La cacería del oso

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DELA SEMANA

Por William Faulkner

Esto es Ratliff quien lo cuenta. Es un vendedor de máquinas de coser; hubo un tiempo en que viajaba por todo el condado en una carreta ligera, robusta, con un tiro de dos caballos recios, flacos, desparejados; ahora usa un Ford T, en el que también lleva la máquina de muestra en una caja de hojalata, en la trasera, dentro de una funda que tiene forma de caseta de perro y va pintada de tal modo que recuerda una casa.

A Ratliff se le suele ver en cualquier parte sin que a nadie sorprenda: es el único hombre que está presente en las tómbolas para recaudar fondos, en las reuniones de costura de las mujeres; se le ve andar a su antojo entre hombres y mujeres en las congregaciones de los coros que duran un día entero, en las iglesias del medio rural, y se le oye además cantar con una agradable voz de barítono. Estuvo incluso en este campamento de la cacería del oso del que habla ahora, el campamento anual de caza que organiza el comandante De Spain en la llanura aluvial, a unas veinte millas de la ciudad, por más que allí no hubiera nadie a quien de ninguna manera le hubiera sido posible encasquetar una máquina de coser, toda vez que la señora de De Spain sin duda ya era dueña de una, a no ser que se la hubiese regalado a una de sus hijas casadas, puesto que el otro hombre —el hombre llamado Lucius Provine—, con el que se lió en virulento perjuicio de su propia cara y de otros integrantes de la partida de caza, nunca hubiera estado en condiciones de comprarle una para su esposa, ni siquiera queriendo, a menos que Ratliff se la vendiese a plazos y dándole un margen indefinido.

Provine también es nativo del condado. Pero ahora ya tiene cuarenta años, y ha perdido la mayor parte de los dientes y las muelas, y años han pasado desde que, con su hermano muerto y con otro coetáneo también muerto y olvidado, que atendía por el nombre de Jack Bonds, formase la famosa banda de Provine, que aterrorizó nuestra sosegada localidad a la manera, tan poco imaginativa, de los jóvenes asilvestrados que se ponían a disparar las pistolas en la plaza los sábados por la noche, a altas horas, o a abrirse paso con los caballos al galope por las callejas llenas de histéricas señoras que acudían a la iglesia los domingos por la mañana. Los ciudadanos más jóvenes no le conocen de nada, saben a lo sumo que es un hombre alto, al parecer fuerte, sano, que haraganea con aire meditabundo y saturnino allí donde se le permite pasar el rato sin hacer nada, sin que nunca lo acepte exactamente ninguno de los grupos, y que no hace además el menor esfuerzo por garantizar el sustento de su esposa y de sus tres hijos.

Hay otros hombres entre nosotros cuyas familias pasan necesidades, hombres que tal vez tampoco iban a ponerse a trabajar de ninguna manera, pero que ahora, desde hace ya unos cuantos años, no encuentran trabajo. Todos ellos adquieren y conservan cierta respetabilidad actuando en calidad de agentes de venta de los fabricantes de artículos de necesidad más bien secundaria, como son el jabón y los accesorios de aseo para hombres, o los utensilios de cocina, y a los que se ve de continuo por la plaza y por las calles adyacentes, acompañados siempre por un pequeño maletín negro en el que llevan las muestras. Un día, con gran sorpresa para todos nosotros, Provine también apareció con uno de esos maletines, aunque en menos de una semana los agentes del municipio descubrieron que llevaba whiskey en botellas de medio litro. A saber cómo, el comandante De Spain logró sacarlo del atolladero, tal como era el comandante De Spain quien sustentaba a su familia estirando al máximo el dinero que mal que bien ganaba la señora Provine con sus labores de costura y similares, acaso en un gesto a la romana de saludo y despedida de aquella figura destacada que fue Provine antes de que el tiempo le zurrase y se lo llevara por delante.

Y es que hay entre nosotros hombres de mayor edad que recuerdan a aquel matón que era Provine —se da el caso de que además ha perdido, a saber cómo, en algún vericueto de su desaliñado historial, la sabrosa temeridad de su sobrenombre, «el Matón»— veinte años atrás; recuerdan a aquel jovenzano que no tenía el menor sentido del humor, aunque sí era dueño de un irresistible, inexpresado afán de seguir respirando, que tiempo atrás parece que se hubiera extinguido en él, en el mismo que llevó a cabo con espléndido frenesí, que tal vez fuese debido más que nada al alcohol, algunas hazañas espontáneas e insultantes, una de las cuales fue la merienda campestre con los negros. La merienda tuvo lugar en una iglesia para negros que estaba a no mucha distancia de nuestro pueblo. En plena merienda, los dos Provine y Jack Bonds, que regresaban de un baile en el campo, aparecieron a caballo con las pistolas desenfundadas y unos cigarros puros recién encendidos, y tomando a todos los negros uno por uno les aplicaron la brasa del cigarro en aquellos populares cuellos duros, de celuloide, que se gastaban en la época, dejando a cada una de las víctimas marcada con un brusco, tenue e indoloro anillo carbonizado. De éste es del que ahora habla Ratliff.

