La impotencia de los estados

Por Raúl Zibechi

Estamos acostumbrados a que los defensores de la política estadocéntrica difundan las actuaciones de los estados, haciendo hincapié en sus realizaciones y omitiendo la criminalidad estatal, que suele atribuirse a los grupos de narcotraficantes y a las bandas armadas que se multiplican gracias al apoyo que reciben de las instituciones armadas oficiales.

Sin embargo, muy poco se menciona lo que esos estados no están haciendo, lo que no pueden o no quieren hacer por las más diversas razones. Se intenta ocultar que la violencia, que no deja de crecer en la mayoría de nuestros países, desde México hasta Chile, no sucedería sin la complicidad, el silencio o el apoyo directo de policías y militares, así como de empresarios y gobiernos federales, estatales y municipales.

Veamos algunos ejemplos.

¿Qué pueden hacer los estados ante la crisis climática y ante las migraciones masivas? Los gobernantes dicen que hacen todo lo posible, se reúnen, convocan costosas conferencias internacionales y cumbres entre dirigentes, pero apenas se quedan en declaraciones vacías en las que nadie confía, salvo los que se benefician de esos ­encuentros.

Pero la pregunta debería ir más a fondo. ¿Qué podrían hacer los estados y los gobiernos si estuvieran dirigidos por personas honestas? O algo más complejo: ¿es posible detener o revertir el cambio climático? ¿Y las migraciones?

Un estudio publicado por la revista Nature Sutainability dice que «de 3 a 6 mil millones de personas, entre un tercio y la mitad de la humanidad, podrían quedar atrapadas fuera del nicho ambiental donde es posible la vida, enfrentando calor extremo, escasez de alimentos y mayores tasas de mortalidad, a menos que las emisiones se reduzcan drásticamente o se tenga en cuenta la migración masiva» (bit.ly/3CqyNPA).

Para revertir la crisis climática, habría que producir un cambio drástico en dos cuestiones centrales: la acumulación de capital por despojo o robo y los modos de vida de la porción de la humanidad que vive bastante bien, o sea las clases medias y altas del mundo. Ambas cosas son imposibles. La primera porque se trata del uno por ciento más rico que ha mostrado que no quiere dejar su lugar de privilegio.

La segunda porque los cambios culturales son muy lentos y nadie quiere perder su nivel de vida, de consumo. ¿Cuántas personas de las que están leyendo estas líneas estarían dispuestas a vivir como los pueblos originarios de Chiapas que, sólo por serlo, son pobres y están siendo castigados por los poderosos?

No es fácil cambiar el modo de vida. Menos aún hacerlo por voluntad y no por necesidad. Si la mitad de la población del planeta puede llegar a migrar por razones climáticas, es evidente que esta enorme y brutal proporción no puede ser contenida ni siquiera por el Estado más poderoso. Las autoridades de Estados Unidos son absolutamente impotentes para detener las nubes de humo y polvo provocadas estos días por los incendios forestales en Canadá.

Estos días estoy en Venezuela, donde no hay gasolina y el país está paralizado. Vengo de Uruguay, donde resido y ya no hay agua potable. Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo y Uruguay era un paraíso de agua potable abundante de muy buena calidad.

En ambos casos vemos la impotencia de los estados. Las refinerías en Venezuela tienen entre 60 y 70 años de antigüedad, no han sido reparadas y ahora presentan fallas casi permanentes. Ahora Venezuela depende de los envíos de gasolina de Irán. El «monocultivo» de hidrocarburos está en la base de esta tremenda crisis.

En Uruguay la producción agropecuaria para la exportación es responsable de la escasez actual, aunque se agravó por la larga sequía producto del cambio climático. La deforestación, los monocultivos de soya y la lechería están en la base de la escasez actual de agua, toda vez que las principales cuencas están contaminadas sin que nadie responda, ni el actual gobierno de derecha, ni los anteriores de izquierda.

En ambos países la acumulación por despojo es la responsable última de los desastres. Pero la gravedad de la situación que nos afecta no puede ya resolverse ni con manifestaciones (en Montevideo las hay a diario y son necesarias para alertar a la población ante el silencio oficial), ni con cambios de gobierno. La «fuerza de la inercia» a la que aludía Fernand Braudel es tan importante que ni siquiera el hundimiento del sistema-mundo en curso es capaz de hacer que las poblaciones modifiquen sus hábitos, en particular las urbanas.

Hace ya siete años en el encuentro El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista, celebrado en San Cristóbal de las Casas, el EZLN advirtió sobre la dimensión de las migraciones esperables para este siglo. A algunos nos pareció exagerado, pero la realidad nos está superando.

¿Qué vamos a hacer ante la evidencia de que estamos frente a riesgos que ni los estados ni los gobiernos pueden resolver? Es evidente que debemos elegir entre autonomía y barbarie.

La Jornada

Descargar Raúl Zibechi – Tiempos de colapso. Los pueblos en movimiento