Entre Pedro Rojas y Pedro Castillo

Por José Steinsleger

Uno. Revisando mi desordenado archivo periodístico, encuentro un artículo de cuando El País de España guardaba cierta ética profesional. Firmado por el investigador inglés William Rowe, el artículo se titula Un poeta que necesitamos más que nunca (16/3/1992).

Dos. Rowe indaga en la fuente de inspiración de un poema escrito por César Vallejo en plena guerra civil (Valencia, 1937), y empieza así: «Solía escribir con su dedo grande en el aire: ‘¡Viban los compañeros!’, Pedro Rojas!» ( España, aparta de mí este cáliz, 1939).

Tres. Según Rowe, la inspiración de Vallejo surgió de testimonios reunidos sobre episodios de la guerra. Entre ellos, uno del cementerio de Burgos, que se halló en el cadáver de un campesino de Sasamón. Como ocurría siempre, nadie se atrevía a identificarlo; solamente en uno de los bolsillos hallamos un papel rugoso y sucio escrito a lápiz, torpemente y con faltas ortográficas.

Cuatro. Vallejo nació en Santiago de Chuco (departamento de La Libertad), pueblo cercano a San Luis Puña (Cajamarca), de donde es oriundo el maestro rural Pedro Castillo (1969), primer campesino en ser votado democráticamente como presidente constitucional de Perú (2021).

Cinco. Pedro Castillo acaba de ser destituido por la gran burguesía entreguista y corrupta que le impidió gobernar y que, supuestamente, escribe sin faltas de ortografía. No pienso, por ende, abrir estúpidos juicios de valor en torno a la idoneidad de un campesino bien de abajo, que heroicamente ejerció el máximo cargo de un Estado que por arriba lleva 200 años imaginándose republicano.

Seis. Dejo la tarea para los doctos sin pueblo y sin votos, y los que presumen descender del conquistador Francisco Pizarro que en 1526, en la isla del Gallo (sur de Colombia), trazó con su espada una raya en la arena, diciendo a sus hombres: Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere.

Siete. Apenas 13 de los extenuados descubridores (los Trece de la Fama, según cronistas novohispanos), cruzaron la raya, y se hicieron ricos. Pero desde mucho antes de la gran rebelión del mestizo Tupac Amaru y las guerras independentistas de José de San Martín y Simón Bolívar, los dueños de Perú tuvieron serias dificultades para ejercer un racismo despiadado y sin parangón en el continente.

Ocho. Si acaso, algo de esperanza irrumpió con la primera gran reforma agraria, impulsada por el general Juan Velasco Alvarado (1968-75), férreamente combatido por las castas oligárquicas neocoloniales, en paralelo con las izquierdas adoctrinadas en un seudomarxismo europeísta y dogmático.

Nueve. En el decenio de 1970, del Titicaca a Tumbes, caminé por sierra, costa y amazonia del Perú, sintiendo la dificultad de transmitir lo vivido, apelando a ideas abstractas. Cosa que a mediados de 1989, pude esclarecer en larga plática con el popularísimo Alfonso Frijolito Barrantes, ex alcalde de Lima, tras preguntarle por qué en 1985, a pesar de encabezar las encuestas, había renunciado a la candidatura presidencial por Izquierda Unida. Dijo: «Es simple… si gano la presidencia tengo que salir a matar senderistas».

Diez. Perú se hallaba entonces inmerso en la vorágine de una violencia sin fin, que confrontó a las fuerzas armadas (asesoradas por Washington), y la guerrilla de Sendero Luminoso (que no era perita en dulce). Así, la represión republicana corrió a cargo de los gobiernos democráticos de Alan García primero (1985-90), y Alberto Fujimori después (1990-2000). Resultado: más de 70 mil muertos y desaparecidos.

Once. El país quedó exhausto, y la pacificación fujimorista corrió el velo y la magnitud del drama político y social peruano. A continuación, ocho presidentes constitucionales de profunda impronta racial, que en 21 años se vieron en figurillas para explicar que ¡Viba el Perú, carajo!, debía esciribirse con ve, de vivillo.

Doce. Días antes de la destitución y detención de Castillo en una comisaría de barrio, el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell («socialdemócrata…»), manifestó frente a la Asamblea Parlamentaria Europea-Latinoamericana (Eurolat): Estamos viviendo una tormenta perfecta, y para navegar en esta tormenta ya no nos sirven ni las rutas ni los mapas del pasado. Como los descubridores y conquistadores, tenemos que inventar un nuevo mundo (Bruselas, 30/11). ¿Quién lo habrá asesorado? ¿El marqués Mario Vargas Llosa?

Trece. Del poema de Vallejo: «¡Viban los compañeros con esta be de buitre en las entrañas de Pedro y de Rojas, del héroe y del mártir! […] ¡Abisa a todos los compañeros pronto!»

La Jornada


Pedro Rojas

Solía escribir con su dedo grande en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos compañeros pronto!

Palo en el que han colgado su madero,
lo han matado;
¡lo han matado al pie de su dedo grande!
¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con esta b del buitre en las entrañas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del mártir!

Registrándole, muerto, sorprendiéronle
en su cuerpo un gran cuerpo, para
el alma del mundo,
y en la chaqueta una cuchara muerta. .

Pedro también solía comer
entre las criaturas de su carne, asear, pintar
la mesa y vivir dulcemente
en representación de todo el mundo.
Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,
despierto o bien cuando dormía, siempre,
cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.
¡Abisa a todos compañeros pronto!
¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!
Lo han matado, obligándole a morir
a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél
que nació muy niñín, mirando al cielo,
y que luego creció, se puso rojo
y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos.

Lo han matado suavemente
entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,
a la hora del fuego, al año del balazo
y cuando andaba cerca ya de todo.

Pedro Rojas, así, después de muerto,
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró por España .
y volvió a escribir con el dedo en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».
Su cadáver estaba lleno de mundo.

César Vallejo