Lo que no sienten el violador y el asesino serial

Por Raúl Zibechi

La temible coyuntura actual de guerras, genocidios y crímenes contra los pueblos amenaza con desbordarse y escalar hacia conflictos generalizados con final imprevisible, pero seguramente catastrófico. La gravedad de lo que estamos viviendo nos impone preguntas que a menudo no tienen respuestas, por la dificultad para encontrar argumentos o, sencillamente porque serían demasiado demoledoras.

¿Cómo es posible que las élites occidentales, y buena parte de la población, sigan adelante con sus planes de dominación y destrucción para mantener el poder, sin importarles la vida de otros seres ni la sobrevivencia del planeta? ¿Cómo se ha llegado a esta situación de absoluta y ciega insensibilidad?

Entiendo que desde el pensamiento crítico y las resistencias no tenemos respuestas integrales y acabadas, que debemos irnos aproximando desde diversas miradas necesariamente parciales para intentar conseguir una visión de conjunto, sumando partes al jeroglífico de la complejidad que implica la crisis civilizatoria.

Michael Brenner, profesor de asuntos internacionales en la Universidad de Pittsburgh, publicó el ensayo El ajuste de cuentas de Occidente (scheerpost.com, 8/3/24), en el que aborda aspectos de la crisis en curso. Sobre la derrota occidental en Ucrania y el genocidio en Palestina, dice: Lo primero es humillante, lo otro vergonzoso. Sin embargo, no sienten humillación ni vergüenza. Asegura que esos sentimientos les son ajenos a las élites dominantes por su arrogancia y sus inseguridades profundamente arraigadas.

Brenner argumenta que quienes gobiernan están asustados, presentan comportamiento de pánico y no tienen el coraje para enfrentar la realidad de frente. En consecuencia, sus comportamientos se vuelven irresponsables, grotescos y peligrosos, porque se han alejado de la realidad y son inmunes a los cambios en el mundo, generando un comportamiento irracional.

Va más lejos al destacar que Occidente camina hacia un suicidio colectivo, como consecuencia de un triple harakiri: moral, diplomático y económico. Pero lo más importante surge cuando añade que la autodestrucción se produce en ausencia de cualquier trauma importante, externo o interno. ¿Cómo explicar semejante falta de sensibilidad?

Nihilismo y narcisismo serían dos señas de identidad de Occidente, sigue Brenner en una entrevista posterior, La verdadera razón por la que el Oeste está condenado (https://acortar.link/cshyfe). Ambos términos aluden a situaciones en que se deja de actuar según normas y valores, lo que conduce a las personas y a los colectivos a reaccionar de forma descontrolada, impulsados por deseos inmediatos y caprichosos que, en un extremo, provocan la autodestrucción.

Las razones por las cuales no existen sentimientos de culpa o de vergüenza son para Brenner casi inexplicables, porque impiden modificar actitudes ante catástrofes inminentes que los van a destruir. El autor ensaya una respuesta: Eso es algo que sólo puede existir si subjetivamente somos parte de un grupo social en que el estatus personal y el sentido de valía dependen de cómo nos ven los demás y de si nos respetan.

La cuestión de la pertenencia a alguna comunidad juega un papel determinante en esta realidad que se nos impone. Sin comunidad, sin lazos sociales, nos perdemos, quedamos en manos de nuestros demonios, porque es la pertenencia a un colectivo humano, en general, lo que nos dice quiénes somos, nos coloca límites e impone valores y conductas.

El capitalismo se ha especializado en destruir y desprestigiar todo lo que huela a comunidad. Difunde la idea de que toda pertenencia nos limita, que debemos volar lejos y en soledad. La mera palabra límites tiene pésima reputación en esta etapa senil del capitalismo, ya que la ruptura del vínculo social resulta vital para el capital. La soledad del individuo es presa fácil del miedo que inculca el sistema para doblegarnos.

Pero el sistema también ha creado y multiplicado un tipo de persona que es capaz de asesinar y violar sin sentir remordimiento, como vemos en las bandas narcos y paramilitares, entre otros ejemplos posibles. Varones que son capaces de crímenes atroces, usando motosierras contra sus semejantes, como los paracos colombianos o los narcos mexicanos que descuartizan a sus víctimas.

Gaza y Ayotzinapa están entre nosotros cada día, todos los días, porque el sistema ha creado a los perpetradores y los alimenta con su escala invertida de valores, en la que todo se vale para ganar.

Desde el lado de los movimientos, debemos comprender que la resistencia al sistema y a los monstruosos perpetradores, se vuelve imposible en ausencia de relaciones sociales sólidas. Por eso necesitamos defender lo común y comunitario, aferrarnos a la tierra y al ambiente que nos sostiene, para hacer de los territorios espacios en resistencia y de creación de lo nuevo.

Con información de La Jornada (México)