Entre el amor y la libertad

Del maestro de maestros, el churrasco solidario, los primeros auxilios caseros, la película de un Croto-Star, las carnes blancas, los pasados del mono y la vía del medio.

Por Osvaldo Baigorria

Fragmento de Anarquismo trashumante. Crónicas de crotos y linyeras

«Mi gloria es vivir tan libre / como el pájaro en el cielo / no hacer nido en este suelo / donde hay tanto que sufrir / y naides me ha de seguir / cuando yo remonto vuelo.»
(José Hernández, Martín Fierro, 1872)

El croto más famoso de la República Argentina anduvo veinticinco años en la vía, durmió miles de noches a la intemperie, viajó en innumerables trenes cargueros por todo el país, trabajó como bracero cuando pudo, se alimentó de fauna silvestre o animales de corral ajeno cuando hizo falta, y —gracias a cierta obsesividad en el carácter— recogió una multitud de anécdotas e impresiones a lápiz en viejos cuadernos Laprida. Esos manuscritos fueron posteriormente el esqueleto de un libro que armó el escritorHugo Nario, quien luego de casi cuatro años de visitas, conversaciones y recuerdos grabados del narrador-protagonista, pudo editar —por primera vez en 1988—el libro que iniciaría ese paradójico camino a la fama: Bepo, vida secreta de un linyera. «Iba y venía, subía y bajaba, paraba en un sitio, estaba dos o tres días, tomaba otro carguero, elegía una chata abierta cuando había sol y hacía frío y me echaba en el fondo, pasaba de un ramal a otro, si había pique en la arpillera o en alguna chacra y me gustaba el sitio me quedaba más tiempo, pero si una mañana alumbraba linda o escuchaba el pito de algún tren, pedía las cuentas, cargaba el mono y otra vez salía en busca de la estación más próxima y subía al primer carguero que pasara para cualquier parte. Yo era con mi libertad como un chico con un juguete nuevo».

De esa manera, entre 1930 y 1955 hizo su hogar sobre los miles de kilómetros de vías ferroviarias argentinas. Como le dijo a Pepe Soriano, quien fue uno de sus amigos: «Mi casa tiene 14 kilómetros de ancho por 47.000 de largo. Y la ventaja principal es que el dueño está en Inglaterra. Así que no me cobra alquiler».

Nació en 1912 como José Américo Ghezzi. Fue el segundo de los tres hijos de un picapedrero italiano que había venido a hacer la América en las canteras de Tandil. Y se retiró de la vida de croto en su pueblo natal, en medio de la abundante cosecha de su memoria.

—Yo me siento joven —dice este hombre de 86 años que se acerca a la puerta de su casa a paso lento, apoyándose en su bastón—. Pero los años están encima.

Es alto, aunque también altivo. Tiene la tez clara, los cabellos blancos, la mirada directa. Se sienta en su banquito en la cocina, junto a la mesa, como en un trono. Hace gestos de aristócrata: se coloca los anteojos con elegancia, señala donde está la yerba, la pava y la bombilla para que hagamos un mate.

Maestro de maestros

En la vía lo conocieron como Alberto Rosales. Dada la frecuencia de encuentros con ejemplares de esa especie predatoria que era la policía, el ocultamiento del nombre propio era una medida cautelar; por suerte, eran tiempos en los cuales uno podía andar por ahí sin documentos.

