La caja de vidrio

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Ricardo Piglia

a Juan José Saer

Después del accidente Rinaldi y yo estamos siempre juntos.

Ahora, por ejemplo, está sentado ahí, hundido en la sillita baja, respirando con dificultad. No habla pero estudia mis reacciones. Un poco sofocado me apunta con su perfil de pájaro. Huele a tabaco y a agua estancada. Estoy convencido de que ha visto todo. La noticia salió en los diarios: no dicen nada de mí, apenas una referencia imprecisa. Fue un accidente. Las cosas hubieran sucedido igual de no haber estado yo. El chico jugaba en la plaza y la torre ardía bajo el sol.

Recuerdo los hechos como en un sueño. Un momento de debilidad y la vida de un hombre pierde todo su sentido. La tarde es clara y suave. En las macetas el olor de los claveles hace pensar en la muerte. Nos miramos en silencio. Ningún remordimiento, sólo un vago temor, impersonal, casi anónimo.

Hablo en presente, es tan fácil hablar en presente cuando ya nada se puede cambiar. «Anoche», dice Rinaldi de pronto, «me pareció que usted se quejaba en sueños». Yo le sonrío con mi rostro más dulce.

Una música dócil viene de la azotea; se entrevera y se pierde en el rumor de la ciudad. En la pieza hace demasiado calor. Aquí el aire es apacible. ¿Qué es lo que realmente ha visto Rinaldi? Eso no lo sé. En la plaza Genz, el gentil, distendido sobre el banco de madera adopta un tono distante. Conozco sus maneras y no me sorprende esa expresión ladina, como de alguien que ha tendido una trampa.

Cuando comprendo lo que va a hacer ya es demasiado tarde.

La oscuridad está en nuestros corazones. Cito de memoria; no hay otra cosa. Puedo estar tranquilo. ¿Puedo estar tranquilo?

Me engaño adrede. ¿Por qué se empeña, si no, en registrar los acontecimientos? Guarda el cuaderno en una caja sin llave.

Anota pensamientos, situaciones turbias, opiniones sobre mi persona. Hoy salimos a caminar. Él con aires de importancia, yo dúctil y suave. Vamos al salón de baile que está en Rodríguez Peña y Sarmiento. Piso encerado, espejos que se multi-plican en las paredes. Mujeres que huelen a perfume barato, a madreselva. Se compran tikes. Cada baile cuesta mil pesos.

Genz elige las canciones melódicas para lucirse. Aire soñador.

Baila toda la noche con una mujer altiva, de pelo renegrido.

Rinaldi es de nacionalidad uruguaya. Habla siempre de Tacuarembó. Su padre era ciclista profesional Campeón de la Banda Oriental. Una tarde me mostró la tricota amarilla: Club Wanders.

Vivimos juntos desde hace un año pero es poco lo que conozco de él. Salió de la nada, de la penumbra benigna de un bar donde tomaba, una detrás de otra, hondas jarras de cerveza negra, disuelto en el sosegado aleteo de los ventiladores a paleta. Camisa rayada, tiradores de seda y un brillo blando en sus ojitos de gato.

Habla con un jadeo asmático.

«¿No gusta (jadeo) tomar (jadeo) una cerveza (jadeo)?» (Él también ha escrito sobre mi modo de hablar. En el América donde voy a menudo a jugar al ajedrez encuentro siempre a un hombre muy flaco, de una timidez enfermiza y que habla tan bajo que nadie sabe lo que está diciendo. Por delicadeza se le contesta al azar y así sigue el diálogo. Por fin ayer —yo estaba un poco bebido— le digo:

«Sabe Genz que usted jamás ha hablado con nadie en su vida.

Todos le mienten». Se sorprendió y respondió con un susurro que no alcancé a oír.) Yo estaba solo en ese tiempo, perdido en la ciudad.

Un hombre invisible que anda por el mundo sin ser notado.

Quería empezar de nuevo. Quería empezar a vivir. Rinaldi se ocupó de mí. Fue como si siempre me hubiera conocido. Me miraba amistosamente, una sonrisa endulzando su rostro agrietado y yo me sentía feliz. Por eso lo traje a la pensión, por eso me decidí a compartir con él mi pieza. ¿Habrá que decir que soy un sentimental?

