La abuela no tiene quién la visite

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Liliana Blum

La maldad está en los humanos, no es culpa del diablo.
El maestro y Margarita, Mijaíl Bulgákov

Regina Valenzuela derramó una lágrima como siempre que el padre Karras moría al caer desde la empinada escalinata, llevándose consigo al demonio Pazuzu para liberar a la pobre niña poseída. ¿Cómo es que se llamaba? Como un presidente norteamericano. O casi. Regan. Sí, la niña Regan. Apagó la televisión y dejó escapar un suspiro; ya pasaban de las dos de la mañana. La sala común estaba vacía, excepto por Regina, el recuerdo de Demian Karras y la enfermera de guardia que en realidad dormitaba discretamente en un sofá junto a la ventana. Se paró con esfuerzo del sillón y le crujieron las articulaciones en el proceso. Sin falta, cada semana acudía a la sala común, fuera de horas, para ver El exorcista en uno de los canales del cable que lo repetía todos los días a la una de la mañana. Quien fuera que decidiera la programación en el horario de madrugada pensaba que los desvelados no buscaban precisamente variedad y programas novedosos. Y cuánta razón tenía aquel hipotético desconocido: hay un dulce confort en las rutinas. Por eso, cada siete días Regina sobornaba a la enfermera de la noche que no veía ningún problema en recibir un dinerito extra para que la anciana se obsesionara a sus anchas con aquella vieja película mientras ella tomaba una merecida siesta. La única condición era que mantuviera el volumen a un nivel decente, y la señora no tenía problema con eso: se sabía los diálogos de memoria.

Tras apagar la pantalla de la televisión, la sala se oscureció casi por completo. El ambiente sería completamente tétrico si no fuera por la luz arriba del escritorio de la recepción, ahora vacío, porque la enfermera de guardia roncaba en el sillón de junto. Regina arrastró los pies sobre la alfombra y sintió los cabellos ralos pintados de azul pastel erizarse sobre su cráneo. Se detuvo frente a la enfermera. ¿Cómo es que se llamaba? ¿Lucrecia? ¿Lucila? Algo con ele. Lupita, sí, Lupita. Movió su dedo hasta la punta de la nariz de la mujer y le dio una descarga eléctrica: las zapatillas de Regina eran magníficas para cargarse de estática. La otra se despertó con un grito horrorizado, lo cual tampoco era extraño en un trabajo como el suyo. Nunca se sabía si los viejos bromeaban como niños, o enloquecían de manera peligrosa, como don Ernesto, el energúmeno del cuarto 123 que no se sabía si estaba endemoniado o simplemente era la persona con más amargura que ella hubiese conocido en toda su vida.

—Ya terminé. Buenas noches —dijo Regina, y sin reparar en la expresión de Lupita se concentró en avanzar por el pasillo hasta llegar a su habitación.

Una vez dentro, se entregó con placidez a sus rituales nocturnos. Lavó su dentadura en el lavabo, orinó, y se embarró la cara con crema Teatrical; el aroma le recordó a su propia abuela y sintió un bloque de plomo anidar en su estómago. Ahora Regina tenía la misma edad de su abuela, las arrugas de su abuela, la artritis de su abuela, las canas de la abuela: en resumen, el paquete completo de vieja decrépita. La única diferencia era que ella no tenía hijos o nietos que la visitaran y le hicieran compañía. De su matrimonio con un hombre rico y mayor que ella, feo de modo y también de ver, sólo le quedaba una buena herencia que le permitía pagar esa casa de retiro privada, con excelente atención, y un cuarto para ella sola con su baño propio, lujo de lujos en un sitio como éste.

Se acostó en la cama y se cubrió con las sábanas y una colcha tejida por ella misma. Escudriñó el techo buscando arañas y buenos recuerdos de su pasado: no encontró ninguno de los dos. Sólo una pintura color crema y un vacío inmenso. Se estiró para apagar la lamparita de buró y cerró los ojos. Evocó el rostro del padre Karras, de quien se prendó desde la primera vez que vio la película en 1973, cuando tenía veinte años y una gran necesidad de pensar en algo agradable mientras que su marido se refocilaba sobre ella, ahogándola, embarrándola de sudor. Con el paso de los años ese hombre, el actor, no el esposo, se volvió el único referente de hombre atractivo, valiente, caballeroso y sacrificado. Era el protagonista de la fantasía recurrente de Regina que, al abandonarse a ella, nunca se imaginaba como una anciana cuando besaba al padre Karras. Allí, en su mente, el tiempo se había detenido y era siempre joven.

Aquella noche no pudo dormir. Daba vueltas sobre la cama y pensaba sin querer hacerlo. Si no hubiera perdido a ese bebé que concibió en algún momento de su matrimonio, ahora sería como los otros viejos del asilo que recibían visitas de niños, hijos adultos y regalos en el Día de la Madre y en Navidad. Daría lo que fuera por tener a alguien que la visitara. Mañana sería sábado, el día de más afluencia de familiares, y después vendría el domingo, con un poco menos de gente, pero igual de nefasto. Regina odiaba los fines de semana porque le restregaban en la cara su propia soledad.

*

Al día siguiente se levantó temprano, desayunó y se preparó para evitar a las familias de los otros residentes. Tomó un libro de Agatha Christie, autora cuyo nombre aparecía en las portadas del noventa por ciento de sus libros, pasó a la cocina para llenar su termo de café y guardó en su cangurera unas galletas envueltas con una servilleta. El día estaba despejado, pero fresco y Regina deseó con intensidad que cayera una buena tormenta que disuadiera a los parientes visitadores e impidiera que los nietos jugaran y corrieran por los jardines, pero el clima nunca está de parte de los que más sufren, ya se sabe. «Templanza», pensó y se echó a andar por el sendero de piedra que atravesaba el jardín. Pasó junto a los columpios, rodeando la palapa y unas bancas de hierro verde con sus respectivas mesitas. Más allá estaba la covacha donde se guardaban los implementos de limpieza, herramientas de jardinería y demás tiliches que no tenían cabida en la casa de retiro: sillas de ruedas averiadas con potencial de reparación, maletas de antiguos residentes, cajas de cartón aplastadas bajo el peso de algo más. Regina siguió de largo esperando encontrar un lugar donde sentarse a leer como la vieja solitaria que era. Por supuesto que no le daría a nadie el gusto de verla precisamente así, sola con su alma.