—Una vez estábamos cerca del pueblo de González Chávez, junto al uruguayo Cinatti, leyendo tranquilos, junto a un galpón —recuerda Bepo, bajando el mentón mientras sostiene el mate con las dos manos—. De repente vemos que se acercan dos policías. Cuando me venían a preguntar por lo que ellos llamaban «la papeleta», yo les decía que me la habían robado ellos mismos, la semana anterior, o algo así. Pero éstos vinieron directamente a preguntar qué estábamos leyendo. Yo los miré. Lo miré al uruguayo. Miré el libro y dije: «¿Qué estoy leyendo? Al maestro de los maestros». No sé si ellos sabrían leer, pero se los mostré: Recuerdos de provincia, de Sarmiento. «Vamos a la comisaría», ordenan los tipos. «¿Por qué?» «En la comisaría les van a explicar. Vamos,rápido». Bueno, nos llevan a la comisaría de González Chávez. Ahí apenas entramos veo que hay un comisario dormido. El tipo estaba en el escritorio, con la cabeza echada atrás, dormido como un trompo (sic). Los milicos dicen: «Comisario, aquí traemos dos detenidos». El comisario se despierta, nos mira. «Ajá», dice. «¿Qué estaban haciendo?» «Estaban ahí sin hacer nada, leyendo, comisario». «Ajá», dice el comisario. «¿Y qué estaban leyendo?»Yo le muestro el libro. «Ajá, ajá», el comisario lo examina, hace como que lee. «Bueno, déjenlos que queden en libertad», les ordena a los milicos. Éstos, confundidos, claro, porque nos habían traído ellos. No tuvieron más remedio que dejarnos ir. Nos salvó la ignorancia.

Bepo es un buen narrador, pero cuando se pone a contar algo no larga nunca el mate. Por suerte, usa una yerba muy rendidora —Cruz Malta despalada— que, según él, es ideal para largas conversaciones porque raras veces el mate termina lavado.

Pero además del narrador oral, hay aquí un escritor tapado, según lo observaron Bernardo Canal Feijoó y César Tiempo, quienes leyeron sus borradores. Un escritor con faltas de ortografía, que fue —como la mayoría de estos hombres— hasta el tercer grado de la primaria, que escribe sin tildar los acentos, que usa pocos signos de puntuación o que pone zetas en palabras como conversar, interés o personaje.

—Qué importa —se defiende Bepo—. Yo digo lo mismo que Roberto Arlt, un escritor al que admiro mucho y que tenía muchísimas faltas de ortografía. Lo importante es que yo pueda expresar mis sentimientos.

El churrasco solidario

Yerba hay de sobra, pero —aparte de un plato con polenta vieja— no se ven provisiones en sus alacenas. «Cuando andaba de croto, me acostumbré a comer salteado», explica. «Tampoco hace falta comer todos los días». Pero acepta de buena gana la invitación a un pollo de rotisería.

En su libro, Bepo describe sin economía de detalles los recursos que tuvo que aprender para sobrevivir cuando no había trabajo. Limpiar el trigo sobrante de los galpones, que los ratones habían descartado tras morderlo y surtirlo de excrementos, con leves soplidos sobre la palma de la mano hasta que estuviera listo para matar el hambre. Acechar a las mulitas de campo cuando salen de sus madrigueras, por la noche, taparles la boca de la cueva con una bolsa de arpillera para que no puedan volver a entrar, y degollarlas en el acto para proveerse de carne para el asador. Hacer fuego con cardos y bosta de vaca. Reconocer el amargo pero comestible yuyo campestre con flores llamado diente de león. O tener en cuenta que los sábados en algún almacén de pueblo se podían conseguir cinco centavos: esos días, el patrón poníaun plato sobre el mostrador y los clientes echaban monedas para los crotos. Éstos se las podían llevar, con tal que fueran de a una.

También tuvo ocasión de aprender primeros auxilios alternativos. A veces, cuando juntaban maíz en los últimos meses de la cosecha, en medio de las escarchas, el frío y el filo de las chalas les cortaban la piel de las manos como cuchillos. Entonces, con la propia orina regaban y curaban las heridas en carne viva. De paso, se calentaban las manos.

