La desimplicancia

Por Diego Sztulwark

Si toda acción histórica de tipo revolucionaria supone un desajuste interno entre forma y contenido, Marx se proponía distinguir la modalidad de tal desajuste observando que en las revoluciones burguesas europeas del siglo XVIII se montaban ostentosas escenografías en las que los muertos heroicos del pasado eran revividos en auxilio de unas transformaciones de alcance limitado, de un contenido «estrechamente burgués». Por el contrario, las proletarias del sXIX, que se planteaban transformar todas las estructuras de explotación social debían despejar de su horizonte mental toda clase de repetición pretérita farsesca -dejando que los muertos entierren a sus muertos- y extraer su propia poesía exclusivamente del provenir. Si toda revolución se propone destruir el orden anterior, la diferencia expresiva -de lenguajes y vestuarios- entre la burguesa y la proletaria derivaba directamente de su misión específica en la escena de la historia universal.

Y, dado que no hay clase insurrecta que suba desnuda al escenario y, puesto que Marx creía indispensable delimitar la diferencia entre la vieja revolución burguesa y la nueva proletaria, pudo escribir: «allí, la frase desborda el contenido: aquí, el contenido desborda la frase». Esta relación inversamente proporcional entre forma y contenido es la que se ha manifestado en la conciencia burguesa revolucionaria como desborde en favor de la frase, como forma supletoria de la falta de contenido. Pero incluso ahí donde el desborde en favor de la forma enmascara la pobreza del contenido revolucionario, la frase forma parte inmanente de la revolución. Pues no hay toma del poder burgués sin constitución de un pueblo que la respalde, pero tampoco constitución de un pueblo revolucionario sin una burguesía que protagonice el curioso espectáculo en el cual un contenido «estrecho burgués» se presenta como universal. Ahí, la frase desborda al contenido: la pronuncia la propia burguesía para darse ánimos y conquistar una pasión revolucionaria que no podría hallar jamás en sus propias prácticas de administración y contabilidad. La revolución proletaria, a la inversa, tratará de despejar la forma revolucionaria de toda contaminación con la forma anterior que pueda actuar como un pasado opresor sobre la conciencia de los vivos. La revolución que debe fundar la igualdad substancial -y no la meramente burguesa- debe cuidarse bien de disolver toda veneración supersticiosa de un pasado que obstaculice la invención radical de una nueva forma política. Ahí, el contenido desborda a la frase.

Como fuera, burguesa o proletaria, la revolución es la presencia del desquicio en la historia. A la destrucción del poder de las viejas clases propietarias sobre las que se constituía el viejo orden, le suma el hecho de que el propio acto insurreccional está tramado por un inevitable desbarajuste interno (entre forma y contenido, frase y misión, escenificación y transformación). Es este desquicio, con sus desbordes y entusiasmos, quien imprime un curso no lineal a las cosas. Todo lo contrario a un tiempo de correspondencia y razonabilidades donde la principal bandera serían la sensatez y el principal valor la cordura.

Muy por el contrario, en tiempos puramente reaccionarios como estos, en los que no se pasa de un ejercicio de inversiones en los valores de los signos sin que aparezca un nuevo contenido histórico, la relación entre frase y tarea histórica queda completamente destruida. Ya no hay desajustes ni desbordes sino farsa y crueldad. De la revolución solo queda el vértigo de la velocidad y la incertidumbre en torno a la duración de las cosas. Pero se trata de un vértigo y de una incertidumbre que, a diferencia de lo que sucede en las revoluciones, se aplican a destruir la trama de la reproducción social y con ella todo vestigio de fuerza popular. Aceleración y abismo pierden todo contacto con heroísmos del pasado. La única justicia que se evoca es la de los amos de la vieja sociedad que cualquier revolución querría destruir. El espectáculo se confina a las pantallas -en ellas todo es innovación tecnológica y voluntad desreguladora-, mientras que por un desacople perfecto entre lo digital y lo analógico, en el mundo de la vida solo hay repliegue y carestía. En términos de estricta actualidad: la baja del riesgo país no es sino la contracara de la miseria planificada en cada aumento de los precios de alimentos, servicios, alquileres, medicamentos y transporte.

Sin misión histórica alguna, la frase se torna hiperbólica para sustituir todo contenido histórico. Simula una liberación total y da marcha a una desinhibición que la despoja de todo compromiso con cualquier tarea socialmente progresiva. De ahí su aparente liviandad: nada de lo que se dice dura, todo puede ser contradicho con una sonrisa desafiante. Todo el régimen de sentido queda en estado de excepción. De ahí el efecto de transgresión.

