La venganza social de la oligarquía

Ni críticas ni propuestas para que el sistema político deje de proteger al poder concentrado

Por Lucas Arrimada*

Imagen: Sergio Langer, Los empleados del mes, 1998

“El examen de esta situación de una clase dirigente, llamada la oligarquía con justa palabra, es otro tema. Baste señalar el hecho de que bajo una u otra forma de gobierno, sean los militares o los democráticos de jure, el manejo de la cosa pública no ha sido adquirido por personas contrarios a esos intereses, y si las hubo en tanto hicieron propaganda para llegar al poder, una vez obtenido se plegaron al servicio de esa clase, de los intereses de esa clase: terratenientes, ganaderos, militares, y ahora agentes bancarios y económicos extranjeros”.
Ezequiel Martínez Estrada, 1962.

  • 1. A 40 años del triunfo de la venganza social de la oligarquía. “Un problema bien identificado es un problema medio resuelto” dijo Charles Kettering. Los problemas de la Argentina no están identificados y eso impide que sus soluciones puedan siquiera ser pensadas. Con mapas sesgados, parciales y mentirosos vamos a seguir perdidos en la peor tormenta, el naufragio está asegurado. Para que existan mapas útiles necesitamos construir diagnósticos comunes y sólidos, mucha imaginación, paciencia y no poseemos ni la atención necesaria ni una mirada de largo plazo para poder dibujar esos mapas. Ni hablar de la acción colectiva en tiempos de fragmentación política. Dividir y subdividir para reinar. Fragmenta, refragmenta y subordinarás. La atención y la acción fragmentadas son impotentes.

Con el milenio recién comenzando Guillermo O’Donnell hizo el siguiente análisis que parece seguir vigente: “El origen de muchas de las cosas que ocurren hoy está en la combinación entre ese Estado asesino y los estertores de una oligarquía que llevaba cuarenta años queriendo vengarse de ese pueblo indisciplinado”. Y sigue: “Como economista Martínez de Hoz demostró su abismal ineptitud, pero en su venganza social ha sido un gran triunfador, en el sentido de des-industrializar, de dispersar a la clase obrera lejos del peligroso cinturón que produjo el 17 de Octubre, atomizarla, matar a algunos dirigentes sindicales, sobornar a otros”. Corría el domingo 15 de Octubre del 2000 y la entrevista de Horacio Verbitsky salió publicada en Página 12.

El mapa que dibujó Guillermo O’Donnell es un buen comienzo para identificar bien los problemas y quizás elaborar propuestas. Es útil para entender tanto silencio, continuismo, e invitar a pensar cómo llegamos al lugar que estamos hoy en agosto 2023. El concepto de venganza social detrás del terror, del horror de la dictadura corporativa y militar, el plan económico detrás de toda violencia y miedo y el concepto de muerte lenta de la democracia que acuñó Guillermo O’Donnell en esa entrevista resultan agudos para comprender en serio lo que viene sucediendo hasta la actualidad, lo que sucederá, en medio de un cinismo extremo y la amnesia inducida.

Toda la violencia y el terror de la dictadura corporativa-militar tuvo como objetivo la venganza social, una distribución de recursos de variada índole. Las políticas de la violencia y miedo social, todo el embrutecimiento y las necropolíticas que vemos en nuestros días también ocultan —hoy como ayer— procesos de empobrecimiento masivos. Nos ocultan lo que sucede. Los idiotas útiles e inquisidores bienintencionados que las llevan adelante en la actualidad ayudan al show de distracción y crueldad que destruye sus derechos, las capacidades estatales y la misma democracia queda aturdida. Las políticas del shock requieren del pánico como las guerras del mar usaban la neblina. Todo shock es político. Toda indignación paraliza y distrae.

Ese diagnóstico sobre la venganza social de la oligarquía junto al concepto de muerte lenta de la democracia son dos diagnósticos importantísimos de O’Donnell para pensar el pasado reciente de cuarenta años de democracia, la parálisis del presente y los desafíos letales del futuro. Para ponerlo en claro: para pensar un futuro con vida democrática o un futuro atado a las fuerzas de la muerte que vienen a negar la vida en democracia. La cosa es así de intensa: vida o muerte.

