En ninguna parte

Por Fabrizio Mejía Madrid

Douglas Rushkoff y su último libro.

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Apareció un libro sobre las fantasías de los multimillonarios escrito por el estudioso de lo digital Douglas Rushkoff, Survival of the richest. Se trata de un recuento de conversaciones que este téorico del cyberpunk ha tenido con los dueños de las nuevas tecnologías, esos que, al estilo del Viejo Oeste, tomaron una tierra y le extrajeron productos para vender. En el caso de la tecnología, el territorio es una plataforma digital creada de la que se extraen datos personales para vender algoritmos. Lo que llama la atención es lo que preocupa a estos multimillonarios. En vez de preguntarle al futurólogo por el cambio climático o cómo sus modelos de negocio generaron medios de odio, desigualdad y falsedades, lo que les interesa es saber si es Alaska o Nueva Zelanda el mejor lugar para construir los búnkers que los salvarán del desastre climático final, una nueva pandemia, un ataque nuclear, una tormenta solar, una revolución de los pobres, un hackeo que inmovilice todos los servicios, o si cree que ya estarán accesibles los robots que los cuiden y, si no es el caso, cómo hacer para que los guardias de carne y hueso no los asesinen y se queden con todo.

La fantasía de los más ricos es, qué duda cabe, sobrevivirnos a todos los demás y aun al planeta. El dueño de Amazon y el de Tesla y Twitter, Bezos y Musk, creen en mudarse a Marte; los demás, Thiel o Kurtzweil, creen en revertir la vejez o vaciar sus cerebros en un disco duro. La idea es escapar. En lugar de invertir en una tecnología que aleje la catástrofe climática con toda su cauda de inundaciones, migraciones desesperadas, sequías y hambrunas, la idea es sobrepasar lo humano y huir a la mayor velocidad posible. Rushkoff propone una idea escalofriante: escapar no es el resultado del capitalismo digital, sino su causa. Lo lleva a una descripción de una «sociopatía» propia de los desarrolladores digitales: «Conformidad con los sesgos contenidos en los códigos digitales, entendimiento de las relaciones humanas como fenómenos mercantiles, pánico a la naturaleza y a las mujeres, la necesidad de ver las propias contribuciones como ideas innovadoras únicas que nunca nadie antes había pensado, y neutralizar lo desconocido a partir de dominarlo y deshumanizarlo». Lo más relevante de esta «sicopatía» es ver la vida como un videojuego que tiene un final –»el evento»– y buscar una forma de sobrevivirlos a todos a partir de encontrar una «meta», es decir, saltar a otra plataforma que incluye al propio juego y desde la que se le pueda manipular.

Ya Paul Virilio, el téorico de la velocidad, había hecho una descripción bastante aproximada de la fantasía detrás de acumular riquezas: vivir en ninguna parte. Cuando describe los últimos años del genio multimillonario Howard Hughes, lo que encuentra es que habitaba cuartos de hotel que eran copias unos de otros, sostenía a como diera lugar sus mismas rutinas obsesivas, e insistía en que cada mañana un empleado pusiera un sándwich en una bolsa colgado del árbol, el mismo árbol, en la calle de enfrente. Virilio no recurre a la sicología para descifrar a Hughes, sino a la fantasía millonaria: habitar un mismo espacio donde el tiempo no transcurra. Dentro de los aviones de guerra que inventó, lo que ocurría era la inercia, una fantasía de eternidad al alcance de la mano. Lo mismo puede decirse de la isla, el avión, el yate privado. Ninguna parte.

No se necesita mucha imaginación para encontrar semejanzas entre estas fantasías de eternidad y la cultura digital: desaparece lo material y la duración. La experiencia de tomar un libro o un disco se evapora en bytes. Lo instantáneo sustituye a la espera y a la contemplación. Ya no se lee y redacta, sólo se reacciona; ya no se aprecia, sólo se descarta para ver lo que sigue. Como escribió Virilio, «se instaura la industria de la no-mirada». La fantasía de eternidad es el instante. Lo es, también, la uniformidad. No es sólo que los malls de todo el mundo tienen la misma arquitectura, tiendas y marcas, sino que, en un estudio reciente de Oxford sobre la apariencia en Instagram, se descubrió que las personas están usando una especie de molde para alterar sus retratos con filtros fotográficos: ojos levemente rasgados, labios turgentes, ángulos agudos, narices rectas. A esto se le ha llamado la cara «de cachorro felino» y ya llegó como moda a los consultorios de cirugía estética. La profecía de Virilio de que la genética sería una de las nuevas artes va tomando forma. Lo ha hecho ya su otro pronóstico: que la libertad de expresarse se ceñiría al efecto y se alejaría de la verdad.

Con el avance de la cultura digital, hemos visto el fortalecimiento de una idea muy antigua: la crueldad tiene más efecto que la verdad. En el ansia de captar clics, se usan imágenes de destrucción, tortura, y asesinato; se profieren insultos y calumnias; se tratan de dirigir las miradas en esta cultura de no-mirar y de ser escuchado en una dinámica de pura reacción. A tal grado ha llegado la industria de la crueldad que se justifica diciendo que es «libertad» de expresión, la presentación de un ego sincero. Como concluye Virilio, el límite de toda libertad es el umbral del llamado al asesinato. Pero esas invitaciones a la crueldad traspasan ese borde a cada instante.

Sin los millones de dólares para comprar un búnker o una isla privada, los usuarios digitales reproducimos la fantasía de irnos aislando en nuestra burbuja de algoritmos que deciden cuáles son nuestros deseos e, incluso, anhelos. Se nos han vendido aplicaciones diseñadas para crear adicción, hábitos y compulsión, que financian las ganas de fugarse de los supermillonarios. Pero, le recuerdo, que, en el caso de que llegara «el evento», difícilmente alguno de nosotros tendría señal de Internet para evadirse hacia ninguna parte.

La Jornada

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