El psicoanálisis en la Argentina

Por Blas Matamoro

Foto icónica de los pioneros de la APA, 1942. (Archivo APA).

Es frecuente que a un argentino andariego por el mundo, preguntado por su identidad, en algún momento se le mencione el psicoanálisis. ¿A qué se debe el auge de esta disciplina que fue inventada en alemán y difundida en francés antes de formularse en español, en un país que habla, precisamente, en esta última lengua? En la pregunta alienta la respuesta: un país inmigratorio y babélico es, justamente, un país traducido.

Antes de introducirse nítidamente como tal, el psicoanálisis tuvo una suerte de prehistoria en la Argentina, un clima que inopinadamente lo anunciaba. A principios del siglo xx había ya cursos de hipnotismo e ilusionismo y en 1919 se fundó la Sociedad Argentina de Psiquiatría y Neurología. Ortega y Gasset, tan influyente en el discurso cultural argentino, visitó por primera vez Buenos Aires en 1916 y es él quien presentó en castellano a Freud («Una ciencia problemática», 1911) y propuso al editor Ruiz Castillo traducirlo por López Ballesteros, tarea elogiada por el maestro vienés. En la década de los veinte llegan los manifiestos del surrealismo, movimiento cercano al freudismo, y se organiza el grupo Qué, dirigido por Aldo Pellegrini, pionero de la tendencia.

Gonzalo Rodríguez Lafora, colaborador de Ortega, dictó conferencias en Buenos Aires y hubo otros emigrados republicanos que, desde diversas disciplinas, manejaron categorías psicoanalíticas, como los penalistas Luis Jiménez de Asúa y Mariano Ruiz Funes, y el psicólogo Emilio Mira y López. No obstante, la psiquiatría oficial argentina lo cuestionó apenas se fue vislumbrando. Seguía las orientaciones de la escuela francesa y del Partido Comunista, negando su cientificidad y considerándolo un ejercicio de charlatanismo y una manifestación del esnobismo burgués. Aníbal Ponce, intelectual orgánico del PC, lo definió en 1923 como «la opereta de la psicología» y a Freud, un gran humorista. En verdad, releído hoy, se ve que Ponce se ríe de la caricatura preparada por él mismo.

En todo caso, en los años veinte los artículos sobre psicoanálisis se ven, sobre todo, en revistas literarias más que científicas. Incluso se ocupa de él la prensa generalista, ciertamente permeada por los libros de Stefan Zweig, muy populares por entonces, uno de ellos dedicado a Freud. Es claro que esta orientación lectora alimentaba a los antifreudianos: lo único nuevo de la disciplina es su nombre, Freud no sabe más que Proust –no es poco saber, anoto de paso– pero es obsceno, puerco y pornográfico, no ofrece pruebas, es mero y puro dogma, expresa el desaliento ante la fe en el progreso humano basado en la ciencia positiva del siglo xix, un pensamiento decadente de posguerra. No se ahorran profecías, en este caso desacertadas: el psicoanálisis argentino es inconsistente y él mismo anuncia su rápido descrédito y su ruina.

No todo es guerrilla, sin embargo, y hay neurólogos y psiquiatras que discuten a Freud con seriedad, de igual a igual. En este orden, la cosa viene de lejos pues ya en 1910, un interviniente chileno –que Freud convirtió en alemán– en el Congreso Médico Internacional de Buenos Aires se refirió a la sexualidad infantil y al tratamiento psicoanalítico de la neurosis obsesiva. En 1913 hay ya una tesis doctoral de Luis Bonavía y en 1914, una comunicación de Luis Merzbacher a la Sociedad Médica Argentina. Quizá haya que atribuir a Juan Ramón Beltrán el evento fundacional: la explicación de los estudios sobre los fenómenos inconscientes, la técnica curativa de los trastornos «nerviosos» (sic) y la formal fundación de una nueva ciencia (1928). Gregorio Bermann lo conoció sin practicarlo y Jorge Thénon sí lo hizo, pero debió arrepentirse por presiones del PC.

