Empobreciendo por un sueño

CFK reintroduce el debate de ideas y propuestas mientras la precariedad de Milei se evidencia

Por Ricardo Aronskind

Imagen: Antonio Berni, El mundo prometido a Juanito Laguna.

«Zurdito empobrecedor» es una de las tantas etiquetas acuñadas por la agresiva derecha libertaria para atacar a las personas de izquierda, o progresistas, o nacionales y populares, asignándoles la responsabilidad por la pobreza existente en nuestro país, que provendría de la aplicación de las políticas distributivas, o desarrollistas, o keynesianas, o «comunistas» (sic), que habrían llevado en los últimos 100 años (sic) a que el capital local se desmoralizara y deprimiera, y por consiguiente no invirtiera en generar prosperidad como se hace en todo el mundo para felicidad de los habitantes del planeta menos los de la Argentina.

Por supuesto que toda esa versión grotesca e ideologizada de la causa de los problemas sociales nuestros no guarda relación alguna con el devenir histórico real de la sociedad argentina, empobrecida con mucha precisión a partir de los profundos experimentos redistributivos y estancacionistas de Martínez de Hoz, del menemismo y de Macri. Eso no quiere decir que la cadena argumentativa liberal-libertaria deje de tener efectividad discursiva, en el contexto de un cuadro de ignorancia histórica generalizada, agudizado por muy actualizadas técnicas de difusión de ideas de la derecha, más el entusiasmo fanático que se logra en acólitos neoliberales con cursos rápidos y efectistas de adoctrinamiento derechista. A eso debe agregársele el desconcierto del espacio alternativo, que navega en una confusión tanto política como ideológica sobre cómo enfrentar a los supuestos «derechistas enriquecedores».

El documento de Cristina

Luego de un silencio que se subrayaba en el contexto de la calamitosa experiencia institucional y económica por la que está atravesando el país, Cristina Fernández de Kirchner hizo público un documento de análisis político-económico, que busca dar cuenta de las características de la situación actual y de los peligros que encierra. También bosqueja algunas propuestas de política más generales para otro momento.

El primer comentario que surge al leer al texto es que indudablemente contribuye a levantar el nivel de la discusión pública nacional, que hoy se encuentra al nivel del piso. Se trata del lugar preferido por la derecha: argumentos sin historia, sin referencias empíricas, cargados de ficciones efectistas y que realizan una apelación invariable a las ilusiones de un público desinformado y despolitizado.

No tiene sentido reseñar todos los temas desplegados, pero si destacar algunos elementos.

Cristina sale a discutir la Biblia del actual gobierno: el origen de la inflación, que en esta versión novísima de Álvaro Alsogaray sólo ocurre por la existencia del déficit fiscal, que genera emisión monetaria inflacionaria. El argumento de CFK es que la inflación se explicaría mejor por el efecto de la carencia sistemática de dólares, producto de los episodios de timba financiera promovidos por los gobiernos neoliberales, pero también –reconoce indirectamente– por los problemas de balanza comercial que ocurren en los gobiernos que llama «industrialistas». Es interesante el cambio de énfasis de Cristina, porque sin abandonar la importancia que le da al elemento distributivo, marca con más fuerza el tema industrializador. Más adelante propone expresamente «un modelo industrializador con un sesgo exportador», consigna que antes no estaba presente tan claramente en sus planteos.

Cristina no dejó de realizar una puntuación de aspectos críticos del gobierno del Frente de Todos: esa gestión efectuó una mala renegociación de la deuda externa con los acreedores privados, tuvo un mal manejo de las reservas que ingresaron por el superávit comercial, «validó el escandaloso préstamo del FMI», generando un acuerdo con ese organismo que «condenó al gobierno a una agonía» porque le exigían devaluar más que la inflación, lo que retroalimentaba la inflación.

Sin embargo, desde nuestro punto de vista, la inflación tampoco puede ser reducida a un subproducto de la sequía de dólares que vivía el gobierno. La suba incesante de precios fue un fenómeno siempre presente en la gestión de Alberto Fernández. Es decir, antes de cualquier acuerdo con el FMI, incluso en plena pandemia, se observaban remarcaciones poco justificables que no tenían origen externo, sino en el comportamiento de los sectores concentrados internos. Precisamente una de las peores fallas de ese gobierno fue haber renunciado a un lugar equilibrador en la puja distributiva expresada en la carrera precios-salarios, dejando que el mercado actuara casi libremente, lo que llevó a la imposibilidad de recuperar los ingresos perdidos durante el macrismo, e incluso a un deterioro adicional.

El documento es muy claro cuando señala: «El Frente de Todos incumplió el contrato electoral, no supo o no pudo desatar el nudo gordiano del endeudamiento». Cristina visualiza con claridad los sucesivos endeudamientos a los cuales ha sido sometida la Argentina, pero queda pendiente un abordaje sobre cómo se explica la reiteración de estos episodios cada vez que gobiernan sin cortapisas los gobiernos predilectos del capital local, que a su vez tienen especial sintonía con las necesidades del capital financiero occidental.

