Las protestas de Pesaj

Elige tu propia batalla

Por Jordana Timerman

Imagen: Moisés salvado de las aguas, Tintoretto, 1555.

La cadena nacional de Milei el lunes, en las vísperas de la festividad judía de Pesaj que conmemora la liberación del pueblo que fue esclavizado en Egipto, fue particularmente apropiada para un líder que se compara con Moisés. Como el profeta judío, reconoció la dificultad del momento y alentó al pueblo a seguir marchando hacia la tierra prometida (libertaria).

Según una interpretación, los judíos estuvieron 40 años sufriendo en el desierto para que ninguna persona que haya sido esclava entre a la tierra prometida. Esencialmente, esperaron un recambio generacional, que incluyó a Moisés, que murió después de haber vislumbrado Israel a la distancia.

El discurso del Presidente, en cadena nacional en vísperas de la fiesta que recuerda la liberación de los esclavos judíos de Egipto, deja picando si deberemos sufrir en el desierto por una generación, para que los que lleguen a la tierra prometida libertaria no hayan conocido nunca al peronismo y el Estado presente.

Ciertamente, algunos podrían considerar idónea la analogía sugerida por el Presidente: que el momento actual es un camino de purga necesario a través del desierto económico para llegar a una tierra prometida de abundancia de algunos. Pero el viejo chiste de los dos judíos y las tres opiniones es regla de oro para la interpretación talmúdica, las leyes que gobiernan la vida judía y elaboran teorías sobre los (relativamente) escuetos textos de la Torá, la biblia hebrea.

Siempre, siempre, hay más interpretaciones. La cena de Pesaj, el seder, celebra la libertad y marca vehementemente la necesidad de recordar las atrocidades del pasado (para que nunca más se repitan). Es una festividad que invita a contemplar los vínculos entre la libertad, responsabilidad y respeto al prójimo.

La Hagadá, el libro que guía la ceremonia del seder, enseña que no son desafíos del pasado, sino que “en cada generación se alzan contra nosotros para destruirnos”. Es profético. Efectivamente, la festividad fue disparadora de una violencia profunda a través de la historia, motivada por las “calumnias de sangre” —mentiras de la iglesia medieval que alegaba que los judíos usaban sangre de niños cristianos para fabricar matzah, el pan sin leudar que simboliza la celebración de Pesaj—. El Pogrom de Kishinev de 1903, que puso en el léxico la modalidad de ataques a pueblos judíos en Rusia, se disparó en la fecha de Pesaj ante el rumor de que dos niños cristianos habían sido sacrificados por los judíos. El levantamiento del Gueto de Varsovia estalló en la víspera de Pesaj, cuando las fuerzas nazis entraron al enclave y se enfrentaron con su primera rebelión urbana y la resistencia judía más larga del Holocausto. Se convirtió “en un símbolo de la batalla de unos pocos contra muchos, de la libertad y el poder del espíritu humano”, explica el museo del Holocausto Yad Vashem.

Los alemanes entraron al gueto mientras los residentes celebraban el seder, como podían.

“En medio de esta destrucción, la mesa en el centro de la habitación parecía incongruente con vasos llenos de vino, con la familia sentada alrededor y el rabino leyendo la Hagadá. Su lectura estuvo marcada por explosiones y el ruido de ametralladoras; los rostros de la familia alrededor de la mesa estaban iluminados por la luz roja de los edificios cercanos en llamas”, escribió posteriormente Tuvia Borzykowski, un miembro de un grupo de lucha judío.

Estas historias de la festividad se prestan a la protesta —como la masiva marcha multitudinaria en defensa de la educación pública que se llevó a cabo el martes—. Para muchos de nosotros, la protesta, la marcha, también es un ritual importante que se repite a través de la historia. Las familias, los amigos, se juntan en calles, esquinas cotidianas que se resignifican por el simbolismo del momento. Juntos defendemos algo, nos definimos hoy basándonos en tradiciones que siguen siendo relevantes. Esto también es Pesaj.

La elección de Milei, protagonizada por el negacionismo acerca de las atrocidades dictatoriales, fomentó el miedo a que se derrumbe el pacto democrático. Las protestas en torno a lo laboral, los derechos humanos y, más enfáticamente, la educación pública, marcan la cancha del pacto democrático esencial argentino.

Se destaca la participación de políticos y personalidades de derecha, señal de que se están definiendo ejes vertebrales que marcan el límite de acción para el gobierno de Milei —como fue el rechazo al 2×1 en el 2017—. En un momento en el que la oposición carece de proyecto político claro —más que oponer—, las protestas legitiman los rechazos políticos. Sin embargo, también muestran la vigencia de la crisis de representación que impulsó a Milei mismo: ni con un acuerdo transversal ciudadano tan tajante pudieron avanzar en el Congreso paralizado con la sesión que trataría la financiación de las universidades públicas que todos habían salido a apoyar en las calles. Una veintena de diputados que apoyaron la marcha no consideraron relevante su poder legislativo para dar respuesta al masivo reclamo ciudadano.

Ante la situación macro, las políticas del gobierno que comenzó con grandes reformas se tornan cada vez más reactivas. Milei se topa con una realidad evidente en los círculos políticos: gobernar es difícil. La realidad no es una teoría, es desprolija. ¿Está en camino de la adolescencia idealista a la adultez pragmática?

Cierta brecha entre el discurso y la práctica del gobierno vendría a ser el statu quo en la política —la realidad nunca cumple prolijamente con la teoría, evidentemente gobernar es más desafiante de lo que parecía ser desde la oposición—. Pero la creciente distancia entre el vehemente discurso libertario del Presidente Javier Milei y sus nuevas políticas selectivamente intervencionistas en el mercado son particularmente disonantes con la razón de ser de su gobierno: a saber, romper con y a la casta.

El hecho de que Milei mantenga el apoyo popular, a pesar de las manifiestas fallas de sus políticas, evidenciadas por los chanchos reveses que dominaron la agenda pública en estas semanas —la batalla contra los aumentos en las góndolas, los ataques a los precios de las prepagas que el mismo gobierno desreguló con bombos y platillos en diciembre—, muestra la profundidad del rechazo hacia los partidos políticos establecidos, que sigue siendo más fuerte que los traspiés del actual gobierno.

Es sólo el quinto mes de una presidencia de tanta intensidad que se siente que está hace años. La pregunta del millón sigue siendo hasta dónde va a aguantar ese balance que favorece al gobierno. Lo que sí se entiende es que eventualmente el gobierno de turno se tiene que hacer cargo —o bien, sus votantes le asignan la responsabilidad— por la situación actual.

La tradición de Pesaj celebra la salvación que brindó Dios a los judíos esclavizados. Pero también ordena que cada generación marque la fiesta poniéndose en el lugar de los judíos que lo protagonizaron, cada generación se debe entender como esclavo y liberado. Los progresistas entienden que invita a pensar en las injusticias actuales y otras historias de liberación, como los luchadores por los derechos civiles en Estados Unidos o los que luchan contra el totalitarismo. Estas interpretaciones marcan, además de lo divino, la relevancia de la agencia humana.

La Torá cuenta de las pequeñas resistencias contra las violaciones del faraón contra los judíos. Las parteras que en vez de matar a los niños recién nacidos judíos le mienten al tirano; la madre de Moisés, su hermana y su madre adoptiva, la hermana del faraón, que mantienen vivo al bebé sabiendo que es ilegal. Son las resistencias, las protestas de personas comunes que propiciaron la acción libertadora de Dios.

Elige tu propio Pesaj.

Con información de El Cohete a la Luna