Las medidas y las metas

Es momento de retornar a las convicciones como brújula ordenadora fundamental

Por Ricardo Aronskind

Imagen: La política económica no puede consistir en volantazos, parches y cortes y pegues de ideas sueltas.

El país está atravesando una sequía artificial de dólares. A la verdadera sequía que está afectando las perspectivas exportadoras del país, se le agrega la acción organizada de un sector social que ha hecho del control de las exportaciones agropecuarias un verdadero instrumento de acción política.

La fuerte caída de las reservas del Banco Central en febrero –889 millones de dólares–, que es la mayor en 20 años, se explica por la ínfima liquidación de divisas del sector agroexportador, la menor en 19 años. A nadie se le escapa que en un contexto anémico de dólares, la reticencia liquidadora está explicada por una situación extorsiva que se convirtió en “normal”.

O el gobierno devalúa, cosa que no quiere por razones económicas y políticas muy atendibles, o les concede a los agroexportadores un nuevo “dólar soja” actualizado para que el sector siga cosechando rentabilidades inmejorables. El gobierno, militante de la debilidad regulatoria desde 2019, acostumbró al sector a este jueguito y deberá jugarlo si no se las ingenia para fortalecer las reservas de otra forma.

De persistir la sequía artificial de dólares, las autoridades económicas deberán restringir aún más las importaciones, lo que afectará cadenas productivas y contribuirá a reducir el crecimiento económico y el nivel de actividad. Administrar la escasez, transcurrir por el desfiladero del estrangulamiento externo, provocado por la desastrosa política endeudadora macrista (pero sin estar dispuestos a explicitarlo y denunciarlo con la fuerza necesaria para que todos lo sepan), es parte de un paisaje político en el que este gobierno nos acostumbró a habitar.

El discurso del Presidente

Alberto Fernández inauguró el último tramo de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación correspondiente a su gestión leyendo un discurso desparejo, que reconoce diversos autores y matices. No es el propósito de esta columna analizarlo en toda su extensión, sino señalar algunos puntos que nos parecieron significativos en el terreno económico.

En algunos puntos, el Presidente se separó claramente del discurso neoliberal, como cuando defendió la importancia de algunas empresas públicas y denunció a los lobbies privatizadores, o al resaltar lo que se logró en materia de obra pública o de bienestar social con los fondos recaudados por el aporte –por única vez– de las grandes fortunas. También fue un paso adelante anunciar el llamado a licitación para la realización del Canal Magdalena, de indudable importancia estratégica para el comercio exterior y la soberanía nacional. Pero suena extraño que esto se realice en el último tramo de la gestión, dado que no puede aducirse que por la pandemia fue imposible convocar a esta licitación en 2020. El Canal Magdalena forma parte de una mirada que ve en la recuperación de los recursos estratégicos del país un avance en el fortalecimiento de la menguada soberanía nacional. Sin embargo, aparece como una decisión administrativa perdida entre otras medidas, probablemente por carencia de una estrategia de reconstrucción nacional integral.

Cuando el Presidente denunció diversas tropelías del aparato judicial, mencionó acertadamente a las cautelares concedidas por ciertos jueces para que las empresas importadoras pudieran burlar las restricciones establecidas por las autoridades económicas. En el discurso, esas medidas cautelares para permitir importar sin restricciones aparecían como acciones sospechosas, que bordeaban la corrupción. Sin embargo, lamentablemente Fernández no explicó un aspecto mucho peor del problema de las cautelares: las restricciones a la importación no fueron puestas por capricho o por maldad. Hubo que actuar para enfrentar una repentina “fiebre importadora” privada, que encubría una especulación cambiaria masiva mediante la sobrecompra de insumos importados. Si no se hacía, se evaporaban las reservas oficiales, lo que podía forzar a una maxi-devaluación del tipo de cambio oficial, con sus nefastas consecuencias económicas y sociales.

Y fue ese esfuerzo realizado por el gobierno para preservar a la sociedad de males mayores, el que fue torpedeado por el inmoral Poder Judicial, más allá de cuán comprado esté por intereses particulares. Como todo discurso cuyo centro es la corrupción, despolitizar los problemas políticos contribuye al avance de un pensamiento de derecha. Para decirlo en concreto: en el discurso presidencial falta todo el tiempo la referencia a lo nacional, a lo colectivo, a lo político. Cae en los “pecados individuales”, pero no es capaz de señalar que hay un sector de la sociedad argentina dedicado a disparar contra los intentos de salida de la crisis de la mayoría del país.

