Génesis de la trama criminal y policial que jaquea Rosario

El origen del apogeo de Los Monos y sus antecedentes en el Clan Cantero. La relación con los jefes policiales que salió a la luz tras la caída de Tognoli. Las decisiones de Bullrich cuando era ministra que la desmienten. La operación de marketing detrás del ataque al supermercado de la familia Roccuzzo.

Por: Ricardo Ragendorfer
@Ragendorfer

Foto: Sebastian Granata / Télam

A las 3:15 de la mañana del jueves pasado dos motociclistas se detuvieron ante el supermercado Único, situado en la calle Lavalle 2554, de Rosario. Uno de ellos, arma en mano, bajó de su rodado para acribillar la cortina metálica del local, antes de batirse en retirada con su cómplice. En aquel lugar, entre las cápsulas servidas, quedó un mensaje escrito con tosca caligrafía: “Messi, te estamos esperando; Javkin es narco y no te va a cuidar”.

Ya se sabe que el establecimiento en cuestión pertenece a los suegros de Lionel Messi y que Pablo Lautaro Javkin es el intendente de esa ciudad. Pues bien, ¿tales palabras estaban dirigidas al futbolista o al funcionario? ¿O acaso el asunto fue nada menos que una operación de marketing?

Lo cierto es que esos 14 “corchazos” conmovieron al mundo. De hecho, cuando en Argentina aún no había amanecido, la noticia ya se difundía en los portales europeos y norteamericanos. “The Pampean Connection” fue el título que mereció una de aquellas crónicas, en referencia a “Los Monos” (el clan de la familia Cantero) y al cártel dirigido por Esteban Lindor Alvarado. De modo que los barones rosarinos de la droga acababan de adquirir un súbito y ruidoso reconocimiento internacional.

Es una paradoja que eso ocurriera por el simple ataque a un autoservicio cerrado, y no a raíz de las 287 muertes violentas que sacudieron a esa urbe en 2022, y las 55 que ya contabiliza el presente año, en el marco de una disputa comercial entre ambos grupos, cuyo origen se remonta a comienzos del siglo.

No está de más, entonces, poner en cuadro el verdadero significado del narcotráfico en Argentina, a la luz de su contexto global.

El siglo de las narices frías

En mayo de 2010, la imagen de soldados izando la bandera verde-amarela sobre la cúspide del Complexo Do Alemao, en Río de Janeiro, dio la vuelta al mundo como un símbolo de soberanía del Estado sobre el territorio gobernado hasta entonces por el “Comando Vermelho”. Lo cierto es que el hecho trajo alguna reminiscencia de lo adelantado por la Escuela de Guerra de los Estados Unidos acerca de cómo se desarrollarán los conflictos bélicos en el siglo XXI: “La guerra estará en las calles, en las alcantarillas, en los rascacielos y en las casas expandidas que forman las ciudades arruinadas del mundo”.

El caso brasileño era parte de la estrategia recomendada por la DEA en su cruzada contra los cárteles latinoamericanos con el objetivo de controlar el espectacular flujo monetario que se desliza por sus arcas. Su paralelismo más remoto: las Guerras del Opio, en el siglo XIX, entre Inglaterra y China, por la pretensión británica de eliminar los obstáculos que impedían el comercio de aquella pócima en el país oriental.

El surgimiento, a mediados de los ’70, de los cárteles colombianos, el increíble volumen de su facturación y la posterior debacle por enfrentamientos entre estructuras rivales –alentadas por la DEA– no acabó con el negocio sino que lo llevó hacia una nueva tierra de promisión: México. Los resultados están a la vista. A partir de 2007, cuando, presionado por Washington, el presidente Felipe Calderón lanzó su gran ofensiva contra el narco, la oleada de violencia causaría en ese país unos 120 mil muertos. Es la contabilidad de tres guerras simultáneas: la de los cárteles entre sí por el control de territorios; la de los Zetas (constituidos por ex militares y ex policías), que practicaban secuestros y robos contra la población para financiar así su ingreso en el negocio de las drogas; y la de los militares contra los propios ciudadanos.

El caso argentino exhibe ciertas diferencias, puesto que está signado por bandas criminales de escasa sofisticación.

