Fangio no era peronista pero igual fue vejado e investigado por la revolución fusiladora de 1955

Por Bruno Passarelli

No pudo probársele ningún delito de corrupción y lo salvó su fama mundial, que cuando el gobierno de Perón fue derrocado, ya sumaba tres campeonatos de Fórmula 1 ganados.

Aquel sábado 16 de septiembre de 1955, día que se revelaría fatídico para la Argentina, eran 48 horas que el flamante tricampeón mundial JUAN MANUEL FANGIO estaba en Stuttgart, la «capital» alemana de la industria automotriz, con cuya Mercedes W196 (foto) terminaba una semana antes de consagrarse en el peligroso Autódromo de Monza. Había llegado desde Milán el jueves 14, manejando él mismo el MB120 de calle que había puesto a su disposición la fábrica alemana. Lo acompañaba Beba Berruet, su esposa de entonces. Había recibido la invitación del directorio de la fábrica Mercedes. Pero no sólo para festejarlo (Mercedes estaba teniendo un impresionante «boom» de ventas, ligado a sus victorias en pista) sino para comunicarle también, oficialmente, el retiro de los autos plateados para las carreras del Mundial 1956, consecuencia directa de la inmane tragedia (84 muertos y 135 heridos) que uno de sus autos plateados, el guiado por Pierre Levegh, había provocado el 11 de junio en las 24 Horas de Le Mans.

El Chueco, como precavido camionero patagónico que era, había intuído que aquella catástrofe tendría consecuencias irreparables y ya se había acordado para correr el año sucesivo para Ferrari. La confirmación la tuvo en Stuttgart dónde no hubo ni festejos ni plaquetas conmemorativas ni botellas de champán destapadas. Uno de los pocos que a Fangio lo visitó en el vasto y lujoso hall del Hotel Graf Zeppelin que daba a la Arnulf Klett Platz fue Alfred Neubauer, su gran capo de los dos años transcurridos en el team alemán. Otro fue Marcello Giambertone, quien se aprestaba a asumir en 1956 como agente y representante del Chueco. Fue él quien le dio la inquietante noticia: «Juan, en la Argentina hay un golpe militar contra el gobierno de Perón, parece que la cosa es seria porque se sublevó también la Marina».

Fangio lo despidió y se fue a cenar al restaurante del hotel con Beba. Lo que no intuyó fue que, allá abajo, en la Argentina, estaba empezando un período que sería para él el más duro y angustiante de su vida.

Al principio, el gobierno «revolucionario» encabezado por el general Eduardo Lonardi pareció orientado a dar cumplimiento a la consigna con la que había ocupado el poder: «NI VENCEDORES NI VENCIDOS». Pero las cosas cambiaron drásticamente el 13 de noviembre cuando el sector más antiperonista y revanchista del Ejército, apoyado por la Marina que cerraba filas detrás del almirante Isaac Rojas, derrocó a Lonardi e impuso como presidente al general Pedro Eugenio Aramburu. Algunos días más tarde, ya regresado a la Argentina, y mientras estaba pasando unos días de descanso en su casa natal de Balcarce desde la que seguía el inquietante cariz que estaban tomando los acontecimientos, Fangio se enteró de la confirmación, a través de una fuente oficiosa, de la noticia divulgada extraoficialmente por los diarios que apoyaban a la dictadura militar (todos): él también, como otros más de 500 deportistas, había sido incluído en una incómoda y peligrosa situación de «investigado» por su «decidida adhesión al régimen derrocado». Había sido creada por el Poder Ejecutivo una «Comisión Investigadora» con poderes discrecionales, extensivos a otras 41 «subcomisiones» que debían ocuparse de las vastas áreas de la vida argentina en las que, adelantaban con tono amenazador, «se habían cometido «graves delitos contra la dignidad y el honor nacionales». Una de las más activas era la Número 22 dedicada a la investigación en el amplio ámbito de YPF y del Automóvil Club Argentino (ACA).

En el palco presidencial del autódromo Perón escucha atentamente el relato que del Gran Premio de Argentina le hace Fangio, escucha atentamente Evita. A espaldas del presidente aparecen su edecán, el mayor Carlos Vicente Aloé, y Oscar Alfredo Gálvez.

