Es la narrativa, idiota

¿Por qué el Frente de Todos debe modificar de manera urgente su discurso?

Por Eduardo Alonso

La destrucción del Estado y con él la de derechos sociales elementales fue pensada, articulada y llevada a cabo con éxito desde hace décadas. El neoliberalismo y su versión fascista han tenido enorme éxito en una estrategia cultural demoledora. Hoy el estado argentino no sólo es bobo e inútil, sino también esclavo. Al discurso feroz de la ultraderecha, sólo se lo puede enfrentar desde un espejo y con una agenda no posibilista.

La política es una permanente lucha por establecer condiciones de posibilidad. Tanto si se está ejerciendo el poder, como si se milita en el campo opositor. Cualquiera que haya pisado los pasillos del poder sabe que «la realidad» se impone a los mejores deseos una vez que se ganan las elecciones y se asume el gobierno. Y eso vale tanto para el campo nacional y popular como para la derecha. Pero eso no quita que haya que elaborar propuestas discursivas capaces de entusiasmar y movilizar a las propias bases sociales, para que esa «realpolitik» no sea tan cruda y resulte más fácil de torcer cuando se ejerce el poder.

La derecha sabe esto con certeza y esa es la razón por la cual los ultras (Milei, Bullrich, el propio Macri) han acentuado sus propuestas salvajes durante los últimos meses: porque quieren establecer las mejores condiciones de para llevar a cabo las reformas que saben difíciles de implementar si ganan en 2023: privatizar de nuevo las jubilaciones, vender el Fondo de Garantía de Sustentabilidad, privatizar Aerolíneas, modificar las leyes laborales y las que regulan los sindicatos. Ni más ni menos.

El Frente de Todos, mientras tanto, surfea dentro de un discurso laxo que tiene varias vertientes: la posibilista, que encarna Massa, la despistada que no sabe bien ni dónde ir, que representa Alberto y la nostálgica por los años gloriosos que ya pasaron, que encarna el kirchnerismo. Ninguno de estos discursos es hoy capaz de entusiasmar ni de generar condición alguna de posibilidad para llevar adelante las transformaciones que hacen falta para mejorar la situación de los sectores más vulnerables de la sociedad. Ni siquiera para entusiasmar a la golpeada clase media. Mucho menos sirven para ganar las próximas elecciones.

Gobierno, Estado y narración

Desde el siglo XIX las ciencias sociales han hecho foco en la importancia de los discursos para garantizar la gobernabilidad. En el siglo XX la máquina destructiva y feroz del nazismo llevó al extremo esta certeza: Hitler no hubiera podido hacer nada de lo que hizo sin un tipo como Goebbels al lado. Antes de montar los campos de concentración fueron necesarias décadas de discursos racistas y violentos que «naturalizaran» la «solución final».

El estado como máquina de narrar fue también ampliamente estudiado en Argentina por el escritor y crítico Ricardo Piglia. En Crítica y Ficción, con ironía, Piglia opone a la muy peronista «la única verdad es la realidad» la frase de Macedonio Fernández: «Emancipémonos de los imposibles, de todo lo que buscamos y creemos a veces que no hay y, peor aún, que no puede haber».

El peronismo se ha llevado históricamente bien con la máquina narrativa del estado porque ha estado más tiempo dentro que fuera del ejercicio del poder político. Pero en los últimos tiempos tiene dificultades para darse cuenta de que «el estado» ha perdido su fuerza narrativa como producto de proceso de destrucción sostenida que viene llevando a cabo el neoliberalismo desde los años 80 del siglo pasado.

Cuando Reagan y Tatcher llevaron al corazón del poder de Occidente las teorías hasta esos momentos consideradas delirantes de la escuela neoliberal, sabían que la utopía de «un mundo con el mínimo estado posible» que Hayek y sus secuaces habían imaginado era una tarea que iba a llevar largo tiempo concretar. De hecho, las fundaciones neoliberales han trabajado desde los años 70 sin descanso elaborando estrategias de muy largo plazo para ir concretando poco a poco sus objetivos. Desde el campo nacional y popular, o de la centro izquierda o de la misma izquierda (llámese a gusto y piacere al espacio que está del otro lado de este engendro) no hay ni hubo nada parecido nunca. Ellos planifican la destrucción con medio siglo de antelación, nosotros atendemos las urgencias. Está claro quiénes serán los derrotados a largo plazo si no se hace nada al respecto.