Hay algo vitalista en el antivitalismo y hay algo antivitalista en las fuerzas vitalistas. Esto es, las fuerzas de la negación parecen vivas, festivas, apelan, atraen, entusiasman. Las fuerzas de afirmación de la vida parecen sin vida, adormecidas, no comunican, no seducen.

La complejidad de la realidad ya colapsó y se vuelve básica en tiempos oscuros. Colapsar significa eso, simplificación de la complejidad, decrecer, disminuir, simplificar. Es cosa de vida o muerte. La democracia con todos sus defectos y críticas que tengamos sigue siendo la vida. La vida resistiendo la muerte. El problema es que la muerte puede tener diferentes disfraces dentro de formas de vida de baja intensidad. Hay que temer lo que está muerto y no termina de morir. Una democracia zombie sería funcional para los actores que la indujeron al estado vegetativo que ya demuestra vocación para los estados represivos y punitivos.

  • 2. Sobre la oligarquización de los sistemas políticos. Tanto en el Reino Unido, en toda Europa, como en Estados Unidos se reconoce la fuerte tendencia a la oligarquización de sus sistemas políticos y de las formas de gobierno en las últimas décadas. Gobiernos con economías cartelizadas y actores económicos cada vez más concentrados. (En Financial Times de 2012 ya era una tendencia clara). Las democracias liberales han dejado que sus economías sean controladas por grupos oligárquicos, feudalismos especulativos y monopolios tecnológicos. Así toda democracia se vuelve cada vez más corporativa. Democracias que lo único que tendrán de democráticas serán las formas de resistencia social inteligente y reflexiva hacia su interior, no reactiva ni autolesiva, con un derecho a la protesta estratégico lejos de los actos irresponsables.

En la actualidad, el sistema político local empeoró su subordinación a un modelo económico inviable por la misma endogamia de una clase política que —salvo excepciones— se transformó en una comunidad de negocios compartidos y suele entrar en guerra de facciones.

La ausencia de una crítica sincera, no electoral ni partidaria, de los sistemas políticos es tan notable que fue usada cínicamente por el dispositivo que critica “la casta” desde la misma casta financiera con una capacidad para atraer votos extraordinaria. Este dispositivo parece ser un instrumento útil para neutralizar las escasas críticas reales y profundas. Un sector de la oligarquía local organizó el descontento que ella produjo y lo utilizó en su beneficio para desplazar el espectro de las discusiones hacia la derecha y para atraer el descontento que el sistema político y sus círculos endogámicos no están dispuestos a escuchar porque se incomodan fuera de sus burbujas de construcción de sentido.

A cuarenta años del final de la dictadura militar, su derrota, fue la victoria de la democracia pero las formas en las que los intereses de los actores detrás de la dictadura mutaron en la democracia no pueden ser ignorados. Se puede usar la razón pública para defender el interés privado, incluso en tiempos en los que resulta obvio el empobrecimiento colectivo, la crisis generacional y que si no se organiza una resistencia democrática, lo único que quedará el Estado de Derecho será su faz represiva, punitiva y más autoritaria. Una democracia zombie que vivirá en la muerte, de la muerte.

Nadie está realizando una propuesta o crítica política al sistema institucional paralizado, a la absoluta destrucción de las capacidades de un Estado cada vez más impotente, a la ausencia de moneda, a un Estado fallido en formación donde la primer propuesta será la reafirmación autoritaria que vendrá acompañada de otro ciclo de privatización profunda y pobreza expansiva. Un Estado represivo y punitivo es la definición de un Estado fallido.

Si nos tomamos en serio los derechos humanos y la misma Constitución como freno al poder y al autoritarismo de toda índole, no queda sino tener prudencia y cautela ante la crueldad sin fin de las elites para la sociedad cautiva de su ambición. Sin embargo, ni siquiera hay una identificación pública de su irracionalidad autodestructiva.

Hoy tenemos una Constitución que ningún partido respeta ni toma como carta de navegación, una cultura democrática en retirada y una democracia entrando en estado vegetativo. Los derechos humanos están debilitados en el horizonte de nuestro país y la propia sociedad fue hostigada para tener niveles de crueldad desnuda y explosiva nunca vistos. La crueldad cierra la grieta política.