En cierto momento las nubes parecieron cambiar de posición y el cielo se oscureció de forma súbita. Demasiado rápido, tanto que Regina cerró su chal con una mano y se arrepintió de haber deseado una tormenta. Avanzó despacio, luchando contra las ganas de volver a la tibieza de su habitación y la seguridad de un té caliente. No, no, es una mala idea, se intentó convencer. Si daba vuelta atrás tendría que sufrir el escándalo de los visitantes por el pasillo y en los cuartos vecinos. Se detuvo de pronto. Podría jurar que escuchó una voz pronunciando su nombre muy bajito, un murmullo apenas; como cuando alguna persona habla en el cine, o cuando dos estudiantes en clase tratan de pasar desapercibidos. «No, no podía ser. Pura imaginación mía», pensó. Pero allí estaba otra vez su nombre enunciado por una voz indefinible que extendía las vocales: «Regiiiiinaaaaa». «Debe ser una broma», se dijo en voz no tan baja. Se persignó en automático y giró hacia el cobertizo. No podía ser el jardinero, Roque, porque los días de visita eran también sus días de descanso. A nadie le gustaba visitar a su abuelita mientras un hombre sudoroso estorbaba en el jardín con el estruendo de una podadora.

«No estoy senil ni existen los fantasmas», volvió a hablar en voz alta. Siguió caminando, pero volvió a detenerse porque una ráfaga de viento helado la despeinó e hizo caer las hojas de los árboles. Casi al mismo tiempo, un tufo a desperdicios fermentados bajo el sol golpeó su delicado sentido del olfato. Regina hizo acopio de todas sus fuerzas para reprimir las ganas de vomitar. Miró a su alrededor, buscando un bote de basura sin encontrarlo. Mientras trataba de identificar la fuente de aquel hedor, el graznido de un cuervo la hizo respingar. Lo escuchó muy cerca, como si lo tuviera apercherado en el hombro, pero tampoco pudo verlo.

«Regiiiiinaaaa». Apretó los músculos de la pelvis; a pesar de que se jactaba de ser de las pocas mujeres en el asilo que no sufría de incontinencia, escuchar su nombre, pronunciado de esa manera le provocó escalofríos y estuvo a punto de orinarse. Sin duda era una pésima broma que ya había cruzado todo límite de la decencia, se repitió. Por lo mismo, no podía tomárselo en serio. Y, aunque quería alejarse de ese lugar como se lo indicaba el instinto o la sensatez —sabe Dios lo que fuera, otra cosa que no pudo definir—, algo intangible y muy fuerte la llevó hacia el cobertizo. Contempló largamente aquella puerta de madera hinchada por la humedad y la pintura a punto de despegarse. La mano derecha le tembló más de lo normal cuando tocó la manija; la puerta, por su parte, rechinó cuando Regina la empujó despacio.

—¿Hola? —dijo sintiéndose tan estúpida como los adolescentes en las películas de terror. Nadie respondió. Jaló una cadenita que colgaba del techo y encendió el foco esperando ver a algún niño. Esa era su esperanza, un mocoso bromista. Sin embargo, todo indicaba que ella era el único ser vivo allí dentro. Bueno, el único mamífero porque, después de todo, las arañas también eran algo.

El lugar olía a polvo y humedad; sus alergias se lo confirmaron con una cadena de seis estornudos. «No sé qué diablos estoy haciendo aquí», pensó, dándose la vuelta para salir, cuando vio un armario con la puerta entreabierta. Un candado se balanceaba colgado de una de las armellas, como un hombrecito que se aferra con un solo brazo de la orilla del precipicio.

Una puerta abierta, que debería estar cerrada, es siempre una tentación. Regina buscó con la mirada un lugar para poner sus libros y su termo de café. Ya con las manos libres, se acercó al armario. Primero se sonó los mocos con un pañuelo que solía llevar siempre en la manga de su blusa, y luego se asomó al interior. Contuvo la respiración, como esperando que algo brincara desde adentro, pero no la asaltó nada más que un silencio total. Tras unos segundos, la ausencia de sonido se rompió por unas urracas afuera y por el ruido del viento que movía las copas de los árboles. Revisó los estantes y encontró varias cajas de juegos de mesa: parkasé, ajedrez, Uno, Scrabble, Monopolio y varios más que sus ojos recorrieron sin mucho interés hasta que se topó con una caja de madera de pino sin ningún tipo de etiqueta.

La tomó cuidando no astillarse, pero no fue necesario: la madera era lisa y ligera como las cajas de puros que tanto le gustaban a su difunto marido. Levantó la tapa y un olor a moho penetró por su nariz y, aunque no era olor a muerto, ése lo conocía bien, no pudo sino pensar en cadáveres mientras fruncía la nariz. Ante ella había un tablero de madera con letras y números finamente labrados y un objeto triangular con un visor de cristal justo en medio, como el ojo de un Cíclope.

—Una Ouija como la que usó Regan para convocar al Capitán Howdy —dijo más con los labios que con la voz. Luego cerró la caja con cuidado, puso su libro sobre ésta, tomó el termo de café y salió del cobertizo.

