El suicidio inexplicable

Por Gianni Proiettis*

Hay suicidio y suicidio. Entre los presidentes y los jefes de Estado hay gran variedad de suicidas y suicidios, en el sentido de muchas diferentes personalidades y muchos modos de suicidarse.

Primero, los suicidios físicos. Éstos también son tan variados que pueden resultar antitéticos. Hay suicidios heroicos, como el de Getulio Vargas, por segunda vez presidente de Brasil, que ama tanto el pueblo brasileño, su gente, que, acosado por la oligarquía local, decide inmolarse por la causa popular, lo deja escrito en su última carta y se dispara al corazón en su casa (Río de Janeiro, 1954).

Y hay suicidios cobardes, como el de Alan García ­(Lima, 2019), el teórico de «la lana llega sola», por segunda vez presidente de Perú, quien ­desprecia a los que lo acusan de corrupto, y los llama imbéciles y les escribe que les deja su cadáver por supremo desaire. Dicen que, para no entregarse a la policía que iba a arrestarlo por orden de la justicia, se metió un tiro en la cabeza, pero que, a propósito del cadáver, nadie lo vio, así como –dicen– en los casos de Pedro Infante y Elvis Presley.

También entre los suicidios no físicos –o políticos– predomina la variedad.

El de Alberto Fujimori, que renuncia a la presidencia de Perú vía fax desde Tokio (2000), donde se ha refugiado con el lujoso botín de una década, es en realidad la premisa de una rencarnación, pero no le funciona. Por lo visto, no es suficiente ser un shogun en fuga, disponer de una gran fortuna y tener amigos en la Yakuza para radicarse en el universo político japonés.

Hablando de suicidios, aquí el dictador perdió la ocasión de honorar sus orígenes con un espectacular harakiri, y acabó implorando la gracia desde una cárcel limeña, sin regresar un centavo de lo robado ni pedir perdón a los parientes de los que hizo asesinar.

Ya que estamos, no hay que olvidar el suicidio (moral) de Bettino Craxi, el líder «socialista» italiano, quien fue obligado, por la ola arrasadora de mani pulite a refugiarse a Túnez para evitar la justicia italiana. Fue él quien inventó que la política es sobre todo arte del business, que por el made in Italy es lícito vender el alma, que las coimas son justas comisiones.

Ahora bien, hay que notar un mecanismo que se repite históricamente, aunque en diferentes contextos ­geopolíticos.

Después del derrumbe del muro de Berlín, los ­anticomunistas europeos –desde los trogloditas con ­clavas y hachas de piedra ­hasta los esbirros de los ­estados– exultaron y festejaron la «victoria» del capitalismo. Entre ellos, el Partido «Socialista» Italiano, aliado y alineado con ­Washington. En su triunfalismo, no se dieron cuenta de que, con la ­»derrota» del comunismo, ya no iba a ser necesaria la ­poderosa –y costosa– estructura de contención que los había alimentado a partir del Plan Marshall en adelante. Sin más protección estadunidense, en 1992 Craxi se exilió a Túnez.

Han pasado 30 años: estamos en diciembre de 2022. El Congreso peruano ha realizado lo que parecía la misión de su vida: vacar –según la jerga peruana– al presidente Pedro Castillo Terrones, el maestro rural que encarnaba por primera vez las aspiraciones del pueblo. Era para quitar de un lugar sagrado las patas rajadas de un hijo de campesinos. La triste realidad de la aversión hacia el presidente Castillo se llama racismo y yace, como una serpiente, en el piso de casi todas la sociedades americanas, ahí sí, norte y sur por igual.

¡Qué pena que negro e indio sigan siendo considerados menos, medio milenio después. El único contraveneno para el racismo –quizá algún gobierno lo entienda– es la antropología, el amor y la curiosidad para las otras culturas, las que una vez llamábamos razas y no existen.

Bueno, la mera verdad es que quería hablar del mayor suicidio presidencial de estos tiempos, que está sacudiendo a Perú y escribiendo un final no previsto a una crisis sexenal (¿o veinteañal?). ¡Cómo es sesgada la información! La de izquierda sobrevuela –sin detenerse– sobre el mensaje televisado que dio Pedro Castillo la mañana del 7 de diciembre, anunciando un autogolpe, o sea la clausura del Congreso, en cuanto obstáculo principal a la gobernabilidad, la imposición de un toque de queda, la reorganización del Poder Judicial.

Es como tirarse a la piscina sin saber si está llena o vacía. Bueno, en este caso, totalmente vacía. ¿Castillo quiere repetir el autogolpe de Fujimori del 5 de abril de 1992? Cómo puede ser tan ingenuo, cuando le falta el argumento más persuasivo: las tanquetas. Castillo no tiene ni el ejército ni la policía, que se disocian inmediatamente; no tiene información aliada (Fujimori disponía de la llamada prensa chicha); no tiene plácet de la embajada estadunidense; no tiene masas ni grupos preparados. ¿Cómo puede aspirar al éxito?

Es muy difícil encontrar una etiqueta capaz de describir este tipo de suicidio. Sobre todo sabiendo que aquella misma mañana el Congreso habría votado la vacancia del presidente pero no habría alcanzado los votos necesarios. Castillo estaba a punto de ganar una importante batalla. ¿Por qué quiso perder la guerra, una guerra de 16 meses que ha tenido paralizado al país y a la nación?

Del caos actual surgen muchas voces: las protestas populares bloquean las mayores arterias y ocupan los aeropuertos, reclaman elecciones adelantadas (y no en más de un año, como concede la «nueva» presidenta Dina Boluarte), también piden una nueva constitución. Ya están pagando con los primeros muertos. Los congresistas y la oligarquía celebran su pírrico «triunfo». Todavía no han entendido que para ellos no hay ningún México con los brazos abiertos.

  • Periodista italiano

La Jornada