Dos puntos de las alusiones presidenciales nos parecen especialmente complicados. Uno es la referencia al equilibrio fiscal. Se puede discutir qué tan importante es dicho equilibrio para la macroeconomía argentina actual, pero lo que nunca puede dejar de decir un Presidente popular es que tal equilibrio no se conseguirá por la vía derechista de destrucción del aparato del Estado, de sus prestaciones, del empleo y del bolsillo popular, sino por la implementación de reformas que fortalezcan la recaudación impositiva, eliminando los gigantescos agujeros institucionales, legales y administrativos actuales por donde se escapan miles de millones de dólares vía evasión fiscal.

El segundo es la remanida afirmación, que se pierde en el fondo de la historia nacional, de que “los argentinos tenemos lo que el mundo necesita”. Es tan vago ese comentario, que es compatible con discursos de Álvaro Alsogaray, José Alfredo Martínez de Hoz, Domingo Cavallo o Mauricio Macri.

Sí es cierto que el mercado mundial, y especialmente los países más poderosos, requieren diversos bienes que posee la Argentina, como ha señalado recientemente Laura Richardson, la generala jefa del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos. Necesitan de nuestros productos como el Reino Unido necesitaba en el siglo XIX de la carne argentina para bajar el costo laboral de los trabajadores ingleses, a fin de fortalecer su competitividad internacional.

Pero esa afirmación no dice nada sobre qué haremos para no vernos envueltos en una situación colonial, en la que los recursos extraídos no dejen nada para el país, tanto sea por la incapacidad del Estado nacional para controlar lo que se exporta –como ocurre en la actualidad–, como porque la minoría local asociada a los negocios de las corporaciones globales tiende a fugar sus ganancias al exterior.

Dada nuestra historia nacional, nadie debería estar eufórico, sino más bien preocupado por establecer los mecanismos para que esa “oportunidad” sea realmente una ocasión de progreso nacional, y no otro curro más de una elite empresarial depredadora. Ejemplos de lo segundo sobran. Tener recursos abundantes no garantiza nada, si no hay un poder nacional capaz de conducir un proceso político y económico con fines propios.

Finalmente, la política económica no puede consistir en volantazos, parches y cortes y pegues de ideas sueltas. Debe estar basada en medidas surgidas a partir de una lectura del país, de sus posibilidades y de las complejidades del mundo que nos rodea. Es comprensible que la derecha argentina, en su pobreza intelectual y moral, no ofrezca más que un repertorio de tonterías ideológicas envasadas en otras regiones. Pero resulta preocupante que en el campo nacional y popular no surjan visiones más abarcativas y metas nacionales estratégicas que sean el fundamento para medidas más específicas y articuladas. Salir mejores de la actual etapa de mediocridad y desorientación es poder avanzar en la recuperación de un pensamiento sistemático y ordenado.

El gobierno debe asumirse capaz de conducir un proceso político y económico con fines propios.

En manos de quiénes estamos

El viernes pasado se publicó en Ámbito Financiero el siguiente párrafo: “Un viejo lobo del mercado advertía en uno de estos encuentros con bonistas (representantes de fondos de inversión financiera del exterior, que están viniendo al país a ver qué puede pasar con sus acreencias) que con relación al fantasma de 2019, estas PASO eran diferentes de las de ese año, porque en aquella oportunidad el mercado anticipaba que lo que venía no era mejor a lo que estaba en materia económica, en cambio, ahora se abre una posibilidad de que sea al revés, por eso no deberían verse las turbulencias del último tramo de Cambiemos”.

Esta es una síntesis de muchos elementos económicos y sociológicos clave que convergen en nuestra atribulada realidad. Por empezar, se reseña la interacción constante entre actores locales y extranjeros, hermanados en la extracción de riqueza de nuestro país por la vía financiera. Segundo, surge inmediatamente la visión reaccionaria característica de estos supuestos gurúes locales, que ven como económicamente promisorios a todos los gobiernos de derecha, aunque las catástrofes en las que desembocan siempre demuestren lo contrario. No es ignorancia ni falta de información, es sesgo político inseparable de este sector. Son, ante todo, militantes político-económicos. Tercero, como siempre aparece en el relato neoliberal, se puede observar la tergiversación de la historia: el descalabro económico del macrismo fue previo a las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO,) no posterior. Lo ocurrido luego de las PASO fue una continuidad de la debacle previa. Ese derrumbe anterior no fue provocado por “expectativas” que se formaron en las cabezas de los “agentes económicos”, sino por realidades muy concretas.

