La raza no existe

Fernando Báez Sosa fue asesinado a golpes al grito de ‘negro de mierda’”. La insistencia en leer el asesinato únicamente como una cuestión de clase deja afuera un aspecto importante: el racismo. Discutir la raza en la Argentina no puede reducirse a las categorías anglosajonas o europeas. ¿Qué implica decir “negro de mierda” o “negro villero” en este país? ¿Qué tan cierto es cuando decimos «todos somos Fernando”? ¿Dónde están los marrones en la sociedad y qué lugar ocupan?

Por: Florencia Angilletta*

Fotos: Télam

“Negro de mierda”, “a este negro de mierda me lo voy a llevar de trofeo”, decían mientras le pegaban. Así lo ratificaron los amigos y un testigo ocasional del crimen. Se cumplieron tres años del 18 de enero de 2020, cuando un grupo de jóvenes mató a golpes a Fernando Báez Sosa a la salida de un boliche en Villa Gesell. Fue un aniversario diferente, en medio del juicio oral y público que comenzó el 2 de enero en Dolores, en el que hay ocho imputados. ¿Qué decir ante el dolor de su madre, su padre, su novia, sus amigos? Estas palabras no son sobre lo que pasó, sino sobre cómo cada muerte que nos toca no nos la podemos sacar de encima. Un asesinato tremendo cuyo juicio seguimos socialmente. Y ahí está el intríngulis indigerible de este crimen que retumba: raza. Una raza es una raza es una raza. Los cuerpos racializados. 

El colectivo Identidad Marrón, junto a otras organizaciones, lee el asesinato como un crimen racial. Mientras le pegaban le dijeron “negro de mierda”. Pero, ¿quiénes son los “negros”? Discutir la raza en la Argentina no puede reducirse a las categorías anglosajonas o europeas. No porque esa discusión no incluya a la comunidad afro y a los/as afrodescendientes, sino porque raza y clase están enlazados en las atribuciones de la negritud. 

Muchas veces detrás de la lectura clasista, como en muchas de las muertes por “gatillo fácil”, está la racialización de ciertos cuerpos. A Baéz Sosa no lo insultaron por  la clase, lo insultaron por la raza. La compulsión a leer solo la clase no advierte que para marcar la clase se apela a la raza. La clase y la raza están imbricadas en la Argentina.

Fernando Báez Sosa nació el 2 marzo de 2001. Era el hijo único de María Graciela Sosa y de Silvino Báez. Paraguayos, hace más de dos décadas viven en la Argentina. Báez trabaja entre trabajos de construcción y encargado de edificios y Sosa como cuidadora de ancianos. Fernando encarnó las trayectorias de todas las promesas igualitaristas de la democracia: la de la escuela, el esfuerzo, la beca, el sueño de la primera generación universitaria. Las aspiraciones de la clase media nos ponen más blancos.

Fernando Báez Sosa era argentino e hijo de paraguayos. Quienes lo golpeaban  no podían saber sus orígenes, pero cuando le gritaron “negro” lo insultaron con atribución de negritud y odio racial. Todas las demás ciudadanías, todos los demás capitales que había luchado por conquistar, se les hicieron invisibles. La raza quedó al desnudo en ese “negro de mierda”. Y entonces, ¿qué nos revuelve tanto como sociedad? ¿Que ellos no vieron que al final tan negro no era? ¿Y si lo hubiese sido? Él fue la oveja blanca de su familia, pero lo mataron por oveja negra. Duele todo. Hasta los huesos. Argentina, la máquina de matar paraguayos. Argentina ha sido una máquina de guerra hacia Paraguay. La guerra del Paraguay en el siglo XIX: ir a matar hermanos. 

Las pinturas de Cándido López, el pintor de la Guerra del Paraguay. Las imágenes de una sensibilidad fuera de este mundo. No hay mapa de Argentina sin Paraguay, sin ese dolor, sin esa masacre, sin esa contradicción, sin ese linaje. Canoas de leches agrias. La guerra de la llamada Triple Alianza hizo que, por órdenes de Mitre, muchos argentinos fueran a matar paraguayos. ¿Pero la tierra de la provincia que hoy es Formosa, por ejemplo, de quien se sentía más hermana? 

