Gustarle a los gringos

Por Hermann Bellinghausen (México)

Aunque nos cueste admitirlo, a los mexicanos nos gusta gustarles a los gringos. También rifan la conveniencia, la necesidad, muchas veces la de «a güevo». Claro que no somos los únicos. Es de hecho una tendencia global. El cine y la televisión, el camino a los Grammys, las exposiciones plásticas en Nueva York o San Diego. La academia, en todas sus vertientes, conquista grados de excelencia en la universidades top de Estados Unidos, cosa que nos llena de orgullo, tanto como tener una connacional astronauta, el mejor chef de Washington o un beisbolista destacado.

Tenemos desde luego distintas formas de quedar bien con ellos. Tantas como motivos. Los ricos y las clases medias aspiracionistas se identifican a fondo con el american way of life y la mitad o más de sus palabras favoritas son en inglés. They can afford it. Están en casa en La Joya, Miami, San Antonio, Houston, Vail. Pero muchos más, millones, van sobre sus propios lomos, se internan en territorio gringo subrepticiamente y comienzan a ser perseguidos por sabuesos humanos que huelen al mexicano que va a cosecharles y empacarles sus verduras, servir en sus cafeterías, tirar la basura, cuidar las tiendas, vender paletas heladas en carrito, cargarles sus bultos, cuidar sus jardines, lavarles los coches y los trastes sin pasarse nunca los altos.

No es nueva esta «relación» con dados cargados, donde casi siempre nos toca perder. Data de la fascinación por la «democracia» de los blancos para los independistas novohispanos, que nos bautizaron a propósito Estados Unidos Mexicanos, imitación que no funcionó realmente. Aquí el autoritarismo siempre fue de gane. Nos hicieron la guerra varias veces, en algunas arrebatando a México grandes trozos de territorio. Pese a las humillaciones y peligros, el mismo Benito Juárez y sus contemporáneos se embarcaron en la masonería vinculada con los poderes de Estados Unidos. Sólo Francisco Villa los desafió; nuestro héroe cuatrero, wanted, mediático, invicto.

Tan arraigado está el contradictorio romance que inspiró un clásico infantil, hoy un tanto demodé, Los tres caballeros (1944), de Walt Disney, heraldo del desarrollo estabilizador. Tres amigous emprenden una gira musical y paisajística donde Pancho Pistolas y Pepe Carioca apantallan al gringo Pato Donald con los atractivos de México y Brasil. En otro tenor, es el sello de “los tres amigous” cineastas, que si algo han hecho es gustarles y retratarlos hábilmente. Así como el jornalero y el janitor se las arreglan por caerles bien, manejan con licencia sin pasarse nunca los altos y mandan a México sus remesas.

Ni siquiera debía darnos pena. Lo tenemos bien metido. Hay también una resistencia, íntima casi siempre, que se expresa en el rechazo cultural, el nacionalismo, el descuido para hablar inglés, pronunciarlo mal o no aprenderlo. Le toman la palabra a Rubén Darío: ¿tantos millones hablaremos inglés? Ya se contaron historias extremas como los tu’un’savi y los otomíes aprendiendo inglés en San Joaquin Valley o Queens antes que español.

Cuando el salinismo se dejó llevar en el colmo de la autosatisfacción santanera, vendió su alma al primer tratado de libre comercio, bajo la promesa de que seríamos como ellos. Al fin en Grandes Ligas. Se multiplicaron nuestros millonarios, poco nos enteramos de cómo. Una y otra vez la cosa es gustarles, no hacerlos enojar. Hubo gobiernos desafiantes, como el de Lázaro Cárdenas, y desgracias propagandísticas como el éxito de Donald Trump al insultar sistemáticamente a los mexicanos. No obstante, la relación con Estados Unidos es de colaboración, negociación y aguante ante sus condiciones, con frecuencia desfavorables. Bien saben los mexicanos cuán gandalla puede ser un gringo.

Racismos y negaciones aparte, gran número de estadunidenses experimenta una similar atracción cargada de curiosidad, una avidez por lo autóctono, las playas, los paisajes. Y les cuesta trabajo convencernos de su buena onda, de que son aliados, compañeros, hermanos transfronterizos. Una obsesión que compartimos es la frontera, Federico Campbell, Carlos Fuentes, John Reed, Cormac McCarthy.

El inquietante escritor estadunidense de origen mexicano Richard Rodriguez, célebre por libros como Hunger of Memory (The Education of Richard Rodriguez) y Days of Obligation: An Argument with my Mexican Father, hizo de su obra la construcción de su ser estadunidense a pesar del nombre y la cara de mexicano. Se esmeró en ser un intelectual americano igual que los blancos. Hasta cambió su pronunciación del español y su familia lo llamó «pocho». Sólo escribe en inglés.

Golosinas, música, modas, tecnología, emanan de allá. Marcas de tequila y cerveza pertenecen a ciudadanos suyos. La mayor diáspora del mundo a un solo país es la nuestra. Estados Unidos representa para México un destino que siempre lo alcanza. Por ello, nuestro nacionalismo, cada día más poroso, y la conciencia anticolonial enteramente se definen respecto del vecino del norte.

La Jornada

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