Más bien un hombre débil que jamás supo cuidarse. Yo no sé nada de Rinaldi. Ahora me doy cuenta, ahora que necesito saber algo de su vida. Es difícil hacerlo hablar de sí mismo. Se ríe de las confesiones y de la sinceridad. No tengo costumbre de contar lo que me sucede —

ha escrito en su diario—. Debe ser por orgullo y también a causa de mi torpeza. No quiero secretos ni estados del alma; no soy una virgen para jugar a tener vida interior.

Muy al principio, sin embargo, me mostró la foto de una mujer de rostro grave que se mató, según dijo, de amor por él.

Habíamos salido juntos a cenar y de pronto empezó a hablarme de ella. Una historia confusa, deshilvanada. Creí que era un alarde. ¿A quién no le gusta pensar que ha hecho morir de amor a una mujer?

Después (hace tres meses, cuando empecé a leer su diario) encontré entre sus papeles una carta.

Nunca nos encontramos como debimos encontrarnos, cristal soñador. Determinada y de tal manera sujeta, amigo mío,

¿puede conformarme una vida así? No es tan injusto entonces que abandone los amaneceres y los atardeceres (que hace tiempo ni me molesto en ver por otra parte) y el canto de los pájaros (nunca quise a los pájaros) o la íntima satisfacción de ver a mis hijas vistiéndose para ir a bailar (igual lo harán sin mí; aunque yo viva, igual tendrán falta de algo o se refugiarán en el recuerdo de una niñera que querían —van a decir, dirán— más que a su propia madre). Siempre supiste darme las explicaciones de las cosas y eran ciertas las explicaciones que me dabas; por mi parte prefiero imaginar, en lugar de saber, las razones por las cuales no sobrevivo al acontecimiento; no tengo 18 años, ni 25, ni siquiera 33. Todas las cosas que ha soportado mi cuerpo: el alcohol, los remedios para el alcohol. ¿Qué más da? Podrás entender, también ahora. Pero si sobreviviera (o sobreviviese), imagino tu sonrisa. Trataré de evitarte toda incursión (todo refugio) en la ironía. Siempre. Tu Dalia. Una mujer que tiene nombre de flor. A veces pienso que esa historia puede servirme.

Siempre un suicidio encierra la historia de un crimen. Quizá debo escapar, viajar al Uruguay, averiguar los detalles. Todos somos culpables de algo. No sólo yo. Conocer sus secretos, como él conoce los míos. Iba a dejarle la pieza. Se lo dije, elegí el momento.

Ahora ya es tarde, ahora estoy en sus manos. Frase ridícula.

Irme. Buscar otro refugio en la ciudad para meter mi cuerpo.

Volver a estar solo. Nadie que me vigile y se despierte en la noche para escuchar mis sueños. Estuve semanas pensando.

Soy un pusilánime. Carezco del valor necesario para elegir entre dos alternativas. Por eso sucedió todo. El accidente, quiero decir. Lo recuerdo (ya lo he dicho) como si fuera un sueño. La plaza, los canteros de pedregullo, la caja de vidrio, el ruido de los zapatos de Rinaldi en los canteros de pedregullo. Recuerdo, sí, el calor agrio, el vaho que incendiaba la ciudad. Rinaldi andaba por la pieza, medio desnudo. Se paseaba de un lado al otro, como un bicho, engordado por la cerveza y el aburrimiento; de un lado al otro, hasta que se detuvo contra la claridad mustia de la ventana y me dijo que necesitaba dinero. Una inesperada contingencia lo había obligado a empeñar su traje de verano. Me rogó que le prestara algo de plata para recuperar el traje porque tenía que encon-trarse con una mujer. Me habló de ella con sorna, falsamente.

Una muchacha de diecisiete años, rubia, de ojos celestes, que tocaba el piano. Tendido en la cama yo miraba su cara corroída, nublada por la claridad de la mañana. «La chica —decía él— se llama Nuty. Me espera en una casa con jardín, me siento entre las flores, bajo la glorieta y ella toca el piano para mí.