Ya refiriéndose a Milei, el documento vuelve a hablar claro al sostener que el DNU y la ley Ómnibus constituyen un paquete de modificaciones del sistema legal argentino «a medida de los principales grupos empresarios». Considera Cristina que el «feroz programa de ajuste» actúa como un verdadero plan de desestabilización. Agregaríamos nosotros: de desestabilización social y política. Y agrega el texto que el plan de estabilización de Milei es la dolarización.

Efectivamente, el actual ajuste de precios, destrucción de salarios y jubilaciones, y licuación de ahorros de la clase media tiene como finalidad derrumbar el mercado interno para forzar un saldo comercial muy importante este año, que contribuya a proveer los fondos en dólares necesarios para avanzar hacia a la dolarización. También advierte la ex Presidenta que la «novedad» que traería Milei en relación a los experimentos neoliberales previos es la extranjerización de la tierra y de los recursos naturales. Advierte especialmente sobre la peligrosidad para el interés nacional del «Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones», administrado por figuras como Milei y Caputo.

En el último tramo, el documento propone «revisiones necesarias» al propio pensamiento kirchnerista, que incluyen la construcción de un modelo industrialista con sesgo exportador, una actualización de las normas laborales, la creación o transformación de empresas públicas bajo la forma de asociaciones público-privadas «virtuosas» o discutir un sistema tributario simplificado, entre otras propuestas.

Las novedades incorporadas por Cristina parecen tener cercanía con algunas de las propuestas electorales efectuadas del ex candidato Sergio Massa. Hay un acento más desarrollista en el planteo, incluyendo la propuesta de promover la inversión extranjera. A diferencia del enfoque libertario, Cristina reclama que esas inversiones agreguen valor a las exportaciones, y sean acompañadas con transferencia de tecnología a actores locales.

Si bien el planteo teóricamente parece correcto desde una perspectiva nacional, persiste el interrogante sobre qué actores privados locales tienen interés genuino en incorporar conocimientos tecnológicos y productivos para incrementar sus capacidades y salir a competir en el mercado internacional. Al contrario, parece que la tendencia del gran empresariado privado, expresada precisamente en el DNU y la ley Ómnibus –de los cuales son los verdaderos autores intelectuales–, es a la captura de negocios más o menos garantizados por marcos regulatorios hechos a medida, o la asociación pasiva y subordinada al capital extranjero, como ya se hizo en la década del ’90, en la que el país vivió un profundo proceso de extranjerización.

El documento tiene el gran mérito de reintroducir el debate de ideas y propuestas en el campo nacional y popular, que no se ha caracterizado precisamente por tener una vida muy activa en este terreno, ni tampoco canales orgánicos para que las muchas y valiosas ideas existentes se plasmen orgánicamente en una plataforma que pueda ser ampliamente conocida por la población.

El kirchnerismo ha dependido mucho de la visión de Néstor y Cristina, pero ahora, luego del fracaso del gobierno del Frente de Todos, y en el contexto del desquicio económico y social que promueve el Presidente libertario, parecen estar dadas las condiciones para una discusión más abierta, más amplia y dinámica.

El rol social del anti-kirchnerismo

La reacción furiosa, violenta e intolerante frente al documento de Cristina del bloque macrista-libertario parece más que previsible. La agresividad derechista no es sólo contra la detestada figura de la ex Presidenta como persona, sino contra al pluralismo de ideas en general, y a la mera existencia de disidencias en torno al modelo retrógrado que quieren imponer fracciones importantes de la clase dominante.

En los ‘90 esa suerte de uniformidad ideológica se dio casi naturalmente: hundido políticamente el alfonsinismo, reconvertido el peronismo al neoliberalismo de la mano de Menem, en un contexto internacional donde también parecía terminarse la diversidad de sistemas de organización social, la persistencia de pequeños focos de resistencia intelectual era completamente inofensiva frente a la topadora neoliberal que gobernaba a sus anchas el país.

Pero fue precisamente por la incongruencia del modelo de los ‘90, «el único posible» según se repetía hasta el hartazgo en los medios, que se derivó en una crisis social brutal que terminó impulsando la irrupción del fenómeno kirchnerista. No fue el «castro-chavismo» el padre del kirchnerismo, sino la ineficiencia e incapacidad de la clase dominante argentina, que tuvo a la sociedad y a la economía en su bolsillo durante toda la década del ‘90, para gobernar a sus anchas.

A diferencia de los ‘90, hoy existe en nuestro país una fracción social no menor, variada, plural, con muchos matices, que no suscribe a pies juntillas la biblia liberal libertaria, y que no acepta como horizonte futuro un país pobre con minorías infinitamente ricas. El intento de asesinar a Cristina debe ser enmarcado en la necesidad y urgencia de un sector de la elite, carente de propuestas convocantes, para extender a los tiros su dominio sobre la mayoría del país. Pero las condiciones internas y externas para la reedición de «los felices ‘90s» han cambiado drásticamente.