Aunque afuera el día seguía nublado, no era impedimento para que las visitas se encontraran en su apogeo invadiendo la casa de retiro: se escuchaba música, gritos de niños y ese murmullo de gente platicando a lo lejos, tan parecido a lo que las caracolas de mar tienen que ofrecer si uno se las pone al oído. Ella encontró el punto más retirado posible de aquellos seres humanos, y se sentó en una banca cubierta de mierda de aves. A pesar de que ya estaba seca, una Regina en un día normal jamás hubiera reposado el trasero en un sitio así, pero la caja con la Ouija le quemaba las manos. La colocó en el otro extremo de la banca, abrió el libro y le dio un trago a su café ya tibio. Sus ojos recorrieron las líneas de palabras, pero su cabeza no pudo procesar ni una sola.

Miró de reojo la caja junto a ella. En el supuesto que jugara a la Ouija, ¿a quién contactaría? ¿A un espíritu en específico, o al primer fantasma que estuviera deambulando por allí, sin mucho que hacer? Imaginó que la casa de retiro tendría espíritus que hasta hace poco caminaban por los pasillos con sus andaderas y sus pañales como bebés gigantes y que ahora eran almas en pena.

—No, no, es una tontería —dijo alisando su falda sobre las rodillas al tiempo que erguía la espalda—. Es un juego de adolescentes tontos en las películas de miedo.

Su café ya estaba completamente frío. Regina abrió la tapa del termo y lo vació sobre el pasto. Nada más ofensivo e indigno que un café que se ha enfriado. No entendía cómo había quien pagaba por tomar café con hielos. ¿Y cuáles eran las reglas para jugar a la Ouija? Porque había reglas. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apretando los labios, como si en esa posición el cerebro pudiera funcionar mejor, algo así como darle golpes a la máquina dispensadora de refrescos y golosinas en la sala de televisión. ¿Cuáles eran las reglas? Tenía que recordarlo. De pronto, la sensación de algo peludo se deslizó entre sus piernas y Regina pegó un grito.

—Casi me matas de un susto, Mauricio —le dijo al gato anaranjado, que ya le maullaba con esa manera acusadora y culpígena que tienen los felinos—. Cállate, micho, que me vas a dar una jaqueca.

El gato se lo tomó como un reto y aumentó el volumen de sus maullidos. Ella intentó espantarlo, sin éxito. Después de un rato, harta de no haber podido leer, tomar café o recordar las reglas para jugar a la Ouija, recogió sus cosas, la caja incluida, y se encaminó de regreso al edificio. «Qué manera de arruinarme el día», pensó. «Malditos sean todos». Mauricio decidió seguirla. En el camino, Regina se cruzó con varias personas que la saludaron, algunas con sinceridad y otras por compromiso. Eligió el papel de anciana sorda y pasó de largo sin contestar, con el gato pegado a la falda como pelusa. En algún momento el nieto sádico de algún residente se llevó al animal y ella pudo al fin encerrarse en su habitación.

Apenas entró, recargó su espalda contra la puerta cerrada y se concentró en respirar profundamente para calmarse. Adentro el ambiente olía a la veladora que ella encendía todos los días para la Virgen, a loción de azares Sanborns y a los cigarros de clavo que a veces fumaba a escondidas. Regina, sin embargo, ya no podía percibir los olores de su propia vida. Tomó asiento frente al tocador, agradeció a Dios por no tener que compartir su espacio con alguien más, y se miró por un segundo en el espejo. Como siempre, no le gustó lo que reflejaba: el paso de los años, la decadencia de la carne, la soledad y la finitud no del tiempo en general, sino del suyo en particular.

Se acostó con la intención de tomar una siesta, pero en cuanto cerró los párpados, su mente volvió a la Ouija. Se veía a sí misma poniéndola sobre el tocador, lista para jugar. No. Se levantó de la cama y tomó su libro de vidas de santos. Al terminar de leer la historia de María Goretti, asesinada a cuchilladas por su agresor sexual, Regina se estremeció un poco. No, los tiempos pasados no habían sido mejores; simplemente había menos humanos pululando por la faz del planeta y quizá por estadística era menos probable encontrarse con un monstruo, pero los monstruos siempre han estado allí.

En algún momento debió quedarse dormida, porque cuando abrió los ojos ya estaba oscuro y no se escuchaba el barullo de los visitantes. La lamparita de su buró estaba encendida y sobre éste descansaba una charola con su merienda. Todo frío. No importaba: se había saltado la hora de la comida y ahora su estómago rugía. El hambre en verdad no hace remilgos: se apresuró a comer. La merienda fría le supo a gloria.

Salió al pasillo cargando la charola con los trastes sucios para llevarla a la cocina. Tenía pavor de que vinieran las cucarachas a su cuarto si la dejaba pasar la noche allí dentro. Al atravesar por la sala de televisión, Lupita, la del turno de la noche la saludó:

—Doña Regina, ¿no quiere ver El exorcista conmigo? Acaba de empezar.

Ayer la había visto y usualmente limitaba estas desveladas a una vez por semana, pero había sido un día muy extraño y, además, ¿cómo resistirse a mirar al padre Karras una vez más? Regina dejó la charola sobre la mesita de centro y tomó asiento. En la televisión, Chris MacNeil, la mamá de Regan, recién encuentra la Ouija en el sótano de la casa y le pregunta a su hija de dónde la ha sacado. Luego intenta jugar y cuando el puntero salta de sus manos, la niña dice que el Capitán Howdy no quiere jugar con su mamá. La guapa actriz se entera en ese momento de que su hija, Regan, y Howdy ya han jugado varias veces.

—Allí empezó el problema, justo allí —dijo la enfermera de la noche poniéndose de pie y tocando la pantalla enfáticamente—. La niña no siguió las tres reglas para jugar a la Ouija.

