El sionismo

Por Fabrizio Mejía Madrid

En un inicio, los propios judíos de Viena se burlaron de la idea que había tenido Theodore Herzl (1860-1904), un húngaro de la Budapest imperial, de separar a los judíos de Europa y llevarlos a Palestina o, si esto no fuera viable, a Argentina o lo que hoy es Uganda y una parte de Kenia. Pero todo ello estaba basado en un equívoco: que el judaísmo, además de ser una religión, era una nacionalidad. Hacer una nación para los judíos al estilo europeo tenía que tener las mismas consecuencias: el colonialismo. El escritor Karl Kraus le dedicó a Herzl una de sus sátiras, Una corona para Sión, y los caricaturistas lo dibujaron como un loco. Como sabemos hoy, el sionismo –que era como le había llamado a esta corriente política el periodista vienés Nathan Birnbaum, quien terminó renunciando al nacionalismo para volverse religioso ortodoxo– triunfó a partir de la concesión de tierras en una Palestina ocupada por los británicos en 1948, pero vale la pena entenderlo como una conjunción de tres ideas que provienen de un centro de Europa nacionalista que gravita por debajo de un imperio austrohúngaro que flota sin saber que ya desapareció. Por lo tanto, esta es la historia, también, de un no lugar que es Palestina.

De acuerdo con William M. Johnston, Herzl había sido un estudiante de derecho y parte de un círculo nacional-germánico. Como corresponsal en Francia del Neue Freie Presse, llegó justo en la ola de antisemitismo provocada por el hoyo sin fondo de la construcción del Canal de Panamá, que se atribuyó a los malos manejos financieros endilgados a «los judíos» para tapar que todos los parlamentarios franceses y el primer ministro habían recibido sobornos de la compañía de Ferdinand de Lesseps. Herzl ve cómo se desarrollan las matanzas de judíos en Ucrania, el malestar que existe contra su presencia, y trabaja en su idea que publica en 1896 bajo el nada atractivo título de: «El Estado judío: aproximaciones a una solución moderna de la cuestión judía». La propuesta era constituir una sociedad anónima a la que los estados europeos le entregarían alguna de sus posesiones coloniales para tener un lugar al que se pudiera huir de la persecución de los mismos europeos. El antisemitismo, siendo un problema europeo, podía «solucionarse» si esa misma Europa les otorgaba una concesión de alguna de sus colonias que habían tomado de otros por la fuerza. En ese entonces, la decisión de asentarse en Palestina debía pasar por el sultán de Estambul y, a la desaparición del imperio otomano, por Gran Bretaña. Ya estaba ahí, desde hacía unos años, una colonia de judíos rusos que sostenía Moritz de Hirsch, de la Asociación para la Colonización Judía, quien era partidario de fundar un Estado judío en Argentina o entre Brasil y Paraguay. Pero los territorios de Hirsch en Palestina era comprados, no invadidos. De todas formas, Herzl siguió adelante en la construcción de un judío imaginario «no mancillado por la similación» y, leyendo las novelas de Leopold Kompert y Karl Emil Franzos de la llamada «literatura del gueto», idealizó a los judíos de Bohemia y Galitzia.

Herzl dividía a los judíos en una contradicción que se solucionaría si dejaban Europa: destacaban en las finanzas y, al mismo tiempo, en los llamados a la revolución socialista. Eran banqueros y eran propagandistas de la utopía social. Eran injuriados por la izquierda y por la derecha. Pero Herzl tenía la solución: recobrar el «verdadero» conservadurismo de los judíos a partir de hacerlos trabajar su propia tierra. Esto desató las burlas de quienes no concebían cómo un dandi vienés podía irse, de pronto, a arar un desierto. La utopía de Herzl era propia de los magiares, en específico de los húngaros, que reivindicaban una identidad nacional dentro del imperio.

La segunda idea fue reivindicar una estrategia de movilización, al estilo de Georg Ritter von Schönerer, que llevó al pangermanismo a proponer que Austria fuera anexada a Alemania en un estatus autónomo y que, por supuesto, tuvo a Hitler como uno de sus admiradores. Copió la oratoria de von Shönerer y de Karl Lueger que, aunque antisemitas, eran muy eficaces para movilizar a la opinión pública. Así, organizó más de seis congresos internacionales para ir ordenando fondos bancarios, voluntades políticas y colonos. Herzl reconoció esta influencia, aunque hizo la diferencia: «queremos ser una nación, pero sin oprimir a otros pueblos».

Refugiados judíos a bordo del barco de inmigrantes ilegales Theodor Herzl (1947).

La tercera idea provenía de la monarquía austrohúngara, del llamado «josefinismo», es decir, el estilo vienés de gobernar sustentado en una burocracia católica pensada como armazón de la sociedad. Con la estabilidad como único propósito del gobierno, el «josefinismo» había hecho una política pública de ir desterrando a los que quisieran subvertir el orden. Esa era la idea de Herzl con los judíos radicales de la izquierda marxista que, para él, eran un problema que evitaba que Europa tuviera el orden y el equilibrio que sólo podía darles el conservadurismo.

Lo que estamos presenciando de los ataques de Israel a los palestinos civiles de la franja de Gaza tiene todavía mucho de las ideas de Herzl. Sigue siendo un no lugar para Palestina y para los judíos nacionalistas. La solución de una tierra con dos estados se ha desvanecido desde el incumpliento de los Acuerdos de Oslo de 1993. Queda volver a pensar en otra solución: un Estado único de carácter binacional. Pero como en la novela de Philip Roth, Operación Shylock, en donde un doble del propio Roth propone en Israel que los judíos vuelvan a Europa y dejen Palestina, el no lugar alberga, también, al mismo personaje contradictorio, un religioso y un nacionalista.

La Jornada