La corrupta política exterior de Estados Unidos

Por Jeffrey D. Sachs*

Traducción: Jorge Anaya

Imagen: La complicidad estadunidense con el Estado apartheid israelí y los crímenes de guerra en Gaza no tienen sentido para la seguridad nacional y la diplomacia de Estados Unidos, para no hablar de la decencia humana. Palestinos huyeron de Jan Yunis tras una ofensiva israelí y llegaron ayer a Rafá. Foto Ap

En la superficie, la política exterior estadunidense parece ser totalmente irracional. Estados Unidos se mete en una guerra desastrosa tras otra: Afganistán, Irak, Siria, Libia, Ucrania y Gaza. En días recientes, se ha aislado en el mundo por su apoyo a las acciones genocidas de Israel contra los palestinos, al votar contra una resolución de la Asamblea General de la ONU por un cese al fuego en Gaza, apoyada por 153 naciones con 89 por ciento de la población mundial, con la oposición sólo por Estados Unidos y nueve pequeños países con menos de uno por ciento de la población mundial.

En los 20 años pasados, cada objetivo importante de la política exterior de Washington ha fallado. Los talibanes volvieron al poder después de 20 años de ocupación estadunidense en Afganistán. Irak, después de Saddam Hussein, se volvió dependiente de Irán. El presidente sirio Bashar Assad siguió en el poder, pese a un intento de la CIA de derrocarlo. Libia cayó en una prolongada guerra civil después de que una misión de la OTAN dirigida por Estados Unidos derrocó a Muammar Kadafi. Ucrania fue apaleada en el campo de batalla por Rusia en 2023, después de que Washington saboteó en secreto un acuerdo de paz entre ambos países en 2022.

Pese a las notables y costosas debacles, una detrás de otra, el mismo elenco de personajes ha permanecido por décadas en el timón de la política exterior de Washington, entre ellos Joe Biden, Victoria Nuland, Jake Sullivan, Chuck Schumer, Mitch McConnell y Hillary Clinton.

¿Qué resulta?

El acertijo es resuelto reconociendo que la política exterior estadunidense no se trata en absoluto de los intereses del pueblo de su país. Se trata de los intereses de los iniciados en Washington, al perseguir contribuciones de campaña y lucrativos puestos para ellos, sus colaboradores y sus familiares. En suma, ha sido secuestrada por los dueños del dinero.

Como resultado, el pueblo estadunidense pierde mucho. Las guerras fallidas de 2000 a la fecha le han costado unos 5 billones de dólares en asignaciones directas, o unos 40 mil por cada hogar. Otros 2 billones o más se gastarán en las décadas siguientes en atención a veteranos. Más allá de los costos en los que los estadunidenses incurren directamente, debemos reconocer también los costos terriblemente altos que se sufren en el extranjero, en millones de vidas perdidas y billones de dólares en destrucción de propiedades y naturaleza en las zonas de guerra.

Los costos continúan acumulándose. Las asignaciones relacionadas con asuntos militares en 2024 ascenderán a 1.5 billones de dólares, o más o menos 12 mil por hogar, si añadimos el gasto directo del Pentágono, los presupuestos de la CIA y otras agencias de inteligencia, el presupuesto de la Administración de Veteranos, el programa de armas nucleares del Departamento de Energía, la «ayuda al extranjero» del Departamento de Estado vinculada con temas militares (por ejemplo a Israel) y otras líneas de presupuesto relacionadas con la seguridad. Miles de millones se van por el drenaje, desperdiciados en guerras inútiles, bases militares en el extranjero y una parafernalia de armamento totalmente innecesaria que acerca al mundo a la tercera guerra mundial.

Sin embargo, describir estos costos colosales es también explicar la torcida «racionalidad» de la política exterior estadunidense. Los 1.5 billones en asignaciones militares son la estafa que sigue dando dividendos al complejo industrial-militar y a los iniciados de Washington, al tiempo que empobrece y pone en peligro a Estados Unidos y al mundo.

Para entender la estafa de la política exterior, hay que pensar en el gobierno federal estadunidense como un negocio multidivisional controlado por los más altos postores. La división de Wall Street es extensión del Tesoro. La división de la industria de la salud es extensión del Departamento de Salud y Servicios Humanos. La división del petróleo y el carbón es extensión de los departamentos de Energía y del Interior. Y la división de política exterior es extensión de la Casa Blanca, el Pentágono y la CIA.

Cada división utiliza el poder público para obtener ganancias privadas por medio de los manejos de los iniciados, sobornados por las contribuciones de las corporaciones y los cabilderos. Es interesante que la división de la industria de la salud rivaliza con la de política exterior como una notable estafa financiera. Las asignaciones de salud de Estados Unidos sumaron la asombrosa cantidad de 4.5 billones en 2022, más o menos 36 mil dólares por hogar, con mucho los costos de salud más altos del mundo, en tanto el país ocupó el lugar 40 en el mundo en expectativa de vida. Una fallida política de salud se traduce en muchos dólares para la industria del ramo, tal como una fallida política exterior se traduce en enormes ganancias para el complejo militar-industrial.

