La crisis bancaria y la respuesta del Estado capitalista

La caída de tres grandes bancos estadounidenses vuelve a poner sobre el tapete una vieja pregunta: ¿quiénes se salvan y quiénes se hunden cuando lo público sale al rescate de lo privado?

Por Julio Gambina*

Foto: Jeff Chiu | AP

El fenómeno de la crisis bancaria se hizo visible con las recientes caídas de algunos bancos regionales estadounidenses. Fue el caso de Silicon Valley Bank, el Signature Bank y el Silvergate Capital.

A estos quiebres bancarios se sumó la crisis del Credit Suisse y su absorción por el UBS, situación que extendió el problema a Suiza y a Europa, mediante la pérdida de valorización del Deustche Bank. En ese marco, los Estados del capitalismo desarrollado salieron a sustentar -mediante aportes y préstamos- las necesidades de la banca en problemas.

Junto a los Estados, la banca privada de mayor peso hizo lo propio. Ese fue el caso del First Republic Bank, asistido por la suma de 30 mil millones de dólares por el Bank of America, JPMorgan, Goldman Sachs, etc. Las principales autoridades de las bancas centrales, de EE.UU. y de Europa, respondieron de inmediato con disposiciones orientadas al salvataje del sistema financiero.

Para el caso estadounidense, si bien la legislación contemplaba la devolución de fondos depositados hasta 250.000 dólares -una suma significativa-, ante la bancarrota y la corrida bancaria, las autoridades económicas y financiares cambiaron las disposiciones para asegurar que todos los depositantes recibieran sus depósitos. Una medida excepcional que atiende la demanda de los sectores de mayor concentración de ingresos y de riqueza.

Cabe recalcar que no es posible encontrar una medida semejante para atender la vulnerabilidad de la pobreza o la indigencia en los países capitalistas desarrollados, lo que hace evidente el papel del Estado capitalista en tanto sostén de los intereses del capital concentrado. A su vez, la crisis bancaria evidencia la preocupación del poder político en los principales países del capitalismo mundial.

No solo se trata de la banca central, supuestamente autónoma del poder político, sino y especialmente, de los gobiernos, que son la expresión del poder sustancial en el régimen del capital. Política y economía se articulan como un todo en la definición del rumbo del orden socioeconómico capitalista.

Es más, la Reserva Federal se asustó y dudó en continuar con su lógica de aumento de las tasas. Sin embargo, finalmente decidió sustentar la ortodoxia liberal, con una tendencia a la disminución del alza de las tasas y augurando una disminución de la perspectiva de crecimiento económico al 0,4% para el presente año, así como una perspectiva menos optimista de reducción de la inflación hacia el 2025.

La crisis del capital

En rigor, lo esencial es lo que está detrás del fenómeno que expresan las quiebras bancarias y los salvatajes estatales. En ese sentido, valen consideraciones históricas y de la lógica y dinámica del orden capitalista.

Desde lo histórico, hay que remitir al 2008 y al 2001 estadounidense. En efecto, la crisis de las “punto.com” nos lleva al periodo 1998/2001, cuando el imaginario de la ofensiva liberalizadora auguraba un tiempo renovado con la “nueva economía”, en desarrollo desde Seattle.

En esa época, el movimiento popular movilizado en 1999 en la batalla de Seattle, fue quien impidió la realización de la Cumbre del Milenio de la OMC. Con ese antecedente, se obstaculizó la iniciativa del poder hasta luego del atentado del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York. Luego, en noviembre del 2001 se volvió a las rutinas de los cónclaves mundiales para intentar la institucionalización de la liberalización.

El fin del Siglo XX era el momento de máxima acumulación del poder capitalista, la que anunciaba un tercer milenio para la liberalización y el dominio inobjetado del capitalismo. Se cumplía entonces una década de la debacle del “socialismo real”. Claro que también se iniciaba un tiempo de expectativas de cambio político en la región latinoamericana y caribeña, con el restablecimiento de una propuesta socialista y un conjunto de programas derivados de una integración no subordinada, que tenían a Cuba como estandarte de la condición de posibilidad de confrontar con el orden capitalista. En ese momento, la región constituía una vidriera de esperanza para el mundo subordinado a la lógica capitalista.

Redundo en las consideraciones históricas, porque ante la imaginación de una “nueva economía” en el capitalismo hacia 1999, con la digitalización y la revolución científico técnica detrás, lo que emergía era la resistencia popular y la potencia de una nueva institucionalidad nuestramericana, que desafiaba la lógica de la hegemonía capitalista.

La respuesta de la dominación estadounidense hacia el 2001 se orientó en una fuga hacia adelante, estimulando el crédito público y privado de los estados, las empresas y las familias, lo que desembocó en la crisis hipotecaria del 2007, base y fundamento de la crisis bancaria y financiera del 2008 y la caída de Lehman Brothers, episodio que decidió a la Reserva Federal y al Tesoro de EEUU a generalizar el salvataje del sistema financiero sin escatimar costos, según la lógica liberal y monetarista.

“Fue el movimiento popular movilizado en 1999, en la batalla de Seattle, el que impidió la realización de la ‘Cumbre del Milenio’ de la OMC”

Si en el 2001 el salvataje fue la emisión gigantesca de deuda, en el 2008 la solución provino de una inmensa emisión monetaria. Contrario a todo predicamento liberal, no hubo freno ni obstáculo a una inmensa emisión de deuda y de dinero para el salvataje del orden capitalista. Al mismo tiempo se extendió la represión y la militarización de la sociedad mundial. Los presupuestos de gastos militares no han dejado de incrementarse en el nuevo siglo, desandando toda prédica emergente de comienzos de los 90 y relativa al final de la historia. No fue la paz la que se extendió luego de la debacle del socialismo en Europa, sino todo lo contrario, lo que resulta evidente con la extensión territorial de la OTAN y su compromiso en la asistencia a Ucrania.

