La democracia como dilema

Lengua, ética y política: el desafío de arribar a un lenguaje que nos reúna

Por Conrado Yasenza*

Imagen: La derecha neoliberal traza estrategias efectivas que provocaron un corrimiento en el límite de lo políticamente incorrecto para volverlo aceptable.

El próximo 10 de diciembre se cumplirán 40 años ininterrumpidos de democracia. Para quienes nacieron al amparo y desamparo de esta, quizá sea sólo una cifra redonda, una abstracción numérica despojada de épicas, terrores, luchas, ausencias, desapariciones. Ella, la democracia, la imperfecta; durante un largo tiempo de su corta vida, la prisionera. Pero para quienes despuntamos a la adolescencia hacia el final de la noche más larga, con la ansiedad por ensanchar todo lo posible el plexo para respirar el aroma de la esperanza abierta a la vida y a la historia, y para quienes vivieron y sobrevivieron al tormentoso eclipse que se devoró las ilusiones y vidas de los 30.000 detenidos-desaparecidos, significó el regreso a la vida acompañada de memorias y nuevos modos de existir en ellas para, desde allí, lanzarse a, también, distintas, novedosas, maneras de combatir el verbo (y su estructura) que siempre acecha la existencia, el que cambia de ropajes y rostros.

De aquí en adelante, partiendo desde estos puntos cardinales, hay celebración, pero hay también una necesidad de reponer esa conversación de la que alguna vez hablamos, esa que parte de aquellos pensamientos colectivos que merecen mejor suerte que la de un castillo de naipes frente a una tenue brizna primaveral en noviembre. Esa conversación que restituye sentidos, identidades, memorias; esa conversación que, erizada en su dialéctica de marchas y contramarchas, busca una forma de ser, de existir en un lenguaje nuevo. Allí el desafío: arribar a ese lenguaje y a sus potencias para mantener la esperanzada lucidez en medio de vastas tormentas de arenas comunicacionales y angostas carreteras por donde transitan las lógicas del marketing y la consigna sin otro destello que el que emana de su imantada repetición. Es que en esta vida (en la que sólo «la muerte es pasajera» —gracias Szpumberg—), las palabras tienen filo y allí reside el valor de ellas, porque es en el lenguaje donde el combate se desarrolla y en él, la existencia. Tiempos en los que es necesario la urgencia de la lentitud (¿Nietzsche?) para lograr esa lengua que nos habite y cobije mientras la angustia y la luminosidad (aquella que en pretéritas oraciones encendieron a los santos oradores y de la que sólo deseamos la lucidez y no el fuego) otorga valor al pensar. Pensar, hablar, conversar sobre ese lenguaje que nos reúna en la franca tarea de crearlo para discutirlo; de construirlo para reconocernos e iniciar una nueva conversación. Políticas. Tarea difícil, pero siempre urgente para el vivir. Perla Sneh, psicoanalista e investigadora, escribió alguna vez en torno a la política, la vida y la lengua: «La lengua, la ética, la política. Es decir, la vida. Y vivir, lo dice Mastronardi y yo le creo, es un vocablo que nunca se usa en sentido figurado».

Conversaciones, diálogos reiniciados al ritmo de un recitado de preámbulo y luego de la fractura y el silencio. La necesidad de comer, educarse y curarse en y con democracia. Un intento que sucumbió bajo el peso de los centauros, pero del que quedaron marcas, huellas. Juicios iniciales a la Junta Muerte con su doctrina demoníaca y luego obediencias debidas y puntos finales arrancados por el betún del oprobioso partido militar, fantasmales fariseos adornados con medallones de feria y fajinas de rancio cotillón. R.A y brazos cruzados que entrelazaban manos (supongo que levemente giradas hacia la izquierda; no lo recuerdo bien). Quizá un anuncio de la video-política, aunque todavía con férreo anclaje al partido y a la calle. Luego, la retórica política se trasladaría a los sets televisivos para abandonar casi definitivamente la calle. Una imagen del inicio del fin: Magnetto junto a Neustadt anunciando la primera privatización, la de un canal de televisión: el 13. Obra de aquel riojano parecido a Facundo, una suerte de nuevo tigre sin galera y con promesas de revolución productiva. Simulador de la generosidad, el que invitó a un pueblo necesitado de ilusión a seguirlo, asegurándole que esta vez sí, que esta vez nadie lo defraudaría. Taimado y chúcaro, el que nos metió de lleno en los andurriales del primer mundo y sus miserias de libre mercado y convertibilidad modelo «linterna verde» con final previsible de un pueblo y del porvenir de una ilusión.

Lo demás, lo demás, ahhh, como cantaba el gran Miguel Abuelo: nos fuimos todos, como Marilú, al abismo, buscando el amor tras un marinero bengalí. Historia conocida y este escrito no pretende ser un texto de revisionismo histórico.

Cabe consignar que regresamos de los mares de Aqueronte luego del estallido de nuestra precaria embarcación guiada por Caronte, que súbitamente se «tomó el raje», para que un ser anómalo y estrábico viniese a proponernos un sueño. La Argentina de la épica estrábica —recuerdo y plagio del título de tapa de uno de los números de la revista Crisis, «La épica estrabiada»— y las materializaciones políticas concretas, objetivas, que —desde ya— no voy a enumerar (se hizo y hace con suficiencia como para que lo reitere aquí), pero que resumo en el deseo y la convicción de los gobiernos kirchneristas de recuperar el tiempo perdido intentando dejar establecido como piso y no techo, un capitalismo keynesiano que puja por dotar al Estado de herramientas sólidas para distribuir algo más que riqueza. Otra vez, tarea difícil y enorme desafío para una democracia que no cura ni educa y con la cual tampoco se come.

Coda

Son raros tiempos en los que «se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa» sin que esos dichos tengan como fin la búsqueda de la verdad, que, si es auténtica o ética, es la búsqueda de la justicia y la belleza. El dilema que nos presenta hoy la democracia es que, como lo escribí en otro artículo, las derechas neoliberales han trazado estrategias políticas y comunicacionales muy efectivas que provocaron un corrimiento en el límite de lo políticamente incorrecto para volverlo aceptable y deseable por amplios conjuntos sociales. En ese sentido, la barrera de contención que los micro-fascismos encontraban en las políticas de Derechos Humanos y en la lucha de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se ve afectada por la sudestada verbalizadora de la derecha ultra que pareciera anidar también en los sectores medios y populares, y este tal vez sea el síntoma más preocupante de una democracia que se presenta como la conmemoración de una felicidad raída o cansada, el desgaste que el sistema político le ofrece como campo fértil a los proclamadores de falsas propuestas libertarias. Una amenaza que abre la posibilidad de un tiempo siniestro cultivado en la distancia existente entre la representación política y sus representados. Casi arena de un desierto donde las soluciones políticas más creativas parecen ser la unidad y el candidato de síntesis.

En conclusión, la democracia no es una conquista definitiva, sino la resolución constante de tensiones y conflictos en un país donde la libertad puede ser fascista.

*Periodista, director de la Revista La Tecl@ Eñe, docente en UNDAV.

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