Fingir demencia

¿Reaccionaremos a tiempo antes de que todo sea irreversible?

Por Marcelo Ciaramella*

Cada época tiene su lenguaje característico, sus expresiones propias, sus contextos determinados. Frases que con el tiempo pasan de moda o son sustituidas por otras porque nuevos tiempos o nuevos acontecimientos dan lugar a nuevas formas de expresarse.

Me llama la atención la frecuencia con la que se utiliza en variados ambientes, tanto en el lenguaje familiar como en las redes, la expresión fingir demencia. Viene a ser una forma de designar la indiferencia frente a algo que se ve, pero no se quiere ver. En el lenguaje corriente se traduciría por hacerse el/la distraído/a o mirar para otro lado (versión light), hacerse el gil (versión tango) o hacerse el/la pelotudo/a (la versión más popular quizás).

La cuestión es que fingir demencia es actuar una especie de locura o insania que justificaría no ver lo visible o que nos exime de ver lo que pasa delante de nuestros ojos y comprometernos con eso.

Quizá fingir demencia sea el nuevo nombre de la indiferencia, la insensibilidad, la irresponsabilidad o el temor, para justificarse. Hacerse el que no ve algo que lo complicaría, lo comprometería, lo afectaría, lo amargaría, lo forzaría a tomar partido o a hacer algo urgente para resolverlo, y así excusarse de no hacerlo. En términos literales o realistas la demencia es una enfermedad, o en rigor es un término que engloba varias enfermedades que afectan a la memoria, el pensamiento y la capacidad para realizar actividades cotidianas. Pero estar loco o hacerse el loco son expresiones hace rato incorporadas en nuestro lenguaje para designar determinadas actitudes fuera de lo común. Me viene a la memoria una célebre frase del querido humorista, acróbata y artista argentino de los años ‘60, José Pepe Biondi, que solía increpar confundido a sus interlocutores: «¿Este es loco, se hace el loco o qué le pasa?».

La cuestión es que estamos viviendo en la Argentina una situación política, social y económica que, como nunca, nos está poniendo al borde de una catástrofe humanitaria, una masacre social; al borde también de una virtual disolución política territorial y de una ruptura inédita del contrato social que fue construyéndose a lo largo de 200 años de historia y que hasta ahora garantizaba los derechos fundamentales de los habitantes de la Nación Argentina; poniendo literalmente en riesgo la democracia, además de vender a los amigos el patrimonio común y los recursos de todos los argentinos.

Me da la impresión que muchos ciudadanos y ciudadanas, como también actores y sectores de la sociedad argentina, están fingiendo demencia frente al vertiginoso deterioro de las instituciones, de los derechos, de los ingresos, del trabajo, de las responsabilidades del Estado y del Estado mismo devenido en «organización criminal» para el Presidente Milei y sus secuaces. Lo que es peor, parece que no es suficiente para reaccionar que les estén quitando el pan de la boca a las familias, los medicamentos a los enfermos terminales, la protección del Estado a la sociedad.

Fingen demencia el Presidente, su bizarro vocero y todo su séquito de besamanos. Hablan de un país que no existe, desconocen a 68 premios Nobel que le muestran lo insensato que es para un país moderno desmontar la ciencia y la tecnología, y hasta desoyen al FMI, al que siempre le importó un cuerno el sufrimiento humano pero que frente a este ajuste siente algo parecido a la vergüenza ajena, mezclada con el temor a una explosión social sin precedentes que le impida cobrar. Lloran en cámara y hacen de cuenta que no tenemos ni Poder Legislativo, ni Constitución Nacional ni bandera. Fingen demencia para no ver que en el país viven personas que comen, beben, trabajan, tienen hijos, tienen sueños, respiran, sufren, gozan y tienen derecho a vivir en paz. Se hacen los que no vieron nunca un libro de historia y hablan de una historia que nunca se escribió, donde la culpa de todo es de los gobiernos populares. Fingen saber lo que es la educación y el respeto y se creen con derecho a insultar a medio mundo, a mentir las 24 horas del día y, lo que es peor, se hacen los cancheritos burlándose de los que sufren, de los periodistas, de las instituciones, de los pobres, de los artistas.

Como dice una canción, «si no fueran tan temibles nos darían risa, si no fueran tan dañinos nos darían lástima, porque como los fantasmas, no son nada si se les quita la sábana». Algún día no estarán en el poder y cosecharán su siembra de menosprecio y violencia.

Me duele decir que la institución Iglesia también suele fingir demencia, a la que muchas veces llama prudencia o moderación. Digo voluntariamente la institución y su dirigencia, porque muchos miembros del pueblo que también son Iglesia están sufriendo y poniendo el cuerpo individualmente o en muchas organizaciones sociales o políticas, comprometiéndose en esta hora crucial junto a muchos curas, diáconos y algunos obispos. Pero creo que, como en muchas oportunidades a lo largo de la historia argentina, a los obispos como conjunto y cabeza visible de la Iglesia en la Argentina se los ve «fingir demencia» y decir palabras aisladas e inofensivas a las puertas de un genocidio social que más temprano que tarde sucederá si el Estado se retira de sus obligaciones constitucionales. Con todo respeto, confieso que no me cayó bien que el Papa Francisco fuera tan simpático con Milei y su comitiva. No porque debiera tratarlo mal, no es el estilo del Papa ni correspondería hacerlo. Pero en otras oportunidades su gesto serio y distante expresó la gravedad del momento. En este caso actuó como si nada pasara y sonriendo como si estuviera frente a personas de bien. Milei se ha mostrado particularmente cruel y violento en estos pocos días de gobierno frente a personas o temáticas muy sensibles.

Fueron muy oportunas sus palabras, unos días después, a los miembros del Comité Panamericano de Juezas y Jueces por los Derechos Sociales y la Doctrina Franciscana (Copaju) en el contexto de la inauguración de la nueva sede en Buenos Aires. No obstante me pareció poco si lo comparo con el tamaño del sufrimiento de tantos y tantas. No dijo nada que no estuviera dicho ya en la doctrina social de la iglesia, que parece esfumarse cuando la realidad propone otros modelos de sociedad.

Podríamos seguir enumerando individuos o colectivos que no aparecen y fingen demencia frente a la urgencia y otros que sí aparecen y enfrentan esta hora con valentía, defendiendo los intereses de la patria, que es nuestra casa, nuestro lugar en el mundo. ¿Reaccionaremos a tiempo antes de que todo sea irreversible?

Este año rendiremos homenaje al cura Carlos Mugica, en el cincuentenario de su asesinato. Un símbolo y un testimonio viviente de lo que significa no mirar para otro lado en el peor momento del pueblo sufriente y la patria a punto de ser sometida por un gobierno de ocupación al que sólo le importa venderla.

*El autor integra el Grupo de Curas en la Opción por las y los Pobres.

El Cohete a la Luna