Bepo aprendió a cultivar esas formas de solidaridad espontánea, natural, que surgían entre los crotos que se encontraban cerca de alguna estación; por ejemplo, el denominado churrasco solidario: «A veces éramos tres o cuatro linyes que habíamos venido de lugares distintos, cada uno lo estaba pasando a mate y galleta dura porque no había nada que comer, pero un día uno de los cuatro conseguía una changa, un pique nada más de una o dos horas para ganarse unas monedas. Agranden el fuego que enseguida vuelvo, decía tras cobrarlas, y al rato volvía con un churrasco al que hacíamos honor los cuatro. Eran quizá sus primeras chirolas en muchos días, pero no podía gastarlas solo. Después, cada uno otra vez a su hambre, y en los cargueros siguientes tomaríamos cualquier rumbo, sin saber el nombre del que convidaba ni el de mis compañeros».

—Yo no estoy de acuerdo con eso de que pasaban hambre— opina El Pibe Materia, devorando otro pedazo de budín de pan que mamá preparó para el postre—. En el campo siempre había algo de comer. Los crotos andábamos muy bien alimentados en esa época.

Bepo se lo discutiría. Y no habría más remedio que aceptar la autoridad de sus argumentos, aunque sólo fuere porque vivió diez veces más tiempo que mi padre en la vía.

—No, claro, alimentos habían —reconoce Bepo—. Pero uno a veces tenía que arriesgarse para que no lo atacara el perro del chacarero. El perro era el enemigo del croto. Cuando se ponía a ladrar, el chacarero ya decía: «alguno debe andar caminando por ahí, por el campo». Así que había que esperar la noche. Como el perro se pasaba todo el día corriendo, persiguiendo alimañas, cuando caía dormido no lo despertaba nadie. Pero eso sí: el momento era el primer sueño, el más pesado. A eso de las once de la noche, cuando toda la familia dormía, y el perro también, uno se metía en el gallinero y se llevaba una curva.

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La película del Croto-Star

Bepo hoy puede contar su historia gracias a que volvió —como él mismo dice— a la «civilización».Y la civilización lo convirtió en estrella de cine. Fue precisamente un ensayo titulado «Los crotos», de Hugo Nario —probablemente el autor argentino que más ha escrito sobre esta minoría trashumante—, lo que captó la mirada de la estudiante de cine Ana Poliak a principios de los 80, cuando se encontraba revisando librerías en busca de estímulos para hacer un guión que sería su tesis de graduada del Centro Experimental de Realización Cinematográfica, en el Instituto Nacional de Cine.

Ana, nacida en el 62, ya tenía cierto interés por este tipo de personajes. En el guión para su tesis, titulado «Memorias del río (la red)», narraba la historia de un hombre que vivía en una playa apartada del Río de la Plata, juntando todo lo que el agua traía de las alcantarillas. El hombre recogía y acondicionaba los objetos que la sociedad había descartado; por ejemplo, tenía una familia de maniquíes y muñecos restaurados junto a su lugar de vivienda.

—Aquel era un personaje imaginario, para una propuesta poética, no narrativa —dice Ana, mientras nos tomamos una cerveza en el café La Giralda—. En el proceso de búsqueda de materiales para hacer ese guión, me topé con la revista Todo es Historia de julio de 1980. Y ahí me di cuenta de que estos personajes habían existido. Lo que más me llamó la atención, junto al título del artículo, fue una frase de Sartre: «Los dioses compartimos un terrible secreto: los hombres son libres y no lo saben».

Ana terminó su guión —que nunca llegó a filmar—, se recibió en el 85 y el tema quedó por un tiempo en el freezer de los proyectos. Pero un año más tarde, mientras trabajaba como ayudante de dirección en una película de Alberto Fisherman (sobre otro excéntrico que había vivido en Tandil, Witold Gombrowicz), una madrugada, de pronto, cerca del puerto de Buenos Aires, recibió un nuevo empujón del destino en dirección a los crotos. Mariano Beteliú, uno de los discípulos de Gombrowicz, le dijo que ella tendría que conocer a un tandilense que había andado muchos años en la vía. El propio Beteliú había leído los primeros borradores de Bepo y tuvo oportunidad de ayudar a hacer correcciones y sugerir modificaciones. Ese nombre, que Ana recordaba por el artículo de Nario, saltó como un grillo en medio de la conversación entre las sombras del puerto.

