Las fuerzas del suelo

Claves para descifrar los mil pedazos de la oposición

La virulencia de las medidas de Milei abroqueló a distintos espacios opositores en una multitudinaria marcha. Con Cristina ausente, Massa activo pero lejos de los flashes, bloques legislativos trabajando en la horizontalidad sin jefes y una liga de gobernadores en una unidad endeble, el sindicalismo activó sus dispositivos de supervivencia en una estrategia silvestre hasta que surja una conducción. En la vereda de enfrente el resto de los espacios políticos -una suerte de oposición autopercibida- transitan el mal trago de la derrota sin jefes, rotos en mil pedazos, divididos entre la colaboración, algún destello principista y el provecho propio.

Por: Mariana Verón

Fotos: Télam.

Oficinas austeras del Frente de Izquierda, sobre Riobamba. 11 de enero en el barrio de Congreso. Para tomar, solo agua. Una hora de reunión. La plana mayor de la CGT se hace presente para escenificar una foto inédita. A modo de antecedente, sólo uno de los anfitriones recuerda un encuentro similar de la dirigencia de entonces, allá por los 80, entre el Partido Obrero y Saúl Ubaldini. Cordialidad fuera de lo común.

Obligada a reaccionar ante la prepotencia de las primeras medidas de Javier Milei, la oposición peronista, con el sindicalismo a la cabeza, activó rápidamente sus dispositivos, en una estrategia silvestre de supervivencia hasta que surja una conducción.

No sólo el peronismo está fragmentado intentando encontrar un liderazgo. El resto de los espacios políticos, una suerte de oposición autopercibida, transita el mal trago de la derrota sin jefes, roto en mil pedazos, dividido entre la colaboración, algún destello principista y el provecho propio.

Unidos y desorganizados

Si algo destacan como positivo en el peronismo después de la derrota es la forzada unidad. Tampoco nadie tiene adónde ir, pero la virulencia de las medidas de Milei terminó abroquelando a los distintos espacios.

Lejos de embarcarse en una mesa política o estado asambleario, el peronismo debió apelar a la acción directa de la mano de un actor que nadie esperaba para esta primera etapa: la CGT. Si en el gobierno de Mauricio Macri se hizo canto el «poné la fecha» ante la parsimonia gremial a convocar a una huelga, ahora el sindicalismo moldeó rápido ese primer paso en forma de amparo, marcha y paro, y empujó al peronismo en su conjunto a la reacción.

Todos los referentes del PJ coinciden en destacar la «grata sorpresa» que les dejó el rol de la CGT. Prima el liderazgo de Héctor Daer, que logró ser la síntesis entre todos los sectores sindicales internos. «Contiene», lo elevan los dirigentes que reflejan que junto a Pablo Moyano termina por condensar de izquierda a derecha. «Ni en campaña se logró la foto de Daer, Hugo Yasky y Hugo Cachorro Godoy», reafirman. «¡Se juntaron hasta con Myriam Bregman!». De la izquierda a Miguel Ángel Pichetto, la cúpula de la CGT activó el operativo de seducción legislativo que, por ahora, no le alcanzó.

En los gremios se mantiene la división entre duros y blandos, pero prefieren mirar para otro lado. E incluso a pesar de las desconfianzas, hasta perdonan con una sonrisa socarrona la foto de Armando Cavalieri, el líder de Comercio, con la ministra de Capital Humano, Sandra Petovello. «Lo terminó cagando Milei», recuerdan, para dar cuenta de que finalmente el acuerdo por la cuota solidaria se rompió antes de arrancar. Calle y cacerola parece ser la estrategia de esta primera etapa.

No todos están de acuerdo. Las principales referencias de Unión por la Patria, Cristina Kirchner y Sergio Massa, hicieron saber su desacuerdo con el paro. La ex presidenta, desde Santa Cruz, más ajena, insiste en la idea de que el peronismo tiene que evitar el modo golpista, pero queda ahí. Por ahora no baja línea ni a los propios, un déficit que sienten ya desde los últimos cuatro años, incluso en la gestión. «Cristina no quiere conducir», advierte una dirigente de su confianza, que ve poco probable la reedición de una candidatura, como en 2017, que termine ordenando. «Ella pide no partidizar la discusión. Cree que va a haber un proceso de desgaste del Gobierno de forma natural. Pero los que gobiernan, como Axel, no pueden esperar», refuerza un ministro bonaerense.

