«Han construido un personaje mítico, ya no hay persona, soy un mito. Yo me río de eso»

Capítulo 2 de Vida de perro: Balance político de un país intenso, del 55 a Macri.

Por Diego Sztulwark

La CGT de los Argentinos: el crisol político que preanuncia todo lo que vendrá después en la Argentina. Discusiones con Rodolfo Walsh. Sindicalismo de liberación versus sindicalismo tradicional bajo la conducción de Perón, o resistencia versus la mano en la lata. La experiencia en las FAP. Las prácticas de la guerrilla en relación con la burocracia sindical. Perón vuelve. Línea basista de las FAP, línea militarista de Montoneros. De Clarín a Noticias.

Verbitsky no es Walsh. Así podría enunciarse la conclusión a la que arriba el periodista Hernán López Echagüe en su libro El perro. Horacio Verbitsky, un animal político . Partiendo del interés de la vida pública de Verbitsky como problema en sí mismo, aunque sin hacer exactamente una biografía, el autor se plantea la cuestión de lo que es o debiera ser el periodismo.

Es Walsh quien interesa a López Echagüe. Es a él a quien busca. Sin él, el propio periodismo es quien fenece. A sus ojos, Verbitsky no es sino un periodista de actitud oficinesca. ¿Y cómo muere el periodismo? Cada vez que se lo convierte en una terminal, en una mera vía de transmisión o línea discursiva elaborada en algún centro de poder. Sea el poder político, el poder de las empresas o, como sucede en nuestra era, un mix entre ambos.

El propio Verbitsky es, no obstante, presentado como una leyenda viviente capaz de reflexionar sobre sí mismo con las siguientes palabras: «Si querés entender las raíces del mito, son estas: yo soy judío y soy montonero y estoy en Human Rights y viajo a los Estados Unidos. Han construido un personaje mítico, ya no hay persona, soy un mito. Yo me río de eso».

Diego Sztulwark: Mencionaste que Walsh leía marxismo. ¿Tenía mayor interés que vos por la discusión ideológica?

Horacio Verbitsky: Tenía un interés mayor pero tampoco demasiado, no fue un tipo de una formación marxista o académica rigurosa. Más bien se formó de grande. Su formación de juventud fue el nacionalismo y después se desentendió de la política durante muchos años. Su viaje a Cuba despierta en él toda esa preocupación, ese interés, y lo desarrolla simultáneamente con el comienzo de la CGT de los Argentinos. En esa época empieza a leer a Lenin. Los dos leímos los tres tomos de Isaac Deutscher sobre Trotsky, que no son libros de doctrina sino de historia, y discutíamos muchísimo sobre eso.

Una de nuestras discusiones era sobre Stalin. Él argumentaba comprensivamente, consideraba que Stalin estaba siendo validado por la historia, que todas las discusiones sobre el carácter dictatorial del proceso soviético no debían ser consideradas desde un punto de vista contrafáctico y que la subsistencia misma de la Unión Soviética daba prueba de eso. Yo decía que todo eso era indefendible, injustificable, que era una vía muerta. No era el mío un argumento trotskista, porque en definitiva Trotsky y Stalin no se distinguían en eso: no es fácil saber quién de los dos hubiera sido más duro y despótico. Trotsky no se caracterizó nunca por su blandura. Estas discusiones tienen que contextualizarse en esa época. Rodolfo tenía razón, sin dudas, en que las condiciones de ese momento eran de una dureza tal que, al menos hasta cierto punto, explican todo lo que se hizo. Lo explican pero no lo justifican. Nuestras discusiones intentaban elucidar este tipo de cuestiones.

Mi formación se limita a un breve curso sobre dialéctica, con un profesor muy famoso que se llamaba Raúl Sciarretta, a modo de introducción para tener una idea de qué se trataba, por curiosidad, pero no más que eso, y nunca fue una cosa que sedimentara profundamente para mí. En distintas épocas leí fragmentos de El capital y tampoco progresé.

DS: Pero veo que aún tenés por acá, a mano, el primer tomo de El capital, los libros de Deutscher.

HV: Ahí están los Deutscher, pero El capital es una edición nueva que me enviaron y que aún no abrí.

En la adolescencia yo leía literatura, leía las páginas de fútbol en los diarios. En particular me interesaba leer mucho sobre historia argentina y política contemporánea. Me dedicaba mucho a la lectura de Scalabrini Ortiz, Jauretche, Busaniche, José María Rosa, Alfredo Nota, el «Colorado» Ramos, Hernández Arregui, Eduardo Astesano. Eran las lecturas de la época, siempre girando en torno al proceso político nuestro, pero tampoco esto era parte de una formación sistemática. Leía porque me interesaba, por curiosidad.

El único estudio sistemático que hice fueron los dos años de la carrera de Sociología, de lo que no me arrepiento. Ahí conocí la teoría de la dependencia, el primer enfoque de Ferrer sobre la globalización. Me asomé por primera vez al mundo de la estadística. Cosas que fueron útiles, digamos, pero no me daba para seguir. Me di cuenta, además, de que buena parte de la gente que estudiaba Sociología en realidad lo que quería era militar en política y entraba en la carrera para eso. Había una cosa muy discursiva, muy retórica, de un marxismo que García Márquez llamó, de un modo insuperable, «de hueso colorado». Tuve algunos compañeros y amigos muy valiosos, como Juan Carlos Portantiero, y recuerdo otros personajes que me impresionaban por su retórica, como «Pajarito» Grabois.

DS: Es raro escucharte decir «no estudié sistemáticamente», como si lo «sistemático» fuese sólo lo universitario. ¿No considerás que tu trabajo con documentos, con archivos, sea altamente sistemático? ¿No hay una fuerte disciplina en tu trabajo?

HV: Sí, hay un trabajo sistemático. En general, cuando leo marco, tomo notas, escribo comentarios en los márgenes para luego volver y encontrar. Muy diferente a la época del papel y de la imprenta, en la actualidad, con el hipertexto, el abordaje es un poco más simple. Aún hoy, sigo leyendo libros y marcándolos. Por ejemplo, este que terminé de leer ayer tiene cosas que yo subrayo porque en el momento en que estás leyendo hay algo que te parece obvio y evidente, pero un tiempo después, un año o seis meses, querés buscar eso que te había impresionado, querés ver bien cómo era, para qué lo vas a usar, y agarrás el libro y, si no lo remarcaste, tenés que leerlo todo de nuevo.

DS: ¿Volvés sobre las marcas o eventualmente depende de que la memoria lo solicite?

HV: Eso depende de si la memoria lo solicita. Hay algunos libros, que yo sé que son centrales, a los que vuelvo a veces deliberadamente, e incluso transcribo cosas, hago un archivo sobre eso, pero sólo con algunos libros, no es lo habitual.

DS: La biblioteca de tu viejo, ¿creés que tiene algún peso en tu relación con los textos? Es decir, siempre tuviste libros muy a mano, viste a tu viejo leer.