Beteliú le dio la dirección de Bepo y Ana le escribió a éste de inmediato, enviándole el guión para su tesis. Bepo le respondió con una carta entusiasta. Allí decía que él tenía mucho que ver con el personaje del guión: «En algo nos parecemos: los dos buscamos la libertad, esa vedette que quiere estar de moda ahora».

Ana fue a visitarlo varias veces, conoció a sus amigos, y empezó una relación de años que germinó en el proyecto de filmar Que vivan los crotos. Cuando el filme todavía era sólo un guión, un premio de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, presidida por Gabriel García Márquez, permitió que se interesaran la Televisión Española, el Channel Four de Londres y el National Film Board de Canadá. La parte argentina para la coproducción fue la misma Ana Poliak, a través de una así llamada Viada Producciones. Viada significa, según el glosario de Ángel Borda, «el lapso que transcurre en la vida de un croto». Para Bepo es, simplemente, «la vida en las vías».

https://youtu.be/PdVZsD4Glms

El documental-ficción, o docudrama, de 75 minutos, fue rodado en uno de los escenarios naturales del antiguo país de los vagabundos: Tandil, Bragado, Gardey y alrededores. Primero en 186 milímetros y luego ampliado a 35 mm, el film tuvo apenas seis semanas de exhibición comercial. Después realizó su propio itinerario linyera en los circuitos alternativos: bibliotecas, clubs, grupos de debate. Croteó de ese modo varios años hasta que en 1997 fue editado en video.

En la película, la historia de Bepo es narrada por él mismo y también por un amigo de la infancia, Filiberto Satti, un hombre que derivó, por contraste, hacia una vida sedentaria. Aparece también Héctor Woollands (fallecido en 1997) ofreciendo impresiones de su amigo de la infancia. Y Uda, la «novia eterna» de Bepo: la hija de la familia Conti, dueños de la cantera La Movediza, de Tandil, que se había enamorado del joven linyera. Uda esperó durante años a que Bepo retornara de sus croteadas y se le declarara. «Yo quería que me dijera algo… Pero nunca se animó». Finalmente, un día se cansó de esperar, se casó con otro y se fue a vivir a la ciudad de Buenos Aires.

—La última vez que la vi en Tandil le dije que me iba a juntar maíz al norte —sonríe Bepo, como si estuviese contando una travesura—. Cuando volví habían pasado seis años.

Entre carnes blancas

Bepo jamás se casó: «Un croto no puede tener querencia porque empezaría a sentirse atado». Adicto a su libertad, consiguió sin embargo un compinche: «El Francés», un linyera veinte años mayor que él que aparentemente había sido profesor en La Sorbona. Lo conoció durante un cruce a campo abierto que durócuarenta díasy que relata en el libro.

«Aquel disponer de mí, la vida a la deriva, la libertad de elegir rumbo, alto, partida, sin apuro ni destino ni por qué… No sé en qué momento ni dónde hallaré otra vez la vía. La otra orilla. Navegar mar adentro. Vivir de lo que encuentre. Dormir al raso. El rocío. La escarcha. La incertidumbre».

«El Francés» estaba haciendo su ranchada en un arroyo.

Hicieron migas como dos animales que se juntan para una cacería. Carnearon una de las ovejas de una estancia vecina. «El Francés» le habló de Benedetto Croce: «El fin de la Moral consiste en promover la vida». Le leyó Les Fleurs du Mal de Baudelaire a la luz de los fogones, antes de echarse a dormir bajo la escarcha. Y apuntó con el dedo hacia arriba para decir: «Los cometas son los crotos del cielo».