Regina se reacomodó en el sillón sin encontrar una posición que le satisficiera. Sintió un frío recorriéndole la espalda. No le gustaban las coincidencias tan ad hoc, pero no podía dejar de preguntar:

—¿Y cuáles son esas reglas?

Lupita volvió a sentarse y sacó del bolsillo de su bata una barra de chocolate. No le ofreció a Regina porque la mayoría de los residentes son diabéticos e hipertensos; además, tenía mucha hambre como para compartir, la noche apenas empezaba y el azúcar la ayudaba a estar despierta.

—No jugar solo es la primera. La chiquilla fue lo primero que hizo —dijo mordiendo el chocolate—. Tampoco se debe jugar en cementerios; esa es la segunda regla. Yo creo que porque hay muchos espíritus juntos pululando por allí. Y, por último, nunca hay que irse sin cerrar la sesión.

Reprimió un gesto de asco: no soportaba que la gente masticara o hablara con la boca llena, y la enfermera hacía ambas cosas.

—¿Cómo que cerrar la sesión? —preguntó pensando en el correo electrónico cuya complejidad no terminaba de dominar aún.

—Al terminar la sesión hay que despedirse del espíritu para que regrese a su mundo y así el portal quede cerrado —dijo Lupita con esa seguridad que sólo puede dar la ignorancia.

Pero sonaba como algo importante. «Tengo que anotarlo antes de que se me olvide», pensó Regina, y se puso de pie para ir a su cuarto por pluma y papel.

—¿Hoy no va a terminar la película, doña Regis? ¿Se siente mal?

La anciana suspiró y se detuvo por unos segundos: detestaba que le dijeran Regis. No dijo nada no por civilidad, sino por hastío:

—Estoy cansada, mija —dijo y empezó a arrastrar las pantuflas por el pasillo, mientras repetía en su cabeza las tres reglas una y otra vez para no olvidarlas.

Por supuesto que, al abrir la puerta, ya las había olvidado todas. No sólo porque de un tiempo a la fecha su memoria fallaba con más frecuencia, sino porque al entrar a su habitación se dio cuenta de que el tablero de la Ouija estaba sobre el tocador, como en su sueño, dispuesto para empezar a jugar. Si alguna vez Regina tuvo ánimo beligerante, hoy por hoy las fuerzas se le habían ido y más o menos tomaba las cosas como venían. ¿Que si la Ouija estaba lista para jugar? Pues, juguemos. ¿No había traído la caja desde el almacén de los tiliches para jugar? Vamos a hacerlo, pues. ¿A quién le gustaría contactar entonces? Lo obvio sería que contactara a su difunto marido, Rodolfo, pero apelando a la honestidad, tendría que admitir que su muerte había sido un alivio y en realidad no lo extrañaba en absoluto. ¿Debía entonces contactar al espíritu de su madre? La adoraba, sí, pero tenía tantos años de muerta que ya se había convertido en un ausencia fija y asumida. Le pareció que existían difuntos a los que había que dejar descansar en paz, y su madre era uno de ellos. ¿Para qué molestarla a estas alturas, cuando ella misma no tardaría en unírsele en el cielo?

Caminó dando vueltas por su cuarto, considerando las posibilidades. ¿Qué tal si convocaba a William Blatty, el autor de El exorcista, que había muerto en 2017? Todavía mejor, a Jason Miller, el actor que le dio vida al padre Karras y que murió en 2001. Ambas muertes eran recientes y los dos hombres cautivadores a su manera, importantes también en la vida de Regina, a juzgar por la obsesión que tenía con esa película. Gran idea. De todas formas, no tenía sueño y estaba segura de que no podría conciliarlo en horas. Una vez que la cabeza le empezaba a ronronear le era imposible dormir. Así que en lugar de estar despierta perdiendo su tiempo de manera horizontal, decidió jugar un poco.

Tomó asiento frente al tocador, la espalda derecha, solemne y concentrada como si fuera a maquillarse para el evento social más importante de su vida. Cogió el triángulo de madera entre sus dos manos y se lo acercó a la cara, como si fuera un teléfono. Regina lo levantó y le dio la vuelta, buscando el lugar para las baterías. Este mundo moderno y sus tecnologías cada vez más sofisticadas.

—Hola, ¿hay alguien por aquí? —preguntó sin tener mucha idea de lo que estaba haciendo—. Convoco al espíritu de Jason Miller, el guapo. —Colocó la flecha sobre el tablero, y estuvo a punto de decir «qué tontería» cuando el pedazo de madera comenzó a moverse con rapidez sobre las letras.

Aquel movimiento puso su mundo de cabeza. ¿Funcionó? Su asombro le impidió registrar el mensaje que la Ouija le daba.

—Espera, espera. Vas muy rápido y no alcanzo a ver bien. ¿Dónde están mis lentes? —dijo poniéndose de pie para buscarlos. El pequeño objeto se detuvo en seco. Los lentes de Regina colgaban de una cadenita alrededor de su cuello. Cuando se dio cuenta se los colocó ajustándolos sobre la nariz—. Listo, ¿puedes repetírmelo todo, por favor? Y más despacio, si no es mucha molestia. Desde el principio.

Aquella especie de corazón labrado pareció dudar unos segundos antes de moverse con lentitud. Regina lo observó apenas un instante antes de volverse a poner de pie tan rápido como sus rodillas le permitieron.

—Necesito papel y pluma porque no puedo retener en la cabeza tantas palabras.

El puntero se detuvo una vez más, pero ahora con un dejo de fastidio que no pasó desapercibido para ella. Era algo en el aire, indefinible, pero que se palpaba de manera muy clara.

—Sé paciente. ¿Que sólo los jóvenes pueden jugar a la Ouija? Cuánta discriminación.

