Hebe atiende el teléfono en la sede de la Asociación Madres

El adiós a una referente de los Derechos Humanos

Por Manuel Barrientos*

Fotos Sergio Pisani – Daniel García y Oscar Paglilla

Emblema mundial de la lucha contra la dictadura, Hebe de Bonafini murió a los 93 años el 20 de noviembre de 2022, Día de la Soberanía Nacional. Basada en una serie de entrevistas que Hebe le brindó al autor, esta nota recuerda algunos hitos de la vida de la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo.

-Hola, buenos días. Sí, ¿quién habla?

-…

– Esa información la vas a encontrar en la página de las Madres.

-…

– ¿Qué con quién está hablando? Yo soy Hebe.

-…

– Ah, no, ¿no me creés? ¿Pero con quién te creés que vas a hablar, si llamaste a la casa de las Madres? Explicame, a ver cuál es tu idea. Yo lavo, plancho, cocino, atiendo el teléfono y veo a la presidenta de la Nación. Todo junto. Pero consultá en la página de las Madres, ahí está todo. Chau querido.

Hebe de Bonafini cuelga el teléfono y dice: “La gente no entiende que puedo atender el teléfono. Yo vengo a las ocho de la mañana para leer los diarios tranquila y termino atendiendo cuarenta llamados, porque todavía no está mi secretario ni todavía están las Madres”. Su oficina es pequeña, no le gusta trabajar en lugares grandes, la dispersan mucho. Estamos en la sede de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, frente a la Plaza Congreso, en marzo de 2011, pocos días antes de un nuevo aniversario del golpe de Estado cívico militar de 1976.

Ilustración: Sergio Pisani

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Jorge Omar y Raúl, los hijos de Hebe, venían medio revolucionados en los días previos al 24 de marzo de 1976. La Triple A había matado a unos pibes en la esquina de la casa en la que vivía la familia y los habían dejado tirados en la calle. El comunicado de la Junta Militar tuvo un significado muy distinto para los hijos que para la madre. Ella creía que no iba a ser tan grave. Los pibes le repetían: “Los militares no son buenos en ningún país”; también prevenían acerca de lo que podía pasar: “Tal vez tengamos que saltar la pared y salir corriendo si viene la cana”. En la ciudad de La Plata, mucha gente estaba contenta y salía a la calle a festejar el derrocamiento de María Estela Martínez de Perón.

La mañana del jueves 25, Humberto, el esposo de Hebe, salió para su trabajo en la destilería del taller naval. Habían cavado una zanja alrededor del predio y, en el ingreso, los militares palpaban de armas a todos los obreros. Cuando regresó a la casa, contó a la familia lo que había sucedido y su hijo mayor le dijo: “Viste, viejo, se viene algo gordo”. Ese mismo día, comenzó a desaparecer gente de la destilería. Los jóvenes se mudaban de un lugar a otro, algunos iban a quedarse a la casa de los Bonafini.

Junto a algunas compañeras, por esos años, Hebe tenía una especie de cooperativa textil y hacía ropa para bebés. También trabajaba mucho en la casa, y cocinaba a todos los pibes que venían junto a sus hijos. Jorge y María Elena, su esposa, militaban con un sacerdote en una villa, se dedicaban a alfabetizar a las chicas y los chicos de ese barrio. En un primer momento, Hebe les reprochaba que no fueran a comer los domingos al mediodía, pero de a poco empezó a observarlos y escuchar lo que hablaban. Más por su rol de madre protectora que por otra cosa, empezó a colaborar con ellos.

Un día, Hebe vio que su hijo Jorge y su nuera María Elena se estaban yendo con una valija, ya se habían casado y vivían a la vuelta de su casa. Ella intentó detenerlos, pero le explicaron que había caído un compañero y tenían que rajar. Al poco tiempo, Jorge la llamó y se vieron en una galería. Le dijo que por un tiempo no iban a poder verse, porque estaban cayendo muchos de sus compañeros. Hebe le preguntó cuándo iban a volver a encontrarse. “Mirá, mamá, la madre de un revolucionario se tiene que acostumbrar a muchas cosas”, le respondió.

Aparición con vida. Foto: Daniel García / Fototeca ARGRA

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El 8 de febrero de 1977, Jorge fue secuestrado y desaparecido en La Plata. Era docente de matemáticas y cursaba la carrera de Física en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Militaba en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML).