Pero hay una cosa más que conviene tomar buena nota aquí para terminar de armar el escenario en el que intervendrá Ratliff. Cinco millas más allá del río, contando a partir del campamento del comandante De Spain, y en una zona aún más silvestre, en la jungla de cañaverales que crecía a la orilla del río, entre los gomeros y los robles de agua, existe un montículo de enterramiento de los indios. Aborigen, cobra una altitud notable y resulta honda y oscuramente enigmático, por ser la única elevación de esa clase que hay en la llanura aluvial por la que entorpece toda penetración la espesura de la vegetación. Para algunos de nosotros, aun cuando fuésemos niños y descendiésemos de familias leídas y escribidas, de gente del pueblo y de la ciudad, encerraba connotaciones de sangre violenta, de salvaje y súbita destrucción, como si los alaridos de guerra y las hachas que asociábamos con los indios gracias a las ocultas, secretas noveluchas de medio pelo que nos pasábamos los unos a los otros, no fueran sino manifestaciones triviales y pasajeras de ese poder siniestro que aún habitaba o acechaba por aquellos pagos, tenebroso, algo sardónico, como una bestia oscura y sin nombre que se hubiese adormilado perezosa y con las fauces ensangrentadas, todo ello debido acaso al hecho de que un remanente del que fuese otrora poderoso clan de la tribu de los chickasaw aún vivía allí mismo, acogido a la protección del Gobierno. Ya todos tenían nombres americanos y vivían tal como vivían a su vez los escasos pobladores blancos que los rodeaban.
Pero no los veíamos nunca, puesto que nunca venían al pueblo, ya que tenían su propio poblado e incluso un colmado en donde se vendía de todo. Cuando nos fuimos haciendo mayores caímos en la cuenta de que no eran ni más salvajes ni más analfabetos que la población blanca, y que seguramente su mayor alejamiento de la norma —y esto, en nuestro país, no es desviación muy digna de nota— era el hecho de que fuesen algo más que simples sospechosos de destilar whiskey casero en las ciénagas cercanas al río. Con todo, para nosotros, de niños, eran más bien seres de fábula, y sus vidas recluidas en las ciénagas eran inseparables de la vida de aquel tenebroso montículo de los indios, que algunos ni siquiera habíamos visto jamás, por más que todos hubiésemos oído de su existencia, como si ellos fuesen, por designio de las potencias tenebrosas, los guardianes del túmulo.

Como ya digo, algunos nunca habíamos visto el montículo de los indios, aunque todos teníamos noticia de su existencia, y todos hablábamos de él como suelen hablar los chicos. Formaba tan gran parte de nuestra vida y nuestro trasfondo como la tierra misma, como la guerra de Secesión perdida y la marcha del general Sherman, o como el hecho de que hubiera entre nosotros negros que vivían en competencia económica y que llevaban los mismos apellidos que nosotros, sólo que eran algo más inmediato, más poderoso, más vivo. Cuando yo tenía quince años, junto con un compañero, y por una apuesta, por ver quién era el valiente, fuimos al montículo de los indios un día a la puesta de sol. Vimos a algunos de los indios por vez primera; nos dieron ellos indicaciones y llegamos a lo alto del montículo cuando se ponía el sol. Habíamos llevado útiles de acampada, pero no hicimos una fogata. Ni siquiera nos preparamos dónde dormir. Estuvimos sentados los dos, uno junto al otro, en el montículo de los indios, hasta que hubo luz suficiente para encontrar el camino de regreso. No hablamos. Cuando nos miramos uno al otro con la grisácea luz del alba, teníamos los dos la cara también grisácea, callada, seria, muy seria. Cuando llegamos al pueblo tampoco nos dijimos nada. Nos despedimos y cada cual se fue a su casa y se metió en la cama. Eso era lo que pensábamos o sentíamos sobre el montículo de los indios. Éramos niños, es cierto, pero éramos descendientes de aquellos que leían y escribían y que debieran haber estado por encima de toda superstición y ser impermeables a un temor irreflexivo.

Ahora es Ratliff quien cuenta lo de Lucius Provine y su ataque de hipo.

Cuando volví al pueblo, el primer tío al que me encuentro va y me dice:

—¿Qué te ha pasado en la cara, Ratliff? ¿Es que De Spain se ha servido de ti en vez de azuzar a sus perros para cazar al oso?

—Qué va, chicos —le digo—. Ha sido un puma.

—¿Y qué pretendías hacer con un puma, Ratliff? —dice uno.

—Chicos —le digo—, a mí que me cuelguen si lo sé.

