El soberano esquizo

Por Ilán Semo

El ascenso del fascismo en los años 20 trajo consigo la aparición de los discursos locos en la política. El nacionalsocialismo en Alemania, el falangismo en España y el fascismo en Italia encontraron su legitimidad, cada uno a su manera, en relatos desquiciantes que invariablemente anclaban su retórica en los fantasmas de la decadencia. Todo discurso político que sitúa a la semántica de la decadencia en su centro, busca inevitablemente fijar a hipotéticos sujetos responsables de ella. Así, en Italia Mussolini centró sus ataques en la inverosímil conjunción del liberalismo y el comunismo. Hitler figuró una operación semejante en el «caos de la democracia», los judíos, los gitanos y los gays. Franco nunca se cansó de repetir que el anarquismo y el comunismo eran los responsables de la decadencia de los «valores cristianos». Lo que siguió fueron dictaduras carismáticas que arrasaron con la pluralidad de sus sociedades y que, finalmente, lograron impedir la ola de revoluciones sociales que se originaron en toda Europa desde principios de los 20.

Esa misma discursividad anclada en la decadencia volvió a reaparecer en la extrema derecha europea en los años 90, ahora bajo el relato del «gran remplazo». En ese relato, los gobiernos liberales y socialdemócratas estarían propiciando el «remplazo del pueblo trabajador» por los inmigrantes.

Sin duda fue Donald Trump quien llevó este sentimiento a la cima del poder estadunidense y, con ello, del mundo mediático actual. Su estigmatización de «lo mexicano» hizo del racismo una política de Estado –y el botín sin fondo de sus votos respectivos–. Vox en España, Jair Bolsonaro en Brasil y, ahora, Javier Milei en Argentina son sus epígonos esmerados en la región, no sin antes adaptar esta semántica a las circunstancias concretas. Sin embargo, hay una paradoja en esta versión reciente de los discursos locos. A diferencia de los años 30, no se vislumbra ningún tipo de revolución social en el horizonte. Tampoco el espectro de una guerra global que obligue a cada quien a tomar partido. ¿Qué persiguen entonces?

Una hipótesis prematura: buscan imponer una gobernabilidad donde se ha perdido todo principio de gobernabilidad. Aunque la respuesta no es sencilla. Es fácil observar que esta suerte de neofascismo deviene rápidamente un homólogo de las variantes más extremas del neoliberalismo. Y no es casual que ambos extremos se den la mano. En cierta manera, se trata de su sello de origen, si se recuerda que su primer laboratorio fue escenificado por Augusto Pinochet en Chile.

Sin embargo, existen serios escollos que debe enfrentar. A diferencia de los años 70, hoy no resulta fácil suprimir la precaria democracia formal que surgió precisamente como salida de aquellas dictaduras. El último acto de Trump, el asalto al Capitolio para impedir la transmisión de poderes, queda como un antecedente de las posibilidades del ridículo, por más que ninguna de estas fuerzas tenga miedo alguno al ridículo. El camino es hoy distinto. Se mantienen con cierta vida al parlamentarismo, se concentran los medios de comunicación en varios grupos privados que «discuten» entre sí y se preservan libertades individuales mínimas. Pero en la profundidad de las sociedades quien rige la vida cotidiana es el crimen organizado y los aparatos policiacos de Estado. Se crea así una sociedad política bipolar, en que la mayor parte de esa sociedad demanda al Estado más «seguridad». Quien capta en toda su intensidad esta inversión es la película Capitán América: la guerra civil. Al final de la cinta, el héroe –quien ha combatido a quienes pretenden imponer un «Acta de Protección» (ironía del «Acta Ptriótica de Seguridad Nacional» impuesta por Bush en 2003)– dice a su adversario: «Por lo visto ya aprendieron. Antes el fascismo se imponía sobre la gente, ahora es la misma gente la que demanda su regreso».

A una sociedad bipolar corresponde una política bipolar. Es decir, un soberano esquizo ahora armado de discursos locos. El ascenso de Milei a la presidencia es demostrativo al respecto. En los últimos 35 años la economía argentina no ha encontrado el vértice de su estabilidad. Cambios de políticas en cada gobierno, un déficit fiscal estructural, impagos de la deuda exterior, una inflación que no cede –que ahora amenaza con la hiperinflación– y, sobre todo, una moneda exenta de cualquier certidumbre crearon una situación catastrófica. La pobreza se triplicó en dos décadas y la clase media se extinguió. El peronismo, dedicado en parte a proteger a una clase empresarial inepta y, en parte, a preservar antiguos derechos sociales, cavó su propio precipicio.

Milei urdió un discurso de odio a la izquierda y capitalizó la angustia de una ciudadanía que no guardaba expectativa. Y sus incontinentes promesas –»triplicar el salario en dos años» y «crear cientos de miles de empleos»– simplemente no encajan con lo que todos conocemos como una estrategia de shock. Pero las promesas no importan aquí. De lo que se trata es de una ontología de la rabia contra un establishment raído por la corrupción. Sólo que en este caso la rabia es de uno y la desmovilización de todos. Con rabia no se compone ninguna economía, si en cambio se impone lo que el mismo Milei llamó: «la ley». Su opción, si es que la gente se opone a las medidas del ajuste. Y sabemos lo que esa palabra desnuda significa en el pasado argentino.

La Jornada