Este proceso de destrucción del estado comenzó en Argentina con la dictadura militar, continuó de modo tibio con el gobierno de Raúl Alfonsín (que instaló la necesidad de las privatizaciones antes que Menem las ejecutara y fue un pionero en intentar cambiar las leyes sindicales, sin éxito), llegó a su punto culminante con Carlos Menem (estaba claro que tenía que ser un peronista el único en condiciones de llevar a cabo esta masacre sin que estalle la paz social) e hizo su implosión con Fernando De la Rúa.

Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner entre 2003 y 2015 intentaron, en algunos casos con éxito, revertir esta tendencia, pero el estado estaba tan debilitado que fue muy difícil llevar a cabo iniciativas vitales que hubieran sentado bases más sólidas para impedir el retorno del neoliberalismo. Se pudo nacionalizar Aerolíneas e YPF, se les arrebató a los bancos el gran negocio a de las jubilaciones privadas (AFJP), se mejoraron los índices de inversiones en educación, la clase media tuvo por primera vez en democracia un plan (el PROCREAR) para contar con su casa propia a bajo costo. Pero no se pudo avanzar un ápice en aplicar la Ley de Medios para romper los monopolios de la palabra, no se pudo tocar la Ley de Entidades Financieras, no se pudo hacer una legislación antimonopólica para desarmar el alevoso control de precios de la industria alimenticia, no se pudo, en fin, romper con el demonio de la famosa economía bimonetaria que hoy nos está estrangulando.

Todo esto, y mucho más, requiere «estado». Y Macri, durante su cuatrienio, no sólo lo debilitó aún más, despidiendo a gran cantidad de técnicos en áreas claves, como la Secretaria de Comercio, por ejemplo. Sino que además lo ató por los próximos 100 años a un compromiso imposible con el FMI, que ha vuelto al estado argentino no sólo bobo e inútil, sino también esclavo.

Ahora bien, si se quiere cambiar realmente esta situación, hay que salir del discurso nostálgico de la «década ganada» y más aún del «posibilismo» extremo a lo Massa y comenzar a nombrar las cosas por su nombre. Es decir: al extremismo ultraderechista de Milei y compañía, que proponen ante este «estado» anémico su destrucción total, nosotros tenemos que elaborar un programa y un discurso que, aunque parezca utópico (también lo es el discurso de ellos), al menos ayude a establecer condiciones de posibilidad para llevar adelante algunos cambios, en ese juego entre la palabra y lo real que tan bien describe Eduardo Rinesi en su libro Política y tragedia.

Para construir este discurso hace falta detectar con claridad cuáles son los principales inconvenientes que tiene el campo nacional y popular para llevar a cabo las transformaciones que hacen falta. Y el primero de ellos, el más relevante y tal vez el más tabú (hasta la semana pasada, que Wado de Pedro puso un pie discreto sobre el tema), es la Constitución del 90. Hay que decirlo fuerte y claro: necesitamos una reforma constitucional de forma urgente, de lo contrario cualquier iniciativa que se logre aprobar en el Parlamento será frenada por el gobierno de los jueces, como sucedió con la maltrecha Ley de Medios.

Otro tema al que todos le tienen miedo pero que no se puede obviar, es el control del comercio exterior. Es imposible pensar un país como Argentina para las próximas décadas mientras se mantenga abierto el colador de los puertos privados y ese enorme túnel de fuga de recursos que forman el Paraná y el Rio de La Plata. El estado tiene que estar presente ahí y hay que explicarlo con claridad a la gente para que se entienda cuán grave es el asunto.

Y por último, aunque estamos lejos de agotar lo que podría llegar a ser una agenda de transformación más amplia, hay que comenzar a poner en debate qué se hace con el paquete que nos colgó al cuello el FMI con la complicidad de Macri y la convalidación que le dio el propio gobierno de Alberto Fernández. Con la extenuante agenda de pagos a la vista que se vienen los próximos años, ningún gobierno podrá lograr ni siquiera el mínimo de paz social necesaria para garantizar que el país no colapse.

Sin estas cuestiones en el centro del discurso público cuesta imaginarse una campaña electoral en el 2023 que tenga, al menos, la «condición de posibilidad» del entusiasmo colectivo. Al discurso disruptivo, extremista y feroz de la ultraderecha sólo se lo puede enfrentar desde un espejo. O resignarse a una nueva estocada en el proceso de destrucción del estado que el neoliberalismo tiene como programa de manera, ahora más que nunca, explícita y clara.

Socompa

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