Toca Chopin, toca Mozart, Beethoven.» Caminaba por la pieza, sudado y turbio, y yo lo dejaba hablar. Por fin le dije que iba a darle el dinero. «Voy a darle el dinero», le dije, «pero además quiero avisarle que me voy a ir. Le dejo la pieza.»

Rinaldi se rozó el pecho con la palma de la mano, atento, escéptico.

«¿Avisarme?», dijo y empezó a sonreír. «¿Me va a dejar la pieza?»

Hubo como un latido maligno en sus ojitos de gato, un brillo sin sentido en mitad de su cara. «Bien», dijo, «bien.» Abrió el ropero y buscó su único traje, un traje de franela príncipe de Gales y empezó a vestirse. «Tengo otros planes», le dije.

«¿Se da cuenta?» «Claro, sí, otros planes», dijo él junto a la puerta entornada. «Cómo no», dijo, y entró en la luz cruda del pasillo. Me quedé solo. Una pieza de pensión es como cualquier otra pieza de pensión: dos camas, un ropero, el techo alto. Al día siguiente iba a comprar los diarios para buscarme otro lugar. Me levanté y me asomé a la ventana. En el patio un chico jugaba haciendo saltar una pelota de goma.

Pensaba en todo lo que me quedaba por hacer antes de irme.

Iba a tener que caminar por la ciudad, cruzar zaguanes embaldosados, escaleras oscuras. Hablar con mujeres gordas y grasientas que me escucharían con desconfianza. Lo peor son siempre los detalles. Es difícil empezar. No tenía ganas de hacer nada. Recuerdo que me senté en la cama y abrí el cajón donde Rinaldi esconde sus papeles. En la pensión han contratado una mujer feísima. Se ocupa de la limpieza. Debe tener unos cincuenta años y su pelo es gris. En dos meses he sido violado varias veces de un modo curioso por la vieja sirvienta.

De vez en cuando discutimos como mando y mujer. Su letra despatarrada. Un hombre que escribe. ¿A quién le interesan las aventuras de Rinaldi? El hijo del ciclista, sudado en su traje de franela. Tendría que haberlo seguido. Caminar detrás de él para verlo desfallecer y disolverse en el calor. Miré el reloj: eran las doce.

Las doce. Siempre es demasiado temprano o demasiado tarde para lo que uno quiere hacer. Empecé a moverme por la pieza bajo la luz pálida. Encendí la lámpara sobre la mesa. Por la ventana llegaba el sonido de una conversación. «¿Vos te crees que a mí me importa lo que él pueda pensar? Morite, le digo. Estoy cansada de todo» —decía una voz de mujer aguda y triste—. «Por mí, querido, ya sabes, total, le dije, ¿a mí qué me puede importar? Yo soy libre como una golondrina.» También yo podría escribir. Registrar los acontecimientos. No tengo voluntad. ¿Por qué hacer una cosa en lugar de otra? Enseguida golpearon la puerta. Era la sirvienta.

Se llama Aurora. Todas las mañanas viene a hacer la limpieza.

Trabajaba cantando. Era rubia y sus ojos celestes, cantaba, reflejaban las glorias del día. Se inclinaba para que yo le viera los muslos. Me desagrada un poco. Huele como un bebé recién bañado. Un olor demasiado dulce, a carne floja, a flores muertas.

«¿Usted no sabe?», me dijo, «que está prohibido hacer uso de la electricidad cuando hay sol?» Se había dado vuelta y me miraba con una expresión que no correspondía al tono de su voz. Era una expresión soñadora, romántica. El deseo sigue latiendo en ella y la hace actuar como una muchacha. Tuve que hacerle el amor pero fue por cortesía. Ella cree que lo hace bien. Me oprimía la cabeza contra su pecho, en un arre-bato de pasión. En cuanto a mí, hurgaba en su sexo distraída-mente. Pensaba en Rinaldi, cruzando la ciudad, ahogado en su traje de franela. Aurora hace el amor como las arañas. Es ávida y veloz y sólo piensa en su propio placer.

