Las cartas de Juan

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Elsa Osorio

Foto: Magdalena Siedlecki

Algo hay que hacer, pero qué. Contárselo a Gabi, no, en eso están los tres de acuerdo. Además contarle qué, acaso alguno sabe con certeza qué pasó con Juan. Sin embargo, no se puede sostener más esa situación. Ayer mismo Gabi le preguntó a Maruja: dónde está Juan, cómo es posible que se haya ido sin decirme una palabra, no va a cambiar de un día a otro, Juan me quiere. Por supuesto, Gabi, todos te queremos, le contestó Maruja. Y Gabi la miró entonces como cuando le pasó… eso, con los mismos ojos reventándole en la cara. Maruja trató de explicarle que Juan se fue porque la situación del país está complicada ahora, y hasta se refirió a su actividad política de una manera ambigua, claro, pero Gabi la detuvo: que ya sabe, mucho más que ella, que no la trate como a una nena, que ya tiene veinte años, y que si durante veinte años ellos han sido no solo hermanos mellizos sino amigos, no va a ser Maruja quien le cuente cómo es Juan, que qué es lo que ellos saben, por favor, Maruja, no me lo ocultes.

—Después la escucho caminar toda la noche en su dormitorio, otra vez, como antes de esa tarde terrible. Mejor no acordarme, todavía me duele la mano con la que tuve que abofetearla para que parara.

También a Javier y a Enrique los había lastimado aquella violencia, qué se cree, que solo ella la sufrió. Ellos también son sus hermanos.

Por eso Maruja los ha llamado hoy, para tomar juntos una decisión. Los tres siempre cuidaron a los mellizos, natural porque les llevan muchos años, pero desde que sus hermanos se casaron, Maruja es la que vive con ellos, y no quiere sentirse la única responsable de lo que le pueda pasar ahora a Gabi, mucho menos después de lo de Juan, no… Teme que Gabi pueda sufrir una recaída, la ve como en aquellos días, antes de que tuvieran que internarla. Cree que esta incertidumbre respecto de Juan la está trastornando.

—Pero no podemos decirle la verdad, Gabi no lo resistiría.

—Como no soportó la muerte de mamá —dice Enrique—, porque antes eran apenas algunas actitudes extravagantes, fue después de la muerte de mamá que Gabi se puso así.

Y qué van a hacer si tiene otra crisis: de nuevo la clínica, la cura de sueño, las mentiras a los amigos, y Gabi gorda y mansa, como queda después del tratamiento.

—Es una lucha para que tome los remedios, se niega a ir al consultorio —dice Maruja.

—Eso es por Juan —dice Javier—. Él la convenció: que ese psiquiatra la va a destruir, que la va a convertir en una planta.

—Y quién sabe qué más le habrá dicho a Gabi, ya estaba metido con esa gente que le reventó la cabeza —dice Enrique—. Yo se los advertí, no me digan que no, cuando Juan empezó a cambiar, a rebelarse, a cuestionar todo. ¿Se acuerdan cómo se indignó con nosotros porque la internamos sin pedirle su opinión? Él, él solo iba a ocuparse de conseguir el profesional y el tratamiento adecuados para Gabi. Pero cuándo, cómo, si apenas estaba en casa en el último tiempo.

—Ahora estamos hablando de Gabi —se impone Maruja—. De Gabi, no de Juan. Por él ya no podemos…

Tal vez para que Maruja no largue ese llanto que está ahí, al borde, Javier interrumpe, con fastidio: que terminen de una vez por todas con las discusiones, que están todos muy alterados después de lo que pasó con Juan. Como para no estarlo, alterados no, yo estoy destruida, y soy yo la que está con Gabi todo el día, la que debe ponerle cara de qué, de qué, me quieren decir, cuando me pregunta por Juan. Maruja tiene razón: ahora hay que pensar cómo tranquilizar a Gabi.

Lo de las cartas lo propone Javier. A Maruja le parece peligroso porque tal vez la correspondencia se revise y puedan perjudicar a Juan, si es que él está escondido y… Vamos, Maruja, no te engañes, sabemos que Juan está muerto. Y Javier: que eso es lo que Enrique piensa, pero que seguro, seguro, no saben nada. ¿Vos lo viste muerto, Enrique? Porque yo no, y Maruja tampoco.

Ahora es Enrique el que dice que no están discutiendo lo de Juan, que ya bastante dolor, que ahora se trata de Gabi. Gabi está muy mal. Como todos nosotros. Pero es distinto porque ella es chiquita y está enferma de los nervios.

