Glosas de Davos

Por Eduardo Luis Aguirre

Recién ayer me dediqué a completar la escucha del discurso pronunciado por Javier Milei en el Foro de Davos. En este caso, quisiera marcar dos breves aspectos de la intervención del presidente argentino. Uno de ellos, que remite a retóricas históricamente temibles, es el de la afirmación de la «superioridad moral» del capitalismo.

Se trata de un punto de partida que conduce a una divisoria de aguas que, al afirmar la existencia de seres y sistemas moralmente superiores dista de ser inocua. Por el contrario, conduce a la factibilidad de la existencia de seres humanos y formas de organización social o comunitarias «inferiores». Cada vez que una concepcion de esa naturaleza se impuso, al menos parcialmente, acontecieron en la historia los más graves crímenes de masa, verdaderos genocidios reorganizadores perpetrados por motivos raciales, políticos, ideológicos, culturales o religiosos. Las víctimas propiciatorias de hoy, en el léxico presidencial, bien podrían ser los desposeídos, los expropiados, los desafiliados, los excluidos. Las vidas desnudas que no han podido ser propietarios, ni mucho menos «héroes», segun pregona Milei.

Esta primera estupefacción conecta con el segundo tramo del desarrollo que intento destacar.

Milei acudió a un enunciado en el que los principios libertarios no encuentran anclaje alguno en la historia politica, sociológica, económica y cultural del mundo. Ensaya asi una infructuosa tentativa de incrustación forzada y primitiva de su singular sistema de creencias en una realidad histórica que le resulta absolutamente esquiva.

Los paises de occidente que, segun Milei, se hicieron ricos con el modelo de la libertad recurrieron a elementos difíciles de asociar con lo acontecido en la denominada modernidad, que sería el mundo más «libre, próspero y pacífico», según aseguró Milei en su exposición. Pues bien, vale aclarar que el capitalismo no comenzó con las revoluciones europeas, sino con la conquista de América por parte de España y Portugal y la exacción de sus cuantiosas riquezas. Lo propio ocurrió en África y en la India. El colonialismo y el imperialismo, fase superior del capitalismo, dirimieron sus conflictos mediante las guerras y las más terribles masacres que se recuerden, desde Auschwitz hasta Hiroshima y Nagasaki. Desde el aniquilamiento sistemático de los pueblos originarios hasta la degradación del planeta. Desde las intervenciones policiales de alta intensidad hasta las conflagraciones de baja intensidad. Desde los golpes blandos hasta el drama de Medio Oriente. Desde el Asia Pacífico hasta Ucrania. Desde la mayor acumulación de riqueza en pocas manos hasta las más espeluznantes hambrunas. Cuesta entender entonces el exaltado optimismo de Milei en su clave anarcodelirante, su llamativa concepción de la libertad y su fanatismo antiestatalista. Para colmo de males, los modelos que, cada cual a su manera, propiciaron un mayor ascenso social armónico en los últimos cien años fueron las intervencionistas socialdemocracias de posguerra, el peronismo y la anatemizada China, que incorporó al consumo a más de 700 millones de almas. En cada uno de los casos, los Estados asumieron un rol decisivo.

Arrojar sobre la realidad histórica la barbarie libertaria sólo puede conducir al desastre. En eso estamos.

Derecho a Réplica