Se mojó las yemas de los dedos con saliva y pasó lentamente las páginas usadas de una libreta de espiral en donde anotaba sus gastos; cuando encontró una hoja limpia le dio clic al bolígrafo y enderezó la espalda como si estuviera de vuelta en la primaria religiosa y la monja la hubiera regañado por la mala postura.

—¡Lista! Puedes dictarme tu mensaje. ¿Quién eres? —El señalador permaneció impávido sobre el tablero. Regina comenzó a golpetear el suelo con una pantufla—. Dije que ya estoy lista.

Nada, salvo los ronquidos de don Maximiliano en el cuarto de al lado y el sonido amortiguado de alguna televisión en la lejanía. Consultó su reloj de pulsera con el gesto universal de la impaciencia, y carraspeó varias veces. Suprimió un bostezo y luchando contra su poca flexibilidad logró desabrocharse el sostén, dispuesta a meterse a la cama.

—Ya se descompuso esta cosa —dijo para sí—. Además, ya no son horas para estar despierta.

Fue a lavarse los dientes y a ponerse la crema de noche; decidió no decir la oración nocturna porque se sentía muy cansada. El sueño la poseyó como si fuera un niño que ha jugado todo el día sin descanso, como si no conociera lo que es el insomnio. Apenas llevaba unos minutos de dulce y relajada inconsciencia cuando alguien tocó a su puerta con suavidad. A Regina le costó abrir los ojos. Encendió la lamparita del buró y miró el reloj: eran las tres de la mañana en punto. Se sentía exhausta y no tenía ánimo de levantarse para abrir. Volvió a dormir esperando que quien quiera que fuera se diera por vencido y siguiera su camino. Pero el golpe de la puerta volvió a sonar, esta vez con algo de violencia. Se puso de pie al fin. Percibió un olor desagradable, como a podrido, que se coló por debajo de la puerta; era nefasto, pero ligero y tolerable porque las alergias invernales hacían estragos con su nariz cada año.

Abrió esperando encontrar a alguna enfermera o a uno de los otros residentes con Alzheimer, que con frecuencia se perdían dentro del mismo asilo. Esperaba encontrar a cualquier persona menos a la que estaba ahora frente a ella: el padre Damian Karras o, más bien, el actor Jason Miller, porque no iba de sotana, sino de civil: llevaba ropa de los setenta, para ser más exactos; pantalones de mezclilla acampanados, suéter oscuro de cuello de tortuga y el cabello con el corte inolvidable de la década. Lucía de la misma edad que en la película favorita de Regina. Aquello debía ser un sueño o una fantasía de las que tuvo durante tantos años mientras dormía junto a su esposo.

—Santos y buenos días, porque ya son días. ¿Puedo pasar?

El rostro de Regina enrojeció como el de una colegiala: el hombre que más le gustaba, su amor platónico a lo largo de su vida adulta, estaba pidiendo entrar a su habitación y ella estaba metida en un camisón viejo y translúcido, con el rostro embadurnado de crema. «Trágame tierra», pensó.

—Te ves hermosa así como estás—dijo él interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Me permites pasar?

Ella salió de su trance al fin y se hizo para un lado:

—Claro, claro, adelante. ¿Jason? ¿Puedo llamarte Jason o Damien?

Él avanzó y una vez dentro de la habitación, la recorrió satisfecho con las manos entrelazadas en la espalda y un gesto de aprobación en el rostro. Ni Regina ni él cerraron la puerta, y fue allí cuando ella se percató de que en realidad nunca estuvo abierta. «No puede ser», pensó. Ella recordaba haber caminado hacia la puerta para abrirla. Y ahora estaba cerrada. Si yo la abrí…

—Puedes decirme como prefieras —dijo y volvió a sobresaltarla con su voz grave y profunda. Regina tragó saliva e hizo un gran esfuerzo para no tartamudear.

—No estás vestido de sacerdote, así que eres el actor, no el personaje.

El hombre examinaba con una sonrisa divertida la veladora a la Virgen. Tomó el libro de vidas de los santos e hizo correr las hojas entre sus dedos como si fueran un abanico.

—Si prefieres al padre, puedo ser el padre.

Apenas pronunció estas palabras, ya lucía como en la película El exorcista. No le quedaba duda de que estaba soñando. Quizá se había quedado dormida en el sillón de la tele junto a la enfermera sin darse cuenta.

—No es un sueño —dijo Karras desplazándose sobre la alfombra sin hacer ruido. Se detuvo frente a un crucifijo en la pared y frunció la nariz—. Esto ya pasó de moda, Regina.

No sabía qué hacer con sus manos. En realidad, no sabía qué hacer con la situación en sí. Fue a sentarse en la orilla de la cama y puso las manos debajo de sus muslos para mantenerlas quietas. El padre tomó asiento a su lado. Su olor era algo indescriptible, algo que no era de esta Tierra. Había fantaseado con él a lo largo de tantos años que siempre pensó que olería a loción Old Spice con un toque de incienso, como los templos católicos. Tuvo miedo de mirarlo de frente; era tan guapo en un estilo teórico, pues ninguno de sus novios ni su marido pertenecían a esta categoría de belleza masculina. Pero lo miró así, además, por una especie de pudor, o miedo, le impedía hacer contacto visual con él.

—No soy el genio de la lámpara, pero ya que me has llamado, me puedes pedir algo.

Regina no sabría decir si aquello fue un truco de su propia imaginación o si en verdad un aroma a incienso y Old Spice invadió la habitación, mas el olor era contundente. Real. Vio cómo el padre Karras sacó un cigarro y lo encendió. A los olores anteriores se le sumó también el de su papá, la primera relación con el tabaco que ella tuvo en su vida. Aquel aroma hizo que se relajara y hasta sonriera. No comprendía lo que estaba pasando y quizá no importaba.