El acuerdo de Fangio con Ferrari era ser el piloto de punta en 1956, aunque esto el «Commendatore» modenés nunca lo reconoció, Los autos a disposición suya y de sus tres compañeros de equipo (el inglés Peter Collins, Luigi Musso y Eugenio Castellotti) serían los cuatro Lancia D50 recibidos en donación después que también la fábrica italiana con sede en Turín había optado por dejar la Fórmula 1. En aquellas tenebrosas semanas que estaban cerrando el año, con la Argentina transformada en una réplica de la Alemania nazi, sólo una buena noticia le quitó algo de tensión a los momentos que Fangio estaba viviendo: desde el Automóvil Club Argentino (ACA) le informaron que había llegado de la Federación Internacional (FIA) la confirmación de que el Gran Premio de Argentina 1956 se correría el 22 de enero en el Autódromo «heredado» del gobierno peronista. Fangio la recibió como un regalo caído del cielo, que podía transformarse en un válido instrumento para defenderse ante tantas acusaciones miserables de las que se enteraba en los diarios, especialmente de los gorilísimos, como ya los había rebautizado Landrú, «La Prensa» y «La Nación».

Inauguración Autódromo de Bs As, Perón, el 9 de marzo de 1952, Perón ente Fangio y Froilán González.

De esa obsesión persecutoria quien esto escribe tuvo ocasión de conversar a fondo en Roma con el doctor Ricardo GUARDO, quien había sido presidente de la Cámara de Diputados y, desde 1973 a 1976, embajador argentino ante el Vaticano y cuyo libro «AÑOS DIFÍCILES» es un testimonio dramático de la época: «Quienes terminaban «interdictos», ya sea presos o exiliados, podían considerarse muertos en vida, te bloqueaban bienes muebles e inmuebles, depósitos bancarios, automóviles, trajes, libros, a mi esposa le secuestraron hasta los camisones que usaba». Y agregaba: «En mi caso se tocó el ridículo, tuve que demostrar cómo y por qué había librado en 1939, o 17 años antes, un cheque bancario por veinte pesos». El «LIBRO NEGRO» de la Comisión Investigadora Número 22 estaba encabezado por el relator radiofónico LUIS ELÍAS SOJIT e incluía a Alberto F. Armando, máximo agente de Ford en Argentina, y una lista de corredores en la que además de Fangio figuraban también Juan y Oscar Gálvez, Froilán González, Carlos Menditeguy y hasta Onofre Marimón (fallecido en 1954 en el Nurburgring).

En realidad, Fangio no había sido nunca peronista. Más de una vez había sostenido que «el deporte no debe mezclarse con la política». Y en relación con el apoyo de Perón a su carrera aclaró: «Ese apoyo lo devolví con triunfos, o sea que cumplí con la Argentina de la que él era presidente, pero de ahí a decir que estuve afiliado e hice propaganda en favor del Partido Peronista hay siglos de distancia».

En realidad, el Chueco era un MITÓMANO», uno de esos extraños personajes que creen ciegamente en su suerte y en su predestinación. ¿Un ejemplo? Cuando en Suiza delante de su automóvil se le cruzó un gato negro no quería largar por nada del mundo el Gran Premio de 1952. Y si en su historia personal había algún precedente político eran sus simpatías por el Partido CONSERVADOR, a cuyos caudillos de Balcarce, Hortensio Márquez y Oscar Besusta, había apoyado en los años 30.

No había tenido absolutamente nada que ver en la compra para el Mundial 1953 de las tres Maserati y de los dos Simca Gordini puestos a disposición suya, de Froilán, Onofre Marimón, Menditeguy y Bitito Mieres. La operación se había cerrado con ambas marcas europeas por gestión directa de Perón.Y, en lo personal, más allá de algunos apoyos publicitarios como Suixtil, la famosa marca de ropa deportiva, lo único que tanto él como Froilán percibieron como pretendida «prebenda» fue una designación por parte de la Cancillería como AGREGADOS SINDICALES adscriptos a la Embajada Argentina en Roma. Hasta 1950, o sea en los primeros años de la carrera de ambos en Europa, recibieron sueldos mensuales que eran los más bajos en el escalafón remunerativo del Ministerio de Relaciones Exteriores. El suscripto, que fuera Agregado de Prensa en dicha legación diplomática entre 1973 y 1976, tuvo visión de los correspondientes recibos que se encuentran allí archivados.


Con el arribo del nuevo año, el ACA -es de suponer que contra la voluntad de sus interventores- debió poner en marcha todos los detalles organizativos para el Gran Premio de Argentina que, como se ha dicho, estaba programado por la FIA para el 22 de enero en el Autódromo, que -obviamente- había dejado de llamarse «17 de Octubre». Sería una confrontación personal entre Ferrari y Maserati, ya que las otras dos máquinas que habían preanunciado su inscripción, o sea las inglesas Vanwall para Mike Hawthorn y Harry Schell, aún no la habían confirmado. A partir de la primera semana de enero, los autos participantes empezaron a llegar por vía marítima a Buenos Aires.

