¿Llegamos a la V?

Otro horizonte posible

Por Ricardo Aronskind

Foto: Luis Angeletti.

Temas nunca faltan en esta Argentina sometida a un furibundo ataque a sus capacidades de ser un país soberano. La novedad es que la siniestra tormenta de noticias diarias que dan cuenta de ajustes, recortes, despidos, penurias y carencias, recibió esta semana un luminoso rayo de sol, que confortó a los castigados y dio nuevos bríos a quienes apostamos por nuestro país.

La enorme marcha en defensa de la educación pública, de las universidades nacionales, no pudo ser ninguneada por la derecha realmente existente, a pesar de que los principales diarios de ese sector titularon en un primer momento que habían concurrido 150.000 (sic) personas. No fue un error periodístico, sino la instalación coordinada y a propósito de un número que permitiera disminuir la potencia del mensaje político democrático que emanaba de tal pronunciamiento masivo. Se trataba de sectores mayoritariamente jóvenes e instruidos de la sociedad, reclamando por un valor ampliamente extendido en la cultura nacional, entrelazado armoniosamente con el progreso personal.

El extremismo mileísta sigue sumando rechazos sociales, sin necesidad de que exista una gran politización, ni capitalización partidaria de los eventos, ni comprensión general del proyecto ultra reaccionario que encarna este gobierno, ni de sus consecuencias calamitosas en el corto y mediano plazo. 

Su nivel de agresión colectiva empieza a ser registrado en forma directa, sin mediaciones políticas, por los millones de afectados, que aún no cuentan con una explicación clara y alternativa al relato que les suministran diariamente los medios militantes del conformismo social.

Pero esa experiencia personal de estar bajo ataque desde el gobierno nacional no puede ser desmentida por los medios convencionales ni por las redes sociales. Por eso fueron vanos los esfuerzos de instalar la idea de que la gente que concurrió fue arriada, o amenazada, o comprada por algún tipo de prebenda. Los cientos de miles de estudiantes universitarios del país, que saben sumar y restar, conocen las cuentas de sus respectivas universidades y saben que los fondos disponibles para funcionamiento alcanzan para muy poco tiempo más.

Nunca nadie, ni la más feroz de las dictaduras antinacionales, osó atacar y poner en tela de juicio la viabilidad presupuestaria de la universidad pública. La aberración del actual proyecto empezó a ser percibida por sectores sociales amplios, pero no tiene aún reflejo discursivo claro en lo que habitualmente se llama el ámbito de la política partidaria.

Dirigismo anarco capitalista

Según el periodista Leandro Renou, de Página/12, el ministro de Economía Caputo afirmó, después de tomar medidas contra las empresas prepagas de salud: “Haremos todo el kirchnerismo que sea necesario”. Es decir, harán lo necesario para bajar la inflación a niveles muy bajos, aunque tengan que tomar medidas intervencionistas que no figuran en el “manual del político neoliberal impoluto”.  

En esa breve frase (“hacer kirchnerismo”) se esconde una de las tragedias y de las farsas más grandes del debate económico nacional.

En el plano teórico, la mentira sostenida desde Martínez de Hoz hasta Milei, pasando por todos los farsantes intermedios, es que se puede implementar la “libertad económica” pura y que una vez instalada el progreso será imparable. 

Todos los experimentos neoliberales en la Argentina, sin distinción alguna, han sido una combinación de fuertes elementos intervencionistas y regulatorios, con la eliminación de regulaciones o restricciones que molestaban al capital o que recortaban sus beneficios. 

La desregulación financiera de Martínez de Hoz, combinada con garantía total de los depósitos privados por parte del Estado, fue una grotesca forma de intervención y promoción a favor de los financistas. 

El tipo de cambio nominal fijo (el “1 a 1”) de la convertibilidad, sostenido durante casi 10 años, fue una intervención mayúscula en la economía, que representó una subvención gigante a la compra de dólares baratos por parte de particulares y grandes empresas, aunque se proclamara “la plena libertad económica” como ideal gubernamental. El régimen de las AFJP promulgado en esa misma época constituyó un curro gigante que el gobierno “liberal” construyó a propósito a favor de banqueros locales y extranjeros.

Este gobierno actual, que quiso posar de “purista” liberando totalmente los precios, se encontró, a los 15 minutos de gestionar, con el comportamiento salvaje de los famosos mercados perfectos. 

La liberación completa de precios creó un contexto microeconómico súper inflacionario, con el consiguiente saqueo de los bolsillos populares y de las clases medias, provocando la ira de los que hasta no hace mucho podían solventar la medicina privada sin mayores inconvenientes. 

Pero el problema político de Caputo es que el malón remarcatorio puso en terapia su estrategia “anti-inflacionaria”, muy basada en planchar el dólar y usarlo como mecanismo de coordinación de decisiones empresarias. Para poder sostener el dólar a 1.000 pesos y continuar con las devaluaciones al 2% mensual —y que los agro exportadores le liquiden los dólares de la actual cosecha—, el ministro necesita ya un brusco parate de la inflación. 