HV: Lo vi leer mucho y tuve libros a mano. Él tenía además una página de crítica literaria en el diario Noticias Gráficas, con un título muy lindo: «Los libros por dentro». Me crié con una gran familiaridad con todo eso.

DS: Leer con tal concentración, marcando y tomando notas, lleva mucho tiempo.

HV: Me fue saliendo así. Los que deciden son los libros, no vos. Te atrapa o no te atrapa. Y si te atrapa te hacés el tiempo, te lo hace el libro al tiempo, no podés despegarte o no podés salir. Cuando estás preparando un trabajo específico sobre algún tema, necesitás estudiar a fondo una bibliografía, marcarla. Esto fue lo que me pasó durante la dictadura, cuando escribí el ensayo sobre San Martín, por ejemplo: volví a leer, releí, sistematicé muchísimas cosas de historia argentina que había leído tiempo atrás, siendo más joven. Por entonces ya tenía 36 años, en 1978 –si no me equivoco, era la edad que tenía San Martín cuando hizo el cruce de los Andes–. Hay cosas que descubrí releyendo historia, en particular los libros de Josep Fontana, el gran historiador catalán. Con él aprendí que la historia argentina es un capítulo de la historia de España hasta bastante después de 1810, y que todo lo que aprendamos de la historia de España es fundamental para entender la historia de nuestro país.

El historiador Milcíades Peña escribía a mediados de la década del cincuenta: «Debemos estudiar a España como capítulo primero de la historia latinoamericana»: daremos entonces con su ‘raquitismo’ económico y su falta de unidad nacional». Su tesis es que la economía colonial fue moderna y capitalista desde que, en sus inicios, organizó la producción de metales, materias primas, cueros y carnes para abastecimiento del mercado mundial. Lo que hubo en América y en lo que luego será el territorio argentino −donde no había metales preciosos− fue, desde el comienzo, un «capitalismo colonial», con una fuerza de trabajo esclava en el sentido de un «salario bastardo». En la zona pampeana, en el territorio del Río de la Plata −»ese enorme océano de hierbas donde la teología vacuna, si la hubiera, colocaría seguramente su paraíso»−, se desarrolló una moderna economía, dominada por una «oligarquía de tierras y vacas» junto a una burguesía comercial «íntimamente vinculada» a ella. Peña sostiene que en el Río de la Plata no hubo revolución ni independencia, porque no se produjo un cambio del régimen de producción ni de la propiedad. Según Alberdi, la revolución independentista «es un detalle de la revolución de España como esta es un detalle de la revolución francesa y europea». [7]

DS: Contaste las peleas que tenías con los chicos de tu escuela después de las clases de religión y las discusiones de tu viejo con tus tíos. ¿Existía en ese contexto la interrogación sobre si te sentías argentino?

HV: No, nunca tuve ninguna duda al respecto. Esos episodios no me cuestionaron mi argentinidad ni mi judaísmo. Era parte de una cotidianidad. Yo tenía conciencia de que formaba parte de una minoría. Así tomás conciencia: ¡cuando te sangra la nariz! Es un vehículo formativo insuperable. Ese fue un tema de mi infancia. Mi padre, el mayor de cuatro hermanos, fue el único que permaneció siempre en la Argentina. El segundo, Alejandro, se fue a México (era amigo de Libertad Lamarque y uno de los principales guionistas del cine argentino de la década de 1940 y 1950). Él sí era muy antiperonista. Estuvo en México y luego en Cuba, donde se instaló y no volvió nunca más a la Argentina. El otro, Gregorio, se fue a Israel y estuvo varios años trabajando en un puesto importante en la cancillería israelí. Volvió años más tarde, a raíz de serias cuestiones familiares. Su familia había implosionado, sus hijos tenían algunos problemas, y entonces su mujer quiso volver y él no quiso quedarse solo. La hermana menor, Aurora, se casó con un hermano de mi madre y vivieron por el resto de sus días en Italia. Sólo volvieron una vez de visita.

Frente a esta diáspora familiar, mi padre es el que afirmó: «Estamos aquí, somos de aquí y no nos movemos de aquí». Mi hermana siempre recuerda una frase que mi padre decía sobre alguno de sus hermanos: «¿Qué tiene que hacer un muchacho de Buenos Aires en Cuba o en Israel o en Italia?». Ese fue un tema central de la vida familiar. Naturalmente, yo heredé eso, a tal punto que ni siquiera intenté irme durante los años de la dictadura. Incluso estuve un año en Lima, entre septiembre de 1974 y diciembre de 1975, y tuve un estado asmático que me dejó al borde de la muerte. Pasé una semana sin respirar bien, sin dormir.

DS: ¿Un asma que tenías desde chico?

HV: Lo tenía desde chico pero nunca había tenido un estado asmático. Para cortarlo me inyectaron cortisona endovenosa. En esa época, Silvia Rudni, que era muy amiga mía, había muerto en México de una meningitis. Tuve claro que si me quedaba afuera, me iba a pasar lo que a Silvia. Fue una de las cuestiones más decisivas para volver, a pesar de la situación que se estaba viviendo. Pensá que yo volví a la Argentina el 4 de diciembre de 1975, momento espantoso si los hay, pero con la absoluta certeza de que era mi lugar, el único en el que yo podía estar.

Verbitsky terminó escribiendo sobre Operación Masacre en el nº 2 de la revista El Periodista (22 al 28 de septiembre de 1984): «Retorno de Operación Masacre . El Facundo de Rodolfo Walsh».

Menciona allí un «arte nuevo», anunciado por Walsh en reportajes concedidos entre 1968 y 1970.

Ese nuevo arte se confundía con un empirismo superior, en el que la fe en los hechos superaba toda expectativa depositada en la ficción. La literatura, expresiva de la sociedad sobre la que influye, debía desactivarse como trampa cultural, para alcanzar la potencia entretejida en las luchas obreras. En una entrevista, Walsh le indica a Ricardo Piglia que la sociedad basada en nuevas relaciones de producción exigiría un arte «más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable». Las principales categorías de ese nuevo arte serían «el testimonio y la denuncia», una vez que se es capaz de concebirlos como «equivalentes y merecedores de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción». El documento, tomado desde esta perspectiva, se abre a un nuevo campo de trabajo vinculado al montaje, la compaginación, la selección y el «trabajo de investigación». Un campo en el que es posible alcanzar altos grados de perfección, «inmensas posibilidades artísticas». Verbitsky considera que este arte fue alcanzado con Operación Masacre y con Caso Satanowsky, «donde, junto con un análisis perfecto de la función de los servicios de informaciones y los grandes diarios (que anticipa el genocidio de 1976 y la complicidad de la prensa), hay una galería de retratos de personajes nacionales que seguirán leyéndose con placer y provecho mientras haya Argentina».

