Entrevista a Henry Kissinger

Por Oriana Fallaci

En noviembre de 1972 la prestigiosa periodista, activista y escritora italiana Oriana Fallaci le realizó a un Henry Kissinger en su apogeo, una memorable entrevista, que luego integraría el libro Entrevista con la Historia, de 1974.

Entrevista a Henry Kissinger

Este hombre tan famoso, tan importante, tan afortunado, a quien llaman Supermán, Superstar, Superkraut, que logra paradójicas alianzas y consigue acuerdos imposibles, tiene al mundo con el alma en vilo como si el mundo fuese su alumnado de Harvard. Este personaje increíble, inescrutable, absurdo en el fondo, que se encuentra con Mao Tse-tung cuando quiere, entra en el Kremlin cuando le parece, despierta al presidente de los Estados Unidos y entra en su habitación cuando lo cree oportuno, este cuarentón con gafas ante el cual James Bond queda convertido en una ficción sin alicientes, que no dispara, no da puñetazos, no salta del automóvil en marcha como James Bond, pero aconseja las guerras, termina las guerras, pretende cambiar nuestro destino e incluso lo cambia. En resumen, ¿quién es Henry Kissinger?

Se escriben libros sobre él como se escriben sobre las grandes figuras absorbidas ya por la Historia. Libros como el que ilustra sobre su formación político-cultural: Kissinger y el uso del poder, debido a la admiración de un colega de la universidad; libros como el que canta sus dotes de seductor: Querido Kissinger, debido al amor no correspondido de una periodista francesa. Con su colega de la universidad no ha querido hablar nunca. Con la periodista francesa no ha querido acostarse jamás. Alude a ambos con una mueca de desprecio y liquida a los dos con un despectivo ademán de su gruesa mano: «No comprenden nada». «No es cierto nada». Su biografía es objeto de investigaciones rayanas en el culto. Se sabe todo: que nació en Furth, en Alemania, en 1923, hijo de Luis Kissinger, profesor de una escuela secundaria, y de Paula Kissinger, ama de casa. Se sabe que su familia es hebrea, que catorce de sus parientes murieron en campos de concentración, que con su padre, su madre y su hermano Walter, huyó a Londres en 1938 y después a Nueva York; que tenía en aquel tiempo quince años y se llamaba Heinz, no Henry, y no sabía una palabra de inglés. Pero lo aprendió muy pronto. Mientras el padre trabajaba en una oficina postal y la madre abría un negocio de pastelería, estudió lo bastante para ser admitido en Harvard y obtener la licenciatura por unanimidad con una tesis sobre Spengler, Toynbee y Kant, y convertirse en profesor. Se sabe que a los veintiún años fue soldado en Alemania, donde estuvo en un grupo de GI seleccionados por un test, considerados inteligentes hasta rozar el genio. Que por esto, y a pesar de su juventud, le encargaron la organización del gobierno de Krefeld, una ciudad alemana que había quedado sin gobernantes. De hecho, en Krefeld aflora su pasión por la política, pasión que apagaría convirtiéndose en consejero de Kennedy, de Johnson y después, en asistente de Nixon. No por azar se le considera el segundo hombre más poderoso de América, aunque algunos sostienen que es bastante más, como lo demuestra la broma que se oye hace algún tiempo en Washington: «Imagina lo que sucedería si muriera Kissinger: Richard Nixon se convertiría en presidente de los Estados Unidos…».

Le llaman la nodriza mental de Nixon. Para él y para Nixon han acuñado un apellido malicioso y revelador: Nixinger. El presidente no puede prescindir de él. Lo quiere siempre cerca: en cada viaje, en cada ceremonia, en cada cena oficial, en cada período de descanso. Y sobre todo, en cada decisión. Si Nixon decide ir a Pekín, llenando de estupor a la derecha y a la izquierda, es Kissinger quien le ha metido en la cabeza la idea de ir a Pekín. Si Nixon decide trasladarse a Moscú, confundiendo a Oriente y a Occidente, es Kissinger quien le ha sugerido el viaje a Moscú. Si Nixon decide pactar con Hanoi y abandonar a Thieu, es Kissinger quien lo ha llevado a dar este paso. Su casa es la Casa Blanca. Cuando no está de viaje haciendo de embajador, de agente secreto, de ministro del Exterior, el negociante entra en la Casa Blanca al amanecer y sale ya de noche. A la Casa Blanca lleva a lavar sus mudas, envueltas despreocupadamente en paquetes de papel que no se sabe dónde van a parar. (¿A la lavandería privada del presidente?). En la Casa Blanca come a menudo. No duerme allí porque no podría llevarse las mujeres. Divorciado desde hace nueve años, ha hecho de sus aventuras galantes un mito que alimenta con cuidado aunque muchos no crean ni la mitad. Actrices, figurantes, cantantes, modelos, periodistas, bailarinas, millonarias. Se dice que todas le gustan. Pero los escépticos replican que no le gusta ninguna: se comporta así por juego, consciente de que esto multiplica su encanto, su popularidad y sus fotografías en los semanarios. En este sentido es también el hombre más comentado en América y el que está más de moda. Son moda sus gafas de miope, sus rizos de hebreo y su traje gris con corbata azul, su falso caminar de ingenuo que ha descubierto el placer

Por eso el hombre sigue siendo un misterio, como su éxito sin parangón. Y la razón de este misterio es que acercarse a él y comprenderlo es dificilísimo; no concede entrevistas individuales, habla sólo en las ruedas de prensa acordadas por la presidencia. Y yo, lo juro, aún no he comprendido por qué aceptó verme apenas tres días después de haber recibido una carta mía sobre la que no me hacía ilusiones. Dijo que era por mi entrevista con el general Giap, hecha en Hanoi, en febrero del sesenta y nueve. Tal vez. Pero subsiste el hecho de que después del extraordinario «sí», cambió de idea y aceptó verme con una condición: no decirme nada. Durante el encuentro hablaría sólo yo y de lo que dijera dependería que me concediera o no la entrevista; suponiendo que tuviera tiempo para ello. Nos encontramos en la Casa Blanca, el jueves, 2 de noviembre de 1972. Lo vi llegar apresurado, sin sonreír y me dijo: «Good morning, miss Fallaci». Después, siempre sin sonreír, me hizo entrar en su estudio, elegante, lleno de libros, teléfonos, papeles, cuadros abstractos, fotografías de Nixon. Allí me olvidó y se puso a leer, vuelto de espaldas, un extenso escrito mecanografiado. Era un tanto embarazoso estar allí, en medio de la estancia, mientras él leía, dándome la espalda. Era incluso tonto e ingenuo por su parte. Pero me permitió estudiarlo antes de que él me estudiase a mí. Y no sólo para descubrir que no es seductor, tan bajo y robusto y prensado por aquel cabezón de carnero, sino para descubrir que ni siquiera es desenvuelto ni está seguro de sí. Antes de enfrentarse a alguien necesita tomar su tiempo y protegerse con su autoridad. Fenómeno frecuente en los tímidos que intentan ocultar su timidez, y que, en este empeño, acaban por parecer descorteses. O serlo de verdad.