Y era verdad. Pasó un buen rato, cuando por fin me arrancaron de encima a Luke Provine, hasta que por fin me pude enterar. Y es que nunca llegué a saber quién era el viejo Ash, tal como tampoco lo llegó a saber Luke. A lo sumo supe que era el negro del comandante, que echaba una mano con las cosas del campamento. Todo lo que llegué a saber, cuando empezó todo el lío, era que mi intención, o lo que me propuse hacer, fue ayudar a Luke, eso seguro, o a lo mejor al principio sí me propuse pasar un buen rato sin hacerle ningún daño, e incluso a lo mejor pensé en hacerle un favorcito al sacarlo, al sacar a Luke, fuera del campamento, porque… pero sólo quise sacarlo de allí un rato. Y entonces va y resulta que a eso de la medianoche aparece un tío corriendo a tontas y a locas, como un poseso, y llega desde el bosque más asustado que un ciervo acosado por la jauría, y aparece a todo correr en donde se estaba montando la partida de póquer, así que le digo:

—Vaya, contento tendrías que estar. Has huido sano y salvo, te los has quitado de encima.

Y él se para en seco y me lanza una mirada fulminante, de pavor y de asombro; ni siquiera se había enterado de que ya no lo perseguían; y a tontas y a locas va y se lanza a por mí como un granero que se derrumba.

Así acabó, de golpe y porrazo, la partida de póquer. Tres o cuatro fueron necesarios para quitármelo de encima, mientras el comandante se revolvió en su silla con un trío de treses en la mano y aporreando la mesa y despotricando y soltando maldiciones. Claro que gran parte de la ayuda que me prestaron no fue otra que pisotearme la cara y las manos y los pies. Fue como un incendio: son los tíos de la manga de agua los que causan la mayor parte de los destrozos.

—¿Qué infierno condenado significa todo esto? —vocifera el comandante mientras tres o cuatro tíos sujetan a Luke, que se ha echado a llorar como un bebé.

—¡Él me los ha echado encima! —dice Luke—. ¡Es él quien me mandó allá arriba, y lo voy a despanzurrar!

—¿Que te ha mandado dices? ¿Y adónde te ha mandado? —dice el comandante.

—¡A los indios! —dice Luke llorando sin parar. Acto seguido intentó lanzarse de nuevo a por mí, sacudiendo a los tíos que lo estaban sujetando por los brazos como si fuesen muñecos de trapo, hasta que el comandante lo calló en seco a fuerza de improperios y maldiciones. Sigue estando hecho un hombre. No os dejéis engañar ninguno cuando diga que ya no tiene fuerzas para trabajar como antes. A lo mejor es porque nunca le ha dado por llevar de paseo su fuerza y lucirla en uno de esos bolsos negros que van llenos de tirantes rosa y de jabón de afeitar. El comandante me preguntó entonces a qué se debía todo aquel follón, así que le conté que yo sólo quise echarle una mano a Luke para que se le curase el hipo de una vez por todas.

A mí que me cuelguen si no sentí verdadera lástima de lo que le pasaba. Resulta que yo por un casual pasé por allí, así que se me ocurrió que podía acercarme a hacerles una visitilla y ver qué tal se les iba dando la caza, si hubo suerte o no, y me acerqué con la puesta del sol, y el primer tío al que me encuentro resulta que es Luke. No me extrañó, puesto que ésa era por lo común la reunión más concurrida, sólo de hombres, en todo el condado, y eso por no hablar de las comilonas y del whiskey gratis, así que voy y le digo:

—Caramba, qué sorpresa.

A lo que va y dice él:

—¡Hip… oh! ¡Hip… oh! ¡Hic… oh! ¡Hic… oh! ¡Dios!

Tenía hipo desde las nueve de la noche anterior; no había parado de darle al jarro cada vez que el comandante le ofrecía un trago, además de todas las veces en que pudo echarle el guante sin que el viejo Ash lo viese; dos días antes, el comandante había cazado un oso, y digo yo que Luke ya se había zampado más chuletas grasas de oso bien cebado de zarigüeyas, por no decir nada de toda la carne de venado que habrían comido, añadiendo de paso a lo mejor algún mapache y alguna ardilla para dar sabor a la salsa, más de lo que se hubiera podido llevar en una carreta. Y allá que estaba, al menos a tres hipidos por minuto, como una de esas bombas de relojería, sólo que era carne de oso y whiskey lo que llevaba entre pecho y espalda, por lo que no estaba en su mano explotar para librarse de semejante penuria.

Me contaron que ya les había dado la noche a todos, que apenas ni uno solo fue capaz de pegar ojo, y que el comandante se levantó con un enfado que no veas, y que se largó con la escopeta y con Ash para que se encargase de los dos perros, y que Luke los siguió supongo que por pura penuria, digo yo, puesto que no había podido dormir más que ninguno de los otros, y que iba pegado al comandante y que no paraba de decir:

—¡Hip… oh! ¡Hip… oh! ¡Hic… oh! ¡Hic… oh! ¡Ay, Señor! —y así hasta que el comandante se vuelve a él y le dice:

—Tú vete ya mismo al infierno con aquellos de las escopetas que han ido a los puestos del ciervo. ¿Cómo leches cuentas con que siga yo el rastro de un oso o que oiga a los perros cuando lo azucen, eh? Tal como vas, igual me daría ir montado en una motocicleta.

