Ideología y negocios

Milei no es lo que tú quieras

Por Ricardo Aronskind

Imagen: Fotograma de la película de terror «Masacre de Texas 3 D: Herencia maldita». Secuela del film de culto Masacre de Texas, estrenado en 1974.

El vértigo en el que está metida la política y la economía argentina a partir de los resultados del balotaje del 19 de noviembre es producto del febril tironeo por cargos estratégicos en el Estado argentino. Las personas que ocupen finalmente los cargos, detrás de los cuales están empresas, fondos de inversión, bancos, lobistas varios y países centrales, serán finalmente las que definan el programa de gobierno —y el destino— de Javier Milei.

El mapa del Estado nacional será el mapa del reparto de las palancas sobre actividades estratégicas del país, repartidas entre intereses particulares. El constante desplazamiento de personajes en diversos sectores apetecibles del Estado es la muestra de la grosera disputa por áreas, medidas, decisiones y favores que se está dando frente a la mirada silenciosa de la población argentina.

También resbaladizas, pero por otras razones, son las competencias por los cargos «no económicos», en los que parece primar una selección sobre la base de trayectorias conservadoras, cuando no reaccionarias, en todo lo que sea educación, cultura y actividades que hacen a los derechos civiles y humanos.

No es este espectáculo, seguramente, el que imaginaron los votantes de La Libertad Avanza.

Hay una primera certeza: nadie votó para estar peor. La segunda certeza es que imaginaron que no había cosa peor que lo que ya estaba, e interpretaban que Sergio Massa encarnaba en alguna medida lo que debía ser removido.

Pero entonces, ¿qué fue ese 55,7 % de votantes que apoyaron la llegada de Javier Milei, sus ideas, sus amigos y sus aliados para arribar a la presidencia del país? ¿Es un conjunto homogéneo, sólido, consistente, una especie de ultra-derecha masiva que salió de la nada?

Una semana antes del día del balotaje, según encuestadores serios, existía entre un 8 y un 10 % de votantes indecisos. No son precisamente un ejemplo de convicción ideológica libertaria.

Los votantes radicales, más allá de los tenues llamados de sus dirigentes, definieron su voto fundamentalmente anti-massista debido a su suprema prioridad anti-peronista.

En el schiarettismo privó tanto el rechazo anti-kirchnerista como una ya consolidada identidad peronista neoliberal.

Muchos votantes mileístas pobres creyeron ver en él al justiciero furioso que con la motosierra embestirá contra los privilegios de una casta política que estaría detrás de los últimos años de vida cuesta abajo.

Sólo minorías ideológicas, convencidas de la brillantez de las ideas paleo-liberales o de la bondad y patriotismo de la última dictadura cívico-militar votaron completamente convencidas a Milei. Luego hay una gran mayoría de votantes que privilegiaron rechazar al peronismo-kirchnerismo o que pusieron en el candidato furioso los deseos de cambiar hacia un mundo mejor.

La dispersión geográfica de este voto ilusionado habla también de múltiples rechazos por la política local o de diversas fantasías —algunas francamente alucinadas— en torno a qué cosas vendría a cambiar la nueva gestión.

La heterogeneidad del voto que permitió el triunfo a los libertarios es un dato político y sociológico fundamental, que todxs deberían tomar en cuenta. Tanto los nuevos oficialistas —dispuestos a abusar de «mandato recibido»— como los nuevos opositores están en plena reorganización interna y deberán tomar nota de esa realidad para definir estrategias renovadas.

Lo que se viene y sus consecuencias

Todas las medidas económicas que se anticipan apuntan a crear un cuadro de recesión severo.

El corte abrupto de la obra pública —con su conocido efecto multiplicador—, las cesantías en todos los niveles del Estado, la contracción de las partidas destinadas a las provincias hablan de un fuerte ataque al papel de promoción y estímulo que tiene el sector público en todo el territorio nacional. No hace falta aclarar qué ocurriría con ajustes a la baja de las jubilaciones reales.

A esto debe sumársele la actitud absolutamente benevolente que se asumirá frente a las remarcaciones de precios arbitrarias y especulativas que ya están ocurriendo y que se continuarán en tanto las empresas no terminen de advertir que la demanda de sus productos se ha derrumbado. Una borrachera de remarcaciones irracionales, que, sin embargo, no encuentran freno social alguno. Carne, pan, leche, aceite, pero también transporte, energía eléctrica, combustibles, servicios públicos y privados. Todo para arriba, y mucho. Como si los salarios también se indexaran. Se propone que lxs argentinxs paguen precios internacionales por lo que consumen, con salarios destruidos.

Del colapso imprudente del gasto público y del salto irracional de los precios, no pueden esperarse sino nuevas caídas del salario real, aumento rápido del desempleo, caída de las ventas de las empresas y comercios y despidos, achicamientos y recortes en el sector privado como respuesta a la contracción del mercado. Y una nueva vuelta de realimentación del ciclo contractivo. Si se llegara a alguna suerte de equilibrio fiscal, se derrumbaría arrastrado por la caída de la recaudación tributaria.