Bepo y «El Francés» viajaron, trabajaron y pernoctaron juntos mucho tiempo. Se separaban y se volvían a encontrar en el pueblo de San Gregorio, junto a un moli no en el cual se daban cita todos los años, para salir a crotear juntos de nuevo.

«Con ‘El Francés’ aprendí a amar la vida, la libertad, la naturaleza, el compañerismo, el andar» evoca Bepo en el film. «Fue mi maestro de croto, de vía, y el maestro que me enseñó una conducta para seguir viviendo.»

La cita en San Gregorio era sagrada; tres años des pués del primer encuentro, apenas lo ve, «El Francés» exclama: «¡Rubio! ¡Pensé que una linda chacarera lo había engrillado!». Bepo cuenta que lo miró, señaló hacia el mono que estaba tirado en el suelo y dijo: «¿Y esto?… La libertad de andar…». El mono del amor; del amor por la vía; la mujer como grillete, ancla o cadena.

—En los pueblos alguna siempre se arrimaba —informa El Pibe Materia cuando le pregunto cómo se arreglaban con el tema del amor o, por lo menos, del sexo—. Mujeres de la vida. Capaz que un croto se tiraba a dormir cerca de una vía, y de repente se recostaba una que por medio litro de vino se quedaba toda la noche.

La visita a la prostituta parecía de rigor. En Salto fue famosa una llamada la «Marlo Quemado», nombre debido a que horneaba pan casero con marlos de maíz como combustible… o tal vez era la denominación de su principal herramienta de trabajo. Con la «Marlo Quemado» sólo se podía tener sexo «por atrás», recuerda Bepo. Cuando alguno quería «por adelante», ella le gritaba: «¡Avisá, croto mugriento, si vas a meter tu porquería por donde nacieron mis hijos!».

Es sabido que, en aquellos años, la Argentina era un gran mercado mundial de trata de blancas, término que hacía literalmente referencia al hecho de que muchas de las prostitutas eran europeas o hijas de europeos. Organizaciones como la Zwi Migdal, Varsovia o Asquenasum, que poseían miles de prostíbulos y decenas de miles de mujeres en todo el país, pusieron de moda a las «carnes blancas» que relegaban a las criollas. Bepo cuenta que los crotos polacos — llamados «polonios»—, los domingos acostumbraban bañarse y lavar sus pilchas en algún arroyo y, después de ir a misa, marchaban a los burdeles con la esperanza de hallar pupilas polacas con las que pudieran charlar en su lengua natal sobre cosas de su país lejano.

¿Acaso el burdel de campaña era para ellas el equivalente a los galpones donde a veces se alojaban los crotos antes de salir a la cosecha? ¿El techo bajo el cual evitaban la intemperie? Así como para el muchacho de hogar humilde el primer gesto hacia un cambio de existencia era hacerse linyera, para la muchacha la opción estaba en hacerse «mujer de la vida»; —si se la llamaba de ese modo sería porque, evidentemente, lo otro no era vida. «La fuga o el espiante era la forma de escaparse de la mishiadura proletaria», asevera Julio Mafud en La vida obrera en la Argentina. Y era difícil sustraerse a la dependencia de un gigoló, cafishio u organización de prostíbulos. Aunque las especialidades del oficio eran muchas: ella podía convertirse en mantenida, bailarina, vitrolera, figuranta, cabaretera, lancera, pupila, yiranta o trotadora. Trotar por las calles, abrir kiosko en un pueblo, refugiarse en el burdel. Devenir prostituta era la vía, la huella del viaje croto de cada mujer.

Pasados del mono

Bepo anduvo un cuarto de siglo por los caminos y otro cuarto de siglo recogiendo recuerdos para contar su historia.

—Volví a la civilización cuando vi que me quedaban dos cosas —reflexiona—: hacerme un linye lerdo, pasado del mono, que mendiga… o asentarme acá en Tandil.

