El suicidio político de los golpistas

Por Pedro Miguel

La prolongada conjura que políticos y funcionarios judiciales corruptos desarrollaron desde octubre pasado para impedir que Bernardo Arévalo tomara posesión como presidente de Guatemala terminó mal para ellos. El rosario de puñaladas legaloides culminó ayer con el empeño de evitar que los nuevos legisladores del Movimiento Semilla, el partido del presidente, tomaran posesión de sus cargos; como no lograron este propósito, se empecinaron en mantener el control de la Junta Directiva; tal vez así habrían podido armar las condiciones para hacerle a Arévalo algo parecido a lo que le hicieron a Pedro Castillo en Perú. Pero cuando se dieron cuenta de que tampoco lo lograrían, optaron por retrasar cuanto pudieron la instalación de la legislatura para, de esa forma, atrasar la juramentación del nuevo presidente, en un afán perverso por exasperar al pueblo, que esperó movilizado en las calles durante meses, y provocar escenas de violencia que habrían podido dar pie a la represión y a sabrá Dios qué otros escenarios, como el de un régimen de excepción.

Nada de eso les funcionó; al contrario, el dirigente de Semilla, Samuel Pérez, quedó a la postre como presidente del Congreso, éste se instaló y los diputados díscolos salieron de la sede parlamentaria entre coscorrones e insultos de la gente que se arremolinó para expresarles su repudio y hacerles evidente la cancelación de su futuro político. Los que soñaban con perpetrar un golpe de Estado son hoy unos apestados cívicos en Guatemala y en el resto del mundo, porque se exhibieron ante la nutrida representación que acudió a la toma de posesión del nuevo presidente. Coincidencia o no, ayer se supo que el gobierno de Estados Unidos deportó a Alejandro Giammatei, hijo del ex presidente del mismo nombre, el cual no tuvo arrestos para presentarse a la transferencia del mando de su sucesor y optó por enviar con un propio los símbolos del poder presidencial: un botón para la solapa, la llave de la caja en la que está depositado el ejemplar original de la Carta Magna y la banda presidencial.

Lo que habría debido ocurrir hacia las 4 de la tarde del día 14 tuvo finalmente lugar en las primeras horas del día siguiente y fue presenciado por muchos miles de tercos ciudadanos que se mantenían desde semanas atrás en el centro de la ciudad, particularmente frente al edificio del Ministerio Público –desde donde se dictaron las más vergonzosas medidas de persecución judicial contra los candidatos triunfantes en los comicios de 2023– y en la Plaza de la Constitución. Ahí, la multitud siguió el ritual de la juramentación, que se realizaba en el Teatro Nacional, situado a un par de kilómetros, con gritos de alegría, fuegos artificiales, bailes espontáneos, ondear de banderas y lágrimas, muchas lágrimas. Porque lo que estaban sintiendo muchos de los allí congregados era el fin de 70 años de terror, desapariciones, torturas, despojos, asesinatos, persecución, fraudes y hasta robo institucionalizado de menores.

Así pues, los intentos por evitar o postergar el arranque del nuevo gobierno acabaron fortaleciéndolo y debilitando a lo será a partir de ahora un sector de oposición sin espacio ni viabilidad. Pero el estallido de alegría de la madrugada no cambió de sitio los volcanes que rodean esta capital y el país amaneció enfrentado a la rutina del primer día del futuro. El presidente asumió el mando supremo de las fuerzas armadas y despidió a las delegaciones extranjeras que acudieron a su asunción. Ayer fue el día de toma de posesión de los alcaldes recién electos –poco más de 300– y, desde luego, Guatemala no amaneció cambiada de golpe. Ahora viene una fase nueva de la lucha por democratizar este país, que consiste nada menos que en sanear las instituciones –sobre todo, las judiciales–, podridas hasta el tuétano, y en empezar a recuperar las porciones del aparato de gobierno que puedan resultar útiles para las políticas que Arévalo anunció la víspera, empezando por el combate frontal y sin tregua a la corrupción, las inversiones en infraestructura y bienestar y la recuperación mediante el diálogo de la habitabilidad de Guatemala.

O sea que este país le espera un largo camino de recuperación, reconstrucción y sanación, paralelo en cierta forma a lo hecho por el gobierno de López Obrador en México. Tanto él como su par guatemalteco han hecho referencia a propósitos comunes, particularmente en lo que se refiere a migración y desarrollo. Así sea, porque las circunstancias históricas y políticas han sembrado una distancia absurda entre los dos países, hasta el punto de que el Suchiate, que no tiene más de 200 metros de ancho, parece en ocasiones más extenso que el Atlántico, y eso no es justo para nadie.

La Jornada