La parábola de Martín Fierro

Por Hernán Brienza

Ilustración: Hugo Horita

De su ida a una existencia salvaje entre la indiada, en los márgenes de la ley, al regreso a la civilización en el marco del nacimiento del Estado moderno. Las interpretaciones de Lugones, Marechal y Feinmann.

Si alguien debiera explicar qué es un hecho culturalmente hegemónico en la historia de los arquetipos político-literarios argentinos le bastaría con pronunciar el nombre Martín Fierro. Basta con hacer la prueba entre amigos y conocidos sobre cuál es el personaje que mejor representa la argentinidad y va a notar que la estadística confirma este enunciado. Más de la mitad de los encuestados dirá que es el Martín Fierro. Eso no tiene relación con la indiscutible calidad del poema de José Hernández sino con las operaciones culturales que se hicieron a posteriori, muchos años, incluso décadas, después de publicado por primera vez el libro. Lo cierto es que es muy difícil escaparle a la imagen prefigurada de que el gaucho Martín Fierro es la “encarnación absoluta” del ser nacional en todas sus dimensiones: geográficas, vitales, morales, políticas. El Martín Fierro es, sin duda, la reparación histórica del Facundo, de Domingo Sarmiento. O al menos eso creíamos hasta la aparición de Filosofía y nación, de José Pablo Feinmann.

La gran operación cultural de la que el Martín Fierro es tributario pero también víctima la realiza Leopoldo Lugones, ya consagrado como “poeta nacional”, en 1913, en una serie de conferencias en el Teatro Odeón y que después formarían parte de su estrambótico pero interesantísimo libro El payador. En pocas palabras, la operación cultural de Lugones consiste, explicada en forma burda, en lo siguiente: a) La épica es el momento de mayor grandeza de un pueblo o una “raza”. Nació en la Grecia clásica y su última manifestación se registró en las formas caballerescas de la Provenza en la Edad Media. b) El Martín Fierro es un poema épico por excelencia, por lo tanto es el momento cúlmine de un pueblo y/o define una “raza” y le da un destino manifiesto. Por lo tanto, el Martín Fierro desciende de la épica clásica. c) Los argentinos descendemos del Martín Fierro. Ergo, descendemos de los griegos y no de los españoles ni de su cristianismo decadente, concluye nietzscheanamente Lugones.

Pero el personaje central del poema es un gaucho retobado, uno que, como ellos, había perdido representación con la llegada de los jueces de paz y la política de las levas y los cuarteles de campaña. Fierro significaba el gaucho que había perdido todo por el avance de una modernidad que no lo contenía ni lo comprendía, es la víctima principal del proceso de Organización Nacional iniciado por Bartolomé Mitre, es el heredero del federalismo montonero, por decirlo groseramente, que finalmente es expulsado de su propia tierra, aquel que en la Ida debe refugiarse en las tolderías junto con el sargento Cruz, estableciendo una extraña alianza de excluidos.

Sin embargo, ese Fierro no es el mismo al que le canta Lugones, y tampoco es aquel al que le hablan Marechal y Feinmann o leemos hoy con curiosidad arqueológica. El autor de El payador le canta al gaucho vencido, al domesticado, al de La vuelta, le canta al Fierro que “va deviniendo” en Don Segundo Sombra, es decir, al peón de estancia. Es por esa razón que la oligarquía triunfante, sobre todo después de la Campaña al “Desierto”, celebra entusiasta la peripecia cultural que realiza el autor de Lunario sentimental.

MARECHAL Y EL SER NACIONAL

Entre las lecturas y relecturas de Martín Fierro es inevitable recurrir a Leopoldo Marechal y su Simbolismos del Martín Fierro. El autor de Adán Buenosayres intenta resignificar la operación cultural de Lugones. Ambiciona arrebatarle el símbolo gaucho al nacionalismo oligárquico y transformarlo en un arquetipo del nacionalismo popular: Fierro es un gaucho retobado pero es “un estado del alma nacional en el punto más dolorido de su conciencia (…) Es el símbolo de todo un pueblo que, súbitamente, se halla enajenado de su propia esencia y, por lo mismo, hurtado a las posibilidades auténticas de su devenir histórico (…) Es el ente argentino quien luche en él. Pero es derrotado al fin, y el estilo invasor contra el cual peleaba lo induce a refugiarse en el desierto”. Ese desierto es la imagen de la privación, la penitencia, la purificación de la pena que anuncia, dialécticamente, la vuelta del héroe. Y ese regreso tiene, según Marechal, un destino misional.

“Oscuro y clandestino, Martín Fierro fue la protesta de un perseguido”, resume José Pablo Feinmann el poema creado por José Hernández. De un perseguido que perdió su propio paraíso. Feinmann centró en un personaje determinado el comienzo de los males del gaucho: la figura trágica del Juez. “Ya sea porque quiere poseer a la mujer del héroe gaucho, o porque este no se ha presentado a votar, o por ambas cosas, termina por instrumentar el poder que la Justicia ha puesto en sus manos y transforma al héroe gaucho en un perseguido (matrero) o lo manda a servir a la frontera. Allí va Martín Fierro”, explica Feinmann.

Su acertada tesis sobre el Martín Fierro sostiene que, en realidad, no se trata del anti-Facundo sino de su continuidad en un momento diferente del desarrollo económico del modelo agroexportador argentino. En la Ida, sugiere con lucidez el autor de Filosofía y nación, la burguesía sarmientina debe cumplir con los reclamos de un libro que le está dedicado. Esos reclamos son acabar con las levas forzosas de gauchos, dotarlos de derechos, impedir el abuso de los jueces y convertirlos en ciudadanos. “La burguesía porteña –sostiene Feinmann– comienza a realizar lo exigido por Hernández en la Ida. La vuelta del gaucho Martín Fierro ya no le está dirigida. Su destinatario directo es ahora el habitante de la campaña bonaerense y litoralense. Los puebleros ya escucharon y están haciendo lo correcto. Ahora hay que dirigirse a los gauchos y enseñarles con qué deberes habrán de pagar sus derechos: ha llegado la hora del consejo.”

Ha llegado la hora del roquismo a la Argentina. Y la hora del ingreso de Hernández, militante del Partido Autonomista, como senador, a las filas del ya casi presidente Julio Argentino Roca. Al calor de los preparativos para la Campaña del Desierto, Fierro mata a un indio y rescata a la cautiva, rompe la alianza con los indios que lo habían cobijado y regresa a la “civilización” a encontrarse son sus hijos y el hijo de Cruz, quien ya murió a causa de una enfermedad. Los consejos que les da a sus hijos son mansedumbre, respeto, prudencia, amor al trabajo, obediencia, decencia, etcétera. “El final de la Vuelta –resume Feinmann– no hace más que expresar la fraternal unión de Buenos Aires, el Litoral y los grupos liberales del interior mediterráneo bajo la presidencia de Roca.”

El proceso de rescate monumental que hace Lugones del Martín Fierro en El payador comienza en La vuelta de Martín Fierro. Se inicia la reparación literaria del gaucho ya no como sujeto histórico (político/subversivo) sino como arquetipo, como símbolo de la estancia, y por lo tanto de la Argentina. Martín Fierro en su regreso ya está preñado de Don Segundo Sombra. Sin embargo, todavía el Martín Fierro retintinea en la memoria del pueblo argentino a la manera marechaliana: como un signo de resistencia, de maltrato y como promesa de futuro.

Caras y Caretas

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