El Tango que Evoca a la Barra Soñadora de Homero Manzi que Estaba, como él, en «El Misterio de la Cosa»

(En la letra de «A Homero», escrita por Cátulo Castillo, desfilan Troilo, Barquina, Razzano y Discepolín, a quienes suma a su amigo Hugo Del Carril, con quien Manzi colaboró como poeta y guionista cinematografico.)

Por Bruno Passarelli

Cuando HOMERO MANZI, tras larga y penosa enfermedad, murió el 3 de mayo de 1951 a apenas 44 años de edad, el tango lo despidió con un bellísimo y sombrío «RESPONSO» que Aníbal Troilo, su gran amigo, escribió en el pentagrama esa misma noche en la pieza de al lado de dónde estaban preparando el funeral para despedirlo. Durante una década, esa obra legendaria siguió siendo la máxima expresión de dolor hacia quien todos ya conocían como el poeta más inspirado del tango.


Pero faltaban las palabras. Ésas que sirven para graficar mejor un dolor, una pena, un odio, un desencanto. Se encargó de cubrir ese inmenso vacío el que fuera el hermano menor en poesía de Homero: CÁTULO CASTILLO, quien en 1961 escribió la letra de «A HOMERO», tango entrado en la historia como una de las páginas más bellas jamás escritas y, como lujosa confirmación, otra vez con música de ANÍBAL TROILO, quien contaría alguna vez: «Durante estos larguísimos diez años me trajeron muchas letras para que les pusiera música y recordase así al Barbeta, pero yo me negué, porque sabía que un día alguien me entregaría la poesía justa para evocarlo debidamente, esa poesía me la consignó, con los ojos bañados de lágrimas, el grande Catulín».


Cátulo Castillo integraba con Barquina, José Razzano (Pepe), Troilo y Enrique Santos Discépolo su círculo áulico, eufemismo burdo para definir a su barra nochera. Un Cátulo que se identificaba con Homero hasta en su modo delicado, elegante, de escribir letras de tango. Como él, no recurrió JAMÁS en una de las suyas al lunfardo. Una costumbre instrumental que no rompió en «A HOMERO», que es un recuerdo refinado y nostálgico, signado por la melancolía y dedicado al que también Catulín consideraba como uno de sus mejores amigos. Fue el 18 de agosto de 1961 -y no en 1962, como han equivocado algunos- que Troilo lo registró para el sello RCA Víctor (placa AVL-3416-2665) cantando ROBERTO GOYENECHE, cuya interpretación lo hizo ingresar en la historia grande del tango.

Aníbal Troilo y su histórica versión de «A Homero». Canta Roberto Goyeneche

En aquella letra, Cátulo desborda lirismo, dejando en el aire la sensación de haber escrito una rapsodia arrabalera de rara belleza. Allí, alrededor del bandoneón de Pichuco, reúne a los viejos amigos de MANZI, mancomunados por «la vida en orsay», única grafia en lunfardo que utiliza para indicar que, en el partido que Homero estaba jugando con la muerte, el linesman de su costado había levantado ya una inexorable bandera amarilla que lo había puesto fuera de juego. Y tampoco es lunfa ese «tres y dos de la parada inútil» que pareciera referirse al pecularísimo modo de caminar de Barquina. En cambio, es la alusión a una difundida apuesta en los hipódromos, frecuentemente perdedora, que consistía en jugar tres boletos a ganador y otros dos a placé.

