme un beso en la mejilla, razona Koch, latinamente. Mira a la rubia: Es un percherón de mujer. Grande y amable. Le mira las tetas pecosas.

—¡Vamos! —dice el viejo.

Ocho estufas con radiadores de aceite dispuestas en fila al pie de una volqueta. Ese es el hallazgo de esta noche. No es la lotería, es cierto, pero Koch tiene que admitir que es una buena pesca. El viejo había manejado en silencio, con la cara seria y el pie en el acelerador, hasta una calle paralela al puertito del Buceo. Recién ahora, cuando comprueba que el botín sigue ahí, se permite una pequeña sonrisa. Cargan las estufas en la caja de la camioneta. La alemana ayuda. Tiene fuerza; levanta los radiadores como si fueran rebanadas de pan. El sereno de un complejo de oficinas sale de su casilla a ver qué pasa. Parece que fuera a decir algo, pero a mitad de camino se da vuelta sobre sus pasos y regresa a su casilla. Cuando terminan de cargar, el viejo enciende un cigarrillo, y ofrece otros a su hijo y a la alemana. Los tres fuman, satisfechos por el trabajo cumplido. El viejo sube a la caja de la camioneta. Usa los brazos para suplir la fuerza de su pie tullido. Analiza los radiadores, uno a uno, dándole a cada gesto un aire solemne.

—Están casi nuevos. Este modelo de James no puede tener más de diez años —dice el viejo.

—¿Están rotos? —dice la alemana.

El viejo la mira por primera vez en la noche, agradecido por la pregunta.

—Seguramente. Pero eso es lo de menos. No hay artefacto eléctrico que no pueda arreglar. Cuando trabajaba en la General Electric…

—¿Vamos, viejo? —interrumpe Koch—. Le podés contar todo lo de la General Electric en el camino.

El viejo no percibe ironía en las palabras de Koch, o si lo hace, no lo tiene en cuenta. Durante todo el viaje, del Buceo a la casona de Palermo, habla sin parar de sus años de reparador. La alemana lo escucha atentamente y le hace preguntas, y el viejo contesta todo, atolondrando las palabras, una anécdota encima de la otra. El viejo está feliz. No quiere llegar a la casa. Desearía quedarse así, contando sus hazañas pasadas, para siempre, dando vueltas y vueltas a la cinta de Moebius del Parque Rodó.

De afuera parece una casa normal: antigua, de una planta, como cualquier otra de la cuadra. Pero el viejo abre la puerta y el interior parece venirse encima. Los artefactos se apilan, forman góndolas y pasillos, cubren el piso, cuelgan del techo como arañas. El que entra se siente inmerso en un inestable laberinto, hecho de plástico, cables y metal.

La alemana parece mareada. Se agarra del hombro de Koch para buscar estabilidad.

—Vértigo— alcanza a decir, y Koch inmediatamente reconoce que de todas las chicas que ha llevado, la alemana es la que encontró la palabra exacta para ese lugar. Un vértigo que se siente como una cachetada, y que luego decrece cuando cruzan el comedor por el pasillo central y dejan los radiadores en la cocina. El viejo le muestra la casa a la rubia: la sala de podadoras, la de los televisores y radios, la de los artefactos de cocina. El sótano es directamente un enorme basural.

—Este era mi cuarto —dice Koch—. Ahora es un cementerio de computadoras.

—Cementerio no —dice el viejo. Enciende una IBM, un aparato inmenso, tres o cuatro veces más pesado que los de ahora. Unas luces verdes titilan sobre la pantalla negra del monitor—. Ves: estas cosas viven.

—Me corrijo: es un geriátrico de computadoras. Las máquinas están acá, agonizando, esperando que alguien se apiade de ellas —Koch pronuncia estas palabras teatralmente y desenchufa la computadora con una patada al cable. Las luces verdes desaparecen de la pantalla. El viejo frunce el ceño pero no se deja llevar por la provocación de su hijo.

—Vení —le dice a la rubia—, te voy a mostrar mi mayor tesoro.

La alemana parece haber superado el mareo y se deja guiar. El viejo se detiene frente a una habitación cerrada. Mete una llave en la cerradura y empuja la puerta. A diferencia de las otras, es una sala ordenada: cuatro victrolas antiguas, una colección de discos de pasta, afiches de Gardel. En una pared cuelgan ocho relojes cucú, de distintas formas y tamaños. Todos funcionan: los péndulos se mueven coreográficamente y el tic-tac de las agujas llena la sala. Koch mira la hora: son las cuatro y veinte. Luego escucha la charla entre su padre y la alemana: él dice que a las cinco en punto se activarán los relojes y será un espectáculo maravilloso. Ella le cuenta sobre un pueblito en Alemania donde hay un antiquísimo show de relojes en la plaza central. Parecen amigotes y Koch piensa que ya es hora de mandar a su padre a dormir. El viejo muestra su colección de discos de Gardel. Saca una primera edición de Melodía de arrabal, en la que Gardel sonríe desde la tapa, y pone el disco en su mejor victrola. Le da cuerda, la púa hace contacto y la música empieza a sonar. Es un sonido perfecto hasta que el viejo empieza a cantar y a bailotear por la sala como un cachorro. Termina la canción y Koch separa la púa del disco. Se acerca a su padre y le dice algo al oído. El viejo encara a la alemana y le toma las dos manos.