La sociedad tiene una desconfianza estructural con el sistema financiero —y su oligarquía— que la engañó con el “deme dos”, con una convertibilidad como espejismo, con cuotas que prometen más inflación, que fomentó la destrucción del aparato productivo, industrial y la empobreció. Esa es la misma oligarquía financiera que vive en corridas del dólar, especulando y que robó sus ahorros con el plan Bonex, con el corralito y la pesificación asimétrica. El sistema financiero toma esa desconfianza estructural de la sociedad hacia los bancos y la debilidad de la moneda nacional para enriquecerse sin fin con especulación mientras el sistema político que se debilita día a día trabaja a destajo buscando dólares para esos actores que lo sofocan todo.

Sin introducir al horizonte las fuerzas en juego, al invisibilizarlas, las palabras libertad y justicia social, república y democracia, justicia y derechos humanos, pasado y futuro, no tendrán ningún sentido. No sólo ya están perdiendo sentido sino que se usan cínicamente no sólo por los políticos profesionales y jueces que las vaciaron de contenido con discursos hipócritas y prácticas cínicas, sino por las nuevas generaciones que las identifican como palabras vacías, sin efecto, sin carga emotiva.

Recuperar el Estado y el sistema político para la construcción de voluntad política democrática, para coordinar la acción colectiva, quizás sea una pre-condición para la posibilidad de pensar la misma supervivencia en contextos de desafíos superpuestos. En caso contrario, el sistema político será usado justamente para reprimir con violencia a la sociedad que resista ser sacrificada. Muchos en las elites que toman decisiones morirán en los próximos 10 a 20 años, quizás menos, pero dejarán una situación dramática para sus hijos. Posiblemente sean responsables indirectos de la muerte de sus propios nietos o bisnietos. Sus hijos, y más claramente sus nietos, pueden llegar a morir por situaciones vinculadas a las catástrofes climáticas (excesivo calor, incendios, etc) hoy todavía evitables que no se podrán impedir con la castración, parálisis y bloqueo del sistema político e incluso quizás fracasemos en evitar la catástrofe si se recupera la capacidad colectiva a través del sistema institucional. Nada está asegurado.

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Las elites a nivel nacional e internacional están en una etapa abiertamente suicida. Nuestros destinos están atados a ellas y solamente se las puede frenar desde afuera con una oposición de mayorías transversales. Alejándose de ellas, huyendo de su estupidez estructural, su insensibilidad atroz y de la ambición autófaga que cultivan. Estamos mirando ya el abismo que nos devuelve la mirada. Esta situación puntual se grafica muy bien en la película Don’t Look Up (2020) de Adam McKay, cuando se representa a los tecnócratas que nos ofrecen soluciones marcianas e infantiles a encrucijadas como el cambio climático.

La oligarquía resistirá públicamente pero íntimamente agradecerá un límite democrático que también debe ser constitucional, porque con el control absoluto del sistema político se le concede la herramienta necropolítica que habilita su propia autofagia, su autodestrucción como clase dominante estúpida y sensual, miope y brutal. Como sugiere la entrevista de Guillermo O’Donnell, sus victorias privadas son derrotas públicas, derrotas colectivas, pero en estos tiempos de extinción y catástrofe ambiental su ciclo de destrucción creativa puede ser definitivo.

Las políticas de supervivencia y abandono que están desplegando los políticos profesionales y las élites económicas dificultan repensar un sistema político que tiene ambos actores como protagonistas centrales de la tormenta en gestación. Es en ese contexto que debemos recordar que hubo tiempos crueles donde otras y otros (radicales, peronistas, comunistas, religiosos, ateos, curas, monjas, católicos, judíos, empresarios, trabajadores, madres, abuelas e hijos, todos en el sentido más inclusivo) pusieron sus vidas en peligro, resistieron y pensaron desde la oscuridad, desde la noche más cerrada. La obligación democrática es actuar inteligentemente en la tormenta, más allá de que ciertos actores sabotean el barco desde el interior, otros nos ofrecen mapas falsos y muchos nos quieran ver naufragar.

*Lucas Arrimada es Profesor de Derecho Constitucional y Estudios Críticos del Derecho.

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