La ultraderecha arraigó en nuestras sociedades

Por Raúl Zibechi

Si alguien tiene la ilusión de que la ultraderecha es un fenómeno pasajero, la primera vuelta de las elecciones brasileñas debe convencernos de lo contrario. Llegó para quedarse, como sucede en Italia, Estados Unidos, Chile, Colombia y cada vez más en países como Argentina y Uruguay, donde no tenía una sólida tradición.

El Partido Liberal (PL), de Jair Bolsonaro, se convirtió en la primera fuerza política al conseguir 99 diputados y aumentar de forma considerable su representación, al igual que en el Senado, donde obtuvo 13 bancas. El PT eligió 68 diputados que con sus aliados (PV y PCdoB) suman 80, y sólo nueve senadores.

El Parlamento es tan derechista como lo fue desde la elección de 2018 que ganó Bolsonaro. Sumando a los partidos aliados, Bolsonaro alcanza 198 diputados, en tanto Lula podría alcanzar 223, si logra acuerdos con algunos partidos de centroderecha. Quedan 92 bancas de un total de 513 que, según el relevamiento de Folha de Sao Paulo, pueden inclinarse hacia quien ofrezca mejores cargos o facilidades para hacer negocios.

Si el Parlamento será un espacio espinoso que hará de Lula, en caso de ser elegido, un presidente centrista, la ultraderecha se hizo con la mayoría de los gobiernos de los estados, que juegan un papel clave en la gobernabilidad, ya que influyen en la cámara federal y en las estatales.

Lo que parece insólito es que tras cuatro años de deterioro de la economía, del pésimo manejo de la pandemia y de actitudes antidemocráticas permanentes, Bolsonaro obtenga más de 50 millones de votos que muestran un país partido en dos mitades, división que va continuar luego de la segunda vuelta el 30 de octubre.

El fuerte arraigo de la ultraderecha, tanto en Brasil como en otros países, debe hacernos reflexionar sobre sus causas profundas, para operar de modo más eficiente e intentar frenar esta oleada.

Lo primero a considerar es la crisis sistémica global que está desarticulando el sistema internacional de estados y las alianzas entre ellos. En cada región y país se generan tendencias a la ingobernabilidad y al caos. La disputa entre la potencia en decadencia, Estados Unidos, y la ascendente, China, es un factor de desestabilización que favorece la generalización de guerras entre naciones.

En este clima, crece la polarización política, social y cultural entre clases, colores de piel, sexos y generaciones. La violencia de arriba abajo es el modo en que las clases dominantes pretenden remodelar las sociedades según sus intereses, abandonando cada vez más toda tendencia a la integración de los sectores populares y pueblos. Se trata de un desafío inédito para las fuerzas antisistémicas que no estamos acertando a debatir y a actuar en consecuencia.

La segunda es la tremenda des­politización existente en las sociedades, la notable expansión del consumismo con su carga de alienación y parálisis ante los desafíos que representa la crisis/tormenta en curso. Las nuevas capacidades de la dominación mediante las tecnologías más avanzadas (desde redes sociales y celulares, hasta inteligencia artificial) no están encontrando respuestas a la altura de las amenazas planteadas a la humanidad.

Es cierto que en este punto las izquierdas tienen su cuota de responsabilidad por haber abandonado toda actitud antisistémica. Pero si afinamos la mirada, encontraremos que en otros periodos las izquierdas reflejaban las resistencias de abajo, pero no las creaban. Nadie enseñó a las clases trabajadoras a neutralizar el fordismo y el taylorismo, del mismo modo que nadie enseñó a los pueblos originarios y negros a enfrentar el colonialismo, ni a las mujeres a encarar el patriarcado.

Aunque deseo estar equivocado, creo que es la propia rebeldía, característica que siempre anidó en la humanidad pobre y violentada, lo que hoy está siendo neutralizado por las clases dominantes. Tal vez sea un fenómeno apenas urbano, donde la exposición a los mecanismos de dominación es considerablemente mayor. Quizá por eso, nuestros periplos en busca de espacios en resistencia sean mayoritariamente hacia áreas rurales, lejos del mundanal ruido mediático.

Por último, creo que nuestros análisis están demasiado escorados hacia las ideologías, como si fueran la clave de bóveda para explicar el creciente arraigo de las ultraderechas. Pero los seres humanos nos movemos por cuestiones más ligadas a la vida real, aunque no necesariamente por una racionalidad instrumental. Las ideologías vienen después de haber tomado posición, como modo de justificar y de dar vuelo a lo ya decidido.

La potente espiritualidad que anida en los pueblos que resisten, no puede ser casualidad. Compartir espacios y tiempos de celebraciones es la argamasa de las comunidades, sin cuya cohesión emocional y mística no sería posible ni resistir, ni soñar con un mundo diferente al que nos oprime. La espiritualidad es lo primario común de la vida; pero al no sentirla, naufragamos en la pura soledad.

La Jornada