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Años después, las fronteras argentinas han recibido a los nietos de esos paraguayos muertos que van a trabajar a yerbatales e ingenios. Verle la cara a los verdugos. ¿Con qué se hace un mapa entonces? La escritora jujeña Libertad Demitrópulos –autora de, entre otros, Río de las congojas– publicó en 1972 Poesía tradicional argentina, donde recopila coplas, canciones y villancicos. A diferencia de la mayoría de las producciones sobre imaginarios urbanos, esos textos subrayan espacios y voces rurales, no citadinos. Resuena el estatuto del peón. Y el mapa se estira cuando incorpora “Romance de la paraguaya”, porque la guerra de la Triple Alianza es también la “guerra de hermanos” que arma frontera en la Argentina. El trabajo rural, la intersección de la familia, de la vida, de la muerte, de la sangre enlazan la producción de Demitrópulos con otros relatos, como la película Las aguas bajan turbias –“hija” de la alianza entre Hugo Del Carril y Alfredo Varela, de 1952–. Argentina tiene una “a” estirada. Argentina es más que Argentina. O lo mismo: mil Argentinas adentro. 

Alejandro Mamani, abogado especialista en Derechos Humanos, parte de Identidad Marrón, señala: “Uno de los puntos más importantes que está sobre la mesa ante el asesinato de Fernando Báez Sosa es el racismo. ¿Por qué nos cuesta tanto hablar de racismo? Hasta se debate si es un crimen racial. Si nos remontamos a uno de los últimos hitos, como es el caso de George Floyd, asesinado por policías, la justicia estadounidense no duda que es un caso de racismo. La gran pregunta es por qué en la América Latina hispanoparlante nos cuesta tanto ver el racismo”. 

Fernando Báez Sosa fue asesinado a golpes al grito de ‘negro de mierda’”. Mamani reflexiona sobre clasismo y racismo: la insistencia de leer el asesinato como una cuestión de clase y no étnico racial. “La única forma para entender la clase social de una persona en ese contexto es el color de piel. Tenemos una negación sistemática: no podemos conceder que haya una probabilidad en términos raciales. La definición de racismo forma parte de la estructura legal”.

Mamani pone el dedo en la llaga: ¿por qué si hay leyes en Argentina –los crímenes por odio racial (tipificados en el artículo 80 inciso 4 del Código)– los crímenes raciales tienen ínfima repercusión en la justicia? “No es que no haya leyes, el tema es que no hay casos de asesinatos por odio racial pero no porque no haya casos sino porque no podemos llenar el significado de qué implica el racismo en Argentina. No lo podemos llenar a nivel social, mediático y mucho menos a nivel judicial. Nos cuesta preguntarnos sobre la blanquitud y lo que conlleva”.

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Los acusados son escrutados en función, también, de cómo son sus familias. La cobertura mediática y los comentarios en redes sociales amplifican esa operación. “Repiten lo que aprenden en la casa”. “Hijo de tigre”. “De tal palo tal astilla”. “El fruto no cae lejos del árbol”. Una sociedad racializada hace de la sangre un imperio determinista. Estas atribuciones familiaristas –por ser “hijo de”– no son equivalentes a la violencia del odio racial pero pueden ser leídas como operaciones racializadas. Y esas atribuciones no son familiares, son familiaristas. Porque la ideología familiarista no es sinónimo de la familia: es hacer de la familia una determinación exclusiva y una estratificación excluyente del poder del lazo sanguíneo. Y es expulsiva con quienes no tienen idénticos capitales de ascendencia o descendencia. 

Todos somos hijos. Todas somos hijas. Venimos de un país, de una raza, de una escena que viene –a veces– de otros países, otras razas, otras escenas. Raza es también eso: los esencialismos, los tradicionalismos. La activación de los imaginarios de la filiación incluso para los acusados. Nadie es ajeno al imperio de la sangre. Y la raza es una flecha que nos apunta. No son todos/as racistas menos vos. 

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“Hija de puta”, “hijo de yuta”: hay en la injuria una dimensión –quizá– menos manifiesta: la persistencia de estos “imaginarios de la filiación”. Se cambia “yuta” por “puta”, pero se mantiene el “hija o hijo de”. El insulto epidérmico, gutural, nos devuelve ese imperio de la sangre. Quién es “puta” es también una pregunta por la filiación, una serie que se organiza en torno a la “china” o la “negra” de la gauchesca, la “cabecita negra” de las ficciones de los años cuarenta, o las más recientes “negra villera” y “negra de alma que se embaraza por un plan”. Sus efectos se vinculan con la sangre en la fundación de las familias y con las posibles reconfiguraciones de lo común. ¿La sangre dice todo de vos o la sangre puede no decir todo de vos? 