La instalación orgánica data de 1940 y empezó con reuniones informales en la confitería Boston de la porteña calle Florida, aunque las hubo semanales en casa de Arnaldo Raskovsky desde 1936. El húngaro Bela Székely, que dirigía una consulta perteneciente a una mutualidad judía, recibió a la austríaca Marie Langer, exilada por su condición también judía y su militancia en la izquierda. La remitió al español Ángel Garma, asimismo exilado, con el cual, más el suizo francófono criado en el Chaco, Enrique Pichon-Rivière, Celes Cárcamo, Ferrari Hardoy y el citado Raskovsky, fundaron en 1942 la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Según se ve, la poliglosía se impuso: un húngaro, una austríaca, un suizo, un español formado en Alemania y que hablaba «su» castellano peninsular. El resultado fue un vocabulario de la especialidad teñido de matices locales.

El desenvolvimiento de la APA no fue pacífico, pues la comunidad médica exigía titulación para ejercer la nueva técnica. Si bien Ernst Jones, discípulo de Freud, comunicó su bendición ultramarina y prometió que la APA sería admitida por el primer congreso psicoanalítico de la posguerra, y la institución empezó a funcionar regularmente en 1943, en 1948 se legisló la obligación de ser médico para psicoanalizar. El profano, en la opinión del diplomado, siguió siendo un charlatán, un curandero sofisticado, un chanta de alto precio.

Ese mismo año de 1943 vio aparecer la Revista de Psicoanálisis, debida a una curiosa circunstancia. Don Paco Muñoz, español, dueño de una popular sastrería en Buenos Aires –Casa Muñoz donde un peso vale dos era su reclamo–, contaba con un gerente que, de pronto, sufrió un brote de agorafobia y no pudo salir de su casa. Fue llamado Pichon-Rivière, quien lo atendió por teléfono, dadas las circunstancias, y así logró curarlo. En agradecimiento a la flamante ciencia, don Paco decidió financiar su revista y sostener unas becas para latinoamericanos, por lo que Buenos Aires se convirtió en el centro difusor psicoanalítico en castellano, llegando a exportar a Jacques Lacan a España, por medio de Oscar Masotta, en 1976.

Ya en 1956 funcionó una primera carrera de Psicología, en Rosario, y un primer consultorio de psicopatología hospitalaria, en Lanús, provincia de Buenos Aires. Largo y excesivo para este libro sería describir las disputas entre tendencias, capillas y sectas, que más parecen reyertas de cristianos primitivos que de científicos o acaso por aquello y no por esto. De hecho, en los comienzos Raskovsky atendía a los judíos y Cárcamo, a los católicos. El PC siguió rígido en su condena y expulsó a José Bleger por ser públicamente freudiano. Langer era históricamente comunista pero decidió cancelar su compromiso y limitarse a apoyar a entidades sociales o genéricamente políticas: feminismo, causa aliada en la guerra, etcétera. Baste señalar el cisma principal, provocado por la introducción de las teorías y técnicas de Melanie Klein a cargo de Emilio Rodrigué, así como tardíos intentos de sintetizar a Freud y Marx en autores como Alexander Mitscherlich, Erich Fromm y Wilhelm Reich, e igualmente admitir otra síntesis entre Heidegger y Freud a través de Lacan. Lo cierto es que en 1995 había en Buenos Aires unos 400 psicoanalistas, es decir 29 por cada millón de habitantes. El lacanismo registraba, junto con Francia, la mayor parte de los suyos en el mundo, bien que subdivididos en fracciones, como es usual en la familia.

Las causas por las que prospera el tema en la Argentina de los años cuarenta, en parte ya han sido esbozadas y tienen que ver con el carácter inmigratorio de una sociedad que ya ha adquirido cierta tradición de cultura urbana, muy especialmente en cuanto a referencias europeas, y más concretamente, francesas. En efecto, el primer interés seglar por la cosa provino de noticias parisinas, la moda psic que era chic en los salones de la orilla derecha del Sena. A ello se sumó la impregnación freudiana de cierta literatura de amplia lectura (Vicki Baum, Stefan Zweig), el teatro de Arthur Schnitzler, Eugene O’Neill y Henri Lenormand, el cine mudo surrealista y expresionista, con divanes clínicos y hasta sueños ilustrados con escenografías de Salvador Dalí en pleno sonoro (Spellbound de Alfred Hitchcock). Se ve que antes y en torno a la instalación profesional, ya había una cierta moda psicoanalítica en el país.