La división de política exterior es operada por una camarilla secreta y muy unida, que incluye a los altos mandos de la Casa Blanca, la CIA, el Departamento de Estado, el Pentágono, los Comités de Servicios Armados de la Cámara de Representantes y el Senado, y las principales empresas militares, como Boeing, Lockheed Martin, General Dynamics, Northrop Grumman y Raytheon. Hay quizá un millar de individuos claves que participan en trazar la política. El interés público tiene poco que ver.

Los principales dictadores de la política exterior dirigen las operaciones de 800 bases militares en el extranjero, cientos de miles de millones de dólares en contratos militares y las operaciones bélicas en las que se despliega el equipo. Mientras más guerras, claro, más negocios. La privatización de la política exterior ha sido amplificada por la privatización del negocio de la guerra en sí, cuando cada vez más funciones militares «esenciales» son entregadas a los fabricantes de armas y a contratistas como Haliburton, Booz Allen Hamilton y CACI.

Además de los cientos de miles de millones de dólares en contratos militares, existen importantes derramas de negocios de las operaciones militares y de la CIA. Con bases militares en 80 países y operaciones de la CIA en muchos más, Estados Unidos tiene un papel importante, aunque en su mayor parte encubierto, en determinar quién gobierna esos países y, por lo tanto, en las políticas que dan forma a lucrativos acuerdos referentes a minerales, hidrocarburos, oleoductos, así como tierra agrícola y bosques. Estados Unidos se ha propuesto derrocar a por lo menos 80 gobiernos de 1947 a la fecha, típicamente por conducto de la CIA a través de la instigación de golpes militares, asesinatos, insurrecciones, disturbios civiles, manipulación de elecciones, sanciones económicas y guerras abiertas. (Un estupendo estudio de las operaciones de cambio de régimen manejadas por Estados Unidos de 1947 a 1989 puede verse en Covert Regime Change, de Lindsey O’Rourke, 2018).

Además de los intereses de negocios, existen, desde luego, ideólogos que de veras creen en el derecho de Estados Unidos a gobernar el mundo. La siempre belicosa familia Kagan es el caso más famoso, aunque sus intereses financieros están también muy entrelazados con la industria de guerra. El asunto con la ideología es éste: los ideólogos se han equivocado en casi todas las ocasiones y hace mucho tiempo que habrían perdido sus púlpitos de bravucones en Washington si no fuera por su utilidad como propagandistas de la guerra. A sabiendas o no, sirven como corifeos pagados para el complejo industrial militar.

Existe un persistente inconveniente para esta continua estafa de negocios. En teoría, la política exterior se lleva a cabo en interés del pueblo estadunidense, aunque lo cierto es lo contrario. (Una contradicción similar se aplica a la medicina cara, los rescates gubernamentales de Wall Street, las ventajas de la industria petrolera y otras estafas). El pueblo estadunidense rara vez apoya las maquinaciones de la política exterior de su gobierno cuando ocasionalmente oye la verdad. Las guerras de Washington no se libran por demanda popular, sino por decisiones de las alturas. Se requieren medidas especiales para alejar al pueblo de la toma de decisiones.

La primera de tales medidas es la propaganda constante. George Orwell dio en el clavo en 1984 cuando de repente «el Partido» cambió al enemigo público de Eurasia a Eastasia sin una palabra de explicación. En esencia, Washington hace lo mismo. ¿Quién es el peor enemigo de Estados Unidos? Escojan, según la temporada. Saddam Hussein, el Talibán, Hugo Chávez, Bashar Assad, el Isis, Al-Qaeda, Kadafi, Vladimir Putin, Hamas: todos han tenido el papel de «Hitler» en la propaganda estadunidense. El vocero de la Casa Blanca, John Kirby, difunde la propaganda con una sonrisa de autosuficiencia, señal de que sabe que lo que dice es ridículo, aunque levemente entretenido.

La propaganda es amplificada por los laboratorios de ideas de Washington, que viven de las donaciones de los contratistas militares y en ocasiones de gobiernos extranjeros que forman parte de las operaciones maquinadas por Estados Unidos. Piénsese en el Consejo Atlántico, CSIS y, desde luego, el siempre popular Instituto para el Estudio de la Guerra, presentados al público por los principales contratistas militares.

La segunda medida es ocultar los costos de las operaciones de política exterior. En los años 60, el gobierno estadunidense cometió el error de obligar al pueblo a soportar los costos del complejo militar-industrial al reclutar jóvenes para combatir en Vietnam y elevar impuestos para sufragar la guerra. El pueblo se volcó en oposición.