Fangio, ya experto en sutilezas, entendió enseguida que el tiempo jugaba a su favor. Y como del ámbito oficial no recibía ninguna noticia sobre la presunta investigación en su contra, recurrió a dos funcionarios de alto nivel del Palacio San Martín a quienes conocía para que, muy reservadamente, le gestionasen una audiencia con el nuevo Canciller LUIS PODESTÁ COSTA, designado en el ultrarevanchista gobierno de Aramburu en reemplazo del catolicísimo Mario Amadeo.

Para su gran sorpresa recibió una respuesta favorable en apenas 72 horas. Condición: absoluta reserva. En ese interín, había madurado la argumentación que esgrimiría ante el ministro. Aún al precio de tener que hacer más chillona aún esa «vocecita extraña» que años más tarde le atribuiría Enzo Ferrari, el Chueco fue contundente: si el gobierno insistía en su persecución que calificó de «injusta e infundada», ya que su conducta con el gobierno derrocado había sido siempre «limpia y honesta», haría pública su decisión de retirarse del automovilismo y explicaría las causas que lo empujaban a dar ese paso, sin importarle las repercusiones negativas que el mismo tendría para el gobierno y la imagen internacional de Argentina.

Podestá Costa, que era una persona muy ponderada en sus actitudes, abrió un diálogo que, finalmente, arrojó un resultado positivo para Fangio: se «congelaría» por el momento todo avance en la pretendida investigación sobre su comportamiento y se le entregaría un permiso para permanecer fuera de la Argentina por ocho meses, espacio de tiempo que le requeriría disputar el Mundial 1956 de Fórmula 1, cuya culminación estaba prevista en Monza para el 2 de septiembre. Fangio aceptó pero requirió que la medida se hiciese extensiva también a Froilán González, su gran amigo, pese a que la participación de éste en el campeonato no estaba todavía confirmada. El eventual no cumplimiento del permiso haría que el gobierno argentino declarase a ambos como «desertores» a nivel internacional.

Así, gracias a su astucia y a su sagacidad, pero también a la buena voluntad del canciller Podestá Costa, seguramente consciente de las consecuencias negativas para Argentina que a nivel mundial tendría el anuncio de un retiro en los términos que Fangio parecía decidido a divulgar, insertado en la expectativa que crecía ante la inminencia del Gran Premio, se encontró una solución a un problema que parecía irremediablemente estancado en un callejón de salida. La respuesta en la pista la dio Fangio, quien hizo la pole position y ganó la carrera alternándose en su Ferrari D50 con Musso, algo que el reglamento de entonces permitía. Le sacó 24 segundos de ventaja al francés Jean Behra con Maserati.


Las indagaciones sobre el «Fangio propagandista del peronismo» fueron languideciendo y el colosal piloto argentino, en serenidad, pudo afrontar el desafío de ganar su cuarto título mundial, el tercero consecutivo, con la serenidad necesaria para seguir trepando los escalones del podio que lo llevaría a ser el MÁS GRANDE CAMPEÓN HASTA 1957 INCLUÍDO. Y darle al mismo tiempo razón a quien años después se animaría a elaborar sobre su carrera deportiva una fórmula absolutamente indiscutible: más allá de haber sido o no peronista, la única verdad irrebatible es que Fangio NO HABRÍA EXISTIDO SIN EL PERONISMO.

NOTA PREVIA

Aunque esta Sección del Blog está dedicada exclusivamente al Automovilismo y no se ocupa del Tango, no resisto a la tentación de difundir un episodio revelador de las monstruosidades que los «libertadores» eran capaces de hacer. OSVALDO REQUENA fue un gran pianista, reconocido como uno de los talentos del tango en la década del 50. En 1955 compuso una obra instrumental que tenía la intención de ser un homenaje al fallecido EDUARDO DEL PIANO, quien había sido su maestro. Lo tituló con las iniciales de su nombre y apellido, o sea «E.D.P.». Intentó llevarlo al disco pero, en todas las casas grabadoras, recibió el mismo lapidario rechazo. Arguían que habían consultado con el gobierno y la respuesta había sido terminante: con ese nombre el tango caía bajo la censura porque traía a la memoria a EVA DUARTE DE PERÓN, cuya sola mención estaba estaba severamente prohibida. Finalmente, casi un año después, encontró una marca discográfica disponible para el registro, pero con una condición: que le fuese cambiado el título. Exhausto, Requena lo hizo. Y el tango salió a la venta en un 78 RPM con el título «TRES INICIALES». O sea las tres que «ocultaban» el cifrario personal de Evita.

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