La idea de Javier es buena. No hay que perder tiempo, él mismo se compromete a escribir la primera carta de Juan esa tarde en el estudio. Se ponen de acuerdo en los detalles: la escribirán a máquina, con frases suficientemente vagas como para que no sospeche, y sin fecha. Enrique se la dará a su cuñado para que la despache desde Brasil.

La segunda carta la escribe Enrique y se la dan a una amiga que viaja para que la envíe desde Barcelona. Deciden no agregar más que un cambio de ciudad y una disculpa por no darle la dirección para que Gabi le responda, ella tiene que comprender, es por razones de seguridad.

La tercera la escribe Maruja y le comenta que se ha dejado la barba y que le queda bastante bien. Y en la cuarta, escrita por Javier, Juan tiene un trabajo no muy interesante pero que le permitirá seguir viajando.

En los próximos meses, Juan toma trenes, viaja en autobuses, se deslumbra con monumentos históricos, hace trabajos esporádicos, se deja el pelo largo.

Difícil encontrar algo nuevo para escribirle, coinciden los tres hermanos esa noche, mientras toman un café, después de cenar. Gabi se ha retirado a su dormitorio.

—Quizás deberíamos incorporar la lectura, algún autor nuevo —sugiere Javier—. Los libros siempre han sido un lazo muy fuerte entre Gabi y Juan.

—Sí, a Juan le gusta mucho leer.

No soporta Maruja esa mirada admonitoria de Enrique, que no lo diga, por favor, que no lo diga, pero lo dice: le gustaba, Maruja, le gustaba. Pero qué necesidad tenés, Enrique, y Javier le pasa un brazo por el hombro a Maruja.

Va a llorar, sí, pero no solo por Juan, va a llorar por la carta que Gabi le escribió anoche a Juan, y rompió en mil pedazos, porque dónde la va a mandar, dónde, Gabi pisoteando los papeles en el suelo, con furia, ¿cómo me puede hacer esto, Juan?, las manos crispadas y esa expresión en los ojos que tanto asusta a Maruja.

—Tiene la luz encendida —observa Enrique.

—Sí, se queda despierta —la voz quebrada de Maruja—, Gabi está mal, muy mal.

—Yo la vi muy bien. Hasta contenta, te diría.

—Sí, demasiado. Está excitadísima. ¿Vieron cómo se reía? Ayer la escuché otra vez caminar y caminar por el dormitorio. No duerme, le doy las pastillas, pero no le hacen efecto.

Quizás exageraron, al fin, a casi todos los amigos que viajaban les entregaban una carta. Hay que espaciarlas. Sí, con tantas cartas, tantos lugares, puede confundirse, hasta ellos están confundidos.

La ve entrar a Maruja con el vaso de agua sobre la bandeja del desayuno. Quiere asegurarse de que Gabi tome los remedios porque ella tiene que salir y no volverá hasta la tarde. Juan le decía que no los tomara, Juan, el de antes, no el de las cartas que le recomienda que se cuide, que duerma bien. No va a discutir con Maruja, no quiere escuchar otra vez: que te hacen bien, que para que estés tranquila.

Tranquila, tranquila y después la nube por la que camina durante el día, el sillón y apenas mirar por la ventana porque leer la cansa, se le confunden las letras. Una carta corta sí puede leer, una carta escrita a máquina como si ella no entendiera más la letra de Juan.

De todos modos no las entiende, serán las pastillas o la distancia. Es difícil encontrar a Juan en esas cartas breves, anodinas, atadas a un muro por correas invisibles, que nada le dicen de Juan más que su ausencia. Sin embargo, las espera con ansiedad. Si al menos ella pudiera enviarle las cartas que le escribe encontraría la manera de decirle algo que lo despierte, que le devuelva el cómplice que siempre tuvo en Juan.

—Sí, Maruja, las voy a tomar.

Gabi ya aprendió a esconder las pastillas debajo de la lengua y hasta a tomar agua después sin tragarlas. Se las saca de la boca con el dedo apenas Maruja se distrae y las pastillas desaparecen en un remolino de agua en el inodoro.

Se ducha y se viste. Se sienta en el living. Desde allí se ve perfectamente la puerta de calle. El ruido del ascensor y los sobres bajo la puerta. Corre para llegar a recogerlos antes que Zulma, la mucama. Separa dos sobres a su nombre y deja los otros sobre la mesa. Se encierra en su dormitorio.