El linyera que habla solo por la calle, el viejo de la bolsa con su mirada perdida, el croto cargado de peque ños objetos (que parecen) inútiles…, ésta es la imagen de aquel que de tanto crotear termina «pasado del mono». Lo cual, generalmente, coincide con algún proceso de envejecimiento. Porque el frío, el hambre, la soledad se hacen sentir más con los años. «En tanto conservaran la agilidad para subir a los trenes, techiar, aguantar vientos y soles, andaban bien, pero cuando se ponían lerdos envejecían de golpe», afirma Bepo en su libro.

Allí recuerda, entre otros, al «Loco de la Estratósfera», un linyera que andaba con los tobillos envueltos en varios cables para defenderse de las tormentas eléctricas. Cuando llovía, prefería andar a la intemperie, en medio del campo, porque temía que los galpones, las vías, los alambrados y todo lo que tuviese metal atrajese a los rayos. También al «Loco de las Sábanas», así llamado porque le gustaba robar sábanas ajenas que guardaba en un mono mucho más grande que el de todos los demás, y que nunca se acercaba mucho a nadie que estuviera despierto; algunos decían que era una mujer disfrazada.

Otro era «El Loco del Yo-Yo». Alrededor de los años 32-33, se la pasaba jugando con este nuevo chiche arriba de los vagones de los trenes en que viajaba, a veces hasta poniéndose de pie para exhibir sus proezas. Según recuerda mi padre, una vez en que el tren pasó una estación, varias chicas lo saludaron al ver que el croto movía la mano de arriba a abajo. Él se paró sobre el vagón para saludarlas, jugando con su yo-yo. Y el tren pasó justo debajo de un puente. Se dice que al «Loco» el impacto le arrancó la cabeza limpia de sus propios hombros.

Le cuento a Bepo esa historia. Él me mira detrás de sus anteojos gruesos, baja la cabeza, entrelaza las manos, y con la mirada perdida sobre alguna baldosa de la cocina, dice con su voz lenta, alargando las vocales en cada palabra grave:

—Pasados del mono… Sí, había tantos. Esto es lo que me decidió a regresar. Pero me costó mucho. Por varios años, en medio de la noche, decía: «Ahora cuando me despierto no veo las estrellas. Veo el cielorraso. ¡Estoy en una jaula!»… Pero también me acordaba de lo que decía «El Francés». Una vez habíamos pasado por una chacra y vimos una jaula con unos pájaros. Mirá «Francés», le grité; ¡esos pobres pájaros están en una jaula! Y «El Francés» me miró y dijo: «Nosotros también estamos en una jaula. Nomás que nuestra jaula es el universo».

Por la misma época, Álvaro de Campos (Fernando Pessoa) escribiría: «Todo el universo es una celda, y estar preso no tiene que ver con el tamaño de la celda».

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Compañera Soledad

Bepo perdió de vista al «Francés» al treparse a un tren en marcha que su amigo no alcanzó a subir. Quizás «El Francés» se agarró mal, perdió el equilibrio, terminó engrasando los rieles. La cuestión es que no volvió nunca más a San Gregorio.

El picapedrero había salido a crotear convencido de que en la vía iba a encontrar «la libertad que la civilización me negaba». «El Francés» le había mostrado que a la libertad ya la llevaba puesta. Un día también le habló de la soledad, esa «compañera difícil y exigente». Otro día le advirtió: «La libertad termina cuando comienza la necesidad». Y aun otro le llegó a decir: «Algún día ten drás que elegir entre la libertad y el amor».

Y Bepo, ¿no habrá encontrado la vía del medio entre esos dos absolutos?

