La vida auténtica

Por Fabrizio Mejía Madrid

Imagen: Loi Duc

Me asombra la forma en cómo inventamos el Yo. No hace mucho, cuando Homero reconstruyó la guerra de Troya, parece que no había mucha diferencia entre escuchar voces en la cabeza y los designios de los dioses. Con la lectura en silencio se nos fue separando una cosa de otra, y ahora leemos al autor del libro en nuestra propia mente, como si fuera una monólogo interior. Si la voz proviene de afuera, hay que tomar unas pastillas que la acallen. Pero estamos obligados a sentir y a desear, es decir, a escucharnos, a inventarnos una voz propia, una subjetividad, cuyo propósito principal es ser reconocida, validada, no discriminada. Es la invención del Yo, siempre escindido en el pliegue que hacen la esquina de la ley y la del goce, entre la autoexpresión y el consumo, entre el cálculo de lo que nos conviene como cuerpos y el resto de nuestras relaciones. Durante tres siglos, la vida auténtica ha sido la de una intimidad pura, dictada sólo por las emociones, los deseos, anhelos, miedos y odios. Eso es lo que se espera de uno, y hay que crearlo para seguir siendo humano, aunque los humanos tengamos poco tiempo siendo Yo.

¿Cómo sería una sociedad sin este relato de lo que deseo, amo y odio? Me acuerdo de mi amigo S, que va a terapia y, ante el abismo de no tener nada qué contar, se inventa una historia cada vez, «para no quedar mal».

–¿De qué le hablas, entonces? –le pregunté.

–De lo que siento que él necesita.

René Girard estudió la idea de que nuestros deseos nos son señalados por un sujeto que los desea. No provienen del Yo, sino de la interacción con lo que alguien más valida como deseable. El deseo, como dice Girard, «no es autónomo, sino según el Otro». Pero ese mismo deseo no tiene la intención de imitar sino de ser diferente, singular. La intención de diferenciarnos nos hace caer en el comportamiento mimético. Nos hará rivales. Nos hará envidiosos. Nos hará nosotros mismos.

Todo esto parecería un poco inútil de apuntar en una columna periodística, pero escribirlo así no sería del todo justo. Muchas de las discusiones que tenemos en el debate público tienen como premisa que los sujetos son sujetos porque son auténticos; porque tienen una voz propia que viene de adentro de sus cabezas que les dice cómo ser. Pero si avalamos la teoría de Girard, según la cual ese Yo está en el pliegue entre ser sí mismo a partir de imitar los deseos de otro, los debates, por ejemplo, por la identidad de género o étnica, se ponen más interesantes. También, por supuesto, la idea de la derecha de que hay sujetos «aspiracionistas» que tienen unos deseos de consumo tan profundos, que no les importa que los empresarios les roben los impuestos.

Antes de entrar a esta idea, me gustaría precisar que aquí no estamos hablando del individuo material que necesita sus necesidad vitales satisfechas. No son necesidades elementales, sino simbólicas que provienen de la construcción de un Yo para relacionarse con los otros. En efecto, como decía Marx, ni siquiera Robinson Crusoe era una isla alejada de lo social. Pero los más grandes egos, que provienen del siglo XX, se desarrollaron una vez que su vida material ya estaba atajada. El ideal del romanticismo, tanto europeo como latinoamericano, siempre habló de la interioridad como fuente de la intimidad y, en sociedad, como raíz de la auto-realización. Ya saben: la originalidad, la inspiración, la vida como arte. Eso generó la cultura individualista con la que hoy lidiamos: una estructura de expectativas de reconocimientos sociales para distintas subjetividades; la democracia como ampliación de formas para legitimar nuestras supuestas vidas autónomas; el mercado, cuyos productos son vendidos como una forma de existir y no tanto para consumir.

En pleno neoliberalismo, a inicios del siglo, esta auto-realización había generado su propia diferenciación radical: las formas de la inexistencia social, sean ignorantes, inmigrantes, locales, improductivos. Todo esto claramente separado de lo global, profesional, emprendedor, y nómada de las tecnologías. Los excluidos eran los que no podían tener un Yo porque todavía su cuerpo tenía necesidades, no estilos de consumo.

Poner en duda la «mismiedad» de lo auténtico quiere decir que los deseos no son, como para el terapeuta de mi amigo S, algo que llevamos adentro de manera natural o que aflora ya cuando está doblado por la ley. Quiere decir que los deseos son sociales, que provienen de una fuente que el sujeto mismo ha validado. Dice Girard que, para El Quijote, este modelo es Amadís de Gaula, al que debe imitar para ser diferente, para convertirse en caballero andante. Si vemos el resultado de las aventuras de El Quijote, nos toparemos con el fallo de toda intimidad: la diferencia entre lo que normativamente se supone que tenemos que sentir y lo que realmente ocurre a la hora de relacionarnos. Para una pareja, por ejemplo, lo normativo sería la total confianza y el abrirse por completo a la comunicación, mientras que lo que realmente ocurre es tan sólo «mientras esto dura». Así de frágil sería esa «construcción» del Yo, que ponemos como premisa para nuestros debates públicos sobre la identidad subjetiva.

Pero no quiero despedirme sin decirles que ni la riqueza, ni los honores, ni el placer son lo único que podemos desear los que hemos sido obligados a tener un Yo. «A pesar de uno mismo, para el otro», escribió célebremente el filósofo Emmanuel Lévinas. Ese es justo el punto desde el que puede empezar a construirse otra vida auténtica. Y, en alguna medida, ese es el propósito de mi amigo S con su terapeuta.

La Jornada