Las manos rápidas rasgando un sobre. Juan está bien, sigue viajando, el tiempo es agradable, espera que ella esté mejor. No quiere seguir. Juan, a dónde te llevó este viaje, qué pastillas te dan cada mañana, qué médico te pierde en ese sopor que te dicta palabras tan imbéciles, tan poco tuyas, Juan.

Rompe el otro sobre: Gabi querida, hermanita, gaviota. Gaviota, la playa, Cariló, los cuentos que se contaban, los juegos, los médanos por donde se deslizaban, las risas. Al fin Juan. Tengo miedo.

Gabi compara una carta con otra, las dos están escritas a máquina, en una está bien, pasea, en la otra tiene miedo. ¿Miedo, Juan?, nunca me lo dijiste, aunque debías tener mucho miedo si no, no me hubieras escrito así, como si no fueras vos. En una Querida Gabi, en otra Gabi querida, hermanita, gaviota. Te extraño, no sabés cuánto te extraño. Todas las mañanas, cuando tiro la red con los pescadores y bajo el agua transparente descubro esos peces de colores, pienso cómo me gustaría que estuvieras aquí, conmigo. Nos contaríamos historias de piratas, de marineros y sirenas como cuando éramos chicos ¿te acordás? Esa Gabi es la que quiero, no la que nada en la bruma de los remedios. Pero no puedo hacer nada desde aquí. Ayer le decía a Paco que me siento tan culpable por no haberte ayudado. Todo pasó tan rápido. Me tuve que ir de un momento a otro, fue absolutamente necesario, no podía ir a casa, hubiera sido peligroso para todos.

Saltea párrafos, relee: Gabi, gaviota, y esa última frase: No debería escribirte, es imprudente, pero necesito hacerlo. Tengo miedo por mí y por vos. Esta carta es un secreto, no se lo decimos a nadie, como cuando nos escondíamos en la carpa en el jardín de la quinta y vos preparabas pócimas mágicas con hojas y flores en el mortero y yo te contaba mis hazañas de cacique. Destruí esta carta y su sobre, tiralos, y después decile a los chicos que te enteraste que estoy bien. Y vivo. Solo eso. Y que por favor no hagan nada por encontrarme, que se queden tranquilos. Ya vendrán tiempos mejores, y podremos volver a vernos. La organización que se ocupa de nosotros nos está gestionando un asilo político en alguna ciudad donde podrás venir a visitarnos. Inventá una llamada mía por teléfono, muy corta, cuando estabas sola.

Buscar en una agenda el número de la hermana de Paco, en un tiempo eran amigas, si lograra recuperar el tono de los quince años, cuando todo este horror no las había rozado. Proponerle ese encuentro al que María le pone tantos reparos, pero Gabi insiste e insiste y al fin sí, la verá en el bar de la esquina de su casa, dentro de una hora.

María cree que se han podido escapar, sí, pero no sabe dónde. Alguien le ha asegurado que están a salvo, no te preocupes, Gabi, y posiblemente, en unos meses, tal vez un año, podrán establecerse en… Suecia, o en España, en algún lugar seguro, y entonces sí, tendrán noticias de ellos. ¿Pero dónde están ahora? Vueltas y vueltas, es evidente que María no quiere decírselo. Gabi tiene que encontrar las palabras precisas para convencerla, por suerte no toma los remedios desde hace dos días. No diré nada, María, te lo prometo, necesito ver a Juan, acá me voy a morir, mis hermanos me van a encerrar otra vez. Y le habla, le habla, le habla. María muda, sus ojos cada vez más húmedos, una lágrima imprudente que se seca con la mano: Basta, Gabi, basta. Están en un pueblito de mar, Santa Cruz do Abaís, hay que ir hasta Aracajú. No, no lo anotes, por favor, repetilo, memorizalo. Aracajú, al norte de Salvador. Gabi cierra los ojos y repite los nombres en voz baja. No los olvidará.

—Gracias, María, gracias.

—Cuidate, y pase lo que pase, nunca, nunca digas donde están.

Lo encontrará. El viaje por tierra debe tardar varios días pero ella los soportará bien. Si se queda en Buenos Aires recibirá otra carta desde cualquier lugar del mundo donde Juan ya no es Juan.

