La distopía nicaragüense

Por Marcos Roitman Rosenmann

Difícil tarea, reflexionar sobre la revolución sandinista, cuyo triunfo, el 19 de julio de 1979, despertó las esperanzas de un continente abatido por los golpes de Estado y las dictaduras. Nicaragua lograba un triunfo histórico, rompía la maldición de ser gobernada por tiranos, autócratas y una saga familiar, los Somoza. Atrás quedaban los años de sacrificio, la clandestinidad, la tortura. La montaña fue el refugio para luchar, armas en mano, por la ansiada democracia. Habían derrotado al dictador. Una pluralidad de fuerzas y movimientos sociales tomaban protagonismo. La patria de Sandino, general de hombres libres, se redimía. Poco duró la alegría. Bajo un nuevo escenario, las guerras de baja intensidad, Estados Unidos, en 1983, invadió la isla de Granada; en Nicaragua, atacó el puerto de Corinto y financió un ejército de mercenarios. Habían transcurrido cuatro años. No hubo tregua. Campañas de descrédito, bloqueo, atentados, quema de cosechas y ataques a los pueblos originarios, sumos, ramas y misquitos. Honduras, fiel aliado de Estados Unidos, cumplió su papel de meretriz, al cual se sumó el gobierno costarricense de Óscar Arias, quien cobijó a la contra en su territorio, facilitando sus incursiones terroristas. Nicaragua sufrió un acoso permanente, hasta la derrota electoral del FSLN en 1990. Entre 1984 y 1990 la solidaridad internacional se volcó, al igual que en tiempos de la lucha contra Somoza con el FSLN. Intelectuales, movimientos sociales, el mundo de la cultura, levantó la voz. Fue insuficiente. Estados Unidos ya había decidido. Primero invadió Panamá, en 1989, y en febrero de 1990, la contra, hizo posible el triunfo de Violeta Chamorro, representante de la Unión Nacional Opositora. La guerra había desgastado al FSLN y segado la vida de miles de jóvenes que fueron a defender su revolución.

Hoy. en Nicaragua, gobierna la dupla Daniel Ortega-Rosario Murillo, marido y mujer, presidente y vicepresidenta. Ellos han secuestrado el FSLN. Nadie pudo vaticinar su deriva autoritaria de Daniel Ortega. Del proyecto inicial asentado en una economía mixta, popular, democrática, nacional y antimperialista no hay ni rescoldos. El FSLN ha mutado en organización maniatada por un caudillo, que reproduce las mismas conductas despóticas que en su día combatieron juntos sandinistas, progresistas, socialdemócratas, marxistas, defensores de los derechos humanos, periodistas, sindicalistas e intelectuales. En esta amalgama se entrecruzaron las esperanzas que hicieron posible un gobierno popular.

Hoy no podemos encontrar ni rastro del ideario de su fundador, Carlos Fonseca Amador, mucho menos de su inspirador, César Augusto Sandino. Vergüenza produce el quehacer de un régimen que persigue, arresta, encarcela, destierra y declara apátridas a quienes se han atrevido a levantar la voz. Son muchos. Unos han muerto en la cárcel, otros han sufrido la ira de la dupla Ortega-Murillo. Algunos nombres me vienen a la cabeza. Los hermanos Ernesto y Fernando Cardenal, Hugo Tinoco, Luis Carrión, Mónica Baltodano, Sergio Ramírez, Moisés Hassan, Dora María Téllez, Gioconda Belli, Carlos Mejía Godoy, Hugo Torres Jiménez, Óscar René Vargas, ellos son historia viva de Nicaragua. Pero no olvidemos a quienes generosamente han entregado su vida en las manifestaciones de 2018 y en las luchas que les han precedido. Seguramente, y sí, habrá diferencias, pertenecen a distintas tradiciones políticas. Algunos son sandinistas, otros progresistas, socialdemócratas, marxistas, y hay quienes se reivindican de la tradición liberal. Pero les une un objetivo, luchar contra la tiranía.

El régimen Ortega-Murillo les persigue, tiene miedo. Se agazapa, lanza sus diatribas. Pero, no nos engañemos, en Nicaragua no se trata de una lucha antimperialista, tampoco de la defensa de un proyecto democrático, nacional y popular. Sólo es un intento desesperado de perpetuarse en el poder. No es un gobierno de izquierda. Justificar sus felonías, deja en mal lugar a la izquierda, de la cual me reivindico. Existe una línea roja que no se debe cruzar. Mantener los compromisos éticos, los valores de un proyecto transformador, y socialista. Pero debemos ser conscientes, también hay límites para ejercitar la oposición, de derecha o de izquierda. La oposición nicaragüense en tiempos del gobierno sandinista (1979-90) no fue democrática. Su único objetivo era destruir el proceso revolucionario. Ganar las elecciones era parte del plan estratégico. Tuvieron éxito. El proyecto fue destruido y enterrado.

Hoy en Nicaragua, hablamos de luchas por la dignidad. Y ahí se entrecruzan la defensa de una patria soberana, del derecho de autodeterminación, de justicia social y participación democrática. Y para dejarlo claro. No hay contradicción en apoyar las luchas contra el régimen de Ortega y Murillo, y defender la revolución cubana sometida a 60 años de bloqueo inhumano. Seguiré apoyando a Cuba, y al gobierno legítimo del presidente Miguel Díaz-Canel. Pero igualmente levanto la voz por la República Bolivariana de Venezuela, cuya oposición llama directamente al magnicidio. No nos confundamos. Lo que se vive en Nicaragua es la manifestación descarnada de una distopía. Denunciarlo es cuestión de dignidad. Cualquier otra comparación debe considerarse una posición maniquea de parte interesada.

La Jornada