El arte como capacidad de ver lo que sucede. Uno de los secretos de este arte nuevo, de lo que Verbitsky llama «la gran literatura que creó Rodolfo J. Walsh», tiene que ver con la inserción directa de la vida en la escritura. Walsh «apostó su vida en cada palabra y no redondeó una idea que no llevara luego a la práctica. Por eso, por ejemplo, además de describir la prensa comercial y los servicios de informaciones de las Fuerzas Armadas, organizó la prensa y los servicios de informaciones de la guerrilla montonera, que, no por culpa suya, fracasó en el intento de construir un nuevo poder. Mientras combatía, criticaba. Si sus propuestas de 1975 y 1976 hubieran sido atendidas, otra habría sido la historia de los años que siguieron». Máximo artista, «todo lo que Walsh publicó merece ser recordado, y muchas de sus páginas están todavía en poder de quienes lo mataron, escritos políticos, nuevos cuentos, recopilación de artículos periodísticos, borradores de memorias».

DS: ¿En qué quedó la idea de Walsh de que escribieras una historia sobre Operación Masacre?

HV: Nunca lo concretamos. Empecé a trabajar, hice un trabajo preparatorio: lo releí, lo marqué, hablé con él sobre el tema, pero no nos pusimos realmente a trabajar en eso. No me acuerdo por qué fue que no lo hicimos. Eran años vertiginosos. Y lo siguiente fue sí lo del Semanario CGT de los Argentinos.

DS: ¿Cómo fue tu experiencia allí?

HV: Fue la posibilidad de hacer un pasquín no como aquellos en los que yo colaboraba, sino con la calidad profesional que yo creía que era posible y deseable en una prensa militante, algo que hasta ese momento yo no había conocido. No fue profesional en el sentido de que era militante y ad honorem, nadie cobró nunca nada allí, pero sí era profesional en cuanto al rigor del trabajo, el diseño, la realización, la escritura. De hecho, hasta el día de hoy ese diario se estudia en las escuelas de periodismo.

DS: ¿Cómo se situaban entonces en el enfrentamiento político de aquella coyuntura que se había complejizado notablemente? Además de peronismo/antiperonismo, estaba la tensión entre el vandorismo y lo que representaba la CGT de los Argentinos.

HV: Era una contradicción permanente. Aquel encuentro al que ya hice referencia, entre Walsh y Buzeta, expresa esas contradicciones, esas dos caras posibles del peronismo. Yo estaba tironeado entre esas dos cosas. Por otra parte, yo tenía con ese mundo sindical una relación bastante estrecha.

Además de mi participación en el regreso de Perón, milité también con Buzeta, y sobre todo con su mujer, Inés Dighian, que era una dirigente de oposición al sindicalismo socialista amarillo del Sindicato de Empleados de Comercio, comandado por entonces por Armando March, hasta que la lista peronista de oposición liderada por ella le ganó las elecciones. Ese era un grupo peronista donde había de todo, como es el caso de Armando Cavalieri por un lado y de Héctor Recalde. Uno de los ejes de la denuncia contra March era la corrupción. March tenía caballos de carrera, inversiones en Río de Janeiro, coleccionaba cuadros. Era el modelo del sindicalismo gorila que había desplazado al peronismo. Te estoy hablando de principios de la década de 1960. Esa también fue una escuela de formación militante importante y donde conocí a quien sigue siendo un amigo muy querido −te diría que uno de los más antiguos aparte de los de la adolescencia− que es Héctor Recalde.

Los gremios amarillistas formaban parte de la agrupación de los 32 Gremios Mayoritarios y Democráticos, vinculados con el sindicalismo norteamericano. Eran herederos de Lombardo Toledano que era, digamos, parte de esos instrumentos de la CIA en Latinoamérica. Ahora, en cuanto Inés ganó la conducción del sindicato, hubo un plan de viviendas y uno de los dirigentes de ese grupo era Armando Cavalieri. Lo primero que hizo ese grupo fue una estafa, metió la mano en la lata, y pretendieron involucrarlo injustamente a Recalde, que era el abogado del sindicato. Recalde fue siempre un tipo decente y transparente, y Cavalieri un bandido. Entonces, ya veías ese mundo que por un lado era la resistencia, era enfrentar ese sindicalismo amarillo, la lucha por el regreso de Perón, y por otro estaba esta cosa de la mano en la lata.

Mientras tanto, la CGT de los Argentinos, con Rodolfo, justamente en ese período, era un intento de transformación de esas prácticas. Por un lado, había sindicalistas; por otro, políticos; por un lado, había peronistas, pero también radicales, socialistas, comunistas, cristianos. La CGT de los Argentinos fue realmente el crisol político que preanunciaba todo lo que vendría después en la Argentina. Es imposible exagerar la importancia que tuvo. No se entiende todo lo que pasó después sin esa experiencia.

Cuando Perón le quita el apoyo a Raimundo Ongaro y empieza a negociar con Augusto Vandor, genera un conflicto terrible para nosotros porque preanuncia lo que pasará años después. Si bien entonces fue más soft, más light. Ese encuentro de Buzeta y Walsh tiene mucho que ver con eso: ¿cuál es el camino? ¿Es el del sindicalismo de liberación que proponían Ongaro y la CGT de los Argentinos, o el sindicalismo tradicional con la conducción de Perón, con las prácticas cambiantes, con los acomodamientos a distintas coyunturas, con las dosis de corrupción que había? Ese era el tema.

Yo tenía la idea de que era posible llegar a una síntesis con alguna gente, no con Vandor, por cierto, pero sí con Buzeta, pero en ese diálogo fue evidente que no, que no estaban las condiciones dadas, que había que elegir un camino o el otro. Y yo me fui con Rodolfo. Mi relación con Buzeta se hizo cada vez más distante, espaciada. Siempre con mucho afecto, con mucho respeto. Murió muy joven.

Walsh era otra cosa.

Gracias a Roberto Baschetti, sabemos que José Miguel Buzeta, alias «Manolo» (1922-1979), fue autodidacta, publicista, bibliotecario y tipógrafo. Trabajó en el diario nacionalista Tribuna , fue jefe de taller gráfico del diario El Pueblo , dirigió el periódico Octubre y militó en el Movimiento de la Juventud, un sector del peronismo naciente que organizó numerosos actos callejeros. En 1955, se sumó a la Resistencia Peronista. En ese mismo año, junto con César Marcos y otros, se hizo cargo del Comando Nacional Peronista (CNP). Estuvo preso en el penal de Caseros, para luego exiliarse en Caracas y más adelante en Madrid. Allí tuvo trato a diario con Perón. Fue uno de los organizadores de la campaña electoral de 1962, que concluyó con Andrés Framini como gobernador electo en la Provincia de Buenos Aires. Fue corredactor del mítico programa obrero de Huerta Grande y director del diario peronista resistente Rebelión , en 1965.