Hay razones históricas y sociales que pueden ayudar a explicar el fenómeno. Una, el carácter inmigratorio de la primera dirigencia, su necesidad de ser traducido y su sesgo fundacional. Inmigración y genuinidad son dos extremos de la tensión argentina, en cuyo medio se puede ubicar a esta práctica que es explicativa, se basa en el habla y hurga en los orígenes de las historias personales. En este orden, el psicoanálisis rellena el hueco dejado por la crisis de la religiosidad tradicional y funciona como su sustitución. La entrevista psicoanalítica, privada, cubierta por el secreto profesional y alimentada por las más íntimas revelaciones del paciente, se asemeja sugestivamente al sacramento católico de la confesión. Al igual que la plegaria, el tratamiento aquieta la angustia y encamina la culpa hacia su absolución. El psicoanalista es sabio, benévolo y salutífero como un cura, un rabino o un pastor protestante. Además, llega a lo primordial, a esa identidad que para el argentino es siempre lábil, inasible y problemática.

La estructura institucional también guarda parecidos con los de una iglesia. Hay un fundador y, a su muerte, la institución fuertemente jerarquizada lo sustituye. Se producen las guerrillas privadas propias de los concilios, a veces demandantes de la intervención de algún patriarca, ya que en la cúpula prácticamente no hay mujeres.

En esto, el efecto de la difusión psicoanalítica en la Argentina es el contrario y reproduce lo ocurrido en la original asociación freudiana: muchas mujeres en los cuadros medios y ninguna en la dirección. En la Argentina de los años cuarenta, la rápida industrialización incorpora a las mujeres, masivamente, al mundo laboral. En la profesión médica, la más abundante entre las universitarias, empiezan a menudear estudiantas y facultativas. En los primeros tiempos, la mayor parte de quienes acuden a una consulta psicoanalítica son mujeres y, al poco, también lo serán las profesionales. Algunos números lo corroboran: en 1947 hay una mujer por cada cuatro varones que trabajan, en tanto que en 1970 la relación es de una a uno. De 1980 a 1990 se cuenta un 45 por ciento femenino en el estudiantado universitario. Todo ello incide, especialmente, en el efecto sobre la familia tradicional que produce el nuevo rol de las mujeres: identidad sexual y espacio se alteran para ellas y para ellos.

Más al fondo del proceso quizá convenga tener asimismo en cuenta el estado de detención histórica que padece la Argentina tras la Gran Depresión de 1929, que pone en crisis el modelo de desarrollo clásico, a la sombra de un Imperio inglés que reacciona inclinando las preferencias justamente imperiales a favor de Australia y Canadá y en detrimento de la Argentina. La literatura de la época lo corrobora, describiendo un imaginario donde priman la incomunicación y la parálisis, a veces trágicas y catastróficas, a veces esperanzadas, en ambos casos: abstractas. Quedarse estupefacto ante la realidad de la historia, en una suerte de pantano del tiempo, da lugar a una superproducción de interpretaciones en relación a una escasez de decisiones prácticas. En este cruce, el psicoanálisis cumple una misión decisiva: saber hablar de todo lo que no se puede hacer, explicar todo lo que no se pudo hacer.

Sobre el anterior entramado se montan numerosos efectos culturales que permiten referir una suerte de folclore psicoanalítico nacional. Ante todo, en el lenguaje cotidiano, donde Freud coincide con los poetas del lunfardo, creando una especie de sublunfardo coloquial neofreudiano. Permea la conversación diaria, los espectáculos, los medios de comunicación, la literatura, el discurso de los políticos y la gente de la Iglesia: trauma, complejo, castración, concienciar, depresión o deprimuta, manía, narcisismo o narcisa, psicópata, psicótico, histeria o histericoncha, masoquista o masoca, sadismo, neurosis, ansiedad, angustia, tabú, etcétera.

