La devastación

Por José Blanco

¡Cada día! matamos 900 mil vacas, 1.4 millones de cabras, 1.7 millones de ovejas, 3.8 millones de cerdos, 11.8 millones de patos, 202 millones de pollos: ¡cada día!

En 2019, la ONU estableció el 29 de septiembre como Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos (PDA). El viernes pasado fue su cuarto aniversario, que recuerda la imperiosa necesidad de revertir la pérdida y el desperdicio de alimentos en el mundo. La idea es estimular las acciones en pro de la seguridad alimentaria y nutricional de la población. El objetivo está muy lejos de la práctica efectiva planetaria.

El PDA derivó de estudios realizados en 2010 y 2011 por el Instituto Sueco de Alimentos y Biotecnología, a petición de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). En esos años, un tercio de la producción de los alimentos destinados al consumo humano se desperdiciaba en el mundo, lo que equivalía a 1.3 millones de toneladas al año, una cifra astronómica, difícil de sopesar para cualquier persona.

Un desperdicio de un tercio significa que cantidades inmensas de recursos destinados a la producción de alimentos se utilizan en vano y que las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por esa producción, también son en vano. Como era de esperarse, los estudios hallaron que en el mundo industrializado se desperdician muchos más alimentos per cápita que en los países periféricos. «Calculamos que el desperdicio per cápita de alimentos por consumidor en Europa y América del Norte es de 95 a 115 kilogramos/año, mientras que en África subsahariana y en Asia meridional y sudoriental esta cifra representa de 6 a 11 kilos/año». Hoy, más de una década después de esos estudios, la cifras habrán crecido a cotas más altas aún.

Si esas sumas son enormes, considérense las contenidas en «¿Cuántos animales son sacrificados cada día?», Max Roser (2023) (https://ourworldindata.org/how-many-animals-get-slaughtered-every-day): vivimos en un mundo en el que ¡cada día! matamos 900 mil vacas, 1.4 millones de cabras, 1.7 millones de ovejas, 3.8 millones de cerdos, 11.8 millones de patos, 202 millones de pollos: ¡cada día! Si su asombro está acompañado de incredulidad, vea usted la página de World in Data citada.

El estudio explica los métodos conforme a los cuales los millones de toneladas fueron convertidos a número de animales, cosa que no fue posible en el caso de las muchas variedades de peces y otros seres acuáticos: 177.8 millones de toneladas de pescado; esta cifra diaria no incluye mariscos (crustáceos y moluscos), ni los demás seres de aguas dulces y saladas que devoramos.

Dice el estudio: «Si se cree que el sacrificio de animales les hace sufrir y se atribuye a su sufrimiento siquiera una pequeña medida de importancia ética, entonces la escala moral de esta realidad es inmensa». Palabras débiles para la magnitud del hecho. El tamaño de la voracidad desenfrenada de los humanos es inconmensurable y, cada día, la base de su existencia biológica –por lo que hace sólo a su consumo de proteína animal–, transcurre al margen de su conciencia, debido a la ignorancia de todos respecto al tamaño de la matanza. Millones de hombres trabajan en la feroz carnicería para que la humanidad se nutra; y todo sucede con una división del trabajo llevada al extremo, que provoca que nadie se percate de la totalidad de los hechos.

Cada día devoramos a la naturaleza animal en una medida mayor que cualquiera del resto de las especies animales. La cadena trófica, dice la Wiki, «describe el proceso de transferencia de sustancias nutritivas a través de las diferentes especies de una comunidad biológica. Cada especie se alimenta de la precedente y es alimento de la siguiente». Los humanos viven al margen de esa cadena. Devoran cuantas especies existen y, para ello, las producen: no opera el orden de la naturaleza, sino una catástrofe cuya desmesura no halla palabras para definirla; y todo en condiciones de un infernal hacinamiento, del que quizá todos hemos oído: en los pollos, en los cerdos, en el ganado vacuno, en los salmones…

Hoy día, casi la mitad de la tierra libre de hielo y de desierto del mundo se emplea para la agricultura, y la mayor parte de esta tierra es utilizada por el ganado. Si no comiéramos carne, sería posible reducir la superficie agrícola de 4 mil a mil millones de hectáreas. Los cambios hacia un menor consumo de carne tendrían grandes beneficios para los animales de todo el mundo, ya que los espacios naturales podrían volver a crecer para proporcionar hábitats a la fauna salvaje. Esa reducción también ayudaría a hacer frente al cambio climático: aminorarían las emisiones directas de los eructos de las vacas y del óxido nitroso del estiércol; también serían menos las emisiones derivadas de la deforestación y el cambio en el uso del suelo.

Las cifras ocultan una desigualdad profunda: la brutalidad del consumo y desperdicio no ocurre en el sur global en la dimensión extrema señalada; en el sur hay escasez de alimentos y aún hambre masiva. Pero, no se nos oculte: todo lo provoca el capital buscando ganancias. Entre más producción de desperdicio, más ganancias.

La Jornada