Terminada la lectura, meticulosa y atenta a juzgar por el tiempo empleado, se volvió por fin hacia mí y me invitó a sentarme en el diván. Después se sentó en el sillón de al lado, más alto que el diván, y en esta posición estratégica, de privilegio, empezó a interrogarme con el tono de un profesor que examina a un alumno del que desconfía un poco. Recuerdo que se parecía a mi profesor de matemáticas y física en el Instituto Galileo de Florencia; un tipo al que odiaba porque se divertía asustándome, con la mirada irónica, fija en mí, a través de las gafas. De aquel profesor, tenía hasta la voz de barítono más bien gutural y la manera de apoyarse en el respaldo del sillón ciñéndolo con el brazo derecho; el gesto de cruzar las gruesas piernas mientras la chaqueta tiraba sobre el hinchado vientre y amenazaba con hacer saltar los botones. Si pretendía ponerme incómoda, lo consiguió perfectamente. La pesadilla de mis días escolares era tan viva, que a cada pregunta suya pensaba: «¿Sabré contestar? Porque, si no, me suspenderá». La primera pregunta fue sobre el general Giap: «Como le he dicho ya, no concedo nunca entrevistas individuales. La razón por la cual me dispongo a considerar la posibilidad de concederle una a usted es porque he leído su entrevista con Giap. Very interesting. Muy interesante. ¿Qué clase de individuo es Giap?». Lo preguntó con el aire de quien tiene muy poco tiempo disponible, lo que me obligó a resumir con una frase efectista. Y contesté: «Un esnob francés, en apariencia. Jovial y arrogante al mismo tiempo pero, en el fondo, aburrido como un día de lluvia. Más que una entrevista, aquello fue una conferencia. Y no me entusiasmó. Sin embargo, todo lo que me dijo resultó exacto».

Minimizar a los ojos de un norteamericano el personaje de Giap es casi un insulto; todos están un poco enamorados de él como lo estuvieron de Rommel. La expresión «esnob francés» lo dejó perplejo. Tal vez no la comprendió. La revelación de que era «aburrido como un día de lluvia», lo turbó: sabe que sufre también este estigma de tipo aburrido y por un par de veces su mirada azul relampagueó de modo hostil. Pero lo que realmente le afectó fue que yo diese crédito a Giap al haberme previsto cosas exactas. Me interrumpió: «¿Exactas, por qué?». «Porque Giap había anunciado en 1969 lo que sucedería en 1972», repliqué. «¿Por ejemplo?». «Por ejemplo, el hecho de que los norteamericanos se retirarían poco a poco y después abandonarían aquella guerra que les costaba siempre demasiado dinero, y que amenazaba con llevarlos al borde de la inflación». La mirada azul relampagueó de nuevo. «¿Y cuál fue, a su parecer, la cosa más importante que le dijo Giap?». «El no haber reconocido, en sustancia, la ofensiva del Tet, atribuyéndola únicamente a los vietcong». Esta vez no hizo comentarios. Sólo preguntó. «¿Considera que la iniciativa partió de los vietcong?». «Tal vez sí, doctor Kissinger. Todos saben que a Giap le gustan las ofensivas con carros armados, a lo Rommel. De hecho, la ofensiva de Pascua la hizo a lo Rommel y…». «¡Pero la perdió!». «¿La perdió?», le rebatí. «¿Qué le hace pensar que no la haya perdido?». «El hecho de que haya aceptado un acuerdo que a Thieu no le gusta, doctor Kissinger». Y, tratando de arrancarle alguna noticia, añadí en tono distraído: «Thieu no cederá nunca». Cayó en la trampa y repuso: «Cederá. Debe hacerlo». Después, terreno minado, se concentró en Thieu. Me preguntó qué pensaba de Thieu. Le dije que nunca me había gustado. «¿Y por qué nunca le ha gustado?». «Doctor Kissinger, lo sabe mejor que yo. Usted se ha fatigado tres días con Thieu, más bien cuatro». Esto le arrancó un suspiro de asentimiento y una mueca, que, al recordarla, asombra. Kissinger sabe controlar su rostro de un modo perfecto. Difícilmente permite que sus labios o sus ojos denuncien una idea o un sentimiento. Pero en este primer encuentro, no sé por qué, se controló poco. Cada vez que yo decía algo contra Thieu asentía o suspiraba ligeramente, o sonreía con complicidad.

Después de Thieu, me preguntó sobre Cao Ky y Do Cao Try. Del primero dijo que era débil y que hablaba demasiado. Del segundo que lamentaba no haberlo conocido: «¿Era, de veras, un gran general?». «Sí —le confirmé—; un gran general y un general valiente: el único general que he visto marchar en primera línea y en combate. Por esto, supongo, lo asesinaron». Fingió estupor. «¿Lo asesinaron? ¿Quién?». «Desde luego no los vietcong, doctor Kissinger. El helicóptero no cayó tocado por un mortero, sino porque alguien había manipulado los mandos. Y seguro que Thieu no lamentó este crimen, ni Cao Ky tampoco. Se estaba creando una leyenda en tomo a Do Cao Try y hablaba muy mal de Thieu y de Ky. Incluso durante mi entrevista, los atacó sin piedad». Esto le turbó más que el hecho de que, más tarde, criticase al ejército sudvietnamita. Esto sucedió al preguntarme qué había visto la última vez que estuve en Saigón, y yo le contesté que había visto un ejército que no valía un pimiento, y su rostro asumió una expresión perpleja. Sospechando que fingía, bromeé: «Doctor Kissinger, no me diga que me necesita para enterarse de estas cosas. ¡Usted que es la persona más informada del mundo!». Pero no captó la ironía y continuó el interrogatorio como si de mis opiniones dependiera la suerte del cosmos, o como si él no pudiese vivir sin ellas. Sabe adular con diabólica e hipócrita delicadeza. ¿O debo decir diplomacia?

Al decimoquinto minuto del coloquio, cuando me hubiese dado de bofetadas por haber aceptado aquella absurda entrevista por aquel a quien quería entrevistar, olvidó un poco el Vietnam y, en el tono del reportero interesado, me preguntó cuáles habían sido los jefes de Estado que más me habían impresionado. (El verbo impresionar le gusta).

Resignada, le hice la lista. Sobre todo estuvo de acuerdo con Bhutto: «Muy inteligente, muy brillante». No lo estuvo con respecto a Indira Ghandi: «¿De veras le gustó Indira Ghandi?». Como si quisiera justificar la desgraciada elección que había sugerido a Nixon durante el conflicto indopakistaní, cuando se declaró a favor de los pakistaníes que perdieron la guerra y contra los hindúes, que la ganaron. De otro jefe de Estado, del cual yo había dicho que no me parecía excesivamente inteligente pero me había gustado mucho, dijo: «La inteligencia no sirve para ser jefe de Estado. Lo que cuenta en un jefe de Estado es la fuerza. El valor, la astucia y la fuerza». Considero esta frase como la más interesante que me haya dicho, con o sin magnetófono. Ilustra su tipo, su personalidad. El hombre ama la fuerza por encima de todo. El valor, la astucia, la fuerza. La inteligencia le interesa bastante menos, aunque posea tanta como todos afirman. (Pero ¿se trata de inteligencia o de erudición y astucia? A mi entender, la inteligencia que cuenta es la humana. Es la que nace de la comprensión de los hombres, por ejemplo. Y no diría que tal inteligencia la tuviera él. Así, sobre este tema debería hacerse un estudio un poco más profundo. Admito que vale la pena).