LA BARRA BRAVA DE HOMERO

Así, en aquella letra, desfilan BARQUINA, quien se llamaba Francisco Loiácono y llevaba ese sobrenombre que le puso Carlos De la Púa. Era fotógrafo del diario «Crítica» y lo querían mucho en la noche porteña. Pepe y/o «El Viejo» era JOSÉ RAZZANO, integrante con Carlos Gardel de un dúo canoro famoso que duró hasta 1925, cuando por problemas fónicos se vio obligado a abandonar el canto y pasó a ser hasta 1933, dos años antes de la tragedia de Medellín, el que le manejó los negocios al Zorzal. Sucesivamente, fue uno de los luchadores por los derechos de autores y compositores de música en una cruzada de la que nació SADAIC, con Manzi presidente. Fue un grupo al que adhirieron, también identificados políticamente, otros grandes del tango como José María Contursi, Ciriaco Ortiz, Charlo, Sebastián Piana, HUGO DEL CARRIL y, en sus últimos meses de vida, ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO.


La leyenda cuenta que fue Manzi quien, enterado hacia medianoche de su muerte, le dictó a Troilo por teléfono, desde el sanatorio dónde estaba internado, la letra de «DISCEPOLÍN», el tango que pasaría a ser el símbolo para recordar al genial y también fastidioso poeta que denunciaba por radio, con machacona insistencia, las injusticias sociales. Según el estudioso Héctor Angel Benedetti, Manzi quiso dejar un mensaje de aliento a su amigo, que estaba siendo duramente atacado por los antiperonistas debido a sus audiciones radiales que tenían como título «Pienso y digo lo que pienso», en las que defendía a capa y espada la obra de Perón y su candidatura para su segunda presidencia. No es casual, entonces, que la última palabra con la que Cátulo, también él ferviente peronista, haya clausurado la letra de «A HOMERO», el tango a él dedicado, con una alusión a «DISCEPOLÍN», que fue grabado por Troilo con la voz de Raúl Berón en abril o mayo de 1951 (no puede saberse la fecha con precisión debido a la pérdida de los registros de la empresa TK).

HOMERO Y HUGO DEL CARRIL

Pero, aún sin ser incorporado en dicha letra a los amigos de Homero, hubo otro gran personaje de la cultura popular de los años 40-50 que formó parte de su intimidad. Hablo de HUGO DEL CARRIL, con quien Manzi mantuvo una relación estrecha que duró hasta su muerte y que no se basó sólo en su mutua y viva adhesión política y sindical al peronismo ni, en su caso, en la admiración que el poeta sentía por las dotes de cantor que Hugo poseía. Muy simple: Homero lo consideraba también a él como un selecto integrante de aquellos soñadores que, en aquellos tiempos, «ESTABAN EN EL MISTERIO DE LA COSA». Una frase que para muchos podía no querer decir nada y pero que, en su esencia, estaba expresando un inexplicabe y casi misterioso «TODO»


En 1945 fue actor en «La Cabalgata del Circo» que tuvo a la futura Evita en uno de sus roles protagónicos, al punto que Hugo fue el único en besarla en un pasaje de la filmación. «Hablábamos mucho, ella siempre me mencionaba su solidaridad con los pobres», evocó Del Carril alguna vez. En 1950, con guión de Manzi, en «EL ÚLTIMO PAYADOR», película en la que interpretó a JOSÉ BETINOTTI, en competición con Gabino Ezeiza máximo exponente de un estilo campero, el de la payada, que estaba desapareciendo. Por entonces Manzi ya tenía experiencia en la escritura de temas para el cine, terreno en el que había debutado en 1942, tras convencer a Lucas Demare para que llevase al cine «La Guerra Gaucha», basada en su adaptación del famoso libro de Leopoldo Lugones.