—No sé qué pedir, pero tengo muchas dudas. ¿Los espíritus están revoloteando en nuestro mundo? ¿Hay espíritus aquí con nosotros? ¿Cómo es posible que pensé en ti y te apareciste, así como así?

El padre Karras se puso de pie y caminó hasta la ventana. La sotana oscura permitía distinguir a la perfección lo ancho de su espalda y sus hombros que se desvanecía en ese declive delicioso hacia una cintura breve. Regina no pudo evitar mirar el trasero sugerido debajo de la tela negra. Se obligó a subir la mirada para concentrarse en aquella cabeza firme, con el cabello azabache y su corte setentero.

—No fue tan rápido ni tan fácil como dices. Necesitas estar al tanto de que el tiempo en mi mundo no es compatible con el tuyo.

Ella se acomodó el cabello y atisbó el espejo con disimulo: ¿cómo se veía? Era tan vieja como vanidosa. El padre había vuelto a sentarse junto a Regina, muy cerca, su brazo rozando el suyo, la pierna firme y musculosa presionando su muslo flácido y delgado.

—Puedes preguntarme lo que sea o pedirme un deseo. Claro, dentro de mis posibilidades —dijo poniendo la mano sobre la rodilla huesuda de la mujer—. No puedo darte vida eterna, no puedo resucitar muertos, no puedo volverte al pasado y tampoco puedo decirte algo demasiado específico del futuro. Y sólo tienes una pregunta. Yo que tú, me pensaría bien si prefieres saciar una curiosidad general o mejor obtener una respuesta en concreto.

A ella no le agradó esa actitud, pero ¿quién se rehusaría a un regalo así? Se removió en su lugar y aprovechó para separarse de él unos centímetros: aquella cercanía le quemaba la piel. Es más, podría asegurar que ahora percibía un olor a vellos quemados, como aquella vez que tratando de encender el viejo calentador de agua de su casa éste le había flameado el rostro. Se estremeció al recordar ese flashazo de fuego seguido de un ardor profundo. Infernal.

—Pues hay muchas cosas que no puedes hacer —dijo picándole el orgullo para ver si soltaba algo más. Cuando era más joven y hermosa esa técnica le resultaba la mayoría de las veces.

El padre Demian Karras la tomó por los hombros, la hizo ponerse de pie, y la encaminó hacia el espejo del tocador: allí estaba una Regina de veintiocho años, en su mejor época, con un peinado de moda y un cuerpo espectacular. Ella abrió la boca y no supo qué decir. Estaba mareada y segura de que todo era un sueño. No podía ser de otra manera.

—Los genios de las lámparas conceden tres deseos y nadie los critica. Yo voy a ampliar mi oferta, sólo por hoy: responderé a una pregunta y te concederé un deseo. Punto. No me gustan los regateos. Una palabra más y no tendrás nada.

Algo dentro de Regina se removió de manera dolorosa, como se sentiría un derrumbe si fuera una caverna y las piedras le dolieran. Pensó que tendría que preguntarle primero quién era él como para conceder deseos y, después, qué era lo que esperaba a cambio de ella. Nada es gratis en esta vida, pudo escuchar la voz de su madre dentro de su cabeza. Sintió frío como si estuviera a la intemperie y se frotó los brazos. No se pudo obligar a hacerle esos dos cuestionamientos; no tanto por pena, sino por el miedo de escuchar las respuestas que quizás en el fondo sí conocía. Además, sólo iba a contestarle una vez. ¿Cuál era el punto?

—Está bien —dijo al fin—. Mi pregunta es si me voy a morir pronto.

Lo soltó así. Aquella era la preocupación diaria de todos los residentes en ese edificio de ancianos. Apenas soltó la frase, se dio cuenta de que lo había hecho de la peor manera. Pronto era un término relativo y que no quería decir nada.

Karras exhaló un bufido cargado de desesperación.

—No es que no sepa la respuesta, pero en el caso de la muerte propia es mejor preservar el factor sorpresa, créeme —mencionó acercándose a ella y apretándole suavemente el brazo como si fuera un amigo—. Así tienes más libertad para tomar tus decisiones sin la presión de un día específico en tu agenda. Vivir como si fuéramos eternos es mi política y también el mejor consejo que puedo regalarte. Carpe diem, ya sabes.

Ella permaneció en silencio. ¿Qué otra cosa podría preguntar? Quizás indagar en el pasado. ¿Su marido le había sido infiel alguna vez? Aunque no había hablado en voz alta, Karras le dijo:

—Muchas veces. Tantas que no te imaginas. En alguna época varios días a la semana y en su horario de oficina. —Mientras caminaba alrededor de la cama—. Ahora dime tú a mí: ¿te sirvió de algo saber esa información? Siempre lo sospechaste. Sólo querías una confirmación de tu papel de víctima en una época donde ni siquiera tuviste las agallas para reclamarle al marido infiel. Acabas de tirar a la basura una oportunidad por la que muchos hubieran dado su alma.

Ella se echó a llorar como si tuviera cinco años, cubriendo su cara con las manos, y encorvándose sobre la orilla de la cama. Se veía más vieja que nunca; de haber podido verse desde el ángulo de un tercero, hubiera llorado todavía más.

—Te voy a dar un premio de consolación —dijo él y tronó los dedos; al instante un maullido dentro de la habitación cortó el llanto de Regina—. Se llama Hermes. Parece un gato callejero, mas no lo es. Se trata de uno de esos felinos que perciben la muerte y se suben a los pies del siguiente en la lista. No es nada mágico, es algo que pueden hacer todos los gatos si les apetece hacerlo. —Karras se agachó para tomar al minino entre sus brazos. Lo tomó de los sobacos peludos y lo levantó tanto que el bicho estuvo a punto de rozar el foco de la habitación—. Hermes se compromete ante mí, que soy más confiable que un notario, a avisar, sin falta, quién será el próximo residente que vaya a repujar margaritas en el camposanto.