El último capítulo del examen, se inició con la pregunta que menos esperaba: «¿Qué piensa que sucederá en Vietnam con el alto el fuego?». Pillada de improviso, dije la verdad. Dije que lo había escrito en mi correspondencia, recientemente publicada en «L’Europeo»: vendría un baño de sangre por los dos lados. «Y el primero en empezar será su amigo Thieu». Se me echó encima, casi ofendido: «¿Amigo mío?». «Bueno, digamos Thieu». «¿Y por qué?». «Porque incluso antes que los vietcong inicien sus matanzas, él hará una carnicería en las cárceles y en las penitenciarías. No habrá muchos neutralistas ni muchos vietcong en el gobierno provisional después del alto el fuego…». Arrugó la frente, estuvo un momento callado y por fin dijo: «También usted cree en el baño de sangre… ¡pero habrá supervisores internacionales!». «Doctor Kissinger, también en Dacca estaban los hindúes y no consiguieron impedir las matanzas de Mukti Bahini a expensas de los bihari». «Ya, ya. Y si… ¿Y si retrasáramos el armisticio un año o dos?». «¿Cómo, doctor Kissinger?». «¿Y si retrasáramos el armisticio un año o dos?», repitió. Me hubiera cortado la lengua, hubiese llorado. Creo haber alzado hacia él dos ojos lúcidos: «Doctor Kissinger, no me cree la angustia de haberle metido en la cabeza una idea equivocada. Doctor Kissinger, la carnicería recíproca tendrá lugar de todos modos, hoy, dentro de un año o dentro de dos. Y si la guerra continúa todavía un año o dos años, a los muertos de aquella carnicería habrá que añadir los muertos por bombardeo o en combate. ¿Me explico? Diez y veinte son treinta. ¿Qué es mejor? ¿Diez o treinta muertos?». Esta historia me quitó el sueño dos noches y cuando volvimos a vernos para la entrevista se lo confesé. Pero me consoló diciendo que no me creara ningún complejo de culpabilidad, que mi cálculo era exacto, que eran mejor diez que treinta; incluso este episodio ilustra su tipo, su personalidad. Es un hombre que lo escucha todo, que lo registra todo, como una computadora. Y cuando parece que ha desechado una información ya antigua o no aprovechable, la hace reaparecer fresquísima y útil.

Al vigesimoquinto minuto aproximadamente, decidió que había aprobado el examen. Tal vez me hubiera concedido la entrevista. Pero había un punto que le preocupaba: yo era una mujer y precisamente con una mujer, la periodista francesa que había escrito Dear Henry, había tenido una experiencia desafortunada. ¿Y si yo, a pesar de todas mis buenas intenciones, lo colocaba también en una situación embarazosa? Entonces me enojé. Y desde luego no podía decirle lo que en aquel momento me quemaba los labios: que no tenía la menor intención de enamorarme de él ni de atormentarlo con una corte despiadada. Pero podía decirle otra cosa y se la dije: que no me colocara en la misma situación de 1968 en Saigón, en que a causa del papelito hecho por un italiano aprovechado me vi obligada a abandonarme a audacias imbéciles. Que el señor Kissinger comprendiera que yo no era responsable del mal gusto de una señora que hacía mi mismo trabajo y que, por lo tanto, no debía pagar por ella. Si era necesario, saldría del asunto con un par de bofetadas. Convino en ello sin que le arrancase una sonrisa, y me anunció que había encontrado una hora en su jornada del sábado. Y a las diez del sábado, 4 de noviembre, estaría de nuevo en la Casa Blanca. A las diez y media entraba otra vez en su oficina para iniciar la entrevista quizá más incómoda de todas las que haya hecho. ¡Señor, qué pena! Cada diez minutos nos interrumpía el timbre del teléfono, y era Nixon que quería cualquier cosa, que preguntaba cualquier cosa, petulante, fastidioso, como un niño que no sabe estar lejos de mamá. Kissinger contestaba apresurada y obsequiosamente, y el diálogo conmigo se interrumpía haciendo aún más difícil el esfuerzo de comprenderlo medianamente. Después, justo en el mejor momento, cuando él me desvelaba la esencia inaprehensible de su personalidad, uno de los dos teléfonos sonó de nuevo. Era otra vez Nixon: ¿Podía el doctor Kissinger entrevistarse un momento con él? Por supuesto, señor presidente. Se levantó, me pidió que esperara, que intentaría encontrar otro poco de tiempo, salió, y aquí se acabó nuestro encuentro. Dos horas más tarde, mientras estaba aún esperando, el asistente Dick Campbell compareció muy confuso para decirme que el presidente salía hacia California y que el doctor Kissinger tenía que marcharse con él. No regresaría a Washington antes del martes por la noche, cuando ya hubiera empezado el escrutinio de votos, y dudaba razonablemente que en aquellos días pudiese terminar la entrevista. Si hubiese podido esperar hasta fines de noviembre, cuando el panorama estuviera ya despejado…

No podía esperar y no valía la pena. ¿De qué hubiese servido confirmar los perfiles de un retrato que ya poseía? Un retrato que nace de una confusión de líneas, de colores, de respuestas evasivas, de frases reticentes, de silencios irritantes. Sobre el Vietnam, es obvio que no podía añadir más y me sorprende que hubiera dicho tanto: que la guerra terminase o continuara no dependía sólo de él y no podía permitirse el lujo de comprometerlo todo con una palabra de más. Sobre sí mismo no existían estos problemas pero, no obstante, cada vez que le dirigía una pregunta concreta, la esquivaba y se escurría como una anguila. Una anguila más fría que el hielo. ¡Cielos, qué hombre de hielo! En toda la entrevista no alteró nunca aquella expresión sin expresión, aquella mirada irónica y dura, y el tono de aquella voz monótona, triste, siempre igual. La aguja del registrador se desplaza cuando se pronuncia una palabra en un tono más alto o más bajo. Con él no se movió, y más de una vez hube de controlar el aparato: asegurarme de que el magnetófono funcionaba bien. ¿Sabéis el rumor obsesionante, martilleante, de la lluvia que cae sobre el tejado? Pues su voz es así. Y, en el fondo, también sus pensamientos, jamás perturbados por un deseo de fantasía, por un esbozo de audacia o por una tentación de error. Todo está calculado en él; como el vuelo de un avión conducido por el piloto automático. Pesa cada frase hasta el miligramo. No se le escapa nada que no quiera decir y lo que dice entra siempre en la mecánica de una utilidad. Le Duc Tho debe de haber sudado tinta en aquellos días y Thieu debe de haber sometido su astucia a una prueba durísima. Kissinger tiene los nervios y el cerebro de un jugador de ajedrez.

Claro está que hay cuestiones a considerar en otros aspectos de su personalidad: por ejemplo, el hecho de que sea inequívocamente hebreo e irremediablemente alemán. Por ejemplo, el hecho de que, como hebreo y como alemán trasplantado a un país que aún mira con prevención a los hebreos y a los alemanes, arrastre un montón de problemas, contradicciones, resentimientos y tal vez una humanidad oculta. Sí, he dicho humanidad. A veces se encuentran tipos parecidos. Con un poco de esfuerzo, se pueden encontrar en Kissinger elementos del personaje que se enamora de Marlene Dietrich en El ángel azul. Su frívola persecución de mujeres le ha costado ya un matrimonio; tarde o temprano, dicen, perderá la cabeza por una de estas bellezas que se lo disputan sólo porque es tan famoso y garantiza la publicidad. Es posible. Desde mi punto de vista es el típico héroe de una sociedad donde todo es posible: hasta que un tímido profesor de Harvard, habituado a escribir aburridísimos libros de historia y ensayos sobre el control de la energía atómica, se convierta en una especie de divo que gobierna junto al presidente, una especie de playboy que regula las relaciones entre las grandes potencias e interrumpe las guerras, un enigma que intentamos descifrar sin advertir que, probablemente, no hay nada o casi nada que descifrar. Como siempre, cuando la aventura se viste de gris.