HV: Esta situación se repite más adelante, cuando a comienzos de los años setenta la dictadura clausura la CGT de los Argentinos, clausura el periódico, encarcela a Ongaro, encarcela a Tosco y son los comienzos de la formación de la guerrilla. Es entonces cuando tengo otra discusión clave con Rodolfo, siempre sobre la base de la historia argentina. Me parecía que en el siglo XX se iba a repetir el desenlace del siglo XIX: las luchas guerrilleras del siglo XX estaban condenadas como las de López Jordán contra Urquiza y como las del Chacho Peñaloza. Tal vez por la influencia de tantas lecturas del siglo XIX, pensaba que iba a pasar lo mismo, tenía esa visión y la discutía con Rodolfo.

DS: ¿Veías una debilidad estructural en las fuerzas que se oponían a los procesos de modernización provenientes del mercado mundial?

HV: Sí. Ya a principios de los años setenta se comenzaba a advertir el declive del cuarto de siglo glorioso de la posguerra, período en el cual la participación de los asalariados en el ingreso creció en todo el mundo hasta su máximo histórico. El aumento del precio del petróleo y la enorme masa de petrodólares que se canalizaron a través de los bancos globales intensificaron ese declive. A mediados de la década de 1970, durante mi estadía en Perú, escribí algunos artículos sobre la economía mundial, a partir de esos hechos.

En este nuevo ciclo histórico, el capitalismo afirma un nuevo paradigma tecnológico y financiero, frente al cual el bloque comunista no tiene respuestas eficaces, y comienza su lenta agonía. Entre 1979 y 1981, Thatcher y Reagan llevarán este esquema hasta la exasperación, que culminará en la década siguiente con la implosión del socialismo real.

En la Argentina, Montoneros combinaba un marxismo lineal –casado con la teoría de la guerra de Clausewitz– con un arcaísmo originario, muy atractivo y conmovedor, de celebración de las luchas populares heroicas, aunque sin destino. Una frase que se repetía por entonces era que aun en la más extrema desigualdad de armas, la conciencia política puede imponerse, y se ponía como ejemplo a los vietnamitas, que con un puñal vencían a los misiles norteamericanos. Esa lectura, voluntarista e ingenua, me desesperaba, así como la confusión entre el Frente Justicialista de Liberación y el Frente de Liberación Nacional de la literatura marxista asiática. Como consecuencia de esta confusión, se generó la creencia de estar peleando contra un ocupante extranjero y de representar a la masa del pueblo. Algo de eso digo en los documentos críticos a la conducción de Montoneros (documentos entre los cuales hay un par de textos míos que se han atribuido erróneamente a Rodolfo porque cayeron todos en su casa de San Vicente).

DS: ¿Cómo hacías para combinar tus puntos de vista con los de tu colectivo?

HV: Me he preguntado muchas veces cómo a pesar de todo seguí allí. Y me respondo que para entender por qué lo hice tengo que considerar factores decisivos como los afectos, las lealtades personales, los amigos. Esto ha sido una constante en mí: siempre he ido intelectualmente a contramano de mi grupo de referencia.

Cuando se toma la EXMA en 2004, el CELS plantea ocupar desde el edificio principal hasta las Escuelas Raggio, y que en el resto sigan funcionando las escuelas de formación de la Marina, pero el resto de los organismos pone el grito en el cielo. Nosotros explicamos que de lo que se trataba era de un proyecto para la educación democrática de las Fuerzas Armadas, y que esa coexistencia llegaría a tener un valor formativo único. La idea era que la Marina de hoy rindiera homenaje a las víctimas de la Marina de ayer, custodiando ese predio y aprendiendo de la historia.

Casi nos matan: perdimos la votación nueve a uno. Sin embargo, yo me quedo igual con los compañeros. Y me quedo también cuando empieza la guerrilla. Me quedo cuando empieza la ofensiva espantosa de las Fuerzas Armadas. Y me quedo cuando perdemos nueve a uno. Porque si bien valoro mucho los aportes individuales, sobre todo del pensamiento, sólo creo en la acción colectiva. Y, en general, he preferido equivocarme acompañado que tener razón en soledad.

DS: ¿Cómo fue la experiencia de la CGT de los Argentinos? Tu experiencia guerrillera está vinculada al inicio de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), ¿no?

HV: Sí, porque Rodolfo, durante el período de la CGT de los Argentinos, toma contacto con los hermanos Villaflor[8] y escribe ¿Quién mató a Rosendo?, un libro extraordinario, de algún modo subvalorado porque la historia ha condenado las prácticas de la guerrilla en relación con la burocracia sindical. Y con toda razón, creo que esas prácticas eran equivocadas, que la complicidad de la burocracia sindical con las dictaduras no se podía resolver matando a los dirigentes. Creo que ahí, en esa línea operativa, hay un germen de los errores posteriores.

¿Quién mató a Rosendo? fue publicado originalmente por entregas en el periódico de la CGT de los Argentinos (en pugna con la burocracia sindical vandorista), y luego fue publicado como libro.

El texto logra demostrar que la bala que mató al matón vandorista Rosendo García en la confitería La Real, en Avellaneda, procedía del grupo del propio Vandor. En este «tiroteo», en mayo de 1966, el grupo de Vandor asesinó a Domingo «el Griego» Blajaquis, «un auténtico héroe de su clase» y a Juan Zalazar, «cuya humildad y cuya desesperanza eran tan insondables que resulta como un espejo de la desgracia obrera».

La investigación para ¿Quién mató a Rosendo? le ofrece a Walsh la oportunidad de caracterizar el fenómeno de la burocracia sindical: «Yo no creo que un episodio tan complejo ocurra por casualidad» y, en todo caso, una vez ocurrido, es posible identificar en él «casi todos los factores que configuran al vandorismo: la organización gangsteril; el macartismo (‘son trotskistas’); el oportunismo literal que permite eliminar del propio bando al caudillo en ascenso; la negociación de la impunidad en cada uno de los niveles del régimen; el silencio del grupo sólo quebrado por conflictos de intereses; el aprovechamiento del episodio para aplastar a la fracción adversa; y, sobre todo, la identidad del grupo atacado, compuesto por auténticos militantes de base». Estos mismos rasgos constituyentes del vandorismo actuaban en estricta coherencia «con los despidos de activistas de las fábricas concertados entre la Unión Obrera Metalúrgica y las cámaras empresarias; con la quiniela organizada y los negocios de venta de chatarra que los patrones facilitan a los dirigentes dóciles; con el cierre de empresas pactado mediante la compra de comisiones internas; con elecciones fraguadas o suspendidas en complicidad con la Secretaría de Trabajo. El vandorismo aparece así en su luz verdadera de instrumento de la oligarquía en la clase obrera, a la que sólo por candor o mala fe puede afirmarse que representa de algún modo».

La contracara obrera de esta burocracia se encuentra del lado de los militantes de base atacados por el grupo de Vandor: el grupo liderado por Raimundo Villaflor, un obrero de Avellaneda, dirigente sindical que se había convertido a la militancia política a fines de los años cincuenta, cuando vio «cerrada la vía gremial». En 1958, Raimundo conoció a Domingo Blajaquis, quien le sacó «todos esos berretines que teníamos, de ser peronistas por el hecho de serlo, y no comprender que el peronismo es un movimiento parecido al de otros pueblos que luchan por su liberación. Él no, siempre fue un revolucionario, siempre tuvo una concepción del destino de la clase trabajadora. Y él nos explicó las razones por las que estábamos derrotados, el papel del imperialismo, el papel de la oligarquía, y el papel de la burocracia en el peronismo: esos son recitadores de los días de fiesta».