El psicoanálisis desempeña en lo cotidiano argentino un papel de modernización en los usos que compensa la rutina y el anticuamiento de las estructuras sociales más profundas. Estar à la page gracias a un vocabulario es un recurso histriónico que se convierte en convención, en manera de estar unos con otros. De ahí la importancia doble del teatro en la vida argentina –proliferación de espectáculos, de grupos, de actores que se hacen cargo de la crítica social y política desde un escenario o una pantalla de televisión– y métodos de formación actoral basados en el psicoanálisis individual o grupal. El espectáculo masifica a quien lo consume y el ansia modernista afecta tanto a las clases altas como a unas clases medias enculturadas y a los áureos bohemios del mundo intelectual. Hay que ponerse constantemente al día e incitar a buscar novedades que se legitiman por serlo. La sociedad argentina toma un tinte psicodramático al que responden los grupos operativos que llevan el psicoanálisis a la calle.

La vida económica –quiero decir: de los dirigentes de la economía– también se torna freudiana. Un empresario ha de sufrir estrés de triunfo y angustia de fracaso y desazón por el curso de sus negocios. La vida es competencia, victoria y derrota: el victorioso o el vencido son incapaces de poner medida a sus experiencias y acuden al psicoanalista, que también pertenece a una profesión que puede ser un buen o un mal negocio.

En su capacidad de analizar, desmenuzar, penetrar en las entretelas de las cosas y las gentes, el psicoanálisis obtiene una especial facilidad para actuar en lo que más lo vuelve notable: cuestionar o, al menos intentarlo, las normas sociales, las herencias morales –en especial, las referidas a la sexualidad–, las creencias psicológicas y religiosas tradicionales. No es una mera cuestión de léxico sino que se lleva a la superficie del debate público una cantidad de temas antes censurados o ignorados.

Hay hasta una cierta impregnación política del freudismo. El mundo psicoanalítico fue, en el primer peronismo, contrario al régimen. Dicho vulgarmente: contrera o gorila. Consideró que el peronismo era una enfermedad social y cultural del país y que necesitaba un tratamiento adecuado. A la caída de Perón, en 1955, la universidad recuperó a una cantidad de profesores que el peronismo había expulsado, entre liberales de antiguo cuño e izquierdistas de variado cuño, como siempre en las izquierdas. La población universitaria fue aumentando notablemente con la proliferación de universidades públicas y privadas. En los intermedios –desdichadamente abundantes– de dictaduras militares, el psicoanálisis fue uno de los espacios donde se podía hablar con libertad, gracias a su lenguaje cifrado. En los años setenta, la moda del neoperonismo de izquierdas reunió a las distintas vertientes. Trabajos de José Bleger y León Rozitchner trataron de sintetizar marxismo y freudismo con sofisticadas elaboraciones en medio de una sociedad donde las izquierdas estrictamente tales fueron siempre anecdóticas y testimoniales, aunque de alto nivel intelectual. En el neopopulismo actual, Ernesto Laclau ha manejado algunas fórmulas lacanianas para proponer una inmersión de la masa popular en el significante vacío de la democracia liberal, fundiendo y tal vez confundiendo la categoría de masa –de psicología social– con la de pueblo, que es política e ideológica.

El psicoanálisis no sólo ha jugado, a menudo, como crítica social sino que ha actuado, bien que escasamente y con insistencia secretista, en la autocrítica. Marie Langer, por ejemplo, ha descrito la asociación profesional como exhibicionista, hipomaníaca, derrochona, abusiva en el uso de las transferencias, censora y prohibicionista en lo político –nada de peronismo ni de marxismo–, aparte de una tendencia a estructurarse como una casta donde todo es manipulación y politiquería, endogamia de matrimonios y otras relaciones sexuales, hasta reserva de lugares exclusivos: barrios como Villa Angustia o Villa Freud, sitios de veraneo, cafés. Tribu, camorra, aristocracia, síntesis de iglesia y ejército donde el fundador es sustituido por un comandante, una suerte de Compañía de Jesús laica, igualmente imbuida de mesianismo: sanar a la humanidad de sus traumas, angustias y fobias. Tomás Segovia, traductor de Lacan, solía decir que ser una religión es lo que mantiene vivo al psicoanálisis. O, más irónicamente, otro lacaniano, Néstor Braunstein, describe al paciente que acude a una consulta como un feligrés que se presenta de rodillas ante un confesionario y se acusa de sus pecados, en tanto una voz que sale del mueble le dice: «Por mí, acúsese usted de lo que quiera, yo aquí estoy barnizando».

(De: Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina, Fórcola Ediciones, 2017)

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