Publicada íntegra en el semanario «New Republic», reproducida en sus aspectos más importantes por los diarios de Washington, de Nueva York, y más tarde en casi todos los periódicos de los Estados Unidos, la entrevista con Kissinger levantó unos comentarios cuyas consecuencias me asombraron. Evidentemente había subvalorado al personaje y el interés que despertaba cada una de sus palabras. Evidentemente había minimizado la importancia de aquella interminable hora con él. Esto se transformó, de repente, en el tema del día. Y, rápidamente, comenzó a circular el rumor de que Nixon estaba furioso con Henry, que rehusaba incluso verlo, que era inútil que Henry le telefonease, le pidiese audiencia, fuera a buscarlo a la residencia de San Clemente. Las verjas de San Clemente estaban cerradas, la audiencia no se concedía y el teléfono no contestaba porque el presidente continuaba negándose. El presidente, entre otras cosas, no perdonaba a Henry lo que Henry me había dicho sobre la razón de su éxito: «La razón principal nace del hecho de haber actuado siempre solo. Esto les gusta mucho a los norteamericanos. Les gusta el cowboy que avanza solo sobre su caballo, el cowboy que entra solo en la ciudad, en el poblado, con su caballo y nada más…». También la prensa lo criticaba por esto.

La prensa siempre ha sido generosa con Kissinger, despiadada con Nixon. Pero en este caso, los partidismos se alteraron y cada periodista había condenado la presunción, o por lo menos la imprudencia, de unas frases como éstas. ¿Cómo se atrevía Henry Kissinger a arrogarse el mérito de aquello que obtenía como enviado de Nixon? ¿Cómo se atrevía a relegar a Nixon al papel de espectador? ¿Dónde estaba el presidente de los Estados Unidos cuando el profesorcillo entraba en el pueblo para arreglar las cosas al estilo de Henry Fonda en las películas del Oeste? En los periódicos más crueles aparecieron viñetas en las que Kissinger, vestido de cowboy, cabalgaba hacia un «saloon». En otros, aparecía la fotografía de Henry Fonda con las espuelas y el sombrero característico, y la leyenda «Henry, el cowboy solitario». Exasperado, Kissinger se dejó entrevistar por un cronista y dijo que haberme recibido era de las cosas más estúpidas que había hecho en su vida. Declaró que yo había deformado sus respuestas, alterado sus ideas, inventado sus palabras, y lo hizo de modo tan grosero que me enfurecí más que Nixon y pasé al contraataque. Le envié un telegrama a París, donde estaba aquellos días, y en resumen le pregunté si era un hombre de honor o un payaso. Incluso lo amenacé con publicar la grabación de la entrevista. Que no olvidase el señor Kissinger que había sido registrada en cinta y que esta cinta estaba a disposición de todos para refrescarle la memoria y la corrección. Declaré lo mismo a «Time Magazine», a «Newsweek», a las estaciones de televisión de la CBS y de la NBC, y a quienquiera que vino a preguntarme sobre lo que estaba sucediendo. El litigio duró casi dos meses para desdicha de ambos y especialmente mía. No podía más de Henry Kissinger; su nombre bastaba para ponerme nerviosa. Lo detestaba hasta el punto de no llegar siquiera a darme cuenta de que el pobrecillo no había tenido otra elección que la de echarme la culpa a mí. Y, por supuesto, sería inexacto decir que en aquel período le deseé cualquier éxito o felicidad.

El hecho es que mis anatemas no tuvieron fuerza. Nixon dejó de ponerle mala cara a su Henry y los dos volvieron a arrullar como dos palomas. Su armisticio tuvo efecto. Los prisioneros norteamericanos volvieron a sus casas. Aquellos prisioneros que urgían tanto al señor presidente. Y la realidad del Vietnam se convirtió en una espera de la próxima guerra. Un año más tarde Kissinger era secretario de Estado, en lugar de Rogers. En Estocolmo, le dieron finalmente el premio Nobel de la Paz. Pobre Nobel. Pobre paz.

ORIANA FALLACI. —Me pregunto lo que intenta en estos días, doctor Kissinger. Me pregunto si también usted se siente decepcionado como nosotros, como la mayor parte del mundo. ¿Está decepcionado?

HENRY KISSINGER. —¿Decepcionado? ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido en estos días para que yo esté decepcionado?

Una cosa triste, doctor Kissinger: a pesar de que usted dijo que la paz estaba «al alcance de la mano» y pese a que se ha confirmado el acuerdo de paz con los norvietnamitas, la paz no llega. La guerra continúa como antes y peor que antes.

La paz llegará. Estamos decididos a hacerla y se hará. Dentro de pocas semanas o tal vez menos; en cuanto se reanuden las negociaciones con los norvietnamitas para el acuerdo definitivo. Así lo dije hace diez días y así lo repito. Sí, la paz llegará en un espacio de tiempo razonablemente corto si Hanoi acepta otra reunión antes de firmarse el acuerdo, una reunión para determinar los detalles, si la acepta con el mismo espíritu y con la misma actitud que mantuvo en octubre. Estos «si» son la única incertidumbre de los últimos días. Pero es una incertidumbre que ni siquiera deseo considerar; usted es presa del pánico y en estas cosas no hay que dejarse atemorizar. Ni hay que ser impaciente. El hecho es que… En resumen: hace meses que hemos iniciado estas negociaciones, y ustedes, los periodistas, no nos han hecho caso. Han continuado diciendo que no desembocarían en nada. Luego, de improviso, se entusiasmaron con la paz ya hecha y ahora dicen que las negociaciones han fallado. De esta forma nos toman la temperatura cada día, cuatro veces al día. Pero la toman desde el punto de vista de Hanoi. Y… preste atención: yo comprendo el punto de vista de Hanoi. Los norvietnamitas querían que firmásemos el 31 de octubre, lo que era razonable e irrazonable al mismo tiempo y… No, no intento polemizar sobre esta cuestión.

¡Pero ustedes se habían comprometido a firmar el 31 de octubre!

Digo y repito que fueron ellos los que insistieron sobre esta fecha y que, para evitar una discusión abstracta sobre fechas, que en aquel momento parecían puramente teóricas, nos comprometimos a hacer todo lo posible para que las negociaciones terminaran antes del 31 de octubre. Pero siempre quedó claro, al menos para nosotros, que no podíamos firmar un acuerdo al que faltaba ultimar los detalles. No podíamos mantener una fecha sólo porque, de buena fe, habíamos prometido hacer todo lo posible por mantenerla. Así, ¿en qué punto estamos? En el punto en que los detalles están aún por determinar y es indispensable una nueva reunión. Ellos dicen que no es indispensable, que no es necesaria. Yo digo que es indispensable y que se hará. Se hará apenas los norvietnamitas me llamen a París. Pero estamos sólo a 4 de noviembre, hoy es 4 de noviembre, y comprendo que los norvietnamitas no quieran reanudar las negociaciones tan pocos días después de la fecha en que habían solicitado firmar. Puedo comprender este aplazamiento. Pero no es concebible, al menos para mí, que se nieguen a otra reunión. Y menos ahora que ya hemos recorrido el noventa por ciento del camino y estamos llegando a la meta. No, no estoy decepcionado. Lo estaré, desde luego, si Hanoi intenta romper el acuerdo, si rehúsa discutir cualquier modificación. Pero no puedo creerlo, no. Ni siquiera puedo sospechar que se haya llegado tan lejos para que todo se malogre por una cuestión de prestigio, de procedimiento, de fechas, de matiz.