Ante todo, no se trata de un país productor. Tampoco ofrece un mercado atractivo a los grandes cárteles internacionales, dado que la cotización de sus productos –que aumenta según la cantidad de fronteras que traspasan– hace que, por su cercanía con Bolivia, cueste, a lo sumo, unos 10 dólares el mismo gramo que en Europa o en los Estados Unidos se paga a unos 100. De manera que para tales organizaciones, este es apenas un país de tránsito-aunque, así como rezan las publicidades de laxantes, de “tránsito lento”-. Y también es un sitio apto a los efectos del lavado de dinero.

En consecuencia, ante el crecimiento del mercado interno durante los últimos tres lustros, únicamente hay estructuras de narcos ligadas al menudeo. Pero –hay que reconocerlo– con gran control territorial en los asentamientos periféricos de las grandes ciudades. Al principio, como Pymes que reinaban en una villa, rivalizando con los “porongas” de otra o aliándose después entre sí con el propósito de consolidar su capacidad de venta. Semejantes fusiones dieron origen a Los Monos en Rosario y al grupo de “Mameluco” Villalba en el Gran Buenos Aires. Pero están lejos de ser como los cárteles de Medellín o Sinaloa, cuyos popes –mientras inundaban las ciudades norteamericanas con sus productos– hasta se ofrecían a pagar en efectivo la deuda externa de sus países a cambio de impunidad.

La Chicago argentina

No es fácil comprender el Rosario profundo. Ya desde lo estructural se trata de un territorio picante. Desde lo histórico, la mescolanza entre una economía latifundista con puerto propio y Bolsa de Comercio, junto a una religiosidad oscilante entre el ala más conservadora de la Iglesia y la masonería, consiguió moldear una sociedad clasista, casi feudal, para la cual el Estado no era más que un obstáculo. De allí que deportes tales como el contrabando y la evasión fiscal se remontan a la noche de los tiempos.

Tanto es así que la “Chicago argentina” –tal como se la denomina a esa urbe desde comienzos del siglo pasado– fue cuna de versiones desmejoradas de la mafia norteamericana, como la famiglia de “Chicho el Grande” (Juan Galiffi), entre otras añejas encarnaduras del crimen organizado.

Diez décadas después, el explosivo apogeo de Los Monos no deja de ser el fruto de aquella misma matriz, aunque agravada por la desindustrialización, entre otras imperfecciones políticas y sociales.

En este escenario, su vínculo con las fuerzas de seguridad plantea una vuelta de tuerca digna de no ser pasada por alto: cuando en el resto del país los grupos delictivos, sin excepción, deben tributar a los uniformados para seguir existiendo desde una posición subordinada –mediante “arreglos”, impuestos, peajes y tarifas–, en Rosario dicho lazo es inverso, ya que los policías –tanto provinciales como federales– actúan como empleados de dichas mafias.

Ello saltó a la luz en 2012 con el arresto del jefe de la Policía de Santa Fe, Hugo Tognoli, por sus “servicios” al clan de los Cantero (el tipo, tras ser condenado a seis años de prisión fue absuelto por un “tecnicismo procesal”).

Pero el sistema perdura.

Los jefes de esta organización controlan actualmente su imperio desde la cárcel en sana convivencia con los sucesivos reemplazantes de Tognoli y también con ciertos jerarcas del Servicio Penitenciario.

Así sobrevivieron hasta el presente.

Fue notable que, ante el ataque a tiros al supermercado de la familia política del capitán de la Selección, Patricia Bullrich saliera a “caranchear” el asunto al insistir con llevar a las Fuerzas Armadas a las calles de Rosario.

En este punto, bien vale evocar un episodio ocurrido durante su gestión ministerial, que se refiere al modo con el que encaró su “Guerra Santa” contra las mafias santafecinas.

Era febrero de 2018 cuando un alto dignatario de Los Monos, Ramón Machuca (a) “Monchi”, departía con un hombrecillo calvo y menudo, de traje gris y ojos centelleantes, en el locutorio de la Alcaidía rosarina, donde el narco se encontraba alojado.

El tipo pretendía averiguar el paradero de 50 millones de dólares que, supuestamente, Monchi tendría a buen resguardo en algún “embute”. Pero también le soltó una propuesta: efectuar tareas de espionaje desde la cárcel para involucrar con el narcotráfico al entonces gobernador Miguel Lifschitz.

El visitante no era otro que el falso abogado Marcelo D’Alessio, quien había sido enviado allí por su jefa, la señora Bullrich.

El asunto, claro, no llegó a buen puerto.

Mientras tanto, la sangre en Rosario sigue corriendo en plano inclinado.

Tiempo Argentino