Como ese fenómeno no se está dando en forma espontánea y en la magnitud deseada, por razones que la economía heterodoxa explicó hace rato, el ministro tiene que decidir entre sobrevivir como sea, tomando medidas contra el mal funcionamiento de los mercados “perfectos”, o sucumbir y ser eyectado de su cargo, en pos de una teoría fallida escrita por economistas muertos hace dos siglos en Europa. 

Llamar a una política activa y realista para evitar que se vaya todo al demonio “kirchnerismo” —mala palabra por antonomasia para el gran capital local y extranjero— es todo un reconocimiento de la estafa que representa el ideario liberal libertario.

Discursos 

Claro, no se puede descartar abiertamente el discurso oficial, aunque en la práctica de la política económica se lo contradiga. Debe mantenerse una épica, como la que intentó el Presidente en su discurso por cadena nacional el día lunes 22.

Allí Milei ensayó un largo autoelogio, elevándose a la categoría de campeón mundial en evitar hiperinflaciones imaginarias, y campeón (también mundial) de ajustes criminales contra la población, estos sí reales. 

No se debe menospreciar el discurso del Presidente, en cuanto pieza publicitaria destinada a adoctrinar y fidelizar a una base electoral que él supone dispuesta a creer todo lo que él diga. En la alucinación que propone Milei, no sólo salvó a la población de pasar por momentos horribles, sino que con el ajuste estaría liberando recursos que ahora quedan en la sociedad, para que disponga con libertad de estos. 

Esta ficción de un Estado que sería una especie de aspiradora de fondos que según la prédica libertaria irían a los bolsillos de los perversos políticos, choca contra la realidad del capitalismo contemporáneo aquí y en el mundo, en donde se puede observar una profunda interpenetración entre el aparato estatal y la sociedad civil, incluyendo en esta el mundo de los negocios. 

No hay que confundirse: dentro del desierto de conocimiento característico de los adictos a Milei, esos “detalles” de la realidad no tienen mayor importancia. En ese mundo paralelo que habitan, los políticos se estarían robando 15% del PBI. Lograron reemplazar en la comprensión colectiva a las corporaciones y bancos que se apropian la mayor parte de la renta nacional por un ente maligno: “los políticos”, cuya única tarea es embolsarse fondos para que el público viva mal.

En realidad, los fondos que el Estado no está usando para actividades sociales fundamentales, en alimentos para los más vulnerados, en salud pública, en educación, en investigación científica, en  promoción regional, en construcción de infraestructura necesaria para el desarrollo, van a ser prolijamente embolsados por la aspiradora de la deuda externa e interna: los bancos locales, los fondos privados externos y el FMI. 

Para Milei esa sería una redistribución virtuosa. “Las deudas se pagan”, dijo al ganar las elecciones. Combinada con su otra frase memorable: “No hay plata”, podría sintetizarse la gestión gubernamental actual en “no hay plata sino para pagar la deuda con los acreedores (financieros)”.

El discurso oficial ni se preocupa por explicar cómo el saqueo a los consumidores y usuarios —vía remarcaciones enloquecidas y tarifazos delirantes— redundaría en un gran alivio para los bolsillos de lxs argentinxs. Esa incomprensible situación sería cubierta transitoriamente con la resignada frase de “poner el hombro para que el país salga adelante”.

Lo cierto es que en el discurso presidencial no hubo ningún nuevo anuncio, y no es porque no circulen en la cúpula del poder ejecutivo iniciativas de todo tipo, dado el espíritu decisionista que lo habita. Simplemente no hay nada importante para anunciar, porque no están dadas las condiciones ni para abrir el cepo, y mucho menos para dolarizar, lo que sería la consumación del éxito económico en el distorsionado y financiarizado mundo mileísta.

Ese lunes, Milei se victimizó protestando por los ataques que estaría recibiendo del “establishment económico” y de los “economistas profesionales televisivos y petardistas tribuneros” que no estarían alcanzando a ver sus increíbles logros. 

La mención al establishment económico remite a un encuentro reciente, precisamente con los integrantes de ese selecto grupo en el hotel Llao Llao.

Además de algún aliento a actividades delictivas que formuló el Presidente, nos interesa detenernos en una frase de su alocución frente a sus mandantes directos.

Allí sostuvo: “Estamos generando las condiciones para que la Argentina vuelva a crecer, del resto se van a encargar ustedes”. 

Más allá de que el gobierno está destruyendo las fuerzas productivas reales del país en este mismo momento (¿será eso estar generando las condiciones para que la Argentina vuelva a crecer?), Milei vuelve a caer en una exhortación repetida por todos los Presidentes neoliberales del país: “Ahora les toca a ustedes invertir”. 

Para no ir muy lejos, esa invitación esperanzada fue efectuada durante el macrismo y en los editoriales del diario La Nación, en las que se celebraba el desplazamiento de la pesadilla kirchnerista. “Ahora les toca a ustedes”, le decían al alto empresariado argentino, que está extraordinariamente al tanto —minuto a minuto— de la tasa de interés y la cotización del dólar, pero es un poco más moroso —medido en años— a la hora de comprar máquinas o inaugurar nuevas instalaciones productivas.