Empuja, aprieta mi cara entre sus brazos y enseguida empieza a gemir con los ojos en blanco, el rostro disuelto por el goce. No puedo mirar su cuerpo: es blando, inflado, como relleno de algodón. De todos modos la prefiero a cualquier otra mujer porque ella sabe lo que quiere. Me sentía vacío y satisfecho. Aurora cantaba y terminaba de vestirse, olvidada de mí. La llevó un payador de Lavalle, cantaba, cuando el año cuarenta moría. Iba a vivir solo, sin imaginar amistades que no existen. Solo como un pájaro. Todavía era joven para volver a empezar. Aurora había empezado otra vez a limpiar la pieza. Levantaba las sillas y las dejaba en el mismo lugar. «No se puede quedar ahí», me dijo.

«Vaya, vaya. Deje trabajar a las personas.» Habló sin mirarme, la cara enterrada en el piso. Salí al pasillo, a la luz cegadora del pasillo. Me gusta la luz del verano, violenta y cruda, parece hecha de vidrio. Mientras cruzaba el patio escuché cantar a la sirvienta. Su voz me acompañaba y durante un momento pude pensar que era una despedida. (Ahora, cuando ya todo pasó, sé que era una despedida.) La ciudad estaba como muerta y yo me sentí feliz. Me dejé llevar por la costumbre y caminé hacia la plaza. Era una plaza tranquila, parecida a cualquier plaza de Buenos Aires, con plantas y flores y madres que pasean sus hijos y sus perros. Busqué un banco, en la frescura de los árboles. Todo estaba quieto, hermosa calma. ¿Quién podría haber previsto lo que pasó? Una torre de chapa, alta y frágil. El chico era pelirrojo y llevaba una remera azul.

«¿Ve?», me dijo. «Es un golf.» Me estiró una caja de vidrio, un juego: había que hacer entrar una esfera de acero en unos hoyos pintados de celeste. Me entretuve viendo correr y saltar la bolita plateada.

«¿Usted se queda?», me preguntó el chico. «Yo voy a jugar. ¿No me cuida el golf?» Se alejó un poco y me sonrió. Tendría diez años. La luz quemaba el asfalto, pero la cara del chico, extrañamente, estaba atenuada y dulcificada por la sombra de los árboles. Yo sostuve la caja entre los dedos. La esfera de metal giraba alrededor de los hoyos y escapaba hacia los bordes. Recostado en el banco miré al chico que había empezado a trepar a la torre, sosteniéndose con las manos y los pies en los travesaños de madera. Soplaba un aire cálido y las calles estaban desiertas. Me asaltó una extraña felicidad. Le había probado a Rinaldi que era capaz de decidir por mí mismo. «No me importa nada», pensé. «Cuando me decido puedo hacer lo que quiero.» La certidumbre de que tarde o temprano iba a tener que volver a la pieza y enfrentarme con Rinaldi atenuaba, sin embargo, mi alegría, como una oscura premonición. Quizá me mintió siempre, quizás en ese momento ya me vigilaba. En la plaza Genz, el gentil, distendido sobre el banco de madera adopta un tono distante.

Conozco sus maneras y no me sorprende esa expresión ladina, como de alguien que ha tendido una trampa. Cuando comprendo lo que va a hacer ya es demasiado tarde. La oscuridad está en nuestros corazones. Un camión amarillo se detuvo en la esquina. Un camión de reparto, entoldado. El chofer, de lejos, parecía un títere; salió con un paquete envuelto en papel madera y cruzó hacia una casa con entrada de piedra. Todo volvió a estar quieto. Hubiera querido que esa quietud no terminara nunca. Dejarme estar en ese banco, con la caja de vidrio en la mano, jugando a hacer entrar una esfera de metal en un hoyo celeste. No deseaba otra cosa que seguir ahí, bajo la sombra fresca, esperando la llegada de la noche.

El viento hizo vibrar las chapas con un sonido manso.