Así que Luke regresó a donde estaban los de las escopetas en los puestos del ciervo, situados a lo largo de un terraplén de contención hecho con troncos. Digo yo que más que ir para allá se debió de apagar por el camino, como la motocicleta que había traído el comandante a colación. Ni siquiera se propuso guardar silencio. Me parece que se daba cuenta de que no serviría de nada. Tampoco quiso mantenerse en campo abierto, alejado del bosque. Para mí que seguramente pensó que cualquier idiota sabría sólo con oírlo que por allí no había ni rastro de ciervo alguno. No. Me parece que era tanta su penuria para entonces que sólo pudo albergar la esperanza de que alguien le pegara un tiro. Pero no, nadie, nunca, así que va y llega al primer puesto, donde estaba el tío Ike McCaslin, y se acomodó en un tronco, detrás del tío Ike, con los codos apoyados en las rodillas y la cara entre las manos, y dale que te pego:

—¡Hip… oh! ¡Hip… oh! ¡Hip… oh! ¡Hip… oh! —hasta que el tío se vuelve y le dice:

—Así se te lleven los perros del infierno, muchacho. Anda, larga de aquí. ¿Tú te crees que hay alimaña en el mundo que vaya por gusto a una compresora de heno? Lárgate y bebe algo de agua.

—Eso ya lo he probado —dice Luke sin mover un dedo—. No he hecho otra cosa que beber agua desde las nueve de ayer noche. Ya he bebido tanta agua que si me caigo me voy a rebosar como un pozo artesiano.

—Pues igual me da: largo de aquí —dice el tío Ike—. Desaparece de aquí ahora mismo.

Total que Luke, hecho una pena, se levanta y se larga dando tumbos, y los hipidos mueren a lo lejos como si viajase en uno de esos motores de gasolina de un solo cilindro, sólo que con un golpe de pistón más frecuente y más regular. Bajó hasta el terraplén de contención en busca del siguiente puesto, y de allí también lo echaron con cara de pocos amigos, y siguió hasta el tercero. Digo yo que aún albergaba esperanzas de que alguien se compadeciera de él y le pegase un tiro sin más contemplaciones, porque en ese momento pareció que se rindiera ya del todo. A esas alturas, cuando llegaba a la parte del «ay, Señor» con que remataba cada sarta de hipidos, dicen que se le oía desde el mismísimo campamento. Dicen que el eco rebotaba por todo el cañaveral, al otro lado del río, como si fuera uno de esos altoparlantes que se colocan en el fondo de un pozo. Dicen que hasta los perros que iban siguiendo el rastro dejaron de aullar, así que fueron llegando todos y lo mandaron de vuelta al campamento.

Ahí es donde aparezco yo. Y allí estaba también el viejo Ash, pues resulta que el comandante había vuelto a echarse una siestecita, y ni yo ni Luke nos fijamos en él, más que como se fija uno en un negro más de los que andan por ahí.

Ésa fue la cosa. Ninguno de los dos estaba al tanto, ninguno de los dos sabía nada de él. A mí que me cuelguen si a veces no parece como si, cuando uno se decide a gastar a otro una broma, no resulta que es él quien se va a llevar una broma de las lindas; es como si existiera un gran poder escondido en alguna parte a oscuras, al que se propone uno tomarle el pelo porque sí, y sin saberlo, y todo depende de que el poder de marras sepa cómo tomarse una broma o no, sepa o no cuándo le estalla en toda la cara, como me pasó a mí con ésta. Y es que va y le digo:

—¿Y dices que tienes hipo desde las nueve de anoche? Caramba, eso ya casi son veinticuatro horas. A mí me da que más te vale hacer algo para que se te pase de verdad.

Y él me mira como si no supiera decidir si saltarme al cuello y arrancarme la cabeza de un mordisco o si tratar de arrancarse la suya de cuajo, y me dice:

—¡Hip… oh! ¡Hip… oh! —lento y constante. Y va y dice—: Si es que no me lo quiero quitar. Es que resulta que me gusta. Pero si lo tuvieras tú, ya te lo quitaba yo, ya. ¿Quieres que te cuente cómo?

—¿Cómo? —le digo.

—Te arrancaba la cabeza. Ya ibas a ver como así no tenías ni con qué hipar. Así no te daría la lata el hipo. Y a mí, qué quieres, me encantaría quitarte el hipo así.

—Ya te digo… —le digo, y lo miro allí sentado en los peldaños de la cocina, como si acabara de cenar, y eso que no había cenado nada, natural, teniendo el gaznate como lo tenía, convertido en una calle de sentido único, y entre tanto, dale que te pego:

—¡Hip… oh! ¡Hic… oh! ¡Hic… oh! ¡Hic… ah! —porque digo yo que el comandante le tenía que haber dicho qué le iba a pasar como le diera por ponerse otra vez a hipar a voz en cuello. Yo nunca quise hacerle nada malo, la verdad. Además, ya me habían contado que no dejó a nadie pegar ojo en toda la noche, la noche anterior, y que para colmo había espantado a toda la caza que hubiera en esa parte del llano, junto al río, y que, para rematarla, con tanto caminar pues se había entretenido en pasar el tiempo. Así que voy y le digo:

—Creo que de veras sé cómo te lo podrías quitar, en serio. Claro que si tú no quieres, pues allá penas.

