Las desigualdades múltiples

Del resentimiento al reconocimiento, causas y miradas en torno a la desintegración social.

Por Aleardo Laría Rajneri

Imagen: Xul Solar

En Comediantes y mártires (Ed. Debate, 2008), Juan José Sebreli reconoce que el mito antiperonista de Evita se basa en un reduccionismo psicológico consistente en «reducir su lucha por la justicia social a mero resentimiento derivado de las adversidades vividas en su infancia y primera juventud». Lo que no le impide a continuación abonarse a esa tesis al considerar que «con un padre ausente y una madre mal afamada no encontró en el grupo familiar una forma adecuada de identidad ni instancias aceptables para relacionarse con la sociedad». Los sentimientos de desarraigo y de marginación que conoció desde pequeña, según Sebreli, «configurarían rasgos de su identidad y marcarían, en parte, su futuro derrotero artístico y político. En el odio a la oligarquía vacuna de Eva Perón quedaban rastros del rencor de la niña al padre estanciero que la abandonó». De esta manera, tal vez sin saberlo, Sebreli se aferra al pensamiento liberal conservador que empuña la palabra «resentimiento» como eje articulador de las interpretaciones sobre los comportamientos sociales. Según el diccionario de la RAE, el resentimiento «es el sentimiento de una persona que se siente maltratada por la sociedad o por la vida en general». De este modo, el problema queda instalado en la persona, no en la sociedad.

El reconocimiento

La filosofía moderna, de la mano del alemán Axel Honneth —autor de Reconocimiento y menosprecio (Katz, 2009) y La sociedad del desprecio, (Trotta, 2011)— ha preferido poner el acento en las desigualdades existentes que amenazan la cohesión social y chocan con los principios de justicia social que nos dan un sentimiento de pertenencia a una misma comunidad. Es el sentimiento de desigualdad el que lleva a la frustración y al resentimiento actual que, en ocasiones, también termina en un cierre individualista que desalienta la lucha por una sociedad mejor. De este modo, Axel Honneth, siguiendo la estela de filósofos como Thomas Hobbes, Adam Smith, Charles Taylor, Paul Ricoeur y John Rawls, encuentra en la palabra «reconocimiento» la clave para interpretar las demandas de justicia social de la sociedad actual. Hobbes había señalado tempranamente que lo que impulsa al ser humano a buscar la compañía de los demás no son nuestras necesidades físicas, sino sobre todo la necesidad psicológica de destacar y ser honrado. La justicia social ya no puede basarse solo en la redistribución de los bienes materiales como se pensaba en el siglo XX, sino que, según Honneth, «nuestra representación de la justicia debe estar relacionada esencialmente con aquellas concepciones acerca de cómo se reconocen recíprocamente los sujetos». En el presente, supone demandas tan distintas como la igualdad de derechos, el reconocimiento incondicional de las peculiaridades del otro o la valoración de las minorías culturales, sexuales o religiosas. Adam Smith —que en su ensayo Teoría de los sentimientos morales (Alianza Ed.) ha demostrado que no era un ferviente defensor del egoísmo económico como habitualmente se cree— diferencia una primera forma de reconocimiento de tipo emocional con las personas con las que nos relacionamos directamente y una segunda forma de reconocimiento que requiere de un «Otro» generalizado, de una comunidad idealizada compuesta por todos los miembros de una sociedad. De este modo los individuos construyen su propia identidad basados en un sentimiento de autoestima que se apoya en el reconocimiento que reciben por sus acciones en el marco de las relaciones sociales en las que están inscriptos.