Tiene que irse antes de que regrese Maruja. El dinero está donde siempre lo guarda su hermana, será suficiente. Tiene su documento. Un bolso pequeño. Una nota que deja en el cajón de su escritorio, seguro que van a mirar ahí. Cierra la puerta, agitada. Atrás ha quedado Maruja con las pastillas, Enrique y Javier hablándole como si tuviera diez años, evitando mencionar a Juan.

El papel está manoseado de tanto pasárselo y releerlo. Ahí están sus nombres y unas líneas: Me voy con Juan. Él me necesita. Ya les escribiré. Gabi.

Cómo va a irse con Juan, si Juan… Pero ella no lo sabe, nunca se lo dijimos. Tal vez pensó que podía acompañarlo, algo en su carta debe haberle hecho reaccionar de esa manera. Aún no saben si la última fue enviada desde Brujas o desde Ámsterdam. Poco importa, las cartas no tienen fecha. En el escritorio de Gabi solo encontraron la nota que les dejó, las cartas de Juan, las de ellos, bah, se las llevó. Zulma ya se los dijo varias veces: Gabi separó la correspondencia, cree que tenía dos sobres en la mano.

La de Ámsterdam y la de Brujas pueden haber llegado juntas. No, si la de Ámsterdam llegó hoy. Cuál, cuál entonces. Quizás sea alguna de las anteriores que se atrasó.

Hacen recuentos de las cartas que le enviaron. Javier anota en un papel y van tachando a medida que Maruja se acuerda cuándo la recibió.

Es fundamental saber cuál fue la última carta que recibió, quién la escribió. Aquí no aparece, dice Enrique arrancando el papel de las manos de Javier, evidentemente uno de ustedes escribió otra, otra que la sacó de quicio. La mirada amenazante de Enrique va de Maruja a Javier.

—Inútil —dice Javier, acariciando la tela del tapizado—. Todo es inútil. ¿Qué importa cuál fue la última si casi no había variantes? Gabi se dio cuenta de que la engañábamos y está vengándose de nosotros.

—Eso pensás vos que no vivís con ella, pero yo que la veo todos los días esperar ansiosa, encerrarse a leer, puedo asegurarte que Gabi cree que las cartas que le escribimos son de Juan.

—¿Y por qué entonces nunca nos comentó nada? La culpa es nuestra, nunca debimos hacer algo así.

—La idea fue tuya. ¿Ya te olvidaste?

Que ya dejen de pelearse, que esa idea es disparatada porque dónde puede estar Gabi escondida si no ve casi a nadie. Y Javier: que más disparatado es pensar que pueda haberse ido a Ámsterdam sin dinero.

Ni lo habían pensado mareados como estaban, barajando distintas hipótesis. ¿Tenía Gabi dinero? Lo que Maruja guarda no está, pero lógicamente no podría ir a Europa con ese dinero y sin pasaporte.

Siguen discutiendo si llaman a alguna gente que tal vez sepa de Gabi. A la policía, no, eso ya lo habían descartado ayer, no, después de lo de Juan, a ver si otra vez entran esos animales y les dan vuelta la casa, como pasó cuando Juan…, por suerte Gabi estaba en la clínica, le hubiera hecho tanto daño. No, ellos no quieren escándalo. Ya va a aparecer. Pero algo hay que pensar mientras tanto, la gente va a comenzar a preguntar y algo vamos a tener que decir.

—Lo de siempre cuando va a la clínica, que se fue de viaje.

Incontables paradas, distintas caras, cada vez más calor, ciudades, playas, bares. El día cayendo en la noche, el sol asomando. En la terminal de Aracajú le cuesta encontrar ese nombre que ha repetido tantas veces en ese viaje: Santa Cruz do Abaís. Logra entender que en dos horas sale el autobús que la dejará allí.

No tiene ninguna dirección, pero es un pueblo chico, le han dicho. Pregunta por Paco y Juan a un chico que se le cruza. Paco, repite, y hace señas de tocar la guitarra. El sol pega fuerte, le parece que nunca ha visto los colores tan nítidos. El chico llama a otros, la conducen hasta la playa, no entiende lo que le dicen pero suena a música.

Pisa con los pies descalzos la arena tibia. ¿Es Juan?

—¡Juan, Juan!

—Gabi, gaviota, loquita, no puedo creerlo.