Esta es una verdadera tradición nacional: gobiernos que vienen a gobernar para el gran capital y a generar las supuestas condiciones propicias para que este “haga su trabajo”, y que terminan colgados del pincel porque nunca jamás llega la respuesta económica acorde. Esa inversión privada masiva que nunca llega sería la que les permitiría precisamente a esos gobiernos mostrar resultados y sobrevivir a las amarguras de las “reformas necesarias para que los empresarios inviertan”. 

La que sí llegó, durante ese largo período de una Argentina que no sólo crecía, sino que se desarrollaba —1946-1975—, era la ingente inversión pública, no sólo en infraestructura, sino en enormes empresas productivas que fueron levantadas íntegramente con recursos estatales. Precisamente lo que le repugna al actual Presidente, que apuesta a algo que nunca ocurrió: el liderazgo inversor privado para desarrollar el país. 

Como se comprobó en numerosas experiencias internacionales, el sector privado viene después, y no por reformas liberalizantes, sino por procesos de crecimiento ya en marcha, motorizados por la acción estatal.

La V popular

El relato oficial preanuncia un próximo alivio para este duro momento que atraviesa la mayoría. 

Según Milei, ya se superó la mitad del tiempo de espera para la salida de la crisis y en poco tiempo podremos presenciar la V, ese efecto económico que describe un acelerado rebote de la actividad económica luego de tocar un piso en su caída. Todavía estamos en caída, pero prontamente, imagina mucha gente, la economía se recuperará. 

Desde esta columna venimos advirtiendo que esa V, esa recuperación, no ocurrirá bajo este gobierno. Porque no hay magia en economía: la recuperación de la actividad provendrá de un aumento del consumo, o de las inversiones, o del gasto público, o de las exportaciones. 

El consumo está siendo destruido prolijamente en  este momento. Las inversiones privadas masivas, ante un horizonte de economía derrumbada, no ocurrirán. Las grandes inversiones, si vienen, serán en el mediano plazo. Por su parte, Milei —lo dijo en el Llao Llao— descarta completamente usar el gasto público como herramienta reactivadora. Y las exportaciones serán lo que las condiciones climáticas locales y los mercados internacionales decidan: no habrá milagros espectaculares allí que nos lleven al paraíso.

Es decir: la V de Milei no va a venir.

Pero quizás otra V empiece a verificarse en los tiempos próximos. 

Se trata también de una V que representa un cambio de tendencia. Es una V que grafica un recorrido en el que se llega a un piso y se empieza a remontar la cuesta. Pero no es la V que esperaba Milei. 

Es la V popular. Quizás el comienzo de volverse a poner de pie frente a la ofensiva salvaje del capital local e internacional encarnado en este gobierno de la crueldad.

La marcha en defensa de la universidad pública mostró una masa enorme de población que simplemente no está loca, no está alienada y, por lo tanto, no apoya su propia destrucción. Tiene algo para perder, su propio futuro, y no está tan perturbada en su comprensión como para rifarlo en este experimento desquiciado.

Es mucha gente la que se congregó en torno a la educación, lo que muestra que electoralmente también hay mucho público disponible para planteos más sensatos que la motosierra o la licuadora como elementos para el ejercicio sádico de la venganza y del resentimiento.

La enormidad de la marcha señala también que la demanda democrática y popular no reconoce divisiones sociales que se construyeron precisamente para que episodios de reencuentro popular no puedan ocurrir.

La fracasada sesión del día miércoles 24 en Diputados, donde se había propuesto por parte del bloque de Unión por la Patria tratar un mecanismo para garantizar el financiamiento de la vida universitaria, muestra la persistencia en el sistema político argentino de la enfermedad antikirchnerista. Bloques que coincidían básicamente con la propuesta general de UP no dieron quórum para no ser acusados de “cómplices de los K”.  Simplemente se trata a este espacio legislativo, más amplio que el kirchnerismo, como un sector leproso con el cual no se puede tener relación política alguna. El sistema de partidos empieza a atrasar ostensiblemente en relación con una nueva realidad social que se está reconfigurando ante nuestros ojos.

A Milei le gusta fugar mentalmente hacia las elecciones de 2025, y se imagina resultados electorales excelentes para LLA basándose en números auspiciosos —para él— que surgen de algunas encuestas actuales. Pero hoy es 28 de abril de 2024.

El camino a 2025 estará plagado de hechos políticos, sociales y económicos que no entran en los calendarios electorales convencionales. Para 2024 faltan 17.000 años.

Eso deberían saberlo todas las fuerzas políticas, especialmente las populares, para no ser asaltadas por el coyunturalismo autodestructivo.

El dato de la existencia de otra Argentina, democrática, plural, progresista, que aspira incluso sin saberlo a un país en pleno desarrollo, se hizo presente esta semana. 

La radicalización gubernamental —en el sentido exactamente opuesto— no hace sino agrupar y consolidar a una población con demandas más que sensatas, ancladas en una tradición implícita de inclusión, que no reconoce dueños ni sellos políticos. 

Surge otro horizonte, y no es liberal-fascista.

Con información de El Cohete a la Luna