En los 70 en adelante el gobierno ha sido más astuto. Puso fin al reclutamiento forzado y convirtió el servicio militar en un empleo por contrato en vez de un servicio público, con respaldo de inversiones del Pentágono para reclutar soldados entre la gente de bajos recursos económicos. También abandonó la pintoresca idea de que las inversiones del gobierno deberían ser financiadas por impuestos y, en cambio, pasó el presupuesto militar al gasto del déficit, que lo protege de la oposición popular que podría desencadenarse si se financiara con impuestos.

También ha embaucado a estados clientes, como Ucrania, para que libren las guerras de Estados Unidos en el terreno, de modo que no haya bolsas con cadáveres estadunidenses que arruinen la maquinaria de propaganda. Inútil es decir que maestros de la guerra como Sullivan, Blinken, Nuland, Schumer y McConnell se mantienen a miles de kilómetros de los frentes de guerra. Las muertes se reservan para los ucranios. El senador demócrata por Connecticut Richard Blumenthal defendió la ayuda militar estadunidense a Ucrania como dinero bien empleado porque se gasta «sin un solo militar estadunidense, hombre o mujer, herido o perdido», mientras de algún modo no se le ocurrió al buen senador ahorrar vidas de ucranios, que han muerto por cientos de miles en una guerra provocada por Estados Unidos al extender la OTAN.

Este sistema es apuntalado por la absoluta subordinación del Congreso al negocio de la guerra, a fin de evitar cualquier cuestionamiento sobre los exagerados presupuestos del Pentágono y las guerras instigadas por el Poder Ejecutivo. Esta subordinación funciona de la siguiente manera: primero, la supervisión de la guerra y la paz por el Congreso es asignada en gran parte a los Comités de Servicios Armados de la Cámara de Representantes y el Senado, que en buena medida elaboran la política general del Congreso (y el presupuesto del Pentágono). En segundo lugar, la industria militar (Boeing, Raytheon y las otras) financia las campañas de los miembros del Comité de Servicios Armados de ambos partidos. Las industrias militares también gastan fuertes sumas de dinero en cabildear para obtener lucrativos salarios para los miembros del Congreso que se retiran, así como sus colaboradores y familias, ya sea de manera directa en empresas militares o en firmas de cabildeo en Washington.

El secuestro de la política exterior del Congreso no sólo es obra del complejo militar-industrial estadunidense. Hace tiempo que el cabildo israelí dominó el arte de comprar al Congreso. La complicidad estadunidense con el Estado apartheid israelí y los crímenes de guerra en Gaza no tiene sentido para la seguridad nacional y la diplomacia de Estados Unidos, para no hablar de la decencia humana. Es fruto de las inversiones de Israel en cabildeo, que llegaron a 30 millones de dólares en contribuciones de campaña en 2022, y que rebasarán con mucho esa cifra en 2024.

Cuando el Congreso vuelva a reunirse, Biden, Kirby, Sullivan, Blinken, Nuland, Schumer, McConnell, Blumenthal y sus secuaces nos dirán que en definitiva necesitamos financiar la guerra cruel, engañosa y en vías de perderse en Ucrania, al igual que la actual masacre y limpieza étnica en Gaza, pues de otro modo nosotros, Europa y el mundo libre, y tal vez el mismo sistema solar, sucumbirán ante el oso ruso, los mullahs iraníes y el Partido Comunista Chino. Los pregoneros de desastres de la política exterior no están siendo irracionales en este tráfico del miedo. Son mentirosos y extraordinariamente ambiciosos, persiguiendo intereses de unos cuantos por encima de los del pueblo estadunidense.

Es tarea urgente del pueblo estadunidense reparar una política exterior tan dañada, corrupta y engañosa que está sepultando en deudas al gobierno a la vez que empuja al mundo hacia el Armagedón nuclear. Esta reparación debe empezar en 2024, rechazando más financiamiento a la desastrosa guerra en Ucrania y a los crímenes de guerra de Israel en Gaza. Hacer la paz y la diplomacia, no el gasto militar, es el camino a una política exterior estadunidense que sirva al interés público.

*Profesor universitario y director del Centro para Desarrollo Sustentable en la Universidad Columbia, donde dirigió el Instituto de la Tierra de 2002 a 2016. Ha sido consejero de tres secretarios generales de la ONU y actualmente es abogado de los Objetivos de Desarrollo Sustentable con el secretario general Antonio Guterres. Es autor de varios libros, el más reciente A New Foreign Policy: Beyond American Exceptionalism (2020).

Publicado originalmente en Common Dreams.

*Director del Centro para Desarrollo Sustentable en la Universidad Columbia. Su más reciente libro es A New Foreign Policy: Beyond American Exceptionalism (2020).

La Jornada