Claro, se lanzará rápidamente un generoso blanqueo como parche fiscal, pero no se puede recurrir sistemáticamente a ese expediente recaudatorio. Recordemos que la debilidad fiscal del Estado argentino reposa en la falta de recaudación de los impuestos ya existentes, que son rechazados por los sectores pudientes y que los libertarios doctrinariamente convalidan. Carecen doctrinariamente de todo criterio que ponga un límite a la contracción estatal.

De esa política económica neo-liberal extrema, el único resultado esperable será una ultra recesión, que tendrá la particularidad de que va a afectar a los que tienen ingresos que están por arriba del 50 % de la población, quienes se verán obligados a des-ahorrar sus dólares.

La contracción violenta del consumo, de la actividad económica, del mercado interno, va a empujar previsiblemente a la quiebra a múltiples pequeñas empresas dependientes del mercado interno. El florecimiento de un turismo de masas que presenciamos en los últimos años se marchitará rápidamente.

Estancamiento, pero después del derrumbe

Las declaraciones del Presidente electo son muy variables y cambian todos los días. Pero ha sugerido reiteradamente que se viene un período económicamente duro, que podría durar desde seis meses a dos años. Después vendrán seguramente los vaticinios de «brotes verdes» y de «segundos semestres» a los que nos tiene acostumbrados la derecha argentina.

Milei ha mencionado recientemente la palabra «estanflación» como posibilidad cercana, otro vocablo más que se agrega al acervo de palabras económicas que estimulan la alienación de la gente común.

La palabra estanflación surgió en los años ‘70 a nivel mundial, para describir un proceso que la economía convencional no podía concebir: se pensaba que si había estancamiento económico, no podía haber inflación porque no existirían presiones inflacionarias vía costos salariales; o, alternativamente, que si había inflación era porque la economía estaba creciendo y, por lo tanto, había una demanda que empujaba los precios hacia arriba.

En aquellos años, sin embargo, aparecieron los dos males al mismo tiempo: no se crecía, pero había inflación elevada a pesar de todo. Mucho tuvo que ver, en ese momento mundial, el brusco aumento del precio del petróleo en 1973, que generó un salto generalizado en los precios, y una contracción económica vía el impacto de la inflación en la caída de los salarios reales y el consumo.

Lo que podemos esperar de la economía de Milei no es «estancamiento con inflación», sino derrumbe económico acompañado con inflación. Ojalá pudiéramos mantener el actual nivel de actividad económica: no es ese el mal legado de la actual gestión, sino sus aspectos distributivos. Pero parece que se piensa demoler el actual nivel de actividad, en función de «otros objetivos».

Lo cierto es que se va a provocar —a propósito— una fuerte contracción económica, con nuevas caídas salariales en términos reales, y aumento del desempleo que —como lo aprendió la derecha argentina en la época de Cavallo— es un fuerte disciplinador social. Represión y desaliento parece ser la fórmula del próximo gobierno para lograr la «paz social».

Una vez producido ese shock contractivo y de distribución aún más regresiva que la actual, es probable que la economía quede estancada en un nivel bastante menor al presente y carente de motores que la dinamicen, por los propios cambios institucionales que promueve este gobierno. Tradicionalmente, los fanáticos de la religión del mercado creen que el propio mercado, espontáneamente, se ocupará de resolver estas cuestiones.

Aclaremos un punto: no cabe duda de que habrá inversiones, que serán grandes negocios vinculados a las necesidades del mercado mundial, en la que estarán involucrados grupos económicos locales asociados al capital extranjero.

Pero ya sabemos que, sin acción estatal, serán islas de prosperidad en un mar de estancamiento y falta de perspectivas para la mayoría de la población.

Lo impresionante de la ideología arcaica del mileísmo es que no tienen prevista ninguna otra medida que contrarreste o modere la caída que ellos piensan generar. Es más: los seguidores de Hayek se jactan de tener un pensamiento previo a la crisis de 1929, en la cual el capitalismo quedó maltrecho, hasta que finalmente la irrupción de las políticas keynesianas —Roosevelt mediante— permitieron reflotar al pinchado «libre mercado» con la acción salvadora del Estado.

Si todos los instrumentos económicos que han permitido a nivel mundial que las crisis del capitalismo sean superadas son rechazados por la nueva administración debido al fanatismo ideológico que la caracteriza, será la propia derecha gobernante la que tendrá que revisar esa perspectiva para sostenerse políticamente o deberá ser reemplazada por quienes sin anteojeras ideológicas respondan al interés general.

Pero es probable que la mega contracción y posterior estancamiento cumplan una función estratégica con relación al dólar y al sector externo: ¿cuál podría ser el saldo comercial argentino si se combinan buenas cosechas, mayores exportaciones de hidrocarburos y minerales, y un derrumbe de las importaciones arrastradas por la grave caída de la actividad interna?

Y con esas decenas de miles de millones de dólares, ¿qué se haría? ¿Pagar la deuda comercial privada? ¿Pagar los vencimientos con el FMI y otros acreedores externos? ¿Reemplazar las Leliqs por activos dolarizados? ¿Preparar un fondo para la futura dolarización? En todo caso, el derrumbe de la actividad económica interna y el sufrimiento consiguiente de la población será el efecto de las concepciones ideológicas y de los intereses que defiende el personal que arribará al estado el 10 de diciembre.