El 6 de diciembre, un grupo de tareas desapareció a Raúl Alfredo, en Berazategui. Trabajaba en la Refinería La Plata de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), estudiaba Zoología en la UNLP y también militaba en el PCML. Un año después, el 25 de mayo de 1978, fue secuestrada y desaparecida a María Elena Bugnone Cepeda, que al igual que su esposo Jorge y su yerno Raúl, pertenecía al PCML.

Hebe comenzó a movilizarse para saber dónde estaban sus hijos y se animaba a hacer cosas que no hacía nadie. Como no la querían atender, una vez puso dos adoquines como banquito y se sentó frente a la Infantería de La Plata. La habían citado, pero no le daban bola, la habían tenido ya varias horas esperando. Las otras mujeres que estaban ahí tenían miedo y le decían: “Hebe, te van a agarrar con un camión y te van a pisar”. Ella les respondía: “Que me pisen nomás, yo quiero que nos atiendan y no se burlen de nosotras”.

Otro día, fue a llevar un hábeas corpus a un juzgado y no la querían recibir. Ella sabía que, si no lograba presentar ese procedimiento, los organismos internacionales de derechos humanos no podrían recibir las denuncias por las desapariciones de personas. Ante la negativa del juez, decidió montar una pequeña puesta en escena junto a otras madres. Una lo distrajo, y Hebe y otra compañera robaron el sello y varias planillas. Así pudieron realizar varios hábeas corpus para presentar en el exterior.

Diciembre, 1981. Foto: Oscar Paglilla / Fototeca ARGRA

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Estaba recostada en una piecita que tenía en la sede de la Universidad de las Madres, en Hipólito Yrigoyen al 1400, y la llamaron por teléfono. “Hebe, está llegando gente de todos lados. ¿Por qué no venís a la plaza?”, le dijeron.

El resto de las Madres se habían ido a sus casas y ella no se animaba a bajar sola y meterse entre la gente. Le insistieron: la iban a pasar a buscar. Se vistió. Ni bien bajó, observó que se prendían las hogueras en cada esquina. Se fue para la plaza, pero cuando llegó, empezaron los gases y tuvo que correr. Un pibe mojó su camiseta para cubrirle la cara, pero estaba llena de gas y fue peor.

La recubrieron en una obra en construcción para que pudiera respirar, porque ella era asmática. Después corrieron como pudieron y volvieron a la sede. Ahí habló con las Madres y les dijo: “Vengan porque la cosa está pesada y nosotras tenemos que estar. Nos vamos a agrupar en Congreso”.

Llegaron tres o cuatro y se subieron a las escalinatas del Congreso. Al rato la cosa se puso bravísima, con gases y palos. Así que volvieron a la sede de Madres, pero escucharon cómo les rompían los vidrios. En cada esquina se prendía una hoguera, que era como una señal. Algunos iban tocando ollas, otros llevaban a sus chicos a babuchas. Escribieron un comunicado: repudiaban el decreto del estado de sitio que había firmado el presidente Fernando de la Rúa.

A la mañana siguiente, decidieron ir a la Plaza con una mesa, un megáfono y unos papeles para que la gente firmara el comunicado. Antes de salir, prendieron la tele y vieron que estaban arrastrando de los pelos a una piba embarazada. Hebe le dijo a su compañera Beba de Petrini: “Vámonos ya, mirá lo que está pasando”. Y se fueron juntas para la Plaza. Cuando llegaron, fueron a preguntarles a los milicos dónde estaba esa piba. Después pusieron la mesa y el megáfono, al ratito llegaron policías y rompieron todo a las piñas.

La caballería ya estaba dando vueltas por la Plaza. Adelante se pusieron los de Infantería. Estaban pegándole a la gente. Entonces, ellas se agarraron de los brazos unas a otras y empezaron a gritarles: “Hijos de puta”. Ahí vinieron a pegarles, por adelante y por atrás. Las imágenes de la represión a las Madres comenzaron a dar vuelta por todo el mundo.

Los más jóvenes las querían llevar a las casas, y ellas decían: “No, nos queremos quedar acá”. Las llevaron al hospital porque tenían traumatismos y cortes. Después volvieron a la sede y se quedaron ahí toda la noche, hasta bien tarde, porque querían ver qué pasaba. Era el 20 de diciembre de 2001.