Sin embargo, dan la impresión de mantenerse firmes en sus posiciones, doctor Kissinger. Han vuelto a utilizar un vocabulario duro, han hecho acusaciones fuertes, casi insultantes para usted…

Oh, esto no significa nada. Ha sucedido antes y nunca lo hemos tomado en cuenta. Yo diría que el vocabulario duro, las acusaciones fuertes e incluso los insultos quedan dentro de la normalidad. En esencia, no ha cambiado nada. Desde el martes 31 de octubre, o sea desde el momento en que estamos en calma, ustedes continúan preguntándose si el enfermo está enfermo. Pero yo no veo ninguna enfermedad. Y mantengo que las cosas se resolverán, más o menos, como yo digo. La paz, repito, llegará dentro de pocas semanas, en cuanto se reanuden las negociaciones. No al cabo de muchos meses.

Dentro de pocas semanas.

Pero ¿cuándo se reanudarán las negociaciones? Ésta es la cuestión.

Apenas Le Duc Tho lo desee. Estoy esperando. Pero sin inquietarme, se lo aseguro. Antes, entre encuentro y encuentro pasaban dos o tres semanas. No veo que ahora tengamos que preocuparnos porque pasen algunos días. La única razón del nerviosismo de todos ustedes es que la gente se pregunta: «¿Se reanudarán las negociaciones?». Cuando eran escépticos y no creían que se llegase a nada, nunca se daban cuenta de que pasaba el tiempo. Han sido ustedes demasiado pesimistas al principio, y demasiado optimistas después de mi conferencia de prensa, y ahora son otra vez demasiado pesimistas. No quieren meterse en la cabeza que todo está sucediendo tal como lo había pensado desde el momento en que dije que la paz estaba al alcance de la mano. Ahora hay que calcular un par de semanas, creo. Pero aunque fuesen más… Basta, no quiero hablar más del Vietnam. En este momento no puedo permitírmelo. Cada palabra que digo se convierte en noticia. Tal vez a finales de noviembre… Oiga, ¿por qué no nos vemos a fines de noviembre?

Porque es más interesante ahora, doctor Kissinger. Porque Thieu, por ejemplo, le ha desafiado a hablar. Lea este recorte del «New York Times». Cita una frase de Thieu: «Pregúntenle a Kissinger cuáles son los puntos que nos separan, cuáles son los puntos que no acepto».

Déjeme leer… ¡Ah! No, no le contestaré. No tendré en cuenta esta invitación.

Ya ha contestado, doctor Kissinger. Ya ha dicho que el punto de fricción nace del hecho que, según el tratado aceptado por usted, las tropas norvietnamitas se quedarán en Vietnam del Sur. Doctor Kissinger, ¿cree que conseguirá alguna vez convencer a Thieu? ¿Cree que Norteamérica tendrá que firmar con Hanoi separadamente?

No me lo pregunte. Yo debo atenerme a lo que he dicho públicamente hace diez días… No puedo, no debo considerar una hipótesis que creo que no se verificará. Una hipótesis que no debe verificarse. Sólo puedo decirle que estamos decididos a firmar esta paz, y la firmaremos sea coma sea, en el mínimo de tiempo posible, después de haberme reunido de nuevo con Le Duc Tho. Thieu puede decir lo que quiera. Es asunto suyo.

Doctor Kissinger, si le pusiera un revólver en la sien y le obligara a elegir entre una cena con Thieu y una cena con Le Duc Tho…, ¿qué elegiría?

No puedo contestar a esta pregunta.

¿Y si la contestara yo diciendo: me gusta pensar que preferiría cenar con Le Duc Tho?

No puedo, no puedo…, no quiero contestar a esta pregunta.

¿Puede responder a esta otra? ¿Le ha gustado Le Duc Tho?

Sí. Me ha parecido un hombre muy dedicado a su causa, muy serio, muy firme, y siempre cortés y educado. A veces también muy duro, más bien difícil de tratar; pero ésta es una cosa que yo siempre he respetado. Sí, respeto mucho a Le Duc Tho. Naturalmente, nuestra relación ha sido muy profesional, pero creo…, creo haber advertido en él como una sombra de dulzura. Por ejemplo, hubo momentos en que conseguimos incluso bromear. Decíamos que un día yo iría a enseñar relaciones internacionales a la universidad de Hanoi, y él vendría a enseñar marxismo-leninismo a la universidad de Harvard. Bien, yo definiría nuestras relaciones como buenas.

¿Diría lo mismo con respecto a Thieu?

También tengo buenas relaciones con Thieu. Antes…

Ya, antes. Los sudvietnamitas han dicho que ustedes no se han saludado como los mejores amigos.

¿Qué han dicho?

Que no se han saludado como buenos amigos, repito. ¿Afirmaría lo contrario, doctor Kissinger?

Bueno… Es cierto que tenemos nuestros puntos de vista. Y no necesariamente los mismos puntos de vista. Por tanto, digamos que Thieu y yo nos hemos saludado como aliados.

Doctor Kissinger, se ha demostrado que Thieu es un hueso más duro de roer de lo que se creía. Sin embargo, en lo que respecta a Thieu, ¿cree haber hecho todo lo que era posible hacer, o espera todavía poder conseguir algo más? En resumen, ¿se siente optimista respecto al problema Thieu?

¡Claro que me siento optimista! Aún tengo algo que hacer. ¡Mucho que hacer! Aún no he terminado, ¡no hemos terminado! Y no me siento impotente. No me siento desalentado. En absoluto. Me siento preparado, confiado, optimista. Si no puedo hablar de Thieu, si no puedo contarle lo que estamos tratando en este momento, esto no significa que me apresure a perder la confianza de arreglar las cosas en el tiempo previsto. Por eso es inútil que Thieu les induzca, a ustedes los periodistas, a que me obliguen a detallar los puntos sobre los que no estamos de acuerdo. Es inútil, porque ni siquiera me pone nervioso esta pregunta. Además, no soy hombre que se deje llevar por las emociones. Las emociones no sirven para nada. Y menos para obtener la paz.

Pero el que muere, el que está muriendo, tiene prisa, doctor Kissinger. En los periódicos de esta mañana aparecía una fotografía tremenda: la de un jovencísimo vietcong muerto dos días después del 31 de octubre. Y había una noticia tremenda: la de veintidós norteamericanos muertos en el helicóptero derribado por una granada vietcong tres días después del 31 de octubre. Y mientras usted condena la prisa, el departamento norteamericano de Defensa envía nuevas armas y nuevas municiones a Thieu. Y Hanoi hace lo mismo.

Eso era inevitable. Sucede siempre antes de un alto el fuego. ¿No recuerda las maniobras que tuvieron efecto en Oriente Medio cuando se proclamó el alto el fuego? Duraron, por lo menos, dos años. Mire, el hecho de que nosotros mandemos nuevas armas a Saigón y que Hanoi mande otras armas a los norvietnamitas instalados en el Sur, no significa nada. Nada. Nada. Y no me haga hablar más del Vietnam, por favor.