Sin embargo, parece que esos sectores de la elite local están realizando una lectura superficial y apresurada sobre los resultados electorales de noviembre pasado.

No sólo hay un 44% de la población que votó explícitamente otra cosa –siendo capaces de diferenciar el deprimente final del gobierno albertista de la perspectiva de un gobierno más ejecutivo y realizador– sino que buena parte de los votantes de Milei votaron otra cosa.

El casi 30% propio de Milei esperaba en su gran mayoría una mejora en sus difíciles condiciones de vida, expectativa basada seguramente en muchas ilusiones y fantasías promovidas por el candidato.

El otro 25% de votos cambiemitas-cordobesistas que posibilitó la victoria de La Libertad Avanza, si bien rechazaba contundentemente al peronismo/kirchnerismo, no estaba reclamando un hundimiento en sus condiciones de vida, ni la agresión que las provincias están recibiendo hoy por parte del Ejecutivo nacional. Anti-peronismo ciego sí, miseria no.

Más allá del juicio que se tenga sobre Cristina y los 12 años de gobiernos kirchneristas, es evidente que el rechazo promovido contra su figura poco tiene que ver con lo realmente ocurrido en su gestión pública, sino con una monumental campaña de desprestigio y desinformación que lleva ya más de 15 años.

Esa campaña no es «personal», sino que tiene una muy precisa finalidad política de más amplio espectro, que es instalar en la opinión pública una verdadera obstrucción emocional al pensamiento. La acusación infamante de «k» obliga a muchísima gente a tomar distancia de valores que les son propios, como la idea de soberanía, de democracia, de respeto a los derechos humanos o de equidad social. Si es contra lo «k» se suspenden los valores propios –los que sean– para habilitar la furia que se les demanda desplegar.

Ahora que la precariedad autoritaria de la cúpula gobernante queda más a la vista, algunos que pudieron convivir confortablemente con el doble standard cambiemita, gracias a la fobia anti-k, están observando el efecto aberrante de la trampa social del anti-kirchnerismo. No era contra Cristina persona solamente, sino que los promotores de la ofensiva publicitaria «anti-k» se lograron cargar en el camino las ideas de progreso social, de intercambio democrático de ideas, del valor de respeto a las instituciones republicanas, y hasta el valor de la defensa del interés nacional.

La discusión sobre la viabilidad del esquema Milei

A medida que pasan las semanas, y se ve con más claridad dónde apunta la acumulación de medidas gubernamentales, crece el debate entre los economistas de distintas orientaciones sobre la viabilidad del esquema y su proyección futura. No necesariamente las posiciones políticas coinciden con los diagnósticos más optimistas o pesimistas sobre la posibilidad de que lo que se está haciendo converja hacia un escenario aceptable para la población.

Algunos creen que si se conjugan positivamente una serie de factores económicos locales e internacionales (desde buenos precios de las exportaciones, ausencia de sequía, ausencia de shocks internacionales políticos o económicos), sumado a algún arreglo sólido intra-derecha que permita dar cobertura legal y política a la situación, Milei podría ir concretando el avance hacia la dolarización, el déficit cero, y hacia acuerdos mayores con inversores financieros y en recursos naturales del exterior. La paciencia social vendría dada por algunas medidas paliativas, la abrumadora propaganda en los medios generando expectativas, el desconcierto y la pasividad individual de mucha gente frente a lo que está pasando, así como por rimbombantes respaldos externos que recibiría la gestión combinada Milei-Macri.

Otros ponen muchas más señales de interrogación sobre la marcha de la economía, a partir del derrumbe que se está observando en la actividad productiva, industrial, de la construcción, y los índices de consumo, expresados en la estrepitosa caída de las ventas de todo tipo de bienes y servicios. El déficit cero sólo podría lograrse eliminando partidas gubernamentales –como para el Hospital Garrahan, por ejemplo– que serían inadmisibles para la sociedad. La inviabilidad del esquema provendría tanto de no poder cerrar las cuentas públicas (por comportamientos del propio empresariado, por contracción excesiva de la actividad) como por un rechazo extendido en la población por el deterioro meteórico de las condiciones materiales de vida. La incertidumbre sobre la viabilidad política interna sería rápidamente leída por los potenciales inversores como un llamado a la prudencia en materia de decisiones concretas sobre el mercado argentino.

Milei ha señalado que la caída económica continuará hasta marzo-abril, y que luego empezará el repunte. En economía no hay magia, y si fuera a insinuarse en mayo un repunte, tendrá que ver con acciones públicas que estimulen la demanda interna, el consumo y la inversión. Desde la crisis de 1929 sabemos que sin esas acciones impulsoras de actividad desde el Estado, el sector privado se quedará mirando y preguntando ¿y ahora quién viene a salvarnos?

Por ahora, los argentinos estamos siendo empobrecidos en aras del empecinado sueño dolarizador de un Presidente que oscila entre el mundo de los tuits y las teorías económicas y sociales descartadas por la historia.

El Cohete a la Luna