A diferencia de Mauricio, regordete, lustroso, anaranjado y a rayas, Hermes era el dueño de un pelaje negro y maltratado como el tradicional gato de bruja. Ahora Karras estaba de vuelta junto a la ventana y el gato sobre el tocador. Regina jamás lo vio moverse. Desde allí, con las manos en jarra sobre la cintura, siguió hablando:

—No te puedo dar la fecha exacta, pero te estoy regalando una excelente herramienta de predicción. Sólo tienes que darle atún y alguna bola de estambre, o lo que sea que les guste a los gatos en estos días.

Ella trató de acariciarlo, pero el micho escapó por la puerta entreabierta. La última vez que había mirado en dirección a la puerta, estaba cerrada. Mejor que no se dejara tocar, pensó. No fuera a invitar a la muerte andando en busca de caricias. El sacerdote carraspeó:

—No tengo toda la madrugada. ¿Tienes algún deseo, sí o no?

Regina tragó saliva. Luego de tantos años de existir, ¿no sabía lo que deseaba? Eso tenía que ser una señal de estupidez, más que de sabiduría. Un vacío la llenó por dentro y se estremeció: una sensación de estar vieja y muy sola.

—Lo de Dorian Gray nunca resulta bien, debo advertirte —dijo el sacerdote pasando los dedos entre su cabello azabache lustroso.

Ella se dio cuenta de que tenía la boca abierta. Cada vez que él podía leer sus pensamientos le invadía algo parecido al miedo. Sí, pero no del todo: era un miedo distinto, más helado y distante que el que hasta entonces había conocido. De pronto ya no lo quiso allí. Decidió hablar para que se fuera pronto. Apenas lo hiciera, desecharía la Ouija y se olvidaría de todo.

—No quiero estar sola. Me dan envidia los que tienen familia, hijos y nietos que los visitan cada semana.

El padre Karras le tendió la mano. Ella respondió extendiendo la suya, que temblaba ligeramente. No supo si eran principios de Parkinson o el temor.

—Tenemos un trato. No hace falta que lo firmes. Con este apretón de manos basta —dijo dándose la vuelta. Regina vio un papel sobre el tocador. Podría jurar por lo que fuera que hacía unos segundos no estaba allí. Y ahora tampoco el padre Karras. ¿Se difuminó en el aire?, ¿se volvió invisible? Sepa el diablo lo que había pasado, lo importante era que se había ido.

Respiró al fin; el ambiente del cuarto se sentía más ligero. Mientras iba al baño, pensó que cuando saliera revisaría con cuidado aquel pedazo de papel, pero la venció el cansancio. No se dio cuenta en qué momento se metió a la cama: amaneció cubierta por las sábanas hasta la cabeza, como cuando era niña y tenía miedo de que hubiera un monstruo en el armario o debajo de la cama. Una sensación desagradable se apoderó de ella y se paró lo más rápido que pudo: había un círculo de humedad donde había estado su cuerpo, y un inconfundible hedor a orines.

*

La cosa iba así: ella tendría que ofrecer un alma cada mes y, a falta de ésta, la suya sería el único pago aceptable. Un trato sencillo, sin complicaciones ni letras pequeñas. Regina guardó en un cajón del tocador la hoja que había dejado el padre Karras, doblada, debajo de unos medicamentos contra la acidez, pastillas para la constipación y una bolsa de algodones desmaquillantes. Después del desayuno tomó la Ouija para llevarla al cobertizo. La puso debajo de las otras cajas de juegos y acercó algunos trebejos al estante, bloqueando el paso hacia el armario.

De regreso en el edificio principal, un poco cegada por el contraste entre la penumbra del lobby y la luminosidad del jardín, Regina vio a dos niñas gemelas de unos cuatro años, con vestidos de color pastel. Tras ellas caminaba una pareja joven con un bebé en brazos. El hombre tendría unos treinta y cinco, quizá, con barba oscura y cabello ondulado: muy bien parecido. Al ver a Regina, se acercó para abrazarla:

—¡Mamá! Ayer no pudimos venir porque Gabrielito tenía un poco de fiebre, pero nos dieron permiso de visitarte hoy.

Ella abrió mucho los ojos, incrédula. ¿Aquel joven la estaba confundiendo con alguien más? Se giró hacia la recepción, como pidiendo ayuda: la mujer detrás del escritorio la miró con la sonrisa paciente de quien está acostumbrado a lidiar con los olvidos de los ancianos:

—No hay problema, señora. Los puede recibir en la sala de televisión, en el jardín o en su cuarto, donde usted guste.

Antes de que pudiera contestar, las dos niñas corrieron hacia ella y cada una le tomó una mano, jalándola por el pasillo.

—Queremos chocolates, abue —dijeron al unísono. En ese instante, le pareció que las conocía desde que nacieron. ¿Qué estaba sucediendo? Era casi la misma sensación de ayer, cuando soñó con el padre Karras de una manera tan vívida que parecía verdad.

Dentro de su cuarto, las niñas corrieron directamente al cajón del buró derecho para sacar una bolsa de celofán con chocolates en forma de conejos. Ella no recordaba haberlos comprado, pero tendría que haberlo hecho, ¿o de qué otra manera las niñas sabrían dónde los guardaba?

Se sentó en la orilla de la cama, un poco mareada y bastante confundida. El gato Hermes miraba la escena tras el cristal de la ventana: el hijo de Regina le puso al bebé en los brazos mientras la nuera le contaba sobre el baño con lavanda que le había hecho a Gabrielito el día anterior para calmarlo.