En Nuestramérica, es notorio el accionar imperialista asociado a las derechas tradicionales y a las nuevas derechas para revertir las dinámicas políticas de cambio de la primera década del siglo, para habilitar la recreación de proyectos políticos comprometidos con la orientación restauradora del poder tradicional capitalista en la región. La crisis actual remite por ende al 2008 y a las propuestas de solución entonces asumidas, tanto como a la crisis del 2001 estadounidense y sus rumbos de salida.

La ley del valor actúa en la realidad

Pero, más allá de las consideraciones históricas, vale mencionar los límites para la expansión del régimen del capital, o sea, las dificultades en el proceso de valorización y acumulación capitalista.

El hecho de la disputa por la hegemonía del orden mundial es expresión de los problemas del imperialismo estadounidense. El dato a tener en cuenta es la transnacionalización del capital, que supone décadas de inversiones más allá de los territorios de origen de esos capitales. Es uno de los ejes considerados por Lenin al estudiar el fenómeno del imperialismo, pero es también la explicación de la respuesta Trump (2026-2020) bajo el lema America First; expresión de la pretensión de revertir la dinámica de salida de capitales estadounidenses hacia el exterior, particularmente hacia China, proceso materializado desde la modernización del gigante asiático desde 1978.

Una modernización que actuó como fenómeno de mundialización de la ley del valor y de estímulo a la sociedad monetario mercantil. La ley del valor se abre paso más allá de cualquier teorización y política de Estado. Más allá de la voluntad política del gobernante yanqui, la realidad de la transnacionalización del capital, sustentada en la internacionalización de la producción, pone de manifiesto nuevos territorios de la expansión del capital.

Es lo que algunos denominan la “emergencia capitalista” contemporánea, hacia China, India, o incluso Brasil y otros países de Asia u otros territorios del planeta. La crisis del capital radica en los problemas de la valorización de capitales y en la ampliación de la productividad en los territorios tradicionales de la acumulación capitalista.

Remito a la acumulación originaria descrita por Karl Marx en territorio europeo, seguida por la dinámica de las “nuevas” potencias del capitalismo mundial, Alemania y EE.UU., según lo reseñado por Lenin en su estudio sobre el imperialismo; y claro, a la emergencia del desafío a la hegemonía que hoy expresa China.

“La crisis del capital radica en los problemas de la valorización de capitales y en la ampliación de la productividad en los territorios tradicionales de la acumulación capitalista”

Asistimos a tiempos de mutación de las relaciones económico sociales en el marco del desarrollo capitalista, por lo que existe un relativo desorden y una búsqueda de un nuevo ordenamiento de las relaciones capitalistas.

Desorden y búsqueda de un nuevo orden

En este sentido, la dinámica contemporánea del orden capitalista se presenta como desorden recurrente. Con la pandemia -desde el 2020-, la amenaza de su continuidad o la emergencia de nuevas pandemias, así como la realidad de una guerra que desde 2022 escala con amenazas nucleares.

Un desorden que trae aparejados fenómenos como la combinación de inflación con recesión. Precios que suben como resultado de una ley del valor dificultada por trabas a la circulación -muchas veces derivadas de unilaterales sanciones impuestas por EE.UU. y sus socios globales-, pero también obstaculizando las cadenas de valor, encareciendo procesos productivos, lo cual contribuye a una lógica de recesión buscada.

El Estado capitalista opera en la solución a la lógica de la valorización y de la ley del valor, ya que lo que importa es la tasa de ganancia y la acumulación. Ante la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y las dificultades para el crecimiento de la productividad del trabajo, el Estado capitalista de cada país intenta sostener políticas monetarias y fiscales que apuntalen la lógica capitalista.

Por eso en 2001 se avaló la emisión de deuda, en 2008 la emisión monetaria, y en 2023 se amplió la garantía sobre los depósitos ante bancos en quiebra, es decir, todo lo que haga falta para el salvataje de un orden en crisis, en donde la pugna por la dominación resulta evidente.

El problema es que se trata de un orden social contradictorio y por ende no solo cuenta la iniciativa del poder económico, político, militar e ideológico. También debe considerarse la iniciativa de los sectores explotados, excluidos y oprimidos, porque en definitiva se trata de lucha de clases.

Así como el movimiento contra la globalización capitalista se hizo evidente en los tiempos de la crisis entre 1997-2001; la acumulación de las propuestas de cambio político en varias regiones del mundo hacia la primera década del Siglo XXI mostró los límites de la propuesta liberalizadora del poder, evidenciando el carácter histórico y temporal del orden y la hegemonía capitalista. En todo caso, exacerbaron la ofensiva del capital por todos los medios posibles para revertir cualquier tendencia al cambio sustancial del orden vigente.

En esta tercera década del Siglo XXI, la crisis bancaria evidencia los límites del capitalismo contemporáneo y desafía al Estado capitalista a nuevas ingenierías de salvataje, que deberán ser confrontadas por la lucha y organización popular. El problema a resolver es la construcción en este tiempo histórico de una alternativa estratégica en contra y más allá del capitalismo, que pueda superar la defensiva, luego de medio siglo de ofensiva capitalista.

*Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Profesor Titular de Economía Política en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Integra la Junta Directiva de la SEPLA y preside la FISYP.

Agencia Latinoamericana de Información