¿Tampoco quiere hablar de que, según lo que muchos piensan, el acuerdo aceptado por usted y por Nixon es prácticamente un acta de rendición a Hanoi?

¡Esto es un absurdo! Es un absurdo decir que el presidente Nixon, un presidente que ante la Unión Soviética y la China comunista y en vista de su propia elección ha asumido una actitud de defensa y de asistencia a Vietnam del Sur contra lo que él consideraba una invasión norvietnamita… Es un absurdo pensar que este presidente pueda rendirse a Hanoi. ¿Y por qué tendría que rendirse precisamente ahora? Lo que hemos hecho no ha sido rendirnos. Ha sido dar a Vietnam del Sur una oportunidad de sobrevivir en condiciones que son, hoy, más políticas que militares. Ahora les toca a los sudvietnamitas vencer la competencia política que les espera. Es lo que hemos dicho siempre. Si compara el acuerdo aceptado con nuestras propuestas del 8 de mayo se dará cuenta que se trata casi de lo mismo. No hay grandes diferencias entre lo que propusimos el pasado mayo y lo que, esquemáticamente, contiene el acuerdo aceptado. No hemos incluido nuevas cláusulas, no hemos hecho nuevas concesiones. Rechazo total y absolutamente la opinión de la «rendición». Y ahora, basta de hablar del Vietnam. Hablemos de Maquiavelo, de Cicerón, de todo menos del Vietnam.

Hablemos de la guerra, doctor Kissinger. Usted no es pacifista, ¿verdad?

No, no creo serlo. Aunque respete a los pacifistas genuinos, no estoy de acuerdo con ningún pacifista y en especial con los pacifistas a medias: los que aceptan la guerra por una parte y son pacifistas por la otra. Los únicos pacifistas con los que acepto hablar son los que soportan hasta el final las consecuencias de la no violencia. Pero incluso con éstos hablo sólo para decirles que serán aplastados por la voluntad de los más fuertes y que su pacifismo sólo les conducirá a horribles sufrimientos. La guerra no es una abstracción, es una cosa que depende de las condiciones. La guerra contra Hitler, por ejemplo, era necesaria. Lo que no quiere decir que la guerra sea necesaria de por sí, que las naciones deban hacerla para mantener su virilidad. Quiero decir que existen principios por los cuales las naciones deben estar preparadas para combatir.

Y de la guerra del Vietnam, ¿qué tiene que decirme, doctor Kissinger? Usted no ha estado nunca contra la guerra del Vietnam, me parece.

¿Cómo podría estarlo? Ni siquiera lo estuve antes de ocupar mi posición actual… No, no he estado nunca contra la guerra del Vietnam.

¿Y no cree que Schlesinger tiene razón cuando dice que la guerra del Vietnam sólo ha conseguido probar que medio millón de norteamericanos con toda su tecnología no han sido capaces de derrotar a hombres mal armados y vestidos con un pijama negro?

Éste es otro problema. Si es un problema que la guerra del Vietnam haya sido necesaria, justa, antes que… Las opiniones de este estilo dependen de la posición que cada uno adopta cuando su país está ya metido en la guerra y no hay más que pensar en la manera de sacarlo de ella. Después de todo, mi papel, nuestro papel, ha sido el de reducir en lo posible el grado de compromiso de Norteamérica en la guerra y, más tarde, el de terminar la guerra. En último caso será la historia la que diga quién hizo más: los que sólo han colaborado criticando, o los que hemos intentado limitar la guerra y hemos acabado por liquidarla. Sí, el juicio lo hará la posteridad. Cuando un país está involucrado en una guerra no basta decir: hay que terminarla. Hay que terminarla con criterio. Otra cosa sería decir que fue justo intervenir en ella.

Pero ¿no tiene la impresión, doctor Kissinger, de que ésta ha sido una guerra inútil?

En esto puedo estar de acuerdo. Pero no olvidemos que la razón por la que entramos en la guerra fue impedir que el Norte se comiera al Sur, para permitir que el Sur siguiera siendo el Sur. Naturalmente, no quiero decir que nuestro objetivo fuese sólo éste… Fue algo más… Pero hoy no estoy en la posición adecuada para juzgar si la guerra del Vietnam ha sido justa o no, si entrar en ella ha sido útil o inútil. Pero ¿estamos aún hablando del Vietnam?

Sí. Y, sin dejar de hablar del Vietnam, ¿considera que estas negociaciones han sido y son la empresa más importante de su carrera y, tal vez, de su vida?

Han sido la empresa más difícil. A menudo también la más dolorosa. Pero tampoco creo justo definirla como la empresa más difícil: es más exacto decir que es la empresa más dolorosa. Porque me ha afectado emocionalmente. Acercarse a China ha sido una empresa intelectualmente difícil pero no emocionalmente. La paz del Vietnam, sin embargo, ha sido una empresa emocionalmente difícil. En cuanto a definir estas negociaciones como la cosa más importante que he hecho… No, lo que yo quería conseguir no era sólo la paz de Vietnam: eran tres cosas. Este acuerdo, el acercamiento a China y unas nuevas relaciones con la Unión Soviética. Siempre me ha interesado especialmente el problema de una nueva relación con la Unión Soviética. Yo diría que en el mismo grado que el acercamiento a China y el fin de la guerra del Vietnam.

Y lo ha conseguido. Ha tenido éxito el asunto de China, ha tenido éxito el asunto de Rusia y está a punto de alcanzar el éxito en la paz del Vietnam. Y en este punto le pregunto, doctor Kissinger, lo mismo que les pregunté a los astronautas cuando andaban por la Luna: «What after that? ¿Qué hará después de la Luna, qué cosa más se puede hacer después del oficio de astronauta?».

¿Y qué contestaron los astronautas?

Quedaron confusos y contestaron: «Veremos… No sé…».

Yo también digo esto. Realmente no sé qué haré después. Pero, al revés que los astronautas, no me siento confuso. En mi vida he encontrado siempre muchas cosas que hacer y estoy seguro de que cuando haya dejado este puesto…

Naturalmente, necesitaré un período de recuperación, de relajamiento; no se puede estar en la posición en que estoy, abandonarla y empezar inmediatamente cualquier otra cosa. Pero, una vez relajado, estoy seguro de encontrar otra actividad que valga la pena. No quiero pensar en esto ahora; influiría en mi… mi trabajo. Atravesamos un período tan revolucionario que planificar la propia vida, hoy, es una actitud de pequeño burgués del ochocientos.

¿Volverá a enseñar en Harvard?

Tal vez. Pero es muy, muy improbable. Hay cosas mucho más interesantes; y si con toda la experiencia que he tenido no encontrase la manera de mantener para mí una vida interesante…, desde luego, será culpa mía. Por lo demás, no he decidido aún dejar este trabajo. Me gusta mucho, ¿sabe?

Cierto. El poder siempre seduce. Doctor Kissinger, ¿en qué medida le fascina el poder? Intente ser sincero.

