Israel: más a la derecha no se puede

Políticas de ultraderecha y religión, una combinación peligrosa

Por Rubén Pereyra*

Aunque hace años que Israel es gobernado por derechas duras, la última coalición de gobierno liderada por Benjamín Netanyahu, es la más extrema. La alianza con sectores ultraortodoxos, ultra conservadores con sesgos medievales, es un riesgo para el país y para Medio Oriente.

En Israel, quizás hoy el Estado más fuerte de Oriente Medio y una de las economías más desarrolladas del mundo, líder en tecnología, acaba de asumir el gobierno una nueva coalición de ultraderecha y religiosa. El país, con una sociedad fuertemente derechizada, viene siendo gobernando desde hace tiempo por alianzas similares, pero esta es la más extrema conocida hasta hoy.

Que un gobernante israelí sea religioso no es novedad. Al contrario, la novedad sería que gobernara un laico. Pero que su ideología sea de ultraderecha y que los ultraortodoxos formen parte de la coalición de gobierno, en puestos muy sensibles, como la política de seguridad, es la primera vez que ocurre en este país que hace mucho tiempo fue gobernado por progresistas, bajo una cierta ilusión fundacional socialista, cuando donde los kibbutz eran vistos como una especie de experiencia de colectivización en miniatura.

Este Israel eclipsó a los judíos progresistas que ayudaron a construir el Estado que hoy existe, el otro ya no existe más. En cambio, por oposición, el partido Judaísmo Unido de la Torá, que forma parte de la coalición gobernante, ha dejado claro que buscará profundizar la segregación de género en los espacios públicos, hacer cumplir aún más la observancia del sábado y cortar cualquier apoyo gubernamental al judaísmo liberal. Los elementos ultraconservadores también han planteado la cuestión de los conversos al judaísmo y su estatus en Israel y el matrimonio entre judíos y no judíos, que creen que debería estar prohibido. Los derechos de la comunidad LGBTQ en Israel, utilizados durante mucho tiempo para disimular los crímenes de la ocupación de Palestina, también están amenazados. Los aliados ultraconservadores de Netanyahu ya han pedido cambios legislativos que legalicen que las empresas y los médicos se nieguen a prestar servicios a las personas LGBTQ.

Lo que aparece como uno de los problemas históricos es un país muy poderoso que busca su lugar en el mundo pero que sigue sin resolver el conflicto básico: los palestinos no tienen su Estado y tanto para trabajar como para viajar necesitan del permiso israelí. Más allá de las erráticas políticas palestinas, que darían para un análisis aparte, Israel también ha demostrado ser incapaz de tener la decisión o la iniciativa política para llevar a los palestinos hacia la construcción de su estado.

Netanyahu, hombre duro, visitando el Muro de los Lamentos con su señora esposa.

La coalición de gobierno que acaba de asumir no parece ser la que vaya a hacer historia resolviendo los históricos conflictos regionales de Israel. Es verdad que quien ahora es nuevamente primer ministro, Benjamín Netanyahu, firmó en 2020 los históricos Acuerdos de Abraham que normalizaron las relaciones con países árabes con los cuales Israel no tenía vínculos diplomáticos. Esos países fueron Bahrein y Emiratos Árabes Unidos, a los que luego se sumó Sudán.

Egipto y Jordania fueron los primeros en establecer relaciones con Israel, hace muchos años; ahora se sumaron los nombrados y se habla mucho de relaciones bajo cuerda y una posible normalización con el otro poderoso de Oriente Medio: Arabia Saudita. Israel espera ansiosamente a los sauditas, porque un acuerdo con ellos le permitiría aislar más a los palestinos y a Irán, su archienemigo político regional.

Petróleo, futbol y religión

¿Hacia dónde Oriente Medio? La pregunta correcta sería si la región va a mantener el rumbo iniciado hace largas décadas, de integrarse al capitalismo mundial a partir del poder que, aunque mermado, le siguen dando los pozos petroleros. Los Acuerdos de Abraham van en ese sentido, y si algo demostró el Mundial de Qatar es que el mundo árabe lo tomó como propio y se integró con nada menos que el fútbol, una de las pasiones occidentales que mueve más dinero.

En ese marco, un gobierno de ultraderecha en la región aparece más como un retroceso que como algo auspicioso. Si algo demostraron los países árabes es que la religión trasladada a la política nada puede solucionar: los históricos enfrentamientos entre musulmanes sunitas y chiitas así lo demuestran. Hoy Irán es tan enemigo de Israel como de Arabia Saudita, y los Acuerdos de Abraham sirvieron también para eso, para mostrarle a Irán cuán solo puede quedar contra Israel y Estados Unidos si los sauditas no sólo establecen relaciones diplomáticas con Israel sino si empieza a contar con su tecnología y armamento.

Los sucesivos gobiernos norteamericanos han garantizado la superioridad militar de Israel en la región. No obstante, los israelíes pueden elegir qué tecnología y armamento compartir con sus otrora enemigos y hoy aliados. Algo de esa puja se vio cuando Estados Unidos quiso vender a los sauditas aviones F35. Israel puso el grito en el cielo porque ser el único estado que cuenta son esos cazas le da superioridad aérea sobre sus vecinos.

Y en eso llegó Ben-Gvir

Itamar Ben-Gvir, ultraderechista en ascenso y provocador.

Itamar Ben-Gvir es un dirigente de ultraderecha que hace rato viene bregando para ganar terreno político en Israel. Lo hace aprovechando las redes sociales y provocando hechos políticos que, como mínimo, pueden ser tildados de polémicos. Es líder del partido Poder Judío, aliado del Likud de Benjamín Netanyahu en el gobierno. La coalición está integrada, además, por otras dos fuerzas extremistas: la alianza Sionismo Religioso y Shas. Todos hoy componen el gobierno israelí, poseen ministerios, presupuestos y capacidad de desarrollar políticas.