HV: ¿Quién mató a Rosendo? es absolutamente extraordinario. Rodolfo había tomado contacto con Rolando y Raimundo Villaflor, y con el primo de ellos, José Osvaldo «Cholo» Villaflor. Rodolfo ingresa en esa época al PB (Peronismo de Base) y a las FAP, y usa a los que ya estábamos trabajando con él –a su hija Vicky, a su yerno, y a otros compañeros y amigos– como proveedores de información que él después sistematiza. Pero no nos abre el contacto con la organización: él maneja la relación, nos compartimenta, somos la periferia personal de Rodolfo. También estaban en el grupo Pirí Lugones y quien era por entonces mi compañera. Trabajamos así hasta que Andrés Alsina exige un encuadre, y dice «si no, nos vamos». Andrés era el compañero de Vicky en ese momento, alguien le hace un contacto y vamos a un almuerzo con un hombre y una mujer del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Yo salí espantado, era el ideologismo más obtuso, y le dije a Andrés: «No, yo con estos no tengo nada que ver». Pero él sí, y se enganchó y se fue con ellos. Gran tipo Andrés.

Rodolfo se asustó, y entonces nos abrió la relación con las FAP.

Así evoca Andrés Alsina[9] su acercamiento al PRT y el almuerzo que refiere Verbitsky: «Fuimos a un almuerzo con Horacio, con dos que eran un plomazo. Horacio comió panaché de verduras; lo recuerdo porque pensé que se estaba poniendo mal del estómago. A uno de ellos (lo supe después) le decían en el PRT ‘sapo de bronce’: siempre con la boca abierta y al borde de los acontecimientos; nunca en el agua. Horacio tenía evidentemente reparos por su adhesión al peronismo, y con los hábitos trotskistas (dogmatismo, teoricismos) de esos dos interlocutores.

Creo que por eso no seguimos buscando juntos». Cuando le pregunto cuándo volvió a ver a Verbitsky, me cuenta que fue en 1973: «Acabábamos de tomar el pabellón de Devoto el 25 de mayo. Yo estaba en el apriete al guardia, a quien le habíamos sacado la llave para facilitar la salida del pabellón. Estaba todavía subiendo las escaleras cuando apareció Horacio corriendo y, casi sin saludarme, me preguntó dónde estaba Paco Urondo. Le indiqué la celda (al final del pabellón, a la derecha) y allí se fue. Todavía no sé cómo hizo para entrar, pero en ese momento no tenía tiempo para pensar en fantasmas, así que no le pregunté. Pero revisé la seguridad de la entrada. Luego nos encontramos, claro, como al mes. Fue en 1973, con Cámpora, yo sabía que ellos estaban en Montoneros: Horacio estaba organizando Noticias y yo el diario El Mundo , y nos dábamos manos en pequeñas cosas. Después, supimos cada vez menos el uno del otro hasta que la clandestinidad cayó con la certeza de la lluvia. A Horacio lo daba por muerto y lo veo de improviso en una redacción en Buenos Aires, en 1984. Recuerdo que le salté al cuello y me enlacé con las patas a su cintura. Esa enorme alegría era el contraste con una situación dura que vivíamos todos los que salimos con vida. Además de la militancia, uno conoce y trata a un número limitado de personas: casi todas las mías estaban muertas. Así que reencontrarlo fue una caricia.

Para mí fue heroico que Horacio sobreviviera en Baires y sacara adelante una familia, a su persona, y madurara además en sus convicciones hacia la plenitud de la democracia; sólo me llegó alguna referencia de las cosas que hizo para ganarse el pan (creo haber escuchado que escribió un recetario de comidas judías) y doy por bueno que dormía con los ojos abiertos.

Sobrevivir en esos durísimos años de Argentina fue, sin duda, una demostración de inteligencia y capacidad. Sólo aumentó mi respeto por él. En cuanto a las canalladas que se dijeron y se dicen acusándolo solo por haber sobrevivido, para mí eran y son un reflejo, consciente o por boca de ganso, de la campaña de descrédito y expresión de frustración de gente de la dictadura por no haberlo agarrado y matado. Si hubiese tenido algún beneficio personal, si se hubiese quedado con un vuelto, se agarrarían de eso para descalificarlo. Pero la ética del tipo es tanto intelectual como personal: es simplemente coherente».

DS: ¿Qué tipo de trabajo hacían como periferia de Rodolfo? ¿Qué conciencia tenías del uso político de esta cooperación que, evidentemente, no era sólo periodística?

HV: Desde luego, sabía perfectamente cuál era su uso. Se trataba de hacer informes de coyuntura sobre lo que estaba pasando, sobre los temas importantes. Juntar información, sistematizarla, ordenarla. Esto implicaba contar con fuentes para averiguar y obtener información. Gente que te contaba cosas de lo que estaba pasando. Estamos hablando de la época de las dictaduras de Onganía, de Lanusse. Hacíamos por entonces tres cosas: por un lado, intentábamos averiguar qué se discutía en el gobierno, qué se discutía en economía, cuáles eran los nudos conflictivos que enfrentaba el gobierno y los dispositivos represivos que se estaban preparando; por otro, sistematizábamos la información proveniente de fuentes públicas sobre los mismos temas; y, finalmente, plasmábamos eso en un análisis que fuera lo más coherente posible. Rodolfo reelaboraba estos análisis y se los transmitía a Raimundo Villaflor.

DS: O sea que se ocupaban tanto de constituir interlocutores que podían ser fuentes importantes como, al mismo tiempo, de elaborar hipótesis políticas en función del escenario que se iba decantando.

HV: Fue motivo de contradicciones muy profundas y muy difíciles de manejar. Nosotros estábamos en las FAP, cuya lectura de los hechos políticos no siempre coincidía con la nuestra.

Por entonces, yo hacía varias cosas: tenía mi trabajo profesional, en algún momento de ese período ingresé al diario Clarín, y además, por otras relaciones militantes, trabajaba con un grupo de colaboradores de Héctor Cámpora, pero estaba todo compartimentado. Por otro lado, estaba mi encuadramiento en las FAP. Eran compartimentos estancos, no había un ámbito de síntesis de todas estas tareas. El único que conocía todo eso era Rodolfo.

DS: ¿Cuáles de estas actividades eran públicas y cuáles no lo eran?

HV: Nada de esto era público, salvo el trabajo en el diario, lo cual daba lugar a todo tipo de problemas, desde anécdotas triviales hasta cosas más densas.