Lo seré. Cuando se tiene el poder en la mano y cuando se tiene en la mano por mucho tiempo, se acaba por considerarlo como algo que nos incumbe. Estoy seguro de que cuando deje este puesto, notaré la falta del poder. Sin embargo, el poder como fin en sí mismo, el poder por el poder, no me fascina en absoluto. No me despierto cada mañana diciendo: ¡Cielos!, ¿no es extraordinario que pueda tener a mi disposición un avión, que un automóvil con chófer me espere ante la puerta? ¿Quién lo hubiera creído posible? No, una elucubración como ésta no me interesa. Y, si llego a hacerla, no es un elemento determinante. Lo que me interesa es lo que se pueda hacer con el poder. Se pueden hacer cosas espléndidas, créame… De todos, modos, no ha sido el afán de poder lo que me ha empujado a este trabajo. Si examina mi pasado político, descubrirá que el presidente Nixon no podía entrar en mis planes. He estado en contra de él por lo menos en tres elecciones.

Lo sé. Incluso una vez declaró que Nixon «no se adaptaría al papel de presidente». ¿Alguna vez se siente incómodo ante Nixon por esta declaración, doctor Kissinger?

No recuerdo las palabras exactas que pueda haber pronunciado contra Richard Nixon. Pero supongo que debí expresarme más o menos de este modo desde el momento en que se sigue repitiendo esta frase entre comillas. Sin embargo, si lo he dicho, esto prueba que Nixon no formaba parte de mis planes para escalar el poder. En cuanto al hecho de sentirme molesto ante él… Yo no lo conocía en aquel tiempo. Mantenía respecto a él, la actitud convencional de los intelectuales, ¿me explico? Estaba equivocado. El presidente Nixon ha demostrado una gran fortaleza, y una gran habilidad. Incluso en el hecho de llamarme. No estaba en su círculo cuando me ofreció este trabajo. Quedé aturdido. Al fin y al cabo, él conocía la escasa amistad y la poca simpatía que siempre le había demostrado. Sí, dio pruebas de gran valor al llamarme.

No nos pilla de sorpresa. Salvo en que la acusación se vuelve hoy contra usted: ser la nodriza mental de Nixon.

Es una acusación totalmente falta de sentido. No olvidemos que, antes de conocerme, el presidente Nixon intervino activamente en política exterior. Éste ha sido siempre su principal interés. Ya antes de ser elegido, se resaltaba que la política exterior era para él una cuestión importantísima. Tiene ideas muy claras al respecto. Y es un hombre fuerte. Además no se convierte uno en presidente de los Estados Unidos, no se es nombrado dos veces candidato presidencial, no se sobrevive tanto tiempo en el mundo político, si se es un hombre débil. Del presidente Nixon puede usted pensar lo que quiera, pero una cosa es cierta: no se llega a presidente dos veces porque se sea instrumento de otra persona. Estas interpretaciones son románticas e injustas.

¿Le tiene usted mucho afecto, doctor Kissinger?

Le tengo un gran respeto.

Doctor Kissinger, la gente dice que a usted no le importa nada Nixon. Dicen que usted se limita a hacer su oficio y nada más. Que lo hubiera hecho con cualquier presidente.

Yo, sin embargo, no estoy nada seguro de que con otro presidente hubiera podido hacer lo que he hecho con él. Una relación tan especial, me refiero a la que existe entre el presidente y yo, depende siempre del estilo de los dos hombres. En otras palabras: no conozco muchos líderes, y he conocido muchos, que tuvieran el valor de enviar a su asistente a Pekín sin decírselo a nadie. No conozco muchos líderes que dejaran a su asistente la tarea de negociar con los norvietnamitas, e informar sobre ello sólo a un limitadísimo número de personas. Cierto, algunas cosas dependen del tipo de presidente. Lo que yo he hecho ha sido posible porque él me lo ha hecho posible.

No obstante, usted fue también consejero de otros presidentes. Incluso de presidentes adversarios. Hablo de Kennedy, Johnson…

Mi posición respecto a todos los presidentes ha sido la de dejar a su elección si querían o no querían conocer mis puntos de vista. Cuando me los preguntaban, se los exponía, diciendo a todos, indiscriminadamente, lo que pensaba. Nunca me ha importado el partido al que pertenecieran. He contestado con idéntica independencia a las preguntas de Kennedy, de Johnson, de Nixon. Les he dado los mismos consejos. Con Kennedy fue más difícil, es cierto. Se dice que yo no estaba demasiado de acuerdo con él. Bien…, sí; sustancialmente fue culpa mía. En aquellos tiempos yo me consideraba mucho más inmaduro que ahora. Y, además, era un consejero a ratos perdidos; no se puede influir en la política diaria de un presidente si se le ve dos veces por semana cuando los demás lo ven siete. Quiero decir… que con Kennedy o con Johnson no estuve nunca en una posición semejante a la que ocupo con Nixon.

¿Ningún asomo de maquiavelismo, doctor Kissinger?

Ninguno. ¿Por qué?

Porque en algunos momentos, oyéndole, me he preguntado no cuánto ha influido usted a los presidentes de los Estados Unidos, sino cuánto ha influido en usted Maquiavelo.

En ningún modo. En el mundo contemporáneo es muy poco lo que se puede aceptar o usar de Maquiavelo. En Maquiavelo sólo encuentro interesante el modo de considerar la voluntad del príncipe. Interesante, pero no hasta el extremo de influirme. Si quiere saber quién ha influido en mí principalmente, le responderé con el nombre de dos filósofos: Spinoza y Kant. Es curioso que a usted se le ocurra asociarme a Maquiavelo. La gente, comúnmente, asocia mi nombre al de Metternich. Lo que, desde luego, es infantil. Sobre Metternich no he escrito más que un libro que tenía que ser el primero de una extensa serie sobre la construcción y la desintegración del orden internacional en el siglo XIX. Era una serie que terminaría en la primera guerra mundial. Esto es todo. No puede haber nada en común entre Metternich y yo. Él era canciller y ministro de Asuntos Exteriores en un período en el que, desde el centro de Europa, se necesitaban tres semanas para ir de un continente al otro. Era canciller y ministro de Asuntos Exteriores en un período en el que las guerras las hacían los militares de profesión, y la diplomacia estaba en manos de los aristócratas. ¿Cómo se puede comparar esto con el mundo de hoy, un mundo donde no existe ningún grupo homogéneo de líderes, ninguna situación interna homogénea, ninguna realidad cultural homogénea?

Doctor Kissinger, ¿cómo explica entonces el increíble divismo que lo distingue, cómo explica el hecho de ser casi más famoso y popular que un presidente? ¿Tiene una explicación para este asunto?

Sí, pero no se la daré. Porque no coincide con la tesis de la mayoría. La tesis de la inteligencia, por ejemplo. La inteligencia no es tan importante en el ejercicio del poder, y a menudo, desde luego, no sirve. Al igual que un jefe de Estado, un tipo que haga mi trabajo no tiene necesidad de ser demasiado inteligente. Mi tesis es completamente distinta, pero, repito, no se la diré. ¿Por qué tendría que hacerlo si estoy a la mitad de mi trabajo? Mejor es que me diga la suya. Estoy seguro de que también usted tiene una tesis sobre los motivos de mi popularidad.

No estoy segura, doctor Kissinger. La estoy buscando a lo largo de esta entrevista y no la encuentro. Supongo que en la raíz de todo está el éxito. Quiero decir que como a un jugador de ajedrez, le han salido bien dos o tres jugadas. China sobre todo. A la gente le gusta el jugador de ajedrez que se come al rey.