La teoría del reconocimiento destaca la importancia que para la autorrealización tienen las relaciones intersubjetivas de reconocimiento social. Este reconocimiento opera fundamentalmente en tres esferas. En la primera es donde se producen las relaciones de amor de pareja o afectivas que tienen lugar en el seno de la familia entre padres e hijos. La segunda esfera corresponde al reconocimiento jurídico de los derechos individuales y sociales que garantizan el ejercicio de las libertades en el marco de un Estado de derecho. Por último, en la tercera esfera se concreta el aprecio social por el que se valora el aporte que el individuo realiza a través de su ocupación laboral. Esa aportación es reconocida por los otros y ese proceso de reconocimiento consolida el sentimiento de autoestima. «La valoración social en las sociedades contemporáneas se mide en gran parte por la aportación que esa persona realiza a la sociedad en forma de un trabajo formalmente organizado». Estas reflexiones no son meramente filosóficas y nos permiten obtener algunas claves políticas útiles para registrar algunos de los problemas de la sociedad actual. Estar reconocido supone estar integrado en la sociedad. Cuando las tres esferas están cubiertas, los seres humanos pueden sentirse reconocidos en su integridad y dignidad, pero cuando alguna integración falla, aparecen los problemas vinculados a la pérdida de autoestima y el refugio en el individualismo desencantado.

Las desigualdades múltiples

Las huelgas y movilizaciones que en el siglo XX llevaron a cabo partidos socialistas y sindicatos, redujeron de manera notable las desigualdades. Pero es cierto también que la transferencia de riqueza hacia los trabajadores se consiguió gracias al espectacular aumento de la productividad, lo que permitió que la situación de los sectores más ricos de la sociedad no se viera particularmente afectada. Se proclamó la igualdad formal de derechos, pero la división social en el marco de un sistema capitalista marcó la presencia estable de clases sociales, cada una de las cuales representaba visiones diferentes del mundo. De este modo, la clase trabajadora se inscribió en los partidos de izquierda y la burguesía quedó representada por las formaciones de derecha. El sistema continuó siendo percibido como injusto pero se mantuvo relativamente estable, con roles asignados a cada sector. Esta situación experimentó un cambio radical con la llegada de la globalización neoliberal. Los procesos de deslocalización fabril provocaron un efecto indeseado en los países centrales cuando los trabajadores poco calificados tuvieron que enfrentar la competencia de los trabajadores de los países del sudeste asiático convertidos en fábricas del mundo. En opinión de François Dubet, autor de La época de las pasiones tristes (Siglo XXI), la oleada neoliberal no solo ha destruido las instituciones y a los actores de la sociedad industrial, sino que ha impuesto un nuevo individualismo que rompe las identidades colectivas construidas en el siglo XX.

La tesis principal de Dubet es que los resentimientos e indignaciones de la sociedad actual encuentran su explicación no tanto en la amplitud de las viejas desigualdades, que persisten, sino en la transformación del régimen de desigualdades. «La estructura de las desigualdades de clase se difracta en una sumatoria de pruebas individuales y sufrimientos íntimos que llenan de ira e indignan a las personas (…) y encuentran expresión política en los nacionalismos y populismos autoritarios». Esta nueva desigualdad se aleja de la que predominaba en la sociedad industrial. Las personas se ven enfrentadas a desigualdades múltiples que se viven como experiencias singulares que ponen en entredicho el sentimiento de autoestima y socavan el reconocimiento social. «Su multiplicación y su individualización amplían el espacio de las comparaciones y acentúan la tendencia a evaluarse respecto de quienes están más cerca de uno mismo. Las grandes desigualdades, que oponen a la mayoría de nosotros al 1 % más rico, son menos significativas y nos ponen menos en entredicho que las desigualdades que nos distinguen de las personas con quienes nos cruzamos todos los días». Los individuos se comparan frente a esas desigualdades cercanas y singulares. «La suma de esas experiencias no se transforma en críticas homogéneas y movimientos sociales organizados: se manifiesta en iras y raptos de indignación».

