Los auténticos decadentes

Por Luis Bruschtein*

Algunos analistas plantearon que la derrota de Unión por la Patria significó el comienzo del fin del peronismo y la muerte inmediata del kirchnerismo. Y lo relacionaron con una supuesta erosión del discurso distributivo en política, en contraposición con un «sentimiento de más libertad» y de nuevo auge de las ideas de libre mercado.

Cualquiera puede hacer la lectura que le parezca sobre el ascenso indetenible hasta ahora de Javier Milei, pero el peronismo demostró muchas veces su capacidad de sobrevivencia a las derrotas y a las situaciones adversas, como las que se plantean ahora. La única condición de esa longevidad ha sido que no pierda ligazón con los intereses nacionales y populares, que es su condición de identidad. El peronismo existe en esa relación, instalado en el corazón de la puja distributiva y de ampliación de la democracia. Fuera de ella se desdibuja y tiende a desaparecer, gane o pierda las elecciones.

Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner representaron ese axioma. Llegaron al gobierno con un peronismo atomizado después del menemismo neoliberal. En esas elecciones hubo cinco expresiones electorales con participación peronista. Néstor y después Cristina Kirchner, recogieron los reclamos que había en la sociedad: desde la revalorizaron de las jubilaciones, hasta la anulación de las leyes de la impunidad y la recuperación del salario con las paritarias, y una lista larguísima de medidas de este tipo.

Del gobierno saliente se puede decir lo contrario. En la medida que interrumpió ese contrato, comenzó a hundirse. Sergio Massa tomó nota de ese cortocircuito o de esa condición que permite la sobrevivencia del peronismo y lanzó una fuerte batería distributiva en su corta gestión al frente del ministerio de Economía. Pero llegó tarde, y en tan poco tiempo la sociedad no terminó de visualizarlo como algo diferente a otro ministro del mismo gobierno que no había resuelto el problema de la inflación.

Sin embargo, del escasísimo 8 por ciento de imagen positiva del presidente Alberto Fernández, Massa pudo ganar en primera vuelta y saltar al 45 por ciento de los votos. Fue una derrota dura para el peronismo, pero habría sido peor sin esa arremetida de último momento. La inflación persistente no crea antiperonistas, sino hartazgo de la inflación y de los gobiernos que la generan o no saben solucionarla.

No hay 55 por ciento de votos antiperonistas, hay 55 por ciento de votos anti-inflación como común denominador y dentro de esa masa estarán los neoliberales y los antiperonistas. Lo que demostraron estas elecciones es que el peronismo sí tiende a desaparecer cuando descuida ese vínculo con los sectores populares, como le pasó a Alberto Fernández.

El mandatario saliente se justifica porque efectivamente afrontó condiciones extremas como la deuda fenomenal que dejó Mauricio Macri, la pandemia, la guerra ruso-ucraniana y la sequía. Pero las situaciones extremas se enfrentan con medidas extremas. Son situaciones fuera de caja que no se arreglan con una aspirina. Sobre todo, cuando el costo más alto lo estaban pagando los trabajadores formales e informales, desocupados y cuentapropistas, y la clase media.

El aislamiento riguroso en la pandemia fue una medida extrema, arriesgada y que tuvo un alto efecto positivo que permitió salvar miles de vidas. Igual que el impuesto a las grandes fortunas. Había un camino por ese rumbo que se podría haber seguido. Un gobierno popular no puede dejar que el costo más alto lo paguen quienes representa, que fue lo que pasó. En situaciones extremas no es posible llevarse bien con todos. Por ese camino, la desaparición del peronismo fue una posibilidad.

El kirchnerismo es inescindible del peronismo, es una identidad que no sustituyó al peronismo, sino que le dio continuidad cuando estaba en el callejón sin salida al que lo llevó el menemismo. El kirchnerismo no es la Cámpora, ni Axel Kicillof, es una identidad asumida como representación de intereses nacionales y populares. Es el nombre que adopta el peronista para diferenciarse del menemismo y reivindicar ese momento del peronismo.

