La secta del Lawfare y la sombra de Al Capone

Por: Ricardo Ragendorfer
@Ragendorfer

Imagen: Juez federal Julián Ercolini. Foto Télam.

Hay finales imprevisibles, como el de Al Capone. Porque ese tipo, el máximo prócer del crimen organizado en los Estados Unidos, supo violar casi todas las leyes de su país, pero fue a la cárcel por una simple contravención tributaria.

Tal vez semejante fatalidad haya sido recientemente evocada por cuatro reputados jueces federales (Julián Ercolini, Carlos Mahiques, Pablo Yadarola y Pablo Cayssials), por el procurador porteño (Juan Bautista Mahiques), por el ministro de Seguridad de la CABA (Marcelo D’Alessandro), por un fisgón de la AFI macrista (Leo Bergroth), por un experto en campañas digitales (Tomás Reinke) y por dos cabecillas del Grupo Clarín (Pablo Casey y Jorge Rendo). El hecho es que ellos integran el ultrasecreto estado mayor del Lawfare en la Argentina. Pero una simple escapadita a la mansión del billonario inglés Joe Lewis en la paradisíaca zona cordillerana de Lago Escondido fue suficiente para dejar a la intemperie sus actividades clandestinas.

Eso no los inquietó demasiado, puesto que con picardía de estudiantina empezaron a mover los hilos para urdir una buena coartada que encubriera el financiamiento de aquel weekend por parte de la corporación encabezada por Héctor Magnetto.

Sin embargo la dramaturgia del destino hizo que dichos planes salieran a la luz al ser hackeado nada menos que el celular del ministro D’Alessandro con todos los chats al respecto. Dado el área a su cargo, un papelón.

Claro que ello le dio más sentido a una denuncia contra ellos por haber recibido dádivas del Grupo Clarín. Su instructora es la jueza federal de Zapala, Silvina Domínguez, quien ya imputó a esta alegre muchachada.

A modo de contraataque, Yadarola se apresuró en hacer una denuncia por presunto espionaje (referida a la filtración de esos chats). No obstante, el impacto público que quiso consumar fue devorado por una paradoja no exenta de gracia: el asunto, por sorteo, cayó en el juzgado del mismísimo Ercolini. Y de mala gana tuvo que delegarla al juez Marcelo Martínez de Giorgi.

Desde entonces se lo ve a Ercolini salir casi a hurtadillas al edificio de Comodoro Py. ¡Pobre! Porque hasta la semana anterior la vida le sonreía.

Lo cierto es que la difusión mediática de los audios con su voz meliflua, al impartir instrucciones de cómo falsear facturas para justificar los gastos del “retiro espiritual” en el feudo cordillerano de Lewis, son una delicia probatoria de inmenso valor, además de un gran documento sonoro del presente. Y tal vez él ya intuya que su rol de consiglieri lo acaba de arrojar a un sitio del cual es muy difícil volver, incluso en el caso de salir indemne de sus consecuencias estrictamente procesales.  

Así funcionan las leyes no escritas de la parte “sana” de la población.

Este sujeto ahora acusado de beneficiarse con dádivas supo procesar a muchas personas por el mismo delito. Pero aquello no importa tanto como el temita de las facturas. Este juez de la Nación supo hacer del prevaricato una militancia, al ser un artífice durante el régimen del PRO de un plan sistemático abocado a la persecución de ex funcionarios kirchneristas, figuras opositoras y empresarios rivales. De hecho, tuvo a su cargo la detención de Ricardo Jaime, convirtiéndose así en el primer juez en arrestar a un integrante del gobierno de CFK; también llevó tras las rejas a los empresarios Cristóbal López y Fabián De Souza en la causa de Oil Combustibles, además de dibujar la de Hotesur y la de Vialidad en Santa Cruz (por la que días pasados la actual vicepresidenta ha sido condenada). Por otra parte, cabe resaltar su persistencia, desde fines de 2015, en el intento de convertir el suicidio del fiscal Alberto Nisman en un asesinato. Asimismo, en sus manos tuvo la causa Papel Prensa, en la que se negó a indagar a los jerarcas de Clarín y La Nación, a quienes los terminó por sobreseer. Y todos lo saludaban con respeto y deferencia. Pero el temita de las facturas apunta a convertirlo en un cadáver civil, al igual que sus compañeros de viaje.

El camarista Carlos Mahiques y su retoño, Juan Bautista, no le van a la zaga en lo que a trapisondas se refiere. Si únicamente tomamos en cuenta el viaje a Lago Escondido, habrá que rememorar que el primero de ellos declaró prescriptos todos los expedientes contra el bueno de Lewis por la apropiación de aquel espejo de agua. Su hijo, a su vez, es recordado por el “apriete” a la camarista Ana María Figueroa para que renuncie, cosa que ella al final hizo. Pero la verdadera obsesión de los Mahiques es el nepotismo: en el transcurso de los últimos años lograron colocar en distintos estamentos de la Justicia, en el Consejo de la Magistratura y en el Gobierno de la Ciudad, a no menos de 28 familiares y amigos.

Por su parte, Cayssials (titular del Juzgado Nacional de 1º instancia en lo Contencioso Administrativo Federal) supo poner el “gancho” para preservar de la desmonopolización al Grupo Clarín. Y Yadarola es uno de los jueces del fuero Penal Económico, que suele trabajar con organismos del gobierno de los Estados Unidos. Otras dos joyitas.

Todos ellos quedaron irremediablemente marcados por esta travesura turística. Una bribonada que le puso sonido a la mafia judicial.

Tiempo Argentino