Al mismo tiempo, en los países socialmente menos integrados se produce un fenómeno de «uberización» y de yuxtaposición de varios sistemas productivos. Aumentan los cuentapropistas que tienen menos herramientas de defensa y una parte creciente de la población se enfrenta al desempleo, a la precariedad del trabajo ocasional y al trabajo en negro. Estas nuevas desigualdades se salen de los marcos políticos tradicionales y por lo tanto permanecen ajenas a los grandes relatos que le daban sentido, identificaban a los responsables y establecían estrategias para combatirlas. Resurgen así las formaciones de ultraderecha que cautivan a un nuevo público con explicaciones simples o teorías conspirativas y canalizan esos sentimientos de frustración y desarraigo. Ahora el odio y la indignación no necesitan partidos ni sindicatos y las redes sociales ofrecen un canal de expresión cómodo e instantáneo. En la Unión Europea, la democracia es acusada de estar lejos del pueblo, de quedar sometida a los lobbies empresariales y de ser llevada de las riendas por las finanzas internacionales (lo que tampoco es una acusación demasiado infundada). En América Latina surgen las formaciones neopopulistas de derecha que oponen el pueblo a una «casta» política acusada de corrupta y a través del rechazo a los extranjeros o a los «planeros» canalizan los sentimientos de rechazo al otro.

Las formaciones neopopulistas de derecha canalizan los sentimientos de rechazo al otro.

La ruptura populista

En un breve ensayo titulado Construir pueblo (Ikaria, 2015) que recoge un diálogo entre Chantal Mouffe e Íñigo Errejón —entonces dirigente de Podemos— se describe lo que se entiende por «momento populista», siguiendo la idea gramsciana de «crisis orgánica» del capitalismo. Serían situaciones marcadas por dos factores. «Por una parte, la incapacidad de los sectores dirigentes para sostener el consentimiento e integrar el descontento ofreciendo garantías y confianza a los grupos subordinados, ampliando y reforzando el bloque de poder tradicional, que entonces comienza a erosionarse y disgregarse». Por otra parte, «esta expansión del malestar o de la voluntad de cambio se produce en un terreno social dislocado y fragmentado, huérfano de referentes unitarios, relatos y pertenencias comunes que lo encuadren y orienten naturalmente». Para los seguidores de Ernesto Laclau, un momento así podía dar lugar a una «ruptura populista», alumbrando un cambio político y una nueva hegemonía (se suponía que de izquierdas). Esta fantasía olvidaba registrar varios hechos importantes acaecidos a partir de la caída del Muro de Berlín: el desprestigio de las ideas comunistas y por tanto la falta de referencias claras para la izquierda, la pérdida de poder de los sindicatos, el desvanecimiento de los partidos de izquierda, la aparición de las micro-desigualdades. La realidad, tanto en Europa como en América, muestra que los movimientos que están en condiciones de aprovechar esta crisis son las formaciones neopopulistas de extrema derecha. En Argentina se identifican con posiciones conservadoras en lo cultural y anarco liberales en lo económico que, si bien representan una distopía irrealizable, conforman un discurso alternativo. El problema es que capturan una enorme proporción de desencantados pescando en el electorado de centro izquierda. La práctica desaparición del Partido Democrático en Italia es la prueba visible de este riesgo. Según el politólogo español Ignacio Sánchez Cuenca, «Italia constituye el ejemplo más acabado, más extremo y más temprano de un proceso general que se está viviendo en muchos países europeos con grados variables de intensidad. Dicho proceso consiste en la disolución progresiva del papel intermediador que desempeñan los partidos políticos entre la sociedad civil y el Estado». Un escenario preocupante, que debería estimular a los partidos progresistas a cambiar ciertas rutinas y evitar caer en el uso de viejas etiquetas, como las derivadas de la palabra «fascismo», que oscurecen más que aclaran. Como señala Pablo Stefanoni en La rebeldía se volvió de derecha (Siglo XXI, 2021) «quizás sea el momento de prestar más atención a las derechas, de analizar algunas de sus transformaciones y de indagar en el ‘discreto encanto’ que, en sus diferentes declinaciones, pueden ejercer sobre las nuevas generaciones».

El Cohete a la Luna