Hebe con las Madres de Plaza de Mayo en la marcha de la resistencia, diciembre, 2017. Foto: Sergio Pisani

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Néstor Kirchner recibió a la Asociación Madres de Plaza de Mayo en la Casa Rosada el martes 3 de junio de 2003, nueve días después de asumir la Presidencia de la Nación. En el encuentro, las Madres celebraron la decisión de descabezar a las cúpulas de las Fuerzas Armadas, pero le exigieron al mandatario el desprocesamiento de militantes piqueteros, la liberación de todos los presos políticos, la eliminación de las bases militares norteamericanas en Misiones y Entre Ríos y la remoción de una serie de miembros de la Corte Suprema de Justicia. También demandaron la renuncia del ministro de Justicia, Gustavo Beliz. Luego de la reunión, Hebe dialogó en la Sala de Conferencias de la sede presidencial y sorprendió a los periodistas: “No era todo igual como las Madres habíamos creído. Las Madres reconocemos cuando nos equivocamos. No votamos porque creíamos que todos los candidatos eran iguales, pero vimos que Kirchner no era igual. El aceptó con mucha humildad lo que le dijimos y nos transmitió que las puertas de la Casa Rosada siempre estarán abiertas”.

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Marzo de 2011. Las paredes del pequeño despacho de la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo están atiborradas de fotografías con personalidades de todo el mundo, premios y plaquetas que rinden homenaje a tantos años de lucha de la asociación que preside desde 1979. Se destaca, sin embargo, un dibujo realizado en una simple hoja de cuaderno. Hebe vuela con su pañuelo, una capa y los brazos erguidos. “Súper abuela”, se lee en su parte superior.

En 2002, usted tenía un discurso muy fuerte contra el peronismo, ¿le costó vencer esos prejuicios con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia?

Es que había quedado todo el resabio del menemismo. Y todavía hay muchos dando vueltas. No crean que estoy contenta con muchos peronistas que apoyan o están en el gobierno. El peronismo es una bolsa que contiene todo, y hay muchos que son muy fachos. Pero yo siempre admiré a Eva Perón. Y más la leo, más me parece una genia. Una vez me preguntaron si Eva hubiera ido a la plaza, y yo dije que sí, pero que Perón no la hubiera dejado, porque era un milico. Me costó una paliza, porque cuando salí de la radio, me pegaron. Pero después también me sorprendí cuando leí ciertas cosas de (Juan Domingo) Perón.

Las Madres siempre reivindicaron la militancia política de sus hijos, ¿qué cambios y continuidades observa entre la lucha de los años setenta y la actualidad?

Muchas Madres no quieren reconocer que nuestros hijos son revolucionarios. Nosotras sí, los reivindicamos y los reconocemos como revolucionarios. Pero vivimos tiempos totalmente diferentes. Hemos visto en otros países que a la revolución también se llega por los votos. Los cambios de Néstor y Cristina son revolucionarios, transformadores. Es claro que faltan otros, el petróleo, la minería. Evo [Morales] es un revolucionario, [Hugo] Chávez, [Rafael] Correa. Y llegaron por los votos, y ver eso es una maravilla.

¿Qué modificaciones internas generó ese acercamiento a los distintos gobiernos de Latinoamérica?

Muchos jóvenes se acercaron a Madres creyendo que íbamos a formar un partido político. Y cuando les dijimos que éramos una asociación política pero no partidaria, se fueron. También hay muchos jóvenes que se quedaron en los setenta, y conmigo no van. Yo, eso, lo entendí rápido: los setenta ya pasaron. Hoy hay otras formas de lucha, de entender las cosas.

¿Qué desafíos tienen hoy las Madres?

Queremos seguir con este trabajo. Siempre digo que cuando no estemos más las Madres, nuestro trabajo va a seguir, porque todo lo que hacemos está en manos de los jóvenes. Queremos que la sangre de nuestros hijos se convierta en escuelas, hospitales, trabajo. Eso era lo que ellos querían, dieron su vida para eso, para tener un país mejor, en el que todos tuvieran trabajo, todos comieran, todos pudieran ir a la escuela. Para ellos, la educación era fundamental, trabajaban para que la gente estuviera informada y para que nadie les metiera el perro.

*Manuel Barrientos. Periodista y licenciado en Ciencias de la Comunicación en la UBA. Escribió los libros “2001. Relatos de la crisis que cambió la Argentina” y “Quién construye qué agenda: espacio público, comunicación y política”. Sus artículos son publicados en Página/12, So-compa y la revista Haroldo, entre otros medios. Es docente de periodismo de investigación en TEA y en la UCES. 

Revista Haroldo

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