—Fue un inmenso placer —dice, ceremoniosamente.

—Igualmente —dice la alemana.

El viejo no le suelta las manos.

—¿A qué se dedica usted?

—Botánica.

—Eso es bueno. Trabajar con la tierra.

El viejo arrima la punta de sus dedos a la nariz de la alemana.

—¿Lo siente? Es el olor del trabajo.

Koch recuerda ese olor: es una mezcla de óxido, sudor y aceite. La alemana huele y sonríe.

—El olor del trabajo —dice la alemana.

—El olor del trabajo —repite el viejo. Koch menciona a Dios por segunda vez en la noche.

—Vamos, viejo —dice, agarrándolo del codo.

Koch despide al viejo en la puerta. El padre le da cien pesos, el hijo los rechaza, el padre insiste, el hijo los acepta. La escena de siempre. Me viene bien la plata, piensa Koch. Toma el billete, lo olfatea (es un ademán maniático, veloz como un pase de magia) y lo guarda en el bolsillo de la bermuda. Pero esta vez se da cuenta. Es conciente de que llevó el billete hasta rozar la punta de su nariz, sin haber registrado ningún olor en particular. Koch se encoge de hombros y cierra la puerta, dejando a su padre del lado de afuera. Nota que la música ha vuelto a sonar. Cruza el comedor y encuentra a la alemana bailando sola, con los ojos cerrados, intentando seguir el compás.

—¿Te gusta el tango? —pregunta Koch, sorprendiéndola.

—Sí, claro. Voy a tomar clases cuando vaya a Buenos Aires.

—Yo te puedo enseñar un poco.

Koch sabe apenas los pasos básicos, pero es todo lo que necesita en esta ocasión. Es suficiente para tomarla por la cintura, pegar los cuerpos, acercar los ojos. A los cinco minutos se están besando. Koch le descubre los pechos y juguetea. Comprueba que los pezones se corresponden exactamente con lo que había imaginado. La alemana demuestra su excitación con unos gemidos y Koch mete su mano por debajo del vestido.

—No —dice ella y se separa un poco.

Están parados, ligeramente apoyados contra el mueble de los discos. La alemana se arrodilla, abre la bragueta de Koch y envuelve el pene semi-erecto con su boca. Koch acepta este acto con sorpresa y algarabía. Mira hacia abajo, el ir y venir de la cabellera rubia. Dentro de todo, está satisfecho con la manera en que se han dado las cosas. La alemana hace su trabajo de manera consistente. Koch disfruta pero inmediatamente recuerda la alerta de un médico de la tele sobre la posibilidad de contagio de H.I.V. por sexo oral. Pero no, se tranquiliza. El riesgo es mínimo: tiene que haber una herida sangrante, o algo así. La rubia parece una chica sana. Si fuese la otra, la del piercing en la lengua, la cosa sería diferente. El tango termina y la púa se levanta automáticamente. El tic-tac de las agujas vuelve a llenar la sala. Koch mira la hora: faltan diez minutos para el espectáculo de los cucús. Koch siempre odió esos relojes. Le gustaría prenderlos fuego. A toda la casa, en realidad. Echarle nafta y que no queden más que cenizas. Koch mira a Gardel que sigue sonriendo desde la tapa del disco. Lo tiene a mano. Luego mira la cabeza rubia, ir y venir como un péndulo, sin dar muestras de cansancio. Tic-tac. La alemana acelera el ritmo y Koch está cerca de acabar. Un segundo antes, saca su pene de la boca de la alemana y eyacula sobre la cara de Carlos Gardel. Los ojos, la corbata, el sombrero, la sonrisa ladeada. Todo un enchastre.

La alemana se incorpora lentamente. Mira la tapa del disco y sonríe. Koch intenta tocarla pero ella le dice que no, que está bien así, que ella también quedó satisfecha. Koch no entiende cómo, pero acepta la noticia sin insistir. Se sientan en el piso y encienden cigarrillos. Al cabo de unos minutos Koch piensa en su mujer y su hijo, los dos durmiendo, abrazados en la cama matrimonial. Mira la brasa roja de su cigarrillo. Pita fuerte, quemando el papel, y deja caer la ceniza en el piso. Koch recuerda la canción de Die Toten Hosen. La canta en español:»¿Estás listo? Entonces vamos ya Fractúrate el pie y el cuello y ven con nosotros».

La alemana asiente y sonríe. Miran la hora. Falta menos de un minuto para que estallen los relojes.

(De: Variaciones de Koch, 2012)

*Manuel Soriano (Buenos Aires, 1977). Escritor y guionista, vive en Montevideo desde 2005, donde dirige la editorial infantil Topito ediciones. Es autor de los libros de cuentos Variaciones de Koch (2012) y Nueve formas de caer (2018), de las novelas Fundido a blanco (2013), ¿Qué se sabe de Patricia Lukastic? (Premio Clarín, 2015) y Rugby (Estuario, 2022), y del libro de crónicas ¡Canten, putos!: historia incompleta de los cantitos de cancha (2020).