La mayoría de los trabajadores industriales se incorporaron al mercado de trabajo durante los gobiernos de Néstor y Cristina. Es una generación de trabajadores de entre 40 y 50 años. Y su experiencia más plena y con mejor calidad de vida fue durante esos años. Sindicatos como los metalúrgicos, mecánicos, gráficos, bancarios, estatales, docentes, telefónicos, del calzado y muchos más, se anotan en corrientes kirchneristas o afines, como el moyanismo, que tiene sus propias referencias, pero que marcha junto a los nombrados. Cuando los gremios más importantes de la industria se alinean en ese espacio, se trata de un síntoma fuerte que no se puede desconocer.

Es probable que el kirchnerismo se extinga, pero no será por una derrota electoral, sino por el surgimiento de una propuesta que lo supere. Mientras eso no suceda, formará parte del peronismo y de las fuerzas populares en general. Pero la derrota electoral no puede pasar sin consecuencia y sería saludable que se produjeran nuevas transiciones que recompongan los puentes entre el movimiento político y los sectores populares.

En ese camino tendrá que explorar nuevas propuestas que lleguen a los nuevos sujetos sociales que han surgido en las sociedades forjadas por la globalización neoliberal. El movimiento nacional y popular tiene que asumir los reclamos que fueron aprovechados por la derecha, como los problemas de seguridad, o de la burocracia política. Tiene que formularse una nueva ética del trabajo, de la política y de la función pública. La semilla de todos esos temas está en los movimientos populares porque surgen de la sociedad que los contiene.

De todas maneras, si hay que buscar el elemento principal para explicar la derrota electoral, sin duda, fue la alta inflación y la incapacidad del gobierno para frenarla, para castigar a los que se aprovecharon y para proteger a los más vulnerados. Después se le pueden sumar otros factores, pero el más importante fue la inflación.

Es superficial afirmar que el triunfo de Milei y la derrota de Massa sea indicativo de que comienza un nuevo ciclo sobre la base del libre mercado, o que la sociedad «reclamó más libertad». Es superficial, porque solamente con asomarse al resto del mundo, lo que se percibe es la decadencia de esta forma de globalización con hegemonía absoluta del neoliberalismo en un mundo unipolar encabezado por Estados Unidos.

Esa configuración planetaria se cayó. No existe más el mundo unipolar. Y la economía de Estados Unidos está replegándose, incapaz de dar respuesta para sostener su preponderancia. Empujó a Rusia hacia China para impedir que se uniera a Europa. Pero ha sido una victoria pírrica. Lograr la confluencia de China y Rusia fue lo peor que les pudo pasar.

El surgimiento de los nuevos centros de desarrollo económico no tiene bases en el neoliberalismo. Son formas capitalistas con mucha intervención estatal. El neoliberalismo está en retroceso y arrastra a sus aliados, sobre todo a Europa, a la decadencia. Y arrastrará de igual manera a todos los que no se adapten a las nuevas reglas de juego planetarias.

En ese contexto internacional, el surgimiento de personajes caricaturescos como Javier Milei no significa el inicio de un nuevo ciclo de libre mercado, sino todo lo contrario. La crisis de ese modelo como sostén ideológico de una organización planetaria que fracasó presiona y exagera sus rasgos ideológicos, ya exagerados por la lógica de la nueva comunicación que se gestó en el neoliberalismo.

El surgimiento de personajes como Milei o Bolsonaro es la consecuencia de esa decadencia que llevó a enfatizar al extremo los rasgos del neoliberalismo como último recurso. El ciclo que se termina en el mundo es el del neoliberalismo como ideología única, excluyente, de la actividad económica. Con el gobierno de Milei, Argentina quedará atada a ese proceso de decadencia.

Buenos Aires, 28 de noviembre de 2023.

*Periodista.

La Tecl@ Eñe. Revista Digital de Cultura y Política