Por ejemplo, ante la campaña del retorno de Perón en 1972, las FAP habían fijado una posición desde la ideología: definían que Perón era de los trabajadores y no de los traidores, y estaban seguros de que no regresaría. Sin embargo, yo sabía que sí iba a regresar, sabía cuándo se había tomado tal decisión, cuándo se había juntado la guita para comprar la casa, cómo se había tramitado el avión. Se armaba así un conflicto muy difícil de manejar. Entonces la solución en ese momento fue el pasaje de las FAP a Montoneros, que sí creía que Perón volvía. Nosotros teníamos un ámbito de coordinación técnica con Montoneros. Habíamos desarrollado todo el know how de las escuchas de las comunicaciones de la policía y les enseñamos a ellos. Fue cuando hicimos las escuchas del día del retorno de Perón, del alzamiento de la ESMA, de Julio César Urien y Mario Galli. Ya no tenía sentido seguir en las FAP porque negaban la realidad.

De todos modos, creo que las FAP tenían razón en su basismo. Tenían toda la razón en que la línea militarista de Montoneros estaba equivocada, pero esto es sabiduría retrospectiva y, además, las FAP, aun teniendo razón, se habían marginado de la vida política del país, se habían convertido en un grupo de estudio, habían dejado de tener incidencia en la realidad. En cambio, Montoneros estaba en el centro mismo de la vida política del país. Y yo me metí de cabeza ahí.

DS: ¿Siempre con Rodolfo?

HV: No, fui solo. Rodolfo y Pirí Lugones vinieron unos meses después, siguiendo ese mismo túnel, a mediados de 1973. Esa era otra de las discusiones que teníamos: sobre Perón y sobre el rol de Perón. Rodolfo tenía una desconfianza absoluta hacia Perón. Yo le decía: «¿Pero vos creés que realmente Perón va a abandonar la lucha por la indemnización y el uniforme?». Y él me respondía:

«Sí, eso creo».

No estoy diciendo que yo crea que él tuviera razón en eso. Sólo estoy contando la discusión. Era complejo: había elementos a favor de cada una de las interpretaciones y hasta el día de hoy la cosa no tiene solución. No la tendrá nunca. Persiste como un nudo.

DS: En tu período de Montoneros, mientras Rodolfo sigue en las FAP, ¿siguen trabajando como equipo?

HV: No.

DS: ¿Cómo es que se desarma ese equipo? No debe haber sido tan fácil…

HV: Ese equipo venía en crisis. Rodolfo almorzaba mirando el programa de Mirtha Legrand porque siempre había alguna modelo que cuando le preguntaban: «¿Y qué leés?», contestaba: «Estoy leyendo a Rodolfo Walsh». Y eso a él le gustaba mucho. Hasta que un día en el televisor, que era muy viejo, la imagen dejó de verse bien. Rodolfo se acercó para ajustar la sintonía, cuando de golpe, con la imagen de Mirtha Legrand, apareció una voz masculina que dijo: «Comando llama, 222, comando llama».

Nos quedamos paralizados de la sorpresa, hasta que nos dimos cuenta de que se trataba de la red radioeléctrica de la Policía Federal. Rodolfo enloqueció, se olvidó de Mirtha Legrand y de las modelos, y se dedicó a manipular el dial hasta poder direccionar cuándo y cómo llegaba la interferencia, y ya en ese momento descular cómo funcionaba eso. Cada cosa era una sigla, una convención, el alfabeto policial.

Así empezó un trabajo minucioso. El tema de los patrulleros: cómo eran las claves, con qué código se identificaba cada comisaría, qué significaba la primera parte del código, qué significaba la segunda, qué eran los códigos de transmisión, esas cosas elementales que no sabíamos y fuimos aprendiendo. Por otro lado, la red radioeléctrica: a qué hora se hacían las transmisiones, cómo se comunicaba cada delegación regional con la central, qué importaba escuchar, qué no.

Éramos seis personas trabajando, tres parejas, y nos habíamos repartido las 24 horas del día en turnos de cuatro horas por persona. Una vez que estuvo desculado el funcionamiento, vino la rutina del trabajo: con la información relevante escribíamos unos partes, los hacíamos canuto dentro de cigarrillos en letra minúscula, como los presos, y los dejábamos en unos huecos que había en algunas paredes de la ciudad como, por ejemplo, la Escuela Normal nº 1, en la manzana de Córdoba, Riobamba, Ayacucho y Paraguay, un edificio que estaba muy ruinoso, con las paredes muy carcomidas, y tenía muchos lugares para ponerlos. Luego, alguien de la conducción pasaba por ahí y retiraba la información.

Con ese método de trabajo comenzábamos a descular movimientos como, por ejemplo, el traslado de un compañero preso de un lado a otro, y esto permitía programar una operación para rescatarlo.

DS: ¿Y esa planificación también se la delegaban al grupo de ustedes?

HV: No, nosotros pasábamos la información y, sobre esa base que actualizábamos día por día, otro grupo organizaba la operación de rescate en la que participaría.

Un día, dejaron de retirar los papelitos. Habíamos ido a llevar papelitos y nos encontramos con que aún estaba allí el anterior. Los dejamos, y cuando fuimos a llevar el tercero nos dimos cuenta de que estaban los dos anteriores. Algo estaba pasando, y temíamos que hubiera caído alguien. Después verificamos que no, que no había caído nadie, que estaban abocados a la discusión ideológica. Se había desatado la polémica entre sectores.

DS: ¿Entre los llamados «oscuros» y «esclarecidos»?

HV: Sí: los iluminados, los oscuros, los fosforescentes. El «proceso de homogeneización política compulsiva» o PHPC, para la AICOPUPE (Alternativa Independiente de la Clase Obrera y el Pueblo Peronista). Las FAP se convirtieron en un grupo de estudio y de discusión y así fue como se disolvió de hecho el grupo. ¿Para qué íbamos a seguir? ¿Sabés lo que son cuatro horas seguidas de escucha y de anotaciones? La cosa más aburrida. Si eso es útil es una cosa, ahora, si no sirve para nada…

DS: ¿Cómo fue el paso a Montoneros? FAP había comenzado antes y había tenido desde el comienzo una organicidad mayor con la historia de la resistencia peronista obrera.

HV: Además, FAP tenía una caracterización muy negativa de las OAP (Organizaciones Armadas Peronistas). Un día vino Jorge Caffatti (de las FAP) y tiró una bomba con un cuestionamiento muy fuerte: FAP objetaba el secuestro y el asesinato de Aramburu. Cuestionamiento que nosotros compartíamos, con el que estábamos de acuerdo, pero no porque Aramburu no lo mereciera, nunca dudamos de ese merecimiento, sino porque, como decía un documento de las FAP, en todo caso era una acción para el final y no para el comienzo de un proceso revolucionario.

FAP era muy crítico de Montoneros, de Descamisados, de FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), pero eso no ocurría a la inversa, porque a Montoneros nunca le preocupó FAP.