De modo que la «revolución» en curso no revoluciona nada. Es puro repudio del tiempo precedente -un tiempo caracterizado como incapaz de resolver los problemas que se le planteaban-, pero también incapacidad de criticarlo ni de superarlo en ningún punto decisivo. En lugar de provocar reformas, se causan daños. Daños que son ofensas, pero ofensas que no exigen reparaciones ni revanchas. En lugar de la revolución, triunfa el régimen de la desimplicancia. Una relación con la acción -y con la palabra- despojada de todo carácter consecutivo. La frase repudia al contenido y se actúa y se habla como si la desvinculación pudiera sostenerse en la nada de consecuencias. Sería un error vincular esta desimplicancia con una liberación de los signos y de los devenires. Es más bien lo contrario: esta desvinculación destroza la historia de la emancipación y apunta a liquidar cualquier afirmación de un contenido nuevo.

Sobre el funcionamiento de este mecanismo de la desimplicancia, Juan González nos ofrece un ejemplo relativamente prematuro en su libro El loco. Allí, se reproduce un dialogo con un influencer de la ultraderecha argentina que se hace llamar Emmanuel Danann, quien narra un episodio esclarecedor ocurrido en 2018, cuando uno de sus videos alcanzó un millón de reproducciones. Para responder a las críticas e insultos de un público progresista que lo asediaba, Dannan decidió sacarse una foto arriba de un Ford Falcon verde con un epígrafe que decía «subí que te llevo, bebé» y «subite a la Dananneta». González transcribe en su libro la explicación de Danann, para quien mostrarse en un auto como el que usaban los grupos de tareas del terrorismo de Estado suponía solo «una caricaturización de lo que ya se decía de nosotros». Dado que un público de izquierda lo acusaba de «facho», Dannan les devolvió la acusación con una foto que quería ser burlona: si la lógica del sentido de sus críticos -hecha de implicancias históricas- lo colocaba a él en ese Falcon, la foto procedía de ellos mismos, a ellos les pertenecía y por tanto a ellos se las dedicaba. Cuenta González que Danann fue uno de quienes se alejaron de Milei cuando este último hizo un pacto político con Ricardo Bussi, hijo del general genocida de Tucumán. En palabras del influencer: «me puedo sacar una foto con el Falcon riéndome de los que nos dicen fachos, pero ¿cómo vamos a hacer una alianza con el hijo del genocida y reivindicador del padre? ¿somos liberales o somos socios de la casta más rancia?». Si la burguesía en su fase revolucionaria se aturdía a sí misma con citas de la historia universal para realizar su contenido, la ultraderecha actual se confunde a sí misma en los procedimientos farsescos de la desimplicancia -que tan bien capta Capusotto en su personaje Micky Vainilla-, desde la cual se mofa de la conciencia eslabonada del historicista: un Falcon verde solo querría decir eso y nada más que eso: una marca y un color, y punto. El símbolo no supondría una política. Y sin embargo no puede no implicarla, y efectivamente Milei y LLA sí consumaron su alianza con Bussi.

La llamada «nueva» derecha, que define su novedad precisamente por esta desvinculación, asume así la posición de socavamiento y al mismo tiempo de restitución del mundo rígido de sentidos de la vieja derecha. La desinhibición que practican en el campo de los signos no alcanza una deshistorización plena, sino que permanece agarrada de la escena del ’76 (fecha que nos pide que olvidemos). Actúan como si quisiesen que las palabras y las imágenes desfilaran antes nosotrxs sin la menor elocuencia, en un desliz no reglado, pero no dejan de recurrir a símbolos que suscitar un poderoso y aterrador poder de recuerdo y anuncio. La desimplicancia no es más que el deseo de la ultraderecha de desentenderse de la herencia de la antigua revolución burguesa. Es más bien su negación más acabada, pero también la más embaucadora. Porque actúa sobre el desconcierto que provoca su negación de todo contenido (incluido el «estrechamente burgués»). Es la pretensión siempre fallida de las clases dominantes por desvincularse de las explotadas, de las frases por liberarse de los contenidos, de los precios por desanudarse del valor-trabajo, del signo por desentenderse del afecto, de lo digital por dominar lo analógico y de los negocios por aniquilar la historia. Se trata de una ofensiva deshinibitoria que busca quebrar en la pantalla los límites que le impone a la acumulación la sensibilidad colectiva. De ahí que la barbarie de las palabras y las imágenes que ponen en circulación en las redes se traduzcan en la bárbaras acciones represivas que ejecutan en las calles. Así ocurrió por ejemplo durante la brutal represión del miércoles 8 de abril cuando las policías federal y de la ciudad, a cargo de Milei-Bullrich y Macri-Kravetz atacaron a los miles y miles de manifestantes que concentraban frente al Ministerio de Capital Humano para exigir alimentos. La desimplicancia no es el verbo sin consecuencias sino una estrategia bélica que recurre a un fraseo sarcástico. Un modo verbal que retrae y contiene la consecuencia en la risa sólo para aplicarla a la vida desarmada que se pregunta como resistir. Sólo a ellas les es reservada de modo dosificado la recobrada e intocada gramática desnuda de la lengua de lo instrumental y del exterminio.

Con información de Página/12