Se trató de desequilibrios macroeconómicos y financieros provocados por la desastrosa y aventurera política monetaria y cambiaria macrista, que además tuvo un punto central en complacer precisamente a los “bonistas”, ofreciéndoles jugosos e insostenibles negocios con la deuda pública argentina. Cabe recordar que el “programa económico macrista” no fue más que una piñata de negocios para las distintas fracciones que vinieron a ganar plata al país.

Claro, los gurúes locales que los “asesoran” no les van a decir a sus amigos bonistas que ellos son parte del origen de los problemas de endeudamiento argentino, sino que tienen que inventar que los desequilibrios provienen de la “política”, y específicamente de los populistas. Es más: de la mera presencia de los populistas, de su mera existencia política. Con ese argumento –inconcebible para un pensamiento medianamente crítico–, todos se quedan contentos, se dan palmadas en la espalda y se auguran éxitos en la lucha contra el flagelo popular.

Como todo consiste en no aprender nada y seguir adelante con los negocios, ahora interpretan que la perspectiva de que gane la derecha augura ¡buenas políticas económicas!, lo que tranquilizaría a los mercados en el período pre-electoral.

No es que las expectativas económicas no tengan un papel en la economía, y que en algunos momentos puedan ser muy importantes, pero el análisis neoliberal fracasado se olvida sistemáticamente de las bases materiales de la realidad, o sea, de si hay o no condiciones objetivas para que ciertos fenómenos ocurran. La debacle macrista de 2019 no ocurrió por el peligro del populismo que acechaba, sino por los desaciertos totales de los economistas neoliberales y de los intereses económicos que los promovían y sostenían.

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Hay que repetirlo con claridad: el capital financiero global no reconoce límites, y si no encuentra instituciones locales capaces de regular y condicionar su actividad, logra endeudar infinitamente a los Estados, llevando a crisis enormes. La posterior intervención de organismos como el FMI, básicamente se ocupa de rescatar a los bancos o fondos de inversión del norte que apostaron en forma temeraria y delirante en la periferia.

No es nuevo: ocurrió cientos de veces en diversos rincones del mundo en este período de financiarización. Y por eso han inventado su propio discurso justificador, echándoles la culpa a los pueblos y a los países de las políticas que los propios capitales globales promueven e imponen en la periferia. En ese sentido, los economistas neoliberales locales ofician de voceros de esos intereses financieros globales, y también actúan como publicistas de esa visión que exime de responsabilidad a los dueños del capital financiero.

Este gobierno, con todos sus problemas y limitaciones, ha sido mejor que el macrista, en términos de sus resultados productivos y del impulso a un país con más posibilidades de desarrollo. Pero como la realidad, los datos y los hechos no importan, los gurúes locales siguen insistiendo que en 2019 tenían razón “los mercados” en asustarse por el gobierno que venía, y que ahora “los mercados” acertarían si se quedaran tranquilos por el nuevo quiebre neoliberal que se avecina.

Más allá de este discurso falaz y encubridor, lo que sí es cierto es que con los gobiernos neoliberales se maximiza el poder de las diversas fracciones corporativas para disponer con libertad de todos los recursos del país para sus propios fines. También es evidente que nuestros gurúes tampoco tienen la más mínima idea de lo que puede pasar en el futuro próximo, ni con la política, ni con la economía.

A pesar de la cercanía relativa del proceso eleccionario, la incertidumbre política y económica es muy grande, no sólo por factores locales, sino también por el actual desequilibrio económico y militar internacional. Ante tales niveles de imprevisibilidad, es bueno retornar a las convicciones y a los deseos como brújula ordenadora fundamental.

La importancia de lo que está en juego en nuestro país en los próximos meses hará aflorar seguramente lo peor, pero también lo mejor de lo que está presente y latente en nuestra sociedad.

El Cohete a la Luna