Hay una etapa inicial de las FAP: cuando matan a los primeros compañeros de Montoneros, FAP tiene una actitud solidaria. Pero en el momento del que estamos hablando, es decir, durante los años

1972, 1973 en adelante, Montoneros está a tal distancia cósmica que ya FAP no le parece tan relevante, deja de ser una preocupación, un interlocutor o una competencia. Y, además, a nosotros nos trataban bien porque veníamos a hacer un aporte que Montoneros valoraba mucho.

DS: O sea que ustedes pasan a Montoneros como grupo reconocido en labores de información. ¿Fueron bien recibidos?

HV: Sí, ese trabajo se valoraba mucho, ¡hasta que empezamos a cuestionar la línea política y dejaron de darnos pelota! Nosotros les enviábamos los documentos críticos y ellos ni nos contestaban.

Incluso hubo amenazas de sanciones. Nuestro trabajo técnico de información se solapaba con el aporte político. Nuestro ámbito de información hacía el trabajo técnico pero al mismo tiempo hacía su aporte político. Desde entonces nos fueron congelando.

DS: ¿También en el aspecto técnico los fueron marginando? ¿O se hacía una diferencia entre una cosa y otra?

HV: En principio había una diferencia muy clara, pero hubo un punto en que fue imposible separarlo, porque el rumbo que ellos habían elegido era tan divergente y nuestras críticas eran tan de fondo que era muy difícil mantener esa diferenciación.

DS: Ahora, ustedes seguían manteniendo todo un trabajo con las fuentes. ¿Cómo desarrollaban la labor para obtener buenas interlocuciones?

HV: Cada uno tenía fuentes que venían de contactos previos. En algunos casos las fuentes sabían de qué se trataba, en otros no tenían la más remota idea. Algunos podían sospecharlo, pero no era abierto, no era explícito. Otros, abierta y explícitamente, colaboraban para eso. Contábamos con algunos abogados y periodistas que sabían a quién le estaban pasando información. Había mucha información que circulaba por las redacciones, que no se podía publicar y nos la pasaban a nosotros.

Hay que tener en cuenta que muchos de nosotros teníamos experiencia periodística.

DS: ¿Cómo chequeaban la información que les llegaba? ¿Había un sistema o era algo que se manejaba intuitivamente?

HV: Intuitivamente. Claro que te podías comer un garrón, pero visto retrospectivamente no nos comimos tantos. Era difícil chequear. En general, uno conoce a la fuente y, en el caso de las fuentes indirectas, uno sabe cuál es la fuente de la fuente, y además está el contexto general. Para el trabajo con información hay un tema básico que es la verosimilitud. Hay cosas que te las dice alguien que está ubicado en un lugar clave, pero vos decís «esto no puede ser, esto no es, esto es falso», porque él está engañado o porque él te quiere engañar, pero «esto no puede ser». Hay otras cosas donde los matices son más difíciles de discernir, donde es más gris, y para eso cuenta el buen criterio de cada uno, el estar prevenido contra los deseos. A menudo, uno tiende a creer lo que desea, lo que no es mi caso en general, pero nadie está a salvo de eso, es lo más humano.

DS: Imagino que habría fuentes de más difícil acceso, como la ligada a la cuestión represiva, donde el hermetismo sería mucho mayor.

HV: Sí, aunque de todos modos conseguimos cosas muy importantes, como documentos internos de los militares que eran de muy difícil acceso. En algunos casos hubo personas que asumieron riesgo de vida en la labor por conseguirlos. Rodolfo había hecho una tipología, un ABC de la información: la A era el archivo, la B la búsqueda y la C el canje. El canje estaba referido fundamentalmente a otras organizaciones más o menos próximas, como los troskos. Digamos que si vos tenías un dato que les podía interesar a ellos, se lo pasabas y establecías una relación. Yo nunca estuve encargado de esa relación, pero sé que existía.

DS: El pasaje a Montoneros, por lo que contás, no se debe a cuestiones ideológicas, sino a la búsqueda de una efectividad práctica.

HV: Las FAP se habían marginado. Yo no quería estudiar marxismo, quería participar en las luchas populares. Esa era mi motivación y Montoneros estaba en el centro de eso.

DS: A Paco Urondo y a Juan Gelman, ¿los conocés ahí?

HV: No, los dos eran mis amigos desde mucho antes. A Juan lo conocí en 1964 o 1965, en la revista Confirmado. Un par de redactores, que venían de la Federación Juvenil Comunista, me habían recomendado a Juan, que estaba buscando laburo. Acababa de romper con el PC, estaba con la cuestión de los chinos, y no tenía trabajo. Yo era jefe de redacción y él era redactor. Lo conocí ahí, es decir que estamos hablando de diez años antes de esto. Con Paquito éramos amigos. Habíamos trabajado juntos en el año 69, 70. Cuando organicé para Timerman la corresponsalía en Buenos Aires del diario que él publicaba en Mendoza, Paco vino a trabajar conmigo, pero éramos amigos desde muchos años antes.

Cuando en 1968 hicimos el Semanario CGT, lo invité a Paco a colaborar. Y Paco me dijo: «No, no puedo, estoy en otra cosa» y no me dijo en qué estaba, pero después leímos la novela Los pasos previos, y conocimos todo. Esa parte del camino que hicimos nosotros vía las FAP, él no la hizo, él fue más directo. Juan también había llegado antes. Él había integrado uno de esos grupos que se estaban preparando para ir a Bolivia, con el Che, pero eso se frenó en 1967, cuando matan al Che.

También estaba Luis Guagnini, que era mi cuñado y que está detenido desaparecido desde diciembre de 1977. Fueron grandes amigos todos ellos.

DS: ¿Entre ustedes compartían análisis críticos sobre la línea de Montoneros? ¿Se encontraron en el diario Noticias?

HV: Compartíamos mucho. Coincidimos los cuatro en el diario Noticias. Yo entré a Clarín en 1971.

Timerman me había echado de La Opinión ese año e ingresé a Clarín a fines de 1971 o principios de 1972. Por entonces no era, como hoy, el Grupo Clarín, no era el multimedio actual, no existía Papel Prensa, no existía nada de lo que hoy conocemos por Grupo Clarín, las radios, la televisión, el cable, la agencia de noticias, la financiera, la feria y las inversiones agropecuarias. Sólo era un diario y no el más reaccionario. Lo aclaro porque hay tanta flecha envenenada dando vueltas. Desde ese lugar cubrí todo el regreso de Perón, y sabía miles de cosas que las FAP ignoraban.

Me habían dicho que Montoneros pensaba hacer un diario y querían que yo fuera a trabajar allí.

Les dije que me parecía que no tenía sentido, que yo era más útil en Clarín, donde tenía una compartimentación segura. No me tentaba la idea. Además, el modelo del diario era El Descamisado, que a mí no me gustaba, con todo respeto a los compañeros que lo hacían.

