Joseph Goebbels y sus retoños mass media

Por Fernando Buen Abad Domínguez*

Imagen: Joseph Goebbels (1897-1945), ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich entre 1933 y 1945.

Ya que las derechas y ultraderechas están desplegando tácticas y estrategias mediáticas «nuevas», y ya que la mayoría de sus «globos de ensayo» se basa en calumnias e insultos, en individualismos y supremacismos, se hace urgente precisar y denunciar las constantes en los modelos discursivos, patentes y latentes, que transitan hoy en brazos de la ideología de la clase dominante. Necesitamos combatir organizadamente a las máquinas del ilusionismo manipulador, cada día más impúdicas e impunes. Necesitamos unidad y organización contra los estereotipos propagandísticos que anhelan controlarnos, como si se tratase de un logro novedoso, para dirigir a las masas, milimétricamente, en lo objetivo y en lo subjetivo. Necesitamos combatir a esa especie de «talento» mediático financiado para acarrear al «rebaño» por el camino de la subordinación placentera y rentable.

El mito del «genio» goebbeliano es también un fetiche que el sistema vende para hacerse pasar por invencible. Con sus máquinas de guerra ideológica atacan nuestras «debilidades», mientras nos imponen su dominación cultural por no haber sabido defendernos, organizadamente, contra la balcanización de nuestras propias fortalezas. Venden su mercancía propagandística para que creamos que «una frase», «una imagen», «un mensaje»… tienen el poder de convencernos de ser y hacer lo que quieren los «genios de la comunicación» disfrazados de periodismo, cine, televisión, radio o influencers con «redes sociales». Es fetichismo de la comunicación individualista y mercantilizada impregnada por la lógica de la humillación. Despliegan su odio de clase y el «disciplinador» llamado «miedo». Tal como dicta la propaganda nazi desarrollada por el Ministerio de Educación Popular y Propaganda, creado de Adolf Hitler en 1933 mientras Goebbels pergeñaba su obra «comunicativa» en el horno del Partido Nazi, perseguía y anulaba publicaciones y medios fuera de su control.

Sus «principios» son: simplificación del enemigo único. Contagio. Estigmatizar a otros por los errores y canalladas propias. Distracción. Exageración y desfiguración. Vulgarización. Discurso único organizado. Calumnias y agresiones permanentes. Verosimilitud de las falacias. Fragmentación y disociación. Omisión y silencio. Sistema de odios y prejuicios racistas naturalizados. Espejismo e ilusión de «elección» y «libertad». Borrar o desfigurar la Historia a toda costa. La vigencia y propagación espeluznante de los «principios» goebbelianos desnuda hoy a las armas de guerra ideológica que luchan por cercenar derechos y amenazar a las democracias.

Muchos entre nosotros se han quedado paralizados en la perplejidad y el azoro ante el histrionismo macabro del nazifascismo y su propaganda. Necesitamos politizar la denuncia contra la amenaza de los retoños nazifascistas y exhibir el paquete macabro de su ofensiva de mercado. No perdamos de vista el peligro. Toda la derecha está reagrupándose, sacará fuerza de sus debilidades, y de las nuestras, para atacarnos con más furia financiera, militar e ideológica. Que nuestros debates más honestos no nos fragilicen ni fracturen. Ellos nos quieren divididos y desorganizados. Su miedo los hace más amenazantes.

Un frente crucial es la lucha, sin atenuantes, contra todo fanatismo. Se disfrace de lo que se disfrace, se muestre como progre o destile agua bendita. Los propagandistas neonazifascistas son soldados de un plan de la ultraderecha que dice amar la «libertad». Pero no la libertad humana, no la libertad política ni la libertad jurídica… Aman la libertad de mercado y muy particularmente la libertad de saquear recursos naturales y mano de obra humillada. Su plan de largo alcance consiste en perfeccionar el saqueo de riquezas naturales, de la mano de obra barata y la subordinación de la conciencia de los pueblos. Secuestrar los vocabularios de las luchas sociales para esclavizar libertades colectivas. Quieren la libertad de transas y chapuzas burguesas. Y nos quieren esclavizados, felices y aplaudiendo que nos roben. Así sea a punta de bayoneta.

Es el viejo negocio de asustar al burgués para que financie ciegamente toda represión. Para eso se empeñan en imponer «información» y silogismos esclavizantes y eso lo logran con el desarrollo de un modelo de humillación tozuda. No importa cuántas realidades haya que silenciar o cuántas falacias haya que infiltrar para garantizar el reino del engaño. Cultura fake. Tal metodología de la manipulación sólo funciona al precio de silenciar a los pueblos. Cortarles toda posibilidad de comunicación independiente en su lógica y su estética. Y, principalmente, tal metodología de la comunicación esclavizante tiende a convertirse en cultura que aprende a amar y defender toda la parafernalia alienante, sus ídolos y sus héroes, sus fiestas y sus ritos. Y convencerse de que es lo mejor que la humanidad ha conseguido, que debe defenderlo con su vida y ha de heredar a su descendencia.

Tal paradigma de la dominación es un dispositivo ideológico amasado, larga y corporativamente, en la progresión que implica acumulación de las herramientas de producción de sentido y la dominación de los campos semánticos. Al servicio de esto compiten desaforadamente personas y empresas que con sus «campañas» y sus «ideas» resucitan a Goebbels no sin desesperar cuando las fórmulas de la dominación no funcionan como dicen sus manuales. A veces olvidan la inteligencia dinámica del pueblo trabajador que es infatigable en su resistencia simbólica, aunque luche en condiciones asimétricas. Los retoños de Goebbels viven opíparamente de nuestras debilidades comunicacionales, de nuestros presupuestos, de nuestras divisiones y egos. No atinamos a organizarnos para que las victorias populares, que no son pocas, se conviertan en fuente de creatividad y produzcan humor, sarcasmos, ironías, cancioneros, dramaturgias y todo tipo de guerrilla semiótica que, más temprano que tarde, nos ayude a conjurar los efectos de las ofensivas hegemónicas. Pero ha de convertirse en lucha (o conjunto de luchas) desde el campo laboral, el campo de las ciencias, el campo de las artes o de cualquier género, dialéctica y combinadamente. Revolución de conciencias en lucha organizada desde ahí donde fluyen la agenda del malestar y la agenda de las transformaciones verdaderas, con humanismo práctico y de nuevo género.

*Director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride. Universidad Nacional de Lanús.

La Jornada