En principio, se reinstaló en Tandil a mediados de los años cincuenta. Todo se había vuelto más difícil: cuando el gobierno argentino compró los ferrocarriles, prohibió que los crotos tomaran gratis los cargueros. Además, las cosechadoras mecánicas comenzaron a expulsar mano de obra de los campos. Y la policía se puso cada vez más dura con los vagabundos, llegando a impedir que hicieran ranchadas al aire libre en los alrededores de la estaciones. La opción estaba clara: «hacerse croto lerdo, expulsado de los vagones, expatriado de las vías. O amontonarse en una estación grande, como la basura, hacer ranchada fija en la mugre, volverse manguero, degenerado, roñoso, borracho».

Bepo recuperó su oficio de picapedrero. Se puso al día con sus aportes jubilatorios, como trabajador autónomo. Llegó a cobrar una jubilación de $190 al mes. Y a reci bir tambien la ayuda de Hugo Nario para pagar un alqui ler de $230 (a precios de mediados de los años 90).

Servimos el pollo recién comprado, todavía humeante. Para hacer lugar en la mesa, Bepo retira varias hojas de La Nación. Es el único periódico que lee: lo recibe tres veces por semana. Se levanta a las siete de la mañana, y antes de ponerse a leerlo lo clasifica por secciones; la que más le gusta es el suplemento cultural de los domingos. Tiene guardados, en el galpón del fondo, los dominicales de La Nación de los últimos cuarenta años. Allí dentro se vuelven amarillos esos papeles, en compañía de algunas reliquias de la edad de oro de los crotos: el fierrito asador, un hierro que usaba tanto para hacer asado como para defenderse; el bandolión, una lata de cinco litros (las había más grandes) donde cocinaba sus pucheros… En ningún lugar de la casa veo un aparato de televisión.

—Eso lo dejo para cuando sea viejo —sonríe—. Con la televisión tenés que estar quietito, inmóvil, mirando para adelante. No me gusta.

Todos los días duerme su siesta sentado en ese mismo lugar de la cocina, acodado sobre la mesa, junto al calefón. Después se despierta y sigue leyendo. No fuma, no bebe alcohol. «Soy muy militar con mi cuerpo», afirma, mientras rechaza un vaso de vino frío; se sirve él mismo una jarrita de agua caliente.

—Entre los linyes nos acostumbramos a tomar mate a toda hora, hasta con las comidas —explica, mientras ataca al pollo con las dos manos—. ¿Y el mate qué es? Agua caliente. De ahí me quedó la costumbre.

Nostalgia de un imán

Claro que ahora que es famoso, cada tanto lo llaman para dar conferencias en escuelas o bibliotecas. O para responder preguntas luego de la proyección del filme de Poliak.

—Y no son treinta minutos— se queja, molesto con el ajetreo que le ocasionan las relaciones públicas—. Son por lo menos dos horas. Vienen treinta o cuarenta chicos y empiezan a preguntar. Yo ando con problemas del corazón, no puedo hacer tanto. Imaginate que me llaman de cada lugar… Resulta que como anduve por San Gregorio, de ahí me llamaron para hacerme un homenaje. Me mandaron el pasaje. Me pagaron un hotel. Hicieron un monumento para mí y para «El Francés». Me nombraron Ciudadano Ilustre.

¡San Gregorio! ¡Un pueblito de marundanga (sic)! ¡Y se hizo famoso porque yo anduve por ahí!

«Confiar en la vía, liberarme de la desesperación, del apuro y del miedo. La vía me daba comida, abrigo, compañía, camino. Era como si ella me cuidara siempre, hasta cuando yo dormía… Todo ser humano necesita sentirse poseedor de algo. Nosotros teníamos la vía… La vía para el linye era como un imán que lo atrapó para siempre».

Y sin embargo, Bepo regresó para hacer su elogio tardío, su rescate nostálgico, su defensa tenaz de una espe cie extinguida. O quizá simplemente para encontrar un lugar desde el cual resistir al tirón que ese imán le esta ba dando a sus huesos.