Estábamos en ese tire y afloje, cuando un día Paco me dice: «Tenés una cita en el café Carlos Gardel de la avenida Entre Ríos». Pregunté a quién iba a ver. «Ya vas a ver», dice Paco. Voy a la cita, entro y ahí me estaba esperando Mario Firmenich. Me senté a su mesa. Él fue muy breve, me dijo: «Es una orden, tenés que hacerlo». Se limitó a eso el diálogo. Así fue como renuncié a Clarín y entré a Noticias. Allí armamos un equipo en el que estaba Miguel Bonasso, que era el director nominal, junto a un equipo de conducción en el que estábamos Juan, Rodolfo, Bonasso y yo, junto con Silvia Rudni y Gregorio Levenson, bajo la conducción de Paco. Cada uno tenía funciones diferenciadas y teníamos un ámbito de discusión política, además del diario, de modo que discutíamos mucho.

En el medio tuvimos algunos episodios: Paco fue corrido de la dirección del diario por la organización, que mandó a otro compañero en su reemplazo. Paco salía en esa época con Lili Massaferro. Habían sido novios en la adolescencia y se habían reencontrado en la madurez. Saldaron la cuenta pendiente. Pero ahí, en el diario, Paco conoció a Alicia Raboy y se enamoraron. Empezaron a salir juntos en forma oculta. Yo trabajaba con ellos en el diario y un día iba por la calle y me los cruzo saliendo de un hotel alojamiento. Podía tener una leve sospecha de que había onda, pero no más que eso. Y Paco, con una calma maravillosa, me dice: «Uy, qué bueno, Perro, basta de hoteles, haceme una copia de la llave de tu casa». Lili lo denunció. Yo la quiero, la respeto, pero esa mezcla de la cosa personal con la cosa organizativa… Y lo recagaron, mal. La moral revolucionaria encubría la moralina pequeñoburguesa. Castigar el adulterio. Lo despromovieron y lo mandaron a uno de los dos lugares del país donde él era muy conocido porque había estado antes públicamente.

Uno era Mendoza y el otro Santa Fe. Si había dos lugares donde a él no tendrían que haberlo mandado en la época de la clandestinidad y la represión, eran esos.

Tuvimos una despedida muy terrible. Una noche fuimos a comer a su casa, nos llevaron compartimentados. Esto fue inmediatamente después del golpe. Estaba él, estaba Alicia, la hija mayor de Paco, Claudia, su compañero el «Jote», mi compañera de entonces y yo. En esa época nosotros cuidábamos mucho a la hijita de ellos, a Angelita Urondo, que es una persona hermosa. Ella también tenía un nombre organizativo. Hasta el día de hoy, cuando me escribe firma Felipita. Cuando ellos querían hacer alguna actividad que saliera de la rutina, nosotros la cuidábamos. También estaba en la casa el hijo adolescente de Paco, Javier, pero él no participó de la reunión. Esa noche Paco planteó que lo mandaban a Mendoza, que quedaría en una situación muy vulnerable. Además, estaba muy dolido porque se había hecho una evaluación anual de su trabajo en información, que él compartía con otro compañero. Era la misma tarea a cargo de dos personas pero habían hecho una evaluación diferencial por ese trabajo en común. Y por otro lado estaba despromovido por infidelidad. Paco estaba mal, cuando estaba mal tenía un tic: se le entrecerraba un ojo. Era una situación muy tensa.

Alicia tenía una operación esa noche, así fue que salió y nosotros nos quedamos allí, lo cual era un error desde el punto de vista de la seguridad. Alicia volvió más tarde. En esta reunión, Paco quería plantear quién se iba a quedar con la bebita si ellos perdían, y dijeron que querían que la bebita se quedara con su hermana, con Claudia y el Jote, si ellos podían y querían, porque ya tenían dos chicos, o de lo contrario que se quedara con mi compañera y conmigo. Claudia dijo que no había ningún problema. Ahora, vos te das cuenta del tenor dramático de esa conversación. Sin embargo, tenía un costado ligero, y era que se trataba de ver cómo íbamos a cuidar de la hija de los compañeros si ellos perdían, dentro de un proyecto que nadie dudaba de que sería victorioso.

Ninguno de nosotros en ese momento imaginaba que se trataba de una ofensiva de exterminio. De hecho, la hija de Paco y su compañero fueron desaparecidos muy poco tiempo después. Si ellos hubieran estado con la bebita… Y lo intentaron, porque tenían ese compromiso con Paco. A la bebita la recuperaron la hermana de Paco, Beatriz, y la madre de Alicia, Teresa. Las dos viejas se fueron a Mendoza. Hay un hermoso libro que cuenta esa historia, ¿Quién te creés que sos? , de la propia Angelita, donde Beatriz cuenta toda esa historia.


Caer no es caer
Chupar no es chupar.
Cita no es cita.
Dar no es dar.
Caer no es caer.
Soplar no es soplar.
Pinza no es pinza.
Fierro no es fierro.
Máquina no es máquina.
Capucha no es capucha.
Submarino no es submarino.
Personal no es personal.
Parrilla no es parrilla.
Apretar no es Apretar.
Quebrar no es quebrar.
Cantar no es cantar.
Volar no es volar.
Dormir no es Dormir.
Limpiar no es limpiar.
Guerra no es guerra.
Cuerpo no es cuerpo.
Desaparecer no es desaparecer.
Morir no es morir.
Ser no es ser.
Yo, nada.


Ángela Urondo Raboy)[10]

HV: Ellas se fueron a Mendoza, Beatriz sobre todo con un empuje fantástico. Recuperaron el cadáver, recuperaron a la bebita y la crió la abuela materna, la abuela Teresa, que era una buena vieja. A mí me permitía ir a visitarla, le llevaba cositas. La nena tenía 1 año al momento de la muerte de los padres.

Ahora bien, Claudia y el Jote tenían el mandato de que ellos tenían que criarla, entonces el Jote intentó llevársela de la casa de la abuela. Fue un día y le dijo a Teresa que venía a llevarse a la nena.

–Esperá un poquito que está durmiendo, la despierto, la cambio y te preparo el bolso con toda su ropita –le contestó.

Tuvo la sangre fría de escaparse con la bebita por la puerta de servicio. Trágico. Una historia tan dolorosa. Aunque esa vieja estuvo muy sensata, después hizo una cagada: la dio en adopción a un primo de Alicia. Toda la historia está contada en ese libro que recomiendo, porque es maravilloso.

En fin, todas estas cosas se discutían en el ámbito nuestro −la línea política, la línea operacional−, y entre nosotros había una homogeneidad muy grande. Tal vez fuera así porque éramos todos más grandes, aunque yo era el más chico de entre todos los grandes. En ese momento, en el 74, cuando hacíamos el diario, yo tenía 32 años, Rodolfo tenía 47, Juan 42 y Paco 44. Y Firmenich tenía 25. Esa fue la única vez que lo vi a Firmenich.

[7] Milcíades Peña, Antes de Mayo. Formas sociales del trasplante español al nuevo mundo, Buenos Aires, Ediciones Fichas, 1973.
[8] Militantes y referentes del peronismo de base que desemboca en las FAP.
[9] En entrevista con Diego Sztulwark.
[10] ¿Quién te creés que sos? , Buenos Aires, Capital Intelectual, 2012.

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