—Es el mejor consejo que me ha dado, suegra —dijo, y no de manera burlona, sino con un tono de cariño y admiración genuino. En su regazo, el bebé hermoso como los ángeles renacentistas gorjeaba feliz.

*

La maravillosa reunión familiar sucedió cuatro veces más, cada fin de semana. Aquella noche se cumpliría un mes exacto de la visita del padre. Ella se había convencido de que lo sucedido fue un sueño: esa familia perfecta que la visitaba sin falta le resultaba lo más natural del mundo, y hubiera seguido creyendo la teoría del sueño de no ser porque Hermes se aposentó en su habitación con maullidos insistentes, invadiendo el lugar con un olor muy desagradable: una mezcla de carne en descomposición y algo chamuscado. Al parecer sólo ella podía percibir la peste que, a pesar del incienso, las velas aromáticas y la ventana abierta, no se iba.

—Regina, no olvides el papel que tienes guardado en el tocador —dijo el gato y a ella casi se le para el corazón.

—¿Fuiste tú el que habló? —preguntó con la mano sobre el pecho, pero Hermes ya se estaba lamiendo sus partes pudendas sin ponerle atención. Tras unos minutos, cuando finalizó su tratamiento de belleza, hizo unos ruidos infernales y vomitó una bola de pelos sobre el tapete junto a su cama.

«Me estoy volviendo loca», pensó. Tampoco podía engañarse: en el fondo era consciente de que tenía una deuda. Ya no se atrevía a mirar su antigua película favorita por las noches. Ahora se dormía pensando en sus nietos hermosos, rogándole a Dios, con disimulo, que la sacara de su miseria por la vía natural o, en su defecto, a alguno de los residentes más enfermos del asilo, pero sus plegarias no habían sido contestadas y esa noche era la fecha límite. Tendría que tomar acción: su vida y su tardía felicidad estaban en juego. Se puso las pantuflas y salió a caminar por el pasillo, con Hermes zigzagueando entre sus piernas. Detrás de las puertas cerradas podía escuchar las voces de los viejos que hablaban solos, distintos niveles de toses severas con su respectivo carraspeo y gargajo, boleros antiguos a un volumen aceptable para la noche. Más bajo, aunque no pudiera escucharlas, sabía que también había plegarias, lágrimas, flatulencias, delirios, soledad, dolor y desesperación, como la suya. «¿Qué voy a hacer?».

Hermes se detuvo frente a la puerta con el número 123 y Regina casi se tropezó con él. Logró detenerse de la pared, y necesitó unos segundos para recuperar el aliento. Siempre que se está cerca de un accidente que no ocurre, el alma se escapa un poco. Cerró los ojos y se persignó con rapidez, agradeciendo a la providencia que no se cayó ni se rompió la cadera. Cuando abrió los párpados, el gato la contemplaba sentado desde el umbral, maullando impaciente. Regina miró a ambos lados del pasillo como si fuera a cruzar la calle y comprobó que estaba sola. Sólo entonces se atrevió a abrir la puerta despacio y, aunque chirrió, nadie pareció notarlo.

En la cama estaba don Ernesto, probablemente el anciano más abominable en la historia de la residencia. En lugar de ir al baño, le gustaba hacer sus necesidades, tanto líquidas como sólidas y las de estado intermedio, adentro de frascos que luego guardaba debajo de la cama, junto con los rastros de su falta de puntería. A pesar de que el personal de limpieza trabajaba a marchas forzadas para limpiar su cuarto, un perenne hedor a orines y heces prevalecía adherido a las paredes. Las enfermeras se quejaban de su exhibicionismo: nada le gustaba más que andar desnudo debajo de una bata de baño que abría a la menor provocación. No faltaban sus miradas lascivas, las nalgadas resbalosas, los comentarios sexuales y sus bromas soeces. Coronaba su lista de cualidades con gritos, insultos, un pésimo humor y la actitud de un tirano ante sus siervos. La lista de desagravios en contra del personal femenino y de otras residentes era larga y perturbadora. Y allí estaba, roncando como si no hubiera un mañana, satisfecho de hacer insoportable la vida de los demás.

Regina se cubrió la nariz con el antebrazo antes de adentrarse en la habitación y cerrar la puerta tras de sí. Escuchó algunos grillos en el jardín y una motocicleta cruzando la avenida. Hermes se trepó a la cama y le dedicó una mirada bastante peculiar. Si lo que había dicho Karras sobre el gato era cierto, ella no estaría haciendo más que acelerar un poquito el proceso natural. Después de todo, en el libro de la vida está escrito el momento de cada quien.

Miró la hora en su reloj: faltaban diez minutos para la media noche. Trató de sopesar el problema moral en la balanza del sentido común. Por un lado, a Regina le gustaba tener un hijo, una nuera y tres nietos. Por otro, a nadie le caía bien don Ernesto y sus modos, agresividad y constantes groserías y humillaciones. Además, siempre había una larga lista de ancianitos en espera para ser admitidos a la residencia. No era tan difícil de decidir en realidad si uno se ceñía sin sentimentalismos a las cuestiones más pragmáticas.

Puso el seguro en la puerta y cerró las cortinas con cuidado, caminando de puntitas de manera silenciosa. Milagrosamente sus pantorrillas pudieron hacerlo sin problema. Luego tomó uno de los cojines del sofá. Quizá no era lo más higiénico, pero qué importaba ya. Hermes emitió un maullido quejoso y el viejo se removió en su sueño. Ella se hincó despacio sobre el colchón, sintiendo el plástico caliente debajo de la sábana; colocó el cojín sobre ese rostro amarillento y amargado, y presionó con todas sus fuerzas mientras pensaba en la visita familiar del próximo fin de semana.

(De: Un descuido cósmico, Tusquets, 2023)