La Cámpora se vio obligada a convocar al paro, sobre el filo, bajo presión de la militancia. Máximo Kirchner es otro de los que lo desaconsejaban. No le quedó otra.

Massa no fue a la movilización, pero mandó al Frente Renovador. «Estamos enfrentando a Milei con casta», se le escuchó decir al ex candidato presidencial, por estos días de descanso en Pinamar, donde va poco a la playa. Él recomendó a la CGT hacer una semana social de protesta, a su juicio, más efectiva, donde hablaran los sectores afectados. Y sigue manteniendo ascendencia en el dispositivo gremial. Dice estar activo, pero no va a aparecer. Se reunió con sindicalistas, dirigentes del campo, intendentes, y nutre de informes a las espadas legislativas de Unión por la Patria. Cree que es tiempo de que hablen los actores sin cargo perjudicados por las medidas de Milei. Mientras tanto, más cercano a la desconfianza que muestra Máximo, mira de reojo los movimientos del otro actor central de estos días: Axel Kicillof.

El gobernador acaparó desde el minuto cero la atención del Presidente. «Milei le pone el blanco en la frente, no le queda otra», reflexiona un dirigente del interior. Pero lejos de correrse, esta vez en su gabinete hay quienes lo empiezan a ver con ganas de asumir el liderazgo y le arman las mesas multisectoriales. En La Cámpora rezongan.

La gran incógnita es si él quiere ponerse al frente. «A esta altura el liderazgo es su destino», lo agranda un ministro. En los hechos, logró convocar a la dirigencia peronista la semana pasada en la casa de la provincia de Buenos Aires. Estaban todos: gobernadores, cabezas legislativas de Unión por la Patria, intendentes, toda la representación sindical, movimientos sociales (de Juan Grabois a Emilio Pérsico), y dos ausencias: el massismo y La Cámpora. Cecilia Moreau, mano derecha de Massa, avisó que no podía estar por un tema personal. Del lado de Máximo suenan grillos. La distancia se ahonda.

Lo que quedó de la liga de gobernadores peronistas, apenas ocho, también muestra sus matices y una unidad endeble. Kicillof y Ricardo Quintela (La Rioja) son los que están poniendo la cara; en su segundo escalón levanta el perfil Gustavo Melella (Tierra del Fuego); hay un trío comprometido integrado por Gildo Insfran (Formosa), Gerardo Zamora (Santiago del Estero) y Sergio Ziliotto (La Pampa); y los «jabonosos», en la literalidad peronista, como Raúl Jalil (Catamarca), de diálogo con Guillermo Francos, y Osvaldo Jaldo (Tucumán), que apuró una primera fuga con el armado de un bloque de tres legisladores para apoyar la ley ómnibus. Sigue intacta su batalla interna contra Juan Manzur. Dejó a Unión por la Patria con 99 diputados, de los 102 iniciales. A Gustavo Sáenz (Salta), ya directamente alineado a Milei, lo consideran irrecuperable.

Los bloques legislativos, sin jefes, trabajan en la horizontalidad. En Diputados tallan Germán Martínez, Cecilia Moreau y Paula Penacca. Máximo no es uno más, pero no se pone en jefe. En el Senado articulan José Mayans, Juliana Di Tullio y Anabel Fernández Sagasti. «Actuamos por instinto», apuntan. Wado de Pedro por ahora no asumió un rol central. Más bien acciona con los gobernadores.

Unión por la Patria aparece con capacidad de hacer ruido, pero sin porotos. «Eso es tiempo. Hoy el número que tenemos es nuestro límite, pero nos permite proponer», aporta un dirigente, que trabaja en reunir mayorías silenciosas. Por ahora muy silenciosas. En el Senado lograron abrir la puerta para tumbar el DNU 70. En un jugada tiempista, el bloque de 33 pidió una sesión especial para el 1 de febrero. Necesita cuatro más. Pero son sólo cuatro. Lo cierto es que en el Congreso, a Unión por la Patria le cuesta sumar. Por ahora repelen. A pesar de que ostentan la primera minoría, no juegan de local. «Por la dispersión opositora y por venir de un mal gobierno, es imposible articular ahí», dice un bonaerense.