Hija o hijo de, entonces, como una injuria que reedita en América Latina la violencia inaugural de la “conquista” y los marcadores raciales de quién sos hijo/a, arrastrados por lo legítimo y lo ilegítimo. Raza es leer de quién sos hijo. Desde el “hijo de la chingada” hasta la “hija del portero”. A partir de los análisis de, entre otras/os Rita Segato, la raza en el ojo del que mira. Y lo que no siempre sale del clóset: ¿cuánta de nuestra historia está atravesada por las violaciones? Abrimos la escucha a las víctimas, pero más nos cuesta mirar de frente ese doble fondo del placard: nuestra América Latina violenta en nosotras/os. Nuestros orígenes, también atravesados por las violaciones en la “conquista”. Nuestras heridas latinoamericanas.

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“¿Qué implica “negro de mierda” y “negro villero” en la Argentina?”, se pregunta Alejando Mamani. “Un pibito de piel marrón con ropa urbana que proviene de sectores populares. Algo incomprensible para el norte global, pero que forma parte de nuestra praxis social. Si bien los orígenes etimológicos de ‘negros’ originariamente se refiere a la afrodescendencia, las personas cuando hablan conceptualmente de ‘negro villero’ hablan de piel marrón. Desanudar estos diferentes conflictos sociales en términos etimológicos, conceptuales y aun jurídicos para poder vislumbrar que el problema detrás de esto es el racismo. Y si no estamos escondiendo detrás del concepto de clasismo el racismo en Argentina. Este asesinato implica muchas cuestiones que no tenemos resueltas como sociedad y que necesitamos debatir. Cuando dicen ‘todos somos Fernando Báez Sosa’, no: todos no somos Fernando Báez Sosa. ¿Dónde están los marrones en la sociedad y qué lugar ocupan?”.

No todas las tonalidades ni las pertenencias en América Latina, en Argentina, entran en un casillero. A la pregunta del Washington Post Why doesn’t Argentina have more Black players in the World Cup? puede responderse que en el seleccionado argentino –al menos de la segunda mitad del siglo XX– quizá no haya habido afrodescendientes pero negros sí hubo. Porque la negritud en Argentina, en América Latina, no es una forma de leer solo la afrodescendencia. ¿Qué decimos cuando decimos “negro”? Cuando le decían “negra” a una mujer por provinciana o bastarda o cuando se lo dice por “groncho” a un recién llegado. La raza es también una lengua que se desliza entre clase, migración, etnia.

Sangres, vergüenzas, exclusiones, transformaciones, respetabilidades, integraciones. En el colegio marianista al que fue Fernando Báez Sosa hay colgado un cartel en el que se lee: “Siempre serás uno de nosotros. Mantendremos viva tu memoria y exigiremos justicia”. Báez Sosa fue a otra frontera. No hay palabras para el dolor de esa muerte. Julieta Rossi, la novia, la viuda joven, la más audaz, quien abrió su corazón al joven becado. Debajo de la cama está la raza. ¿De quién serías capaz de enamorarte? Lo demás es condescendencia. En el deseo se corta el bacalao. Que los deseos no se sigan haciendo solo de sangre. 

19/01/23.

*Fue una lectora desenfrenada, su infancia fue entre la saga de Elige tu propia aventura , las colecciones para niñas sensibles –en las que aprendió cómo era un divorcio en Dinamarca o los horrores de la dictadura chilena–, los diarios y las revistas. En la adolescencia, como la mayoría de las egresadas de Letras, quiso ser bailarina. Nació en 1986 en la Ciudad de Buenos Aires y se recibió de licenciada en Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ha trabajado como investigadora, docente y periodista. En la actualidad, se desempeña como becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Cuando se le pregunta cómo leer, responde que es un tema que tiene que ver con su trabajo. Durante la última década fue alternando métodos: marcar con resaltador, circular con fibras de colores, subrayar con lápiz negro, pegar banderitas flúo. Autora del libro Zona de promesas, sobre feminismos y política, y es co-coordinadora del volumen II de la Historia feminista de la literatura argentina.

Revista Anfibia

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