Sí, China ha sido un elemento muy importante en la mecánica de mi éxito. Y, a pesar de ello, no es ésta la razón principal. La razón principal… Sí, se la diré. ¿Qué importa? La razón principal nace del hecho de haber actuado siempre solo. Esto les gusta mucho a los norteamericanos. Les gusta el cowboy que avanza solo sobre su caballo, el cowboy que entra solo en la ciudad, en el poblado, con su caballo y nada más. Tal vez sin revólver, porque no dispara. Él actúa y basta; llega al lugar oportuno en el momento oportuno. Total, un western.

Comprendo. Usted se ve como un Henry Fonda desarmado y dispuesto a pelear por honestos ideales. Solitario, valeroso…

Lo del valor no es necesario. De hecho a este cowboy no le sirve de nada ser valeroso. Le basta y le sirve estar solo: demostrar a los demás que entra en la ciudad y se las arregla solo. Este personaje romántico, asombroso, se parece a mí porque estar solo ha formado siempre parte de mi estilo o, si lo prefiere, de mi técnica. Junto con la independencia, que es muy importante en mí y para mí. Y, por último, la convicción. Estoy siempre convencido de que lo que hago es lo que tengo que hacer. Y la gente lo siente, lo cree. Y yo espero que me crea; cuando se conmueve o se conquista a alguien no se le debe engañar. No se puede sólo calcular y nada más. Algunos creen que yo proyecto cuidadosamente cuáles serán, de cara al público, las consecuencias de una iniciativa o de una empresa mía. Creen que no puedo quitarme de la cabeza esta preocupación. Sin embargo, las consecuencias de lo que hago, me refiero al juicio del público, no me han atormentado nunca. No he pedido la popularidad, no la busco. Incluso, por si le interesa, no me importa nada la popularidad. No me da ni pizca de miedo el perder a mi público; puedo permitirme decir lo que pienso. Estoy aludiendo a la sinceridad que hay en mí. Si me dejase impresionar por las reacciones del público, si avanzase impulsado sólo por una técnica calculada, no haría nada. Fíjese en los actores: los que son realmente buenos no se sirven sólo de la técnica. Actúan siguiendo una técnica y al mismo tiempo su convicción. Son sinceros, como yo. No digo que todo esto tenga que durar siempre. Incluso se puede evaporar con la misma facilidad con que ha llegado. Pero, por ahora, existe.

¿Está diciéndome quizá que usted es un hombre espontáneo, doctor Kissinger? Si dejo aparte a Maquiavelo, el primer personaje con quien se me ocurre asociarle es con el de un matemático frío, controlado hasta el espasmo. Quizá me equivoque, pero usted es un hombre muy frío.

En la táctica, no en la estrategia. De hecho creo más en las relaciones humanas que en las ideas. Utilizo las ideas, pero necesito las relaciones humanas, como he demostrado en mi trabajo. Lo que me ha sucedido, ¿no ha sido, en el fondo, por casualidad? Yo era un profesor totalmente desconocido. ¿Cómo podía decirme a mí mismo: «Ahora maniobraré las cosas de tal modo que llegaré a ser internacionalmente famoso»? Hubiera sido una locura. Quiero estar donde suceden las cosas, pero nunca he pagado nada para estar allí. Jamás he hecho concesiones. Siempre me he dejado guiar por decisiones espontáneas. Alguien podría decir: entonces todo ha sucedido porque tenía que suceder. Se dice siempre esto cuando las cosas ocurren. Pero nunca se dice esto de las cosas que no ocurren: nunca se ha escrito la historia de las cosas que no ocurrieron. En cierto sentido soy fatalista. Creo en el destino. Estoy convencido, sí, que hay que luchar para lograr algo. Pero también creo que estamos limitados en la lucha por conseguirlo.

Otra cosa, doctor Kissinger: ¿cómo se las arregla para conciliar la tremenda responsabilidad que tiene y la frívola reputación de que disfruta? ¿Cómo consigue que le tomen en serio Mao Tse-tung, Chu En-lai, Le Duc Tho, y luego se le juzgue como un despreocupado tenorio o, mejor dicho, un playboy? ¿No le molesta?

En absoluto. ¿Por qué tiene que molestarme cuando voy a negociar con Le Duc Tho? Cuando hablo con Le Duc Tho sé lo que tengo que hacer con Le Duc Tho, y cuando hablo con las chicas sé lo que tengo que hacer con las chicas. Y, por otra parte, Le Duc Tho no negocia conmigo precisamente porque yo sea un ejemplo de pura rectitud. Acepta negociar conmigo porque espera alguna cosa de mí, de la misma manera en que yo espero algo de él. Verá usted, en el caso de Le Duc Tho, como en el caso de Chu En-lai o de Mao Tse-tung, creo que la reputación de playboy me ha sido y me será útil porque ha servido y sirve para tranquilizar a la gente. Para demostrarle que no soy una pieza de museo. Y, además, la reputación de frívolo me divierte.

¡Y pensar que yo la consideraba una reputación inmerecida, una especie de puesta en escena más que una verdad!

Bueno, en parte es exagerada, por supuesto. Pero en parte, admitámoslo, es cierta. Lo que importa no es hasta qué punto es cierta o hasta qué punto me dedico a las mujeres. Lo que cuenta es hasta qué punto las mujeres forman parte de mi vida, son una preocupación central. Pues bien, no lo son en absoluto. Para mí las mujeres son sólo una diversión, un hobby. Nadie dedica un tiempo excesivo a los hobbies. Y que yo le dedique un tiempo limitado se comprende dando un vistazo a mi agenda. Le diré más: no es raro que prefiera ver a mis dos hijos. Los veo a menudo, pero no como antes. Normalmente pasamos juntos la Navidad, las fiestas importantes, algunas semanas en verano, y voy a Boston una vez al mes. Para verlos. Ya sabe que estoy divorciado hace años. No, el hecho de estar divorciado no me pesa. El hecho de no vivir con mis hijos no me produce complejo de culpabilidad. Desde el momento en que mi matrimonio terminó, y no terminó por culpa de uno o del otro, no había razón para renunciar al divorcio. Además, estoy mucho más cerca de mis hijos ahora que cuando era el marido de su madre. Incluso soy más feliz con ellos, ahora.

¿Está usted contra el matrimonio, doctor Kissinger?

No. Lo del matrimonio o no matrimonio es un dilema que puede resolverse como cuestión de principio. Podría suceder que volviera a casarme…, sí que podría suceder. Pero verá usted: cuando se es una persona seria, como yo, convivir con otra persona y sobrevivir a esta convivencia, es muy difícil. Las relaciones entre una mujer y un tipo como yo son inevitablemente muy complejas… Hay que andar con cuidado. Me resulta difícil explicar estas cosas. No soy una persona que se confía a los periodistas.

Comprendo, doctor Kissinger. Nunca he entrevistado a nadie que sortease como usted las preguntas y las definiciones exactas, nadie que se defendiese como usted ante la tentativa de penetrar en su personalidad. ¿Es tímido, doctor Kissinger?

Sí. Bastante. Pero, en compensación, creo ser equilibrado. Hay quien me pinta como un personaje atormentado, misterioso, y quien me pinta como un tipo casi alegre que sonríe siempre, que ríe siempre. Las dos imágenes son inexactas. No soy ni uno ni otro. Soy… No le diré qué soy. No se lo diré jamás a nadie.

Washington, noviembre 1972

(De: Entrevista con la Historia, 1974)