Haroldo Conti

Un 5 de mayo como hoy de 1976 una patota del glorioso ejército argentino secuestra a Haroldo Conti.

Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. Hijo de Petronila Lombardi y Pedro Conti, tendero ambulante y fundador del partido peronista en su pueblo. Además de uno de los mayores escritores argentinos, fue periodista, piloto de avión, seminarista, navegante, nadador de aguas abiertas, guionista de cine y docente. Militó en el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y en el FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo). También fue padre, hijo, hermano, compañero y amigo: un hombre que celebró perderse entre las multitudes. La nostalgia, el desarraigo, el compromiso con su época y una pasión vital por el río -otra de sus grandes revelaciones- son algunas de las marcas que lo acompañaron durante toda su vida.

Haroldo tuvo desde su infancia un particular interés por las historias de vidas anónimas y por los relatos de aventuras pueblerinas. Su obra literaria se despliega en quince años de gran intensidad y reconocimiento. Desde su cuento «La causa», premiado por la revista Times en 1960, hasta el Premio Casa de las Américas que obtuvo en La Habana con su última novela Mascaró, el cazador americano en 1975. En 1962 obtuvo el Premio Fabril por su primera novela, Sudeste. Dos años más tarde, recibió el Segundo Premio Municipalidad de Buenos Aires con su libro de cuentos Todos los veranos. En 1966 ganó el Premio Universidad de Veracruz (México) por la novela Alrededor de la jaula. Por último, en 1971, su novela En vida recibió el Premio Barral en España.

Su labor se vio interrumpida pocos días antes de cumplir 51 años. La madrugada del 5 de mayo de 1976, en plena dictadura cívico-militar, un grupo de tareas lo secuestró de su hogar en la Ciudad de Buenos Aires. Su cuerpo nunca apareció. Sobre su escritorio dejó una frase escrita en latín: «Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt» [Este es mi lugar de combate y de aquí no me moverán].

Con información de El Conti. Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti.

A mi hermano Haroldo

Por Eduardo Galeano

Escuchamos el ruido del motor creciendo desde lejos. Estábamos en el muelle, de pie, esperando. Haroldo balanceaba el farol con un brazo; con el otro envolvía a Marta, que temblaba de frío.

El faro buscahuellas atravesó la neblina y nos encontró.

Saltamos a la lancha.

Por un instante alcancé a ver el bote destartalado, bien tirante de la cuerda; en seguida se lo tragó la neblina. En ese bote yo remaba, todas las tardes, hasta la isla del almacén.

La neblina brotaba del río oscuro, como un hervor.

Hacía mucho frío en la lancha. Los pasajeros cuchicheaban. El frío golpeaba más porque se estaba acabando la noche. La Cruz del Sur descendía lentamente tras las negras siluetas de los álamos.

Remontamos un arroyo angosto, luego otro más ancho, y desembocamos en el río. Al mismo tiempo irrumpió en el aire la primera claridad del día.

La vaga luz iba desnudando las casitas de madera medio comidas por las crecientes, una iglesia blanca, las hileras de álamos, los sauces llorones.

Poquito a poco se iluminaban los penachos de las casuarinas.

Me alcé en la popa. Se sentía un olor a limpio. La brisa fresca me daba en la cara. Me entretuve mirando el tajo de espuma que perseguía a la lancha y el brillo creciente de las ondas del río.
Por el aire iba subiendo un calor lento.

Haroldo se había parado a mi lado. Me hizo volverme y lo ví, un enorme sol de cobre estaba invadiendo la boca del río.

Haroldo conoce como pocos este mundo del delta. Sabe cuáles son los buenos lugares para pescar y cuáles los atajos y los rincones ignorados de las islas; conoce el pulso de las mareas y las vidas de cada pescador y cada bote, los secretos de la comarca y de la gente. Sabe andar por el delta como sabe viajar, cuando escribe, por los túneles del tiempo. Vagabundea por los arroyos o anda días y noches por el río abierto, a la ventura, buscando aquel navío fantasma en que navegó allá en la infancia o en los sueños; y mientras persigue lo que perdió va escuchando voces y contando historias a los hombres que se le parecen.

Triste, solo y manso, Haroldo vive al ritmo del río, que corre sin apuro. Cuando llega la violencia, le sube de a poco, como crece suavemente el agua, pero que se cuiden los hijos de puta: la corriente alzada arranca árboles y casas: lo he visto embestir y le conozco las furias.

¿Cuántos naufragios sufrió mi hermano Haroldo, además de aquel que le rompió el barco contra las costas del Brasil? ¿Cuántas veces creyó descubrir, en la bruma, la perdida nave azul? ¿Cuántas veces se reventó contra las rocas? ¿Para qué escribe mi hermano Haroldo si no es para salvarse y salvar lo que merece ser salvado?

Los pescadores van y vienen por el Paraná. ¿Qué aventuras prometen o devuelven, hermano Haroldo, el río barroso y la alta mar? ¿Encontrarás lo que venís persiguiendo, un mediodía cualquiera, en el centro de las aguas o del cielo? ¿O has descubierto ya que tu navío imposible viaja por los caminos del jodido mundo? ¿Es dura la travesía hermano? ¿Andar duele?

Al final del recorrido no está la eternidad sino nosotros. No te detengas. No te vayas a caer, que te andamos precisando.

El río se vuelca en la gran vertiente y moja y abraza las islas solitarias. Así nos dan tus palabras agua y calorcito.

¿Está muerto? Quién sabe. Hoy hace una semana que lo arrancaron de su casa. Le vendaron los ojos y los golpearon y se lo llevaron. Tenían armas con silenciadores. Dejaron la casa vacía. Robaron todo, hasta las frazadas. Los diarios no publicaron una línea. Las radios no dijeron una palabra. El diario de hoy trae la lista completa de las victimas del terremoto de Udine, en Italia.

Hoy Marta me estrujó llorando, y me dijo: «Dame fuerzas». Ella estaba en la casa cuando ocurrió. También a ella le habían vendado los ojos. La dejaron despedirse y se quedó con un gusto a sangre en los labios.

Hoy hace una semana que se lo llevaron y yo ya no tengo cómo decirle que lo quiero y que nunca se lo dije por la vergüenza o la pereza que me daba.

Buenos Aires, 12 de mayo de 1976.

Publicado en Revista Crisis Nº 38, Buenos Aires y diario Excelsior, Mexico, junio de 1976.