El momento de la desambiguación

La candidatura de Sergio Massa fue la oferta electoral que buscaba compatibilizar equilibrios macroeconómicos factibles —basados en fuerte incremento y diversificación de exportaciones que apalancaran, a través de la acción estatal, mejoras en la actividad interna—, con un piso distributivo compatible con la paz social.

Sin embargo, esa opción fue rechazada por el electorado, incluyendo el voto de sectores sociales sumergidos.

Básicamente, no se votaron ideas, sino frases o gestos que aludían a una actitud decidida de cambiar cosas con energía (contrapartida de la imagen desvitalizada del Presidente actual). La opción ganadora sostuvo durante la campaña un relato ideológico radicalizado —que ahora se va a implementar— separado de la realidad histórica, al que la mayoría no le prestó atención.

A partir del 10 de diciembre comienza un proceso político en el cual se desambigua la realidad tan opaca y compleja que nos ha acompañado durante la actual gestión de gobierno.

Digámoslo con claridad: es muy difícil que la mayoría de la población pueda distinguir entre un modelo económico anti popular de fondo, que reposa en una estructura social que garantiza la apropiación de la mayor parte de la producción por una minoría, y un gobierno débil, ambiguo y carente de convicciones firmes, que no se atrevió a modificar ese marco estructural en el que muchos no la pasaban bien.

Simétricamente, sectores sociales con diversas carencias pueden haber visto en Milei la furia frente a un estado de cosas y la determinación —de la que evidentemente carecía el gobierno del Frente de Todos— para enmendar ciertas cuestiones, como por ejemplo, la carestía de los productos esenciales, la falta de protección frente a la delincuencia en determinadas zonas o el desinterés de cierto personal político por la situación y las aflicciones de los ciudadanos desprotegidos.

Muy próximo está el momento en el que se procederá a un ataque masivo contra el bienestar de las mayorías, incluyendo a quienes hoy ya están excluidos o precarizados. Como consecuencia de las próximas medidas, surgirán otros nuevos sectores golpeados, como los nuevos desempleados —hoy el desempleo es bajo, sólo 6 %—, o los sectores medios y medios altos, que verán contraerse drásticamente sus actividades asociadas al mercado interno. Esta vez la crisis los alcanzará más plenamente que durante el macrismo.

El país, como tal, descenderá un nuevo peldaño hacia el subdesarrollo.

¿Cómo reaccionará el público que votó «mejora» y se encontró con un furioso mandoble sobre su bienestar? ¿Funcionará el «pagábamos por la electricidad chaucha y palitos» como decían los sectores medios aceptando mansamente los grandes tarifazos descargados durante el macrismo? Es difícil saberlo, porque la realidad ha cambiado con relación a ese momento.

No tanto por la continuada capacidad de los grandes medios para instalar argumentos funcionales al poder económico entre la población, sino porque los márgenes sociales de maniobra para el hundimiento del nivel de vida se han reducido fuertemente, tanto por la herencia macroeconómica y social del gobierno macrista, como por la incapacidad de la gestión frentetodista para enmendar ese pasado y poner coto a las tropelías del poder corporativo.

Estamos en las vísperas de la creación de una grave crisis social y económica, que no es necesaria ni útil para resolver los problemas económicos y sociales que tenemos en el país.

Frente a cada uno de los problemas reales existentes —inflación, carestía de la vida, falta de vivienda, trabajos mal remunerados, insuficientes servicios de salud y educación— hay medidas y estrategias que pueden ser eficaces sin necesidad de hundir el nivel de vida de la población.

Pero no es esa la opción de Milei ni la de Macri.

Nuevamente, veremos el espectáculo de un alto empresariado que festeja alborozado las medidas recesivas y anti-nacionales del gobierno ultra-liberal. Creen que se están liberando del Estado, de los sindicatos y de los piqueteros. No entienden que sin consumo masivo e inclusión nada funcionará en el mediano plazo y que buena parte de la población —incluida la anti-peronista— aspira a mejoras y no a un empeoramiento permanente de sus condiciones de vida. Pero persisten en su deseo de liberarse de la realidad, en pos de incrementos transitorios de sus rentabilidades.

Por nuestra historia reciente, sabemos que de las malas experiencias no se sale necesariamente sabiendo más o entendiendo con mayor claridad el origen de los problemas. Sólo la política y la acción de los actores en el escenario social clarifican y dan sentido a los hechos históricos.

Frente a la capacidad de reinventarse que ha tenido la vieja derecha procesista, menemista y macrista, hoy presentes en el armado de Milei, la pregunta es sobre la capacidad del otro polo social de poder construir una respuesta acorde con el serio desafío presente.

En este sentido, pareciera que grandes cambios políticos, organizativos y culturales son imprescindibles en el polo popular, para poner a salvo al país del ideologismo fanatizado del gran capital.

El Cohete a la Luna