Y va y me dice:

—Ojalá me dijera alguien qué hay que hacer. Diez dólares le daba sólo a cambio de estar aquí un minuto sin decir «hip».

Bueno, pues está claro que eso lo puso en marcha. Fue como si hasta ese momento las tripas se le hubieran quedado contentas con cada «¡hic… oh!», constante, pero ya sin armar mucho alboroto, y como si en ese momento, cuando se acordó, se le hubiese abierto un corte, una herida, porque en menos que canta un gallo se puso a dar unos hipidos morrocotudos.

—¡Hip… oh! ¡Dios mío!

Igualito que cuando los tíos de los puestos del ciervo lo echaron para atrás y le hicieron volver al campamento, y oí los pasos del comandante entonces. Hasta sus pasos sonaban a enfado monumental, así que voy y le digo, deprisa:

—¡Chsst! No querrás que el comandante se vuelva a enfurecer contigo, digo yo.

Así que se sosegó un poco, allí sentado en los peldaños de la cocina, mientras el viejo Ash y los otros negros se ocupaban de sus cosas yendo y viniendo por la cocina, y va y me dice:

—Dispuesto estoy a probar todo lo que me digas. Ya he probado todo lo que yo sé y todo lo que me han dicho que se puede hacer. He contenido la respiración a más no poder, y he bebido y he respirado agua, tanta, hasta sentirme como uno de esos anuncios de neumáticos grandes de automóvil, y me he colgado por las rodillas de esa rama, ¿la ves?, durante un cuarto de hora, y he bebido hasta medio litro de agua boca abajo, y no sé quién me dijo que me tragase lo que lleva un cartucho dentro, y ya lo he hecho. Y sigo teniendo hipo. ¿Qué sabes tú que me pueda aliviar?

—Bueno —le digo—, no sé qué harías tú. Pero si fuese yo el que tuviese hipo, te aseguro que me iba ahora mismo al montículo de los indios y le pedía al viejo John Basket que me lo curase.

Se enderezó en donde estaba sentado y se volvió despacio y me miró, y a mí que me cuelguen si pasó un minuto entero sin que tuviese un ataque de hipo.

—¿John Basket? —dice.

—Pues claro —le digo—. Los indios saben toda clase de estratagemas y remedios de los que los médicos blancos aún no han oído hablar. Seguro que está encantado de hacerle un favor así a un blanco, date cuenta, eso lo haría cualquiera de los pobres aborígenes, porque los blancos los han tratado de maravilla, y no sólo les han dejado conservar ese amontonamiento de tierra que hoy en día nadie quiere para nada, sino que además les han dejado ponerse nombres como los nuestros y vender harina y azúcar y aperos de labranza a un precio más que razonable, semejante al que tendría que pagar un blanco. Tengo entendido que de aquí a nada les van a dejar que vengan al pueblo una vez a la semana. El viejo Basket estaría encantado de curarte el hipo, te lo digo yo.

—John Basket —dice—. Los indios… —dice, y se queda parado hipando despacio y en voz baja y sin cesar. Y va y dice de pronto—: ¡A mí que me cuelguen si voy!

Así, qué quieres, a mí que me cuelguen si lo que dijo no sonó como si estuviera llorando. Se puso en pie de un salto y empezó a despotricar, aunque cada maldición sonaba como si estuviese llorando.

—Aquí no hay un solo hombre que tenga compasión de mí, ni blanco ni negro. He sufrido sin parar durante más de veinticuatro horas, sin comer y sin dormir, y ninguno de esos hijoputas se ha compadecido de mí.

—Bueno, eso es lo que yo intentaba —le digo—. No soy yo el que tiene hipo. Sólo había pensado en eso al ver que has llegado a un extremo en el que no hay hombre ni blanco ni negro que te pueda ayudar. Pero no existe ninguna ley que te obligue a ir allá arriba para quitártelo de una vez.

Así que hice como que me iba. Di la vuelta a la esquina de la cocina y lo vi sentarse de nuevo en los peldaños, y dale que te pego:

—¡Hip… oh! ¡Hip… oh! —de nuevo despacio y sin armar mucho alboroto, y entonces, por la ventana de la cocina, veo al viejo Ash parado ante la puerta, completamente quieto, con la cabeza ladeada, como si hubiera aguzado el oído. Pero seguí sin sospechar nada. Ni siquiera sospeché nada cuando, al cabo de un rato, vi a Luke levantarse de nuevo, de repente, pero tranquilo, y quedarse un minuto largo mirando por la ventana a la partida de póquer que estaban jugando los demás, y luego lo vi mirar hacia la oscuridad, por el sendero que conducía al llano. Entró entonces en la cabaña, muy tranquilo, y salió al cabo de un minuto con un farol encendido y una escopeta. No sé a quién le había cogido la escopeta y no creo que ni él lo supiera, ni que tampoco le importase. Salió tan tranquilo, decidido, y echó a caminar por el sendero. Vi bastante bien el farol, pero aún lo seguí oyendo a lo lejos, mucho después de que el farol se lo tragase la oscuridad de la noche. Volví a la cocina y aún escuchaba morir a lo lejos sus hipidos por el llano cuando el viejo Ash me habló a mi espalda:

—¿Pallá arriba que se fue?

—¿Arriba? ¿Adónde? —le digo.

—Pallá arriba, al monte los indios —dice.

—Bueno, pues a mí que me cuelguen si lo sé —le digo—. La última vez que hablé con él no parecía que estuviera resuelto a ir a ninguna parte. A lo mejor sólo ha decidido darse un paseo. Puede que le siente bien; a lo mejor le ayuda a dormir esta noche y se le abre el apetito mañana a la hora del desayuno. ¿A ti qué te parece?

Pero Ash no llegó a decir nada. Se volvió a la cocina. Y yo seguí sin sospechar nada de nada. ¿Cómo iba a sospechar? Nunca había visto Jefferson en aquellos tiempos. Ni siquiera había visto un par de zapatos, y menos aún el colmado y las dos tiendas en fila, ni un arco de luces había visto. Así que me fui a donde estaban jugando al póquer, y voy y les digo:

—En fin, caballeros. Pues me parece que esta noche sí que vamos a poder dormir.

Y les conté lo que había ocurrido, porque muy probablemente se iba a quedar por allá hasta que asomase la luz del alba, en vez de volver andando a oscuras, cinco millas a la ida y cinco a la vuelta, porque a lo mejor a los indios no les importaba mucho una tontería como era que uno tuviese hipo, cosa que sí molestaba a los blancos. Y a mí que me cuelguen si el comandante no se encabritó al enterarse de esto.

—Maldita sea, Ratliff —me suelta—, no deberías haber hecho una cosa así.

—Bueno, comandante, yo sólo se lo sugerí por pura broma —le digo—. Le he dicho que el viejo Basket es una especie de médico.
Pero no contaba yo con que se lo tomase en serio. En fin, a lo mejor ni siquiera se ha ido allá arriba. A lo mejor sólo se ha ido a ver si caza un mapache.

Pero la mayoría pensó lo mismo que yo.

—Que se vaya si quiere —dice el señor Fraser—. Así se pase toda la noche caminando. Maldita sea, si no he pegado ojo en toda la noche por su culpa… Reparte las cartas, tío Ike.

—Ahora ya no hay quien lo pare —dice el tío Ike repartiendo las cartas—. Y quién sabe: a lo mejor John Basket sí que puede remediarle ese hipo del demonio. Será botarate el jovenzuelo, que se ha puesto de comer y de beber tan hasta arriba que ya no puede ni tragar un bocado. Esta mañana se me puso detrás de mí y aquello sonaba como una compresora de heno. Llegué a pensar que iba a tener que pegarle un tiro para librarme de él… Apuesto un cuarto a la reina.

Así que me senté a verlos jugar, pensando de vez en cuando en el chalado de la escopeta y el farol, que iría dando traspiés, a tientas por el bosque, resuelto a recorrer cinco millas a oscuras con tal de poner remedio al hipo que lo traía a mal traer, mientras todas las alimañas del bosque lo estarían viendo y estarían preguntándose qué clase de cacería era ésa, qué clase de alimaña bípeda era la que hacía un ruido como ése, y pensando también en los indios del montículo cuando lo vieran llegar caminando, y no me pude contener las ganas de reír, hasta que va y dice el comandante:

—¿Se puede saber qué demonios murmuras y qué te hace tanta gracia?

—¡Nada, nada! —le digo—. Sólo estaba pensando en un tío que conozco yo.

—Pues maldito seas si no deberías haber ido allá con él —dice el comandante. Decidió entonces que ya era hora de ponerse a beber y se puso a dar voces llamando a Ash. Al final fui yo hasta la puerta y llamé a gritos a Ash, gritando hacia la cocina, pero fue otro de los negros el que contestó. Cuando entra con el caneco y lo demás, el comandante lo mira y dice—: ¿Dónde está Ash?

—Sa marchao —dice el negro.

—¿Cómo que se ha marchado? —dice el comandante—. ¿Se ha marchado adónde?

—Dice que sa marchao pal monte los indios —dice el negro.

Y yo seguía sin saber nada, sin sospechar ni recelar nada. Me dije entonces: «A ese viejo negro se le ha reblandecido de repente el corazón, y mucho, temeroso de que Luke Provine se vaya caminando él solito en la oscuridad. O a lo mejor es que a Ash le gusta cómo suenan los hipidos».

—¿Al montículo de los indios? —dice el comandante—. Caramba, como cuando vuelva se haya puesto hasta las orejas del whiskey ese que destila John Basket, ese whiskey que te revienta la sesera, juro que lo despellejo vivo.

—Si na dicho a qué iba —dice el negro—. A mí sólo ma dicho que siba pal monte los indios y que volvía pal amanecé.

—Más le vale —dice el comandante—. Más le vale volver bien sobrio.

Así que allá nos quedamos y siguieron ellos jugando a las cartas y yo mirándolos como un jodido bobo, sin sospechar nada de nada, pensando sólo que era una pena que el jodido negro hubiese decidido echar a perder el paseíto de Luke, y a eso de las once les da por decir que se van a ir a la cama, que al día siguiente iban todos a los puestos de caza, cuando oímos el ruido. Aquello fue como si una manada de caballos salvajes llegara al galope por el sendero, y sólo nos dio tiempo de llegar a la puerta a asomarnos, preguntándonos unos a otros qué demonios podía ser aquello, cuando el comandante va y dice:

—Pero en nombre de… —y va y cruza el porche como un huracán y la puerta se abre de golpe y allá que aparece Luke. Ni escopeta ni farol llevaba, y le habían arrancado la ropa a tiras, y venía con una cara de susto como la que ponen los chalados del manicomio de Jackson. Pero lo principal y lo primero que noté fue que ya no hipaba. Y esta vez además estaba a punto de llorar.

—¡Si querían matarme! —dice—. ¡Si me iban a pegar fuego! Quisieron atarme a la pila de la leña y uno de ellos ya venía con una tea prendida cuando logré por los pelos soltarme y echar a correr como un loco.

—¿Quiénes? —dice el comandante—. Por todos los demonios del infierno… ¿se puede saber de qué estás hablando?

—¡Los indios! —dice Luke—. Querían…

—¿Cómo? —vocifera el comandante—. Me voy a acordar de toda tu parentela como no te expliques bien.

Y fue en ese momento cuando tuve que meter la pata hasta el corvejón. Hasta ese momento ni siquiera me había visto.

—Pues al menos se te ha curado el hipo —le digo.

Fue en ese momento cuando se quedó quieto parado. No me había llegado a ver, pero en ese momento me vio. Se quedó quieto parado y me miró con esa cara de susto, que parecía que se hubiera escapado del manicomio de Jackson y hubiera que llevarlo allí cuanto antes.

—¿Qué? —dice.

—Pues que por lo menos te has librado del hipo —le digo.

En fin, qué quieres: se quedó quieto parado durante un minuto entero. Se le pusieron los ojos desorbitados y allí se quedó con la cabeza ladeada, escuchándose los entresijos. Digo yo que debió de ser la primera vez en que tuvo tiempo de descubrir que ya no tenía hipo. Allí se quedó un minuto entero con esa especie de cara de asombro como un pasmarote. Y entonces se me tiró al cuello. Yo seguía sentado en mi silla, y a mí que me cuelguen si durante un minuto entero no pensé que se nos había caído el tejado encima.
Bueno, pues al final me lo pudieron quitar de encima y lo tranquilizaron, y me limpiaron un poco y me dieron de beber y me sentí mejor. Pero ni siquiera con ese trago me sentí bien del todo, y no llegué a pensar que tuviera el deber por mi honor de sacarlo a la calle para poner las cosas en claro, como se suele decir por ahí. No, ni mucho menos. Yo sé bien cuándo he metido la pata y me he equivocado; el comandante De Spain no fue el único que cazó un oso durante aquella cacería; no, ni mucho menos. A mí que me cuelguen, porque si hubiera sido de día habría arrancado mi Ford y me habría largado con viento fresco. Pero es que era medianoche, y además no me podía quitar de la cabeza a aquel negro, a Ash. Y es que había empezado a sospechar que allí había más tomate del que saltaba a la vista. Y no era buena hora para volver a la cocina a preguntar por él, porque era Luke el que estaba sirviéndose en la cocina. El comandante también le dio un trago a él, y se había largado a la cocina a compensar los dos días que llevaba sin probar bocado, y estaba hablando por los codos el muy fanfarrón de lo que tenía pensado hacer con no sé qué hijoputa que le había querido gastar una broma de mal gusto, sin dar nombres, aunque más que nada se estaba ganando a pulso un nuevo hipo, un hipo que no veas, y eso que no iba a ser yo el que volviese a verlo.

Y así esperé hasta que se hizo de día, hasta que oí a los negros trajinar en la cocina, y entonces sí que volví. Y allí estaba el viejo Ash con la misma pinta de siempre, dando grasa a las botas del comandante antes de colocarlas cerca del fogón, y empuñando la escopeta del comandante para cargar los cartuchos. Sólo me miró a la cara una vez cuando entré, y siguió metiendo los cartuchos en el cargador.

—Así que anoche fuiste al montículo de los indios —le digo. Me volvió a mirar, pero enseguida agachó la cabeza. No dijo nada de nada, y siguió con la misma pinta de simio viejo, con el pelo todo crespo y alborotado—. Seguro que conoces a algunos de los que paran por allá arriba —le digo.

—A algunos sí conozco —dice, y sigue metiendo los cartuchos en la escopeta.

—¿Conoces a John Basket? —le digo.

—A algunos sí conozco —dice, pero sin mirarme.

—¿Lo viste anoche? —le digo. No dijo nada de nada, así que cambié de tono, como se suele hacer por ahí cuando algo se le quiere sonsacar a un negro—. Vamos a ver —le digo—. Mírame —me miró—. ¿Quieres hacer el favor de contarme qué fue lo que hiciste anoche allá arriba?

—¿Quién, yo? —dice.

—Vamos, hombre —le digo—. Esto ya es agua pasada. El señor Provine ha conseguido que se le cure el hipo y los dos nos hemos olvidado de lo que pudo suceder cuando regresó anoche al campamento. Anoche tú no fuiste allá arriba sólo para pasar el rato. O a lo mejor es que algo les dijiste allá arriba, algo le tuviste que decir al bueno de John Basket. ¿Es eso? —ya no me estaba mirando, y no dejaba de meter los cartuchos en la escopeta. Miró rápidamente a un lado y a otro—. Vamos, hombre —le digo—. ¿Quieres hacer el favor de contarme qué fue lo que hiciste anoche allá arriba, o prefieres que le diga al señor Provine que algo tuviste que ver en todo ello? —siguió cargando la escopeta y siguió sin mirarme, pero a mí que me cuelguen si por poco no llegué a ver cómo se estrujaba la sesera—. Vamos, hombre —le digo—. ¿Quieres decirme de una vez qué hiciste allá arriba anoche?

Y por fin me lo contó. Supongo que se tuvo que dar cuenta de que de nada iba a servirle empeñarse en ocultarlo, y que aun cuando no se lo dijera yo a Luke aún se lo podía decir al comandante.

—Pues ná, que le di esquinazo y llegué antes que él y les dije que a no mucho tardá llegaría un inspectó dacienda, pero que era un mequetrefe y que seguro le podían da un buen susto y que con eso se iba largá por piernas. Y así lo hicieron.

—¡Bueno! —le digo—. ¡Vaya, vaya! Y yo que pensaba que era muy bueno gastándoles una broma a los demás… —le digo—. Pero tú me ganas de largo. ¿Cómo fue la cosa? —le digo—. ¿Lo llegaste a ver?

—Pues no fue pa tanto —dice—. Bajaron por la senda en fila india y al poco aparece ése soltando hipidos y dando traspiés con el farol y la escopeta. Le quitaron el farol y la escopeta en un visto y no visto y se lo llevaron a lo altol monte y le hablaron allí en la lengua los indios un buen rato. Apilaron un poco leña y lo ataron allí mismo, pero sabiendo que se podía soltar cuando quisiera, y uno aparece con una tea ardiendo y de lo demás se encargó él solo.

—¡Vaya! —le digo—. ¡Ésta sí que es buena! ¡Al infierno que me voy de cabeza! —y de repente caí. Ya me había dado la vuelta y me iba a marchar cuando caí en la cuenta, así que me paro y le digo—: Una cosa más que me gustaría saber. ¿Por qué lo has hecho?
Siguió sentado en la caja de madera, frotando la escopeta con la mano, sin mirarme a la cara.

—Pues pa ayudarle a usté a curarle el hipo.

—Vamos, hombre —le digo—. No me lo creo. ¿Cuál es la razón de verdad? No te olvides que tengo unas cuantas cosas que le puedo contar tanto al señor Provine como al comandante, a los dos. Y no sé qué hará el comandante, pero te aseguro que sé muy bien lo que hará el señor Provine si le voy con el cuento.

Y él siguió frotando la escopeta con la mano. Estaba cabizbajo, como si pensara. No como si estuviera decidiendo si decírmelo o no, sino como si se acordase de algo ocurrido tiempo atrás. Y eso es exactamente lo que estaba haciendo, porque va y me dice:

—Ya no me da miedo que lo sepa. Una vez hubo una merienda en el campo. Hace mucho tiempo, ya va pa veinte años. Él era joven entonces, y en medio la merienda aparece con su hermano y con otro, no macuerdo su nombre, a caballo y con pistolas, y nos pillan a tos los negros de uno en uno y nos queman los cuellos la camisa. Él fue quien me quemó el mío.

—¿Y has esperado todo este tiempo y te has tomado tantas molestias para ajustarle las cuentas? —le digo.

—No es por eso —dice, frotando la escopeta con la mano—. Es por el cuello de la camisa. En aquellos tiempos un buen jornalero negro ganaba dos dólares a la semana. Yo pagué cincuenta centavos por el cuello. Era un cuello azul, con un dibujo en rojo de la carrera entre el Natchez y el Robert E. Lee. Y él me lo quemó entero. Ahora gano diez dólares a la semana. Ojalá supiera dónde se puede comprar otro cuello como aquél aunque me costara la mitad. Ojalá.

(De: Cuentos reunidos, 1934. Traducción: Miguel Martínez-Lage)

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