Cuánto hace que no se abrazaban. Tanto para decirse y tan poco deseo de explicar, tan solo verse, saberse ahí, tan cerca. María le dijo donde estaban, ahora quiere descansar, está extenuada. ¿Lo saben sus hermanos? No, Gabi no les dijo nada, le hizo caso a él. Quiere ver los peces de colores de los que le habla en su carta. Juan está perturbado, nunca debió haber escrito esa carta. Sus hermanos deben estar desesperados con la ausencia de Gabi. Que no se preocupe, Gabi les escribirá pero no les dirá nada de ellos, solo que sepan que están bien, es fácil, sabe cómo hacerlo, tiene en su bolso todas las cartas que Juan le mandó desde Europa. ¿Europa? Si él no cruzó el océano.

Gabi relee las cartas de Juan y escribe a sus hermanos.

La carta llega a nombre de Enrique, sin fecha, escrita a máquina, apenas unos renglones. Un tono vago, siniestramente parecido a las cartas que ellos le escribieron. Por eso Javier insiste en su teoría. Enrique y Maruja ya no están tan seguros de que Javier se equivoque. Quién, que ellos conozcan, viajó a Brasil. Quizás alguien que no conozcan, amigo de quien protege a Gabi. ¿Protegerla de qué?, ¿acaso ella tenía que esconderse? Nunca estuvo en la de Juan. Entonces ¿protegerse de quién? De ellos, de sus propios hermanos. Basta, Javier. Que la dejen en paz, esté donde esté, que ya cometieron bastantes errores. Javier pega un portazo y se va.

Esa tarde le escribirá una carta a Gabi pidiéndole perdón, explicándole que lo hicieron para protegerla de una crisis, que se equivocaron, que él la quiere y que nunca, nunca más la va a engañar, que lo más probable es que Juan esté muerto, Gabi, es hora de que lo sepas, lo asesinaron. Esos salvajes lo mataron, pobrecito. Y ni siquiera sabemos dónde está su cuerpo.

Enrique llama a las amigas de Gabi. No la han visto desde hace tiempo. Solo Teresa le dice que la encontró muy triste la última vez que la vio, que Juan, le había contado Gabi, estaba tan cambiado con ese viaje, tan pero tan estúpido. Estúpido, sí, eso le había dicho, y Teresa no quiso hacerle ninguna pregunta porque ella sabía que a Juan lo secuestraron.

Gabi ha pescado esa mañana con Juan, Paco y otra gente que ha conocido. Se tira a descansar a la sombra de una palmera y saca del bolso las cartas de Juan. Relee las primeras y le escribe a Javier: El tiempo es agradable, Juan se ha dejado la barba y le queda muy bien. Estoy descansando mucho. Traten ustedes de descansar a la noche. Allá se descansa poco, ¡hay tanto ruido! Disculpame por no darte la dirección por el momento, es por razones de seguridad. Un beso. Gabi.

La carta de Gabi confirma, según Javier, que está en Buenos Aires y se dedica a devolverles el juego. Enrique encuentra que la carta es delirante y que ellos debieron haberla internado en la clínica, pero dónde, Dios, dónde estará y quién será el crápula que la ayuda, pero ya la va a encontrar, porque él, cuando se propone algo. Sí, así como te propusiste hacerle entender a Juan que estaba en mal camino y mirá. Juan se lo buscó, él, como hermano mayor, tuvo que ponerse duro. Y por eso no recurrió a nosotros, quizás lo hubiéramos podido ayudar a escaparse.

—¿Y si fuera cierto que Juan está bien y que Gabi se fue con él?

—Ay, Maruja, no delires vos también.

Reproches mutuos y hasta gritos. Gabi y Juan, los queridos mellizos, dos fantasmas acechándolos y una culpa saltando entre ellos, encabritándolos uno contra el otro.

Debe escribirles, pero qué. Ellos ya conocen lo esencial, solo podría repetir y repetir, y Gabi sabe que si no agrega nada nuevo, los angustiará más y ella no quiere que sufran porque los quiere, aunque sean así, como son. Cuando cierra el sobre, decide que esa será la última carta que enviará a sus hermanos.

Quizás porque estén cansados ya de los mutuos reproches y las búsquedas que no conducen más que a un callejón sin salida, o más probablemente por esa última frase que, qué notable, a ninguno se le había ocurrido escribir en las cartas de Juan, la carta de Gabi produce un efecto diferente.

La pasan de mano en mano sin comentarios y se despiden, por primera vez, en todos esos meses, con el afecto de antes.

Apenas una línea: No sufran. Estamos bien. Los quiero mucho. Gabi.

(De: Callejón con salida, 2009)