Del Carril, por su parte, se catapultaría al primer nivel absoluto del cine argentino con «LAS AGUAS BAJAN TURBIAS», que dirigió y que es de 1952, cuando Manzi ya había fallecido. Alude a la explotación laboral que el escritor comunista Alfredo Varela denunciaba en su novela «El Río Oscuro». Vale la pena narrar aquí una anécdota, reveladora de cómo ni Del Carril ni Perón se manejaban con despreciables clichés macarthistas. Varela había caído preso y Hugo acudió al mismísimo Perón para interceder en favor de su liberación. Perón le preguntó por qué Varela había ido a parar a la cárcel y Hugo le explicó: «La policía lo agarró mientras estaba orinando en la vereda de la Embajada de Estados Unidos». Perón lanzó una carcajada y lo justificó: «Bueno, también nosotros algo de comunistas tenemos, ¿o no hablamos siempre de justicia social?». De inmediato levantó el tubo de su teléfono personal y ordenó que a Varela lo pusiesen de imediato en libertad. «Las Aguas Bajan Turbias» fue un éxito arrasador, con válidas repercusiones en el exterior, pero fue prohibida en todo el país, en una de las primera medidas represivas que tomó la dictadura militar instalada en el poder el 16 de septiembre de 1955. Poco más tarde, Del Carril fue detenido. Estuvo incomunicado 41 días en la Penitenciaría Nacional, dónde fue vejado, humillado y torturado. Lo trataron tan mal y con tanto empecinamiento que, según contó su hijo, estuvo al borde de la muerte. ¿El mayor cargo «criminal» que los «libertadores» le pudieron hacer? Haber grabado para RCA Víctor, con su personalísima voz, la marcha «LOS MUCHACHOS PERONISTAS», de la que se vendieron casi tres millones de placas y que es todavía hoy el símbolo de esa militancia política.


Debe haber influído también para este brutal ensañamiento que Del Carril hubiese llevado al disco, en ambos lados de otro 78 RPM de Víctor, dos «SALUDOS DE UN PAYADOR AL PRESIDENTE PERÓN Y A SU ESPOSA», que se transformaron en sendos homenajes a ambos y que provocaron una indignación feroz y desmedida en sus opositores. Ambas letras son de Manzi y fueron escritas en 1950 para Del Carril en una circunstancia particularísima: el mismísimo presidente le había pedido que cantase en una fiesta que iba a dar en la residencia de Olivos para homenajear a los exponentes de la cultura «nacional y popular» que el gobierno postulaba. Y Hugo, preocupadísimo, recurrió a Homero, de cuya creatividad, en apenas dos horas, emergieron las dos obras que, con aires camperos, le pusieron un sello incancelable a aquel encuentro. Del Carril fue detenido en varias ocasiones pero nunca se le pudo probar cargo alguno. En sus intervalos de libertad se ganó la vida cantando tangos y otros motivos populares con Tita Merello, también prohibida, en jardines y parques de diversiones, dónde la gente lo reconocía y lo aplaudía.

HUGO DEL CARRIL CON EL GENERAL PERÓN EN OCASIÓN DE SU RETORNO EN 1973 A LA ARGENTINA

Pese a su situación de perseguido nunca cortó la vía directa de acceso a PERÓN. Casado en nuevas nupcias con Violeta Courtois, tuvo cuatro hijos a quienes decidió bautizar en octubre de 1971 en la iglesia de la Inmaculada Concepción, de la Avenida Cabildo y Juramento de Buenos Aires, con el padrinazgo del anciano General, quien obviamente debió renunciar por su condición de exiliado. Pero desde Puerta de Hierro envió un padrino sustituto. En 1973 ambos volvieron a encontrarse, tras el regreso a la Argentina de Perón, consagrado por tercera vez en su vida como Presidente de la nación. Una de las pocas fotografías, quizás la única que entonces los muestra a ambos juntos, es la que editamos más arriba.


En 1982, o sea poco antes de morirse, Del Carril reveló que, cuando se acostaba, evocaba a sus amigos difuntos y a los momentos felices que pasó con ellos: «Eso me acerca a Dios y así, despacito, me quedo dormido». Seguro que entre ellos, en primera línea, estaban Manzi, Troilo, Discepolín y demás soñadores a quienes Cátulo Castillo evoca en su enternecedor «A HOMERO».


Porque también HUGO DEL CARRIl, como ellos, había estado en «EL MISTERIO DE LA COSA».

Versos de un Payador al General Juan Perón – Hugo del Carril – Letra de Homero Manzi

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