Netanyahu quiere hacer ver a su gobierno como fueron los anteriores, con políticas de la derecha tradicional. Se comporta como un presidente con amplia capacidad de acción, pero su alianza es endeble. Basta con que alguno de los partidos religiosos le quite el apoyo en la Knesset (Parlamento) para que su gobierno caiga.

De hecho, hace ya varios años que un gobierno israelí no cumple el mandato de cuatro años en la gestión. La anterior coalición, tan amplia que incluía por primera vez a partidos árabes de Israel, se mantuvo dos años en el poder. Bastó que una legisladora abandonara la coalición para que comenzara a temblar, renunció Naftalí Bennett como primer ministro y asumió Yair Lapid, pero ya con fecha de caducidad dado que debía llamar a elecciones en un determinado lapso. La amplia coalición, conformada para evitar otro mandato de Netanyahu –acusado de tres delitos de corrupción–, apenas duró dos años.

El veterano líder del Likud, aislado de sus antiguos aliados de derecha, como Kajol Labán (que lidera el saliente ministro de Defensa, Benny Gantz), se vio empujado aún más a la derecha para poder formar gobierno, porque mantiene un nivel alto de apoyo pero que no le alcanza para una amplia libertad de acción como primer ministro.

Así es que conformó esta alianza que tiene los pelos de punta a todo el arco político israelí que no está en el gobierno, a varios países árabes, a los palestinos, a los árabes israelíes y, especialmente, a Estados Unidos, aliado incondicional de Israel en la región.

La primera medida de gobierno del ministro de Seguridad, Itamar Ben-Gvir, fue visitar el Monte del Templo, donde está la Mezquita de Al-Aqsa, tercer lugar sagrado en orden de importancia de los musulmanes y donde el statu quo vigente, aceptado por Israel, los países árabes y la comunidad internacional, indica que el lugar sea administrado por Jordania. Los judíos y los cristianos no son excluidos del lugar, pero deben aceptar y respetar los horarios de oración musulmana. Poco a poco, tras diferentes conflictos, el lugar ha sido controlado por Israel.

Con su visita provocadora Ben-Gvir violó el statuo-quo vigente, desoyó las tibias advertencias de Netanyahu (por ahora, no se sabe hasta qué punto autorizó la movida de Poder Judío) y se filmó para las redes sociales haciendo lo que había prometido: recuperar de algún modo para Israel el Monte del Templo, que para los judíos más religiosos también es un lugar sagrado.

El mundo condenó a Itamar Ben-Gvir, cada cual de acuerdo a su conveniencia. La Autoridad Palestina motorizó su pedido ante Naciones Unidas de que busque la opinión de la Corte Internacional de Justicia acerca de la presencia israelí en territorio de Cisjordania que es considerado palestino y se encontró con la revocatoria de los permisos de viaje que poseen sus funcionarios. Para dejarlo más claro: la Autoridad Palestina tiene un territorio, pero no es soberano: para salir de allí deber atravesar las fronteras terrestres, controladas por Israel, o viajar por avión desde el aeropuerto internacional israelí. Para ambos casos se necesita de los permisos que otorga Israel. Esos permisos caducaron y el propio canciller palestino se vio demorado en la frontera por la policía israelí.

Giro peligroso

El gobierno de Benjamín Netanyahu apenas comienza a andar, no se puede hacer un balance de gestión, pero sí podemos analizar que sus primeras movidas políticas causaron un terremoto y hasta amenazaron con dañar la relación con su aliado, Estados Unidos, que también promovió una censura contra Ben-Gvir.

Los países árabes que firmaron acuerdos con Netanyahu se encuentran expectantes, condenaron con palabras y allí se quedaron porque por ahora no les conviene hacer otra cosa para no hacer peligrar los múltiples negocios que trajo la firma de los Acuerdos de Abraham.

Israel está dando un peligroso giro que podría poner en peligro no sólo la paz con los palestinos (una actitud de Ariel Sharon, similar a la de Ben-Gvir fue la chispa de la Segunda Intifada), sino su buena relación reciente con gran parte del mundo árabe y, más importante, su alianza estratégica con Estados Unidos, que para la poderosa comunidad judía aliada con los demócratas no incluye a la ultraderecha en el poder ni nada que haga peligrar a Israel como estado judío y democrático.

Que los principios religiosos guíen las acciones de gobierno no es auspicioso para ningún país. Israel mismo debería mirarse en el espejo iraní, cuyo régimen autoritario se encuentra acosado por movilizaciones luego de que la Policía de la Moral provocara la muerte de una joven kurda por mal uso del hiyab, el velo que están obligadas a usar las mujeres iraníes. Los gobiernos israelíes que observaron esto y lo tuvieron claro construyeron un país que, como se dijo al empezar la nota, hoy es uno de los más desarrollados del mundo, con una economía fuerte y una tecnología que es modelo para todo el mundo. La religión, de la mano de políticas extremas, no da buenos resultados.

*Es, desde 2011, jefe de Redacción de la revista Veintitres. Anteriormente fue secretario de Redacción del semanario Miradas al Sur y Secretario de Redacción y antes Editor de Política del diario económico BAE. También fue columnista político en el canal CN23. Ha colaborado en diferentes publicaciones, desde el año 1980, cuando entró a la profesión como corrector de textos, que ejerció hasta el año 2001. Pasó por Diario Popular, La Epoca, Tiempo Argentino, Pagina 12, Perfil, La Razón, diario Metro, diario La U, la agencia Ejes de Comunicación, revista 7 Días.

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