Mario Penone, otro tandilense que lo acompañó al principio de sus croteadas —aunque pronto decidió que esa vida no era para él— comparte la misma nostalgia en la película de Poliak. Mientras conduce su camión, levanta un día a un artesano barbudo que hacía dedo en la ruta. Otros medios de transporte, otras superficies, otros códigos. Pero entre el hippie y el camionero se tiende un puente:

«¿Tenés casa?», pregunta Penone.

«Fija, no», responde el artesano.

«Yo me hice mi casa», el camionero mira el asfalto que tiene por delante. «La hice yo, la pinté del color que quise. Es muy linda la casa. Pero es una prisión. Ahora me afeito con máquina eléctrica, antes lo hacía con nava ja. Ponía un espejito en un cardo, me mojaba la cara y al ratito estaba como para ir a un baile… Qué sé yo».

Penone observa al artesano, que se ha quedado en silencio. Y le suelta un consejo:

«No sabés lo que tenés. Tratá de hacerlo durar».

Pero ¿cuánto se puede durar en la vía? Un precursor, Jack London, publicó en 1907 una novela de no ficción que abriría camino: The Road, la primera crónica americana sobre la vida de los vagabundos escrita desde el interior de la experiencia. Medio siglo más tarde aparecería On the Road y el resto de los libros de Jack Kerouac, que influirían sobre toda una generación de trashumantes. Pero Kerouac, trabajador del ferrocarril, cowboy, jugador de fútbol, bohemio que se largó a dedo por América del Norte en la década del 1940, también regresó a Lowell, su pueblo natal. Y allí pasó sus últimos años.

El croto es la prehistoria criolla de esa película de ruta. Y los pulgares que se aferraban a las chatas o a los techos de los vagones de carga son los ancestros de esos pulgares extendidos al paso de los camiones sobre la superficie áspera de la carretera.

La distancia precisa

En Tandil, Bepo recuperó viejos amigos y ex vecinos que lo recibieron con afecto, admiración, envidia. También la familia propia, biológica, abundante, sobrepoblada, que no le resultó tan atrapante como la adoptiva.

—Antes yo era la oveja descarriada— dice, chupándole los huesitos al pollo—. Imaginate: linyera y anarquista. Ahora soy la niña mimada de la familia.

La casa está en silencio. A Bepo habrá que perdonarle, como a todos estos grandes individualistas, el pecado de la egolatría. El hombre no necesita la compañía de ninguna mascota; sólo sus diarios y sus recuerdos.

—Para tener un perro, lo tenés que cuidar —dice, tirando los restos del pollo a una bolsa de basura—. Y entonces yo no podría salir ni andar por ahí. Un hombre no puede ser esclavo de un animal.

Gracias a que Bepo volvió para contarlo, hoy sabemos qué significa realmente el término croto: «En un mundo capitalista, la libertad de andar caminando sin que nos llamen ni pitos de sirena ni reloj para ir al trabajo».

La libertad de andar. Y sin embargo, el ex croto parece haber encontrado la distancia precisa entre la libertad y el amor. O entre el estar a solas y el estar con los otros.

Allí se queda, en la puerta de su casa, despidiéndose con la mano en alto, como hacían los linyeras en cada cruce. En la vía se acostumbró a ese tránsito de encuen tros y despedidas, visitas inesperadas y partidas, como una película en cámara rápida de la existencia. Todas las noches pasa un vecino a ver cómo anda de salud. A veces cae algún amigo. Los viernes va a verlo Nario. De algún modo, todos intentan cuidarlo, aunque él también se sabe cuidar solo. Los domingos, él mismo se dirige, caminando despacito, con su bastón, hacia la casa de esa familia de tandilenses con quienes almuerza una vez por semana. Allí está Lorena, una niña que a los once años decidió adoptarlo de abuelo. Ahora esa nieta adoptiva tiene trece. El amor después de la libertad.

(De: Osvaldo Baigorria – Anarquismo Trashumante. Crónicas de crotos y linyeras, Terramar Ediciones, 2008)