Italia: chau, chau, Bella ciao

Por José Steinsleger /II y última

Imagen: El exterior de la basilica de San Lorenzo durante el funeral de Aldo Moro, secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas en Roma el 18 de marzo de 1978. Foto: Cordon Press

El asesinato de Aldo Moro nunca fue esclarecido. Pero indirectamente logró su objetivo: nadie volvió a mencionar el compromesso storico entre democristianos (PDC) y comunistas (PC). A meses del crimen, muere el papa Juan Pablo I (28 de septiembre de 1978). Albino Luciani apenas dura 33 días en el trono de Pedro. Según el Vaticano, su familia no autorizó la autopsia del pontífice.

En las antípodas teológicas de Luciani, el arzobispo de Cracovia Karol Wojtyla (cruzado anticomunista y amigo de Washington), ocupa la vacante con el nombre de Juan Pablo II. Simultáneamente, arrecian las denuncias contra el gobierno de Arnaldo Forlani (PDC, 1980/81). Lo acusan de estar infiltrado por Propaganda Due (P2), logia masónica ilegal dirigida por Licio Gelli, de estrecha relación con la Santa Sede. Los miembros de la P2 se autodenominan frati neri (monjes negros).

El PDC da un paso al costado: Giovanni Spadolini (liberal), jefe de gobierno. Pero en junio de 1982, en el distrito financiero de Londres, a orillas del Támesis, un cartero madrugador encuentra el cuerpo de Roberto Calvi, colgado del puente Blackfriars (frailes negros). Miembro de la P2, Calvi era presidente del Banco Ambrosiano (o «Banco del Vaticano»).

El también llamado «banco de los curas» quiebra. Prominentes empresarios y banqueros van a prisión. Michele Sindona (lavador de la Cosa Nostra) abunda en detalles del caso. Cuatro años después, en la prisión de Voghera (Pavia) donde Sindona cumple perpetua, le sirven un café con cianuro y estira la pata.

Por su lado, Spadolini le suelta la mano al prestigiado general de Carabineros Carlos Alberto Dalia Chiesa (celoso investigador del caso Moro) y lo nombra en un cargo con dedicatoria: Prefecto de Palermo (Sicilia). En septiembre de 1982, la Cosa Nostra lo asesina junto con su esposa. Pero ¡ánimo!… Italia ha ganado el Mundial y Sofía Loren pasa 30 días en el bote por evasión fiscal.

El PDC empieza a perder votos. Una coalición progresista elige como jefe de gobierno al socialista Bettino Craxi (1983/87). En tanto, la «otra Italia» toca el cielo con las manos: ¡Diego Armando Maradona en el Napoli! (1984).

Los italianos descubren que la democracia también puede ser excitante. En 1987, la actriz porno Ilona Staller, mejor conocida como Cicciolina («Queridísima»), es elegida diputada por el progresista Partido Radical. Sin argumentos para atacarla, patológicamente insidiosas, las derechas recuerdan que en su departamento de Roma, tenía un tigre de Bengala. Pamplinas. Cuando la diva entra al recinto parlamentario, los legisladores de izquierda, centro y derecha corren tras ella, pegando gritos de alegría.

En vísperas de la primera guerra del Golfo, la honorable Cicciolina se ofrece a tener relaciones sexuales con el líder iraquí Saddam Hussein. Pero como nada es gratis, el precio resulta impagable: la paz en la región arábigopérsica. Luego, cambia de camiseta (es un decir), y funda el Partito dell’Amore (1991).

La implosión del «socialismo realmente existente» (1989/90) rompe al PCI. Su secretario general, Achille Ochetto, abandona el viejo nombre y solicita el ingreso a la Internacional Socialdemócrata. El legendario partido que en 1984 llegó a ser el más votado, se divide en tres: Demócrata de Izquierda (PDS), Refundación Comunista (RFC) y una facción menor: «RFC de los comunistas italianos».

En 1992, por primera vez, el PDC pierde la mayoría absoluta. Encabezado por Giuliano Amato (Partido Demócrata, centroizquierda), el nuevo gobierno decreta un programa de ajuste, rechazado por una huelga acatada por 10 millones de trabajadores.

A todo esto, una niña de 15 años, nacida en un barrio de Roma, toca el timbre de la puerta blindada del Frente de la Juventud, brazo del Movimiento Social Italiano (MSI, luego Alianza Nacional). La hacen pasar, y allí deslumbra a los anfitriones. Les dice: «Mussolini fue para mí un buen político. Todo lo que hizo, lo hizo por Italia». Giorgia Meloni recibe el carné de afiliación, y en 1996 se alza como líder nacional de Azione Studentesca.

En la segunda mitad del siglo pasado, la bizarra política italiana gira en torno a una mesa de ocho patas: PDC+Vaticano+logia P2+MSI+bancos y financieras+partidos derechistas+servicios de la CIA/OTAN, y por sobre todo, los muchachos todo terreno del mezzogiorno (sur del país): Cosa Nostra (Sicilia), Dranghetta (Calabria), Camorra (Nápoles) y Sacra Corona Unitá (Abulia).

Por último, ocho filmes inolvidables que tratan de lo descrito brevísimamente hasta aquí: Roma, ciudad abierta (Roberto Rosellini, 1945); Acattone (Pier Paolo Pasolini, 1960); Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960); Los compañeros (Mario Monicelli, 1963); Amarcord (Federico Fellini, 1973); Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976); El padrino III (Francis Ford Coppola, 1990) y Mario, María, Mario (Ettore Scola, 1993). El avance de las ultraderechas italianas será comentado en artículos posteriores.

La Jornada