¿De qué depende la unidad? De la discusión de candidaturas 2025. «Ahora tenemos que pararnos en el escenario y representar a los nuestros. La clase media la tenemos perdida y no podemos dejar que los voceros sean Guillermo Moreno y Grabois», apunta un ministro bonaerense. El déficit sigue siendo el mismo que el de los últimos cuatro años: la falta de una propuesta programática que marque el rumbo de un espacio, por ahora, unido pero desorganizado.

Oposición autopercibida

Colaboracionistas, dialoguistas, aliados, racionales, no kirchneristas, cogobernantes. El resto de los partidos que en los papeles también es la oposición es similar a esas mesas de patios de abuelas, decoradas con la técnica del trencadís: miles de pedazos de mosaicos coloridos pegados entre sí, sin orden alguno más que ser vistosos y encajar a fuerza de voluntad.

Disuelto Juntos por el Cambio sin siquiera despedirse, el Pro quedó reducido a por lo menos tres corrientes internas. La que encarna el propio Mauricio Macri con su intención de volver a presidir el partido, en un juego a medias con Milei y una pelea sostenida con Patricia Bullrich, a quien sigue sin perdonarle la decisión de desembarcar sola en el nuevo gobierno. El enfrentamiento entre Macri y Bullrich es tal que la ministra de Seguridad aspira a darle pelea en la conducción del partido. «Ascendencia si, liderazgo no», lo destratan cerca de la ex candidata presidencial a Macri, a quien ven jugando «en la chiquita», de Boca a Pro.

Si Macri insiste con la idea de volver a conducir el partido se anticipa un estallido de los bullrichistas. Del otro lado, impotentes, esperan agazapados los dirigentes más cercanos a Horacio Rodríguez Larreta, incómodos con el apoyo del Pro a Milei. En el bloque articulan Cristian Ritondo, María Eugenia Vidal y Silvia Lospennato, sin demasiado esfuerzo: aunque con alguna resistencia interna, el espacio es hoy una sucursal del gobierno de Milei, reducido a retener un solo gobernador puro, el jefe de gobierno porteño, Jorge Macri.

El resto de los gobernadores de origen macrista se desmarcó. Rogelio Frigerio (Entre Ríos) mudó sus diputados a Hacemos Coalición Federal, el espacio multicolor de peronistas, socialistas, lilistas y provinciales, e Ignacio Torres (Chubut) dividió a los suyos entre este bloque y el Pro.

Los ex de Macri, que son muchos, armaron un espacio con Miguel Pichetto a la cabeza, que firma, pero no conduce. Imposible que ordene a Margarita Stolbizer o Mónica Fein. La sumatoria de manos le dio a ese incipiente bloque un juego propio para condicionar al nuevo gobierno, con el peso que le otorgan sobre todo los diputados que responden al gobernador de Córdoba, Martín Llaryora. Ahí tallan Nicolás Massot y Emilio Monzó. También quieren cogobernar, pero a su gusto. Si el Pro está hoy integrado al mileísmo, este espacio quiere moldear al inexperto nuevo gobierno para que haga las reformas que ellos creen indispensables, como la laboral. Aspiran a que con esos cambios ya hechos puedan poner en la carrera presidencial a un gobernador propio. En cuatro años, aclaran. Juegan en tándem con Innovación Federal, el otro bloque de representación provincial que responde a los gobiernos de Misiones, Salta, Río Negro y Neuquén.

El radicalismo es hoy un partido binario. Uno más pro gobierno, y otro más principista. Alfredo Cornejo (Mendoza) y Gustavo Valdés (Corrientes) presionan por darle apoyo cerrado a Milei, mientras que el sector que encabeza Martín Lousteau se muestra como crítico moderado. De un desprendimiento de este sector, como un camino alterno, aparece Facundo Manes, hoy el más proclive a rebelarse. «Lo que hace es mostrarse», aclaran sus detractores. El jefe del bloque en Diputados, Rodrigo De Loredo, quiere ser gobernador de Córdoba, donde Milei sacó el 74 por ciento de los votos. Aunque viene del sector Lousteau, por ahora, no piensa ir en contra de sus propios intereses y jugó fuerte para darle al gobierno su ley.

*Periodista. Fue redactora de temas políticos durante 15 años en el diario La Nación. Acreditada en la Casa Rosada hasta 2016. Pasó ahí el último año de Néstor Kirchner, los dos mandatos de Cristina, y los primeros meses de Mauricio Macri. Estuvo 7 años entre dos estudios de radio (Metro y Continental). Un día se pasó a tele. Habla de política en Canal 9.

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