Con esfuerzo levanté la cara. El cielo era una mancha entre las hojas de los árboles. El chico estaba en lo alto de la torre. Era hermoso verlo ahí, tan arriba, disuelto en el resplandor. Estuvo quieto, con el cuerpo arqueado, mirando la ciudad, y después empezó a bajar, despacio, con las piernas y los brazos en cruz, de cara a las chapas. Se detuvo y movió un pie en el aire, buscando con la punta del zapato un lugar donde afirmarse.

Parecía un muñeco, él también. Un muñeco de cera. Pensé en eso y tardé en darme cuenta que el parante donde iba a afirmarse estaba suelto. «Parece un muñeco de cera», pensé, y lo miré mover un pie en el vacío, sin ver el travesaño roto. Me costaba pensar; todo era lento y pesado. La torre se borro-neaba, lejos de mí, como atrás de un vidrio. El chico se había aplastado contra las chapas, no se animaba a mirar hacia abajo. Estaba pálido, frágil y pálido, el pelo rojo sobre la frente. Bajó apenas la cara y nos miramos un instante.

Lo escuché respirar con un jadeo nervioso. «No se decide», pensé.

«Me ve sentado entre los árboles. No se decide.» Vacilaba, indeciso, como asustado; el cuerpo rígido. Tardó mucho en moverse y el camión arrancó, en ese momento. Se movió en silencio, del otro lado de la calle. Fue un instante. Como si algo se hubiera roto. Primero escuché el ruido. Un ruido sordo, a hueco. Primero escuché el ruido y después el cuerpo del chico golpeó contra la base de cemento. Sentí la frescura de la caja de vidrio contra la palma de mi mano. «Un golf», pensé con lentitud.

Entonces vi a Rinaldi que cruzaba la plaza, frente a mí. Se acercaba infinitamente, como si caminara en un sueño. Ahora pienso en el ruido de la greda bajo la suela de sus zapatos. Yo escuchaba el murmullo de la greda bajo la suela de sus zapatos. Pensé: «Iba a avisarle». Pensé: «Parecía un muñeco de cera». Rinaldi se hizo cargo de todo. Yo lo seguí, como adormecido. Cuando descubrí que llevaba conmigo la caja de vidrio, la dejé caer entre las flores.

Todavía debe estar ahí, entre las madreselvas. Quizá debiera ir a buscarla. Es increíble, pero varias veces estuve por contarle a Rinaldi que había dejado caer la caja. «Es un juego», dijo el chico, «un golf.» Cuando pienso en el chico lo veo siempre igual: suspendido en el aire, los brazos en cruz, hundido en la neblina que parecía desprenderse de las chapas. Fue como si yo mismo hubiera estado aplastado contra la tibieza de las chapas, suspendido y como flotando, sin poder moverme. De eso tendría que hablar con Rinaldi.

Está sentado frente a mí (creo haberlo dicho) en una silla baja. Lo miro y es igual que mirarme en un espejo. Genz y yo siempre al abrigo del pecado.

Codo con codo, el frágil siamés consulta con atención un manual de estrategia. Corazones valientes, alma pura. ¿Quién soy yo para esconderme? Repentina tranquilidad bajo las luces del verano que muere. En medio de la noche me levanto, desnudo y en silencio hurgo entre sus papeles: espero que escriba la verdad y encuentro frases, blandas mentiras. Nadie es capaz de escribir la verdad.

Aurora ha regado el patio y el olor de la tierra mojada refresca el aire. «Vamos», me dice ahora Rinaldi. «Quiero salir a dar un paseo.»

Yo lo sigo, voy atrás de él. No tengo voluntad para negarme. La calle declina entre paredes carcomidas y jardines con verjas de hierro.

Caminamos. No hace falta hablar. Nos miramos en silencio.

Nada como un secreto para unir a los hombres. Si esta comprensión es lo que el mundo llama amistad, las relaciones entre Rinaldi y yo son, indudablemente, de amistad.

Comprendo que sus sentimientos por mí no tienen otro objetivo que el de usarme del modo que más le conviene a su propio placer. Esta idea, como es lógico, no me hace sentir muy feliz; de todos modos no puedo esperar que su opinión sobre mí sea distinta.

Soy el sirviente de un sirviente. ¿Quién me hubiera previsto este destino en mi lejana juventud?

(De Nombre falso)