Gaza: más que un crimen

Por Pedro Miguel

Imagen: Ciudadanos palestinos buscan a supervivientes del ataque israelí entre los escombros, el martes 31/10/23 / REUTERS

La franja de Gaza tiene unos 2 millones 260 mil habitantes que se apretujan en una pequeña extensión de 365 kilómetros cuadrados (https://is.gd/hff1Pw), apenas 53 menos que la alcaldía de Tlalpan, pero con el triple de población. Ya antes del ataque israelí, 53 de cada 100 gazatíes se encontraban en situación de pobreza y uno de cada tres carecía de los recursos indispensables para adquirir comida y ropa y pagarse una vivienda.

Hasta hace cinco días, los bombardeos israelíes habían matado a 7 mil 28 personas –2 mil 913 de ellas, menores– y herido a unas 18 mil 500; los ataques han dejado, además, unos mil 600 desaparecidos, de los que 900 son niños (https://is.gd/AsBF6V), según cifras de la Agencia de Naciones Unidas para la Población Refugiada de Palestina (UNRWA, por sus siglas en inglés).

El impacto poblacional es como si 392 mil mexicanos hubiesen sido asesinados entre el 7 y el 28 de octubre, 19 mil por día; como si nuestro país hubiese registrado en ese lapso más de un millón de lesionados; como si hubiésemos perdido, entre muertos y desaparecidos, a más de 200 mil niños. O, si se prefiere una escala más pequeña, es como si una fuerza foránea hubiese matado a siete mil iztapalapenses en 21 días.

Ya puestos en el escenario mexicano, habría que imaginar que muchos de los objetivos de las bombas fueran hospitales repletos, escuelas llenas de niños y templos llenos de fieles, y que los responsables de la agresión se las hubieran ingeniado para cortar todo el abasto eléctrico del país y para dejarlo sin una gota de combustible, y que además hubiesen bloqueado todos los puertos y las fronteras terrestres para impedir la salida de los habitantes y el ingreso de la ayuda internacional más urgente: comida, agua, medicinas y material sanitario; y que además hubieran destruido unos 6 millones de las 35 millones de viviendas que hay en el territorio nacional. ¿Dónde atender al millón de heridos por las bombas y a los pacientes previos al ataque? ¿Cómo hacer frente a la multiplicación de la pobreza extrema causada por la destrucción bélica?¿Dónde pernoctar? ¿Adónde ir?

Dudo mucho que exista una sola persona en el país capaz de encontrar comprensible cualquier razón que pudieran esgrimir los perpetradores de una masacre semejante. Por el contrario, muchos de los sobrevivientes se verían poseídos por un odio ciego y por una sed de venganza que perduraría durante generaciones y que se extendería sobre quienes hubiesen aprobado, financiado o contribuido de cualquier manera a la atrocidad. Y nadie, nadie, quedaría satisfecho con la explicación de que el ataque tendría como propósito, por ejemplo, erradicar las organizaciones del narcotráfico, por más que muy pocos se atrevan a cuestionar la maldad de los narcos.

No es tan difícil entender, entonces, que lo que está haciendo en Gaza el régimen que encabeza Benjamin Netanyahu no sólo es el peor crimen de guerra en lo que va de este siglo sino también una absoluta insensatez y una monumental irresponsabilidad para con su propio país y, peor aun, contra el judaísmo en general. Porque el gobernante israelí no sólo habla en nombre de Israel, sino que, con tal de justificar la destrucción de Gaza con todo y sus habitantes, pretende ser la voz del pueblo hebreo.

Igualmente irresponsable es el gobierno de Joe Biden y la clase política estadunidense en general, que se empecina en hacerse cómplice de la agresión en curso. Apenas ayer, la Cámara de Representantes, ahora encabezada por un republicano, aprobó un paquete de 14 mil 500 millones de dólares de ayuda militar para Israel (https://is.gd/1R93uC).

Desde la mirada de una persona gazatí es difícil no ver esa suma como una recompensa a Tel Aviv de 2 millones de dólares por cada palestino asesinado, o un estímulo para el extermino equivalente a 6 mil 415 dólares por cada palestino vivo. Si Washington y Tel Aviv piensan que de esta forma van a acabar con Hamas, están grandiosamente equivocados: por elemental lógica, el martirio sobre la población de Gaza no está haciendo más que multiplicar las adhesiones a ese y a otros grupos fundamentalistas del mundo que no claman por la instauración de dos estados en el antiguo protectorado de Palestina, sino por acabar con el Estado de Israel, y que ven a Estados Unidos como «el gran Satán». No es de extrañar que empiecen a multiplicarse las alertas de atentado en representaciones y entidades estadunidenses públicas o privadas en distintos países del mundo. La Cámara de Representantes tendrá que aprobar otra suma multimillonaria para dar protección adicional a los potenciales objetivos de ataques terroristas, y así.

Desde esa perspectiva, el genocidio en curso en Gaza es, según